enero 30, 2013

IRSE DE PUTAS CON VEGUITA / ARMANDO ARTEAGA


IRSE DE PUTAS CON VEGUITA

Por Armando Arteaga



Al morir la última tarde del verano de 1972 conocí a ese personaje de la mitología urbana limeña que era -ya entonces-  Jorge Vega, para los amigos, no el famoso, sino el popular: “Veguita”.  Siempre andaba con un par de rumas de libros en ambos brazos por la calle.  Pero, esta vez,  lo encontré en La Colmena con las manos libres.  Veguita cuando quería joder, jodía.  Me dijo: Joven pituco, hijo de papá, quiere acompañarme a El  Trocadero!. 

Me reí para mis adentros.  Yo conocía El Trocadero de esporádicas visitas con mis amigos de colegio, en esa época era difícil ingresar a los burdeles sino tenias más de 21 años, te pedían la libreta electoral, pero mi pandilla juvenil escolar (los gatos pardos de bajo el puente…) se las ingeniaban  para ingresar, era fácil, teníamos la recomendación de un “jaropa” que se paraba en la puerta de el café Palermo y vendía preservativos, personaje que está en algunas paginas de las ficciones de Oswaldo Reynoso, previo premio (rota de mano) al portero.

Alguna vez vi entre los tumultuosos pasadizos de El Bote, el infierno puteril vecino de El Trocadero, mientas ponían canciones de Bienvenido Granda la alegría chuchumequera de algún cercano compañero de carpeta (de mi clase escolar) que abrazado a su Baldor en el jolgorio metía las monedas con una cara de felicidad a la rockola que escandaliza esa atmosfera espacial de luces de neón, de olor a ruda y piso de cemento pulido limpiado con kerosén.

No tengo más dilema que ser fiel a la realidad de las cosas, al contar esto, pues toda mi generación escolar, se inició brutal y sexualmente con putas, con mujeres burdas y viejas que nos trataban con mucho cariño, con maternal e incestuosa amistad,  a estos tiernos adolescentes, dada –posiblemente- nuestra inmaculada  presencia: que les caíamos en gracia,  a estas mujeres dignas de varios filmes de Fellini.

Veguita, no va a poder conmigo, -pensé-, así que le acepte el reto de ir con él a El Trocadero.  Nos fuimos hasta la Plaza Dos de Mayo y en un recoveco hacia la calle Colonial estaba el paradero de los taxis que embarcaban y llevaban a los arrechos feligreses que viajaban a la gloria puteril de El Trocadero.  Veguita me dejó cojudo, todas las putas lo conocían, lo saludaban amicalmente y en entrada las saludaba y conversaba con cada una de estas mujeres. 

Por esa familiaridad que tenía con las prostitutas imagine que Veguita les pasaba droga o les repartía “yombinas”, esas pastillas que ponían más arrechos a los parroquianos.  Se lo dije, esa noche, Veguita se mató de risa...  En esa época los muchachos no usaban condones, preferían hacerlo al pelo, libres, sin fronteras, sin artificios.  Rito que terminaba cuando la “chica mala” te lavaba el pene con jabón Camay.

De allí me queda esa fascinación por mirar putas (solo mirar) en las noches de La Colmena cuando ejercen la prostitución clandestina.  La palabra “prostitución clandestina”  siempre me gustó, he escrito clandestinamente siempre, admiro a los guerrilleros clandestinos, y he paseado  siempre mis fantasmas nocturnos de las noches limeñas desafiando las rameras turbas de la soledad, por donde muchas veces vi aparecer a Veguita como un ser viviente, pasolinianamente triste…

Un hombre solo, clausurado, que te quería espantar con su risa, que quería espantar burgueses con sus frases hirientes, pero que tenía una grandeza increíble que pocos hombres en el mundo tienen: su amor por los libros.., y algo más Veguita cuando hablaba de libros te demostraba ser un empedernido conocedor y lector de estos, pero que esperaba  a un escritor que escriba la novela de su vida, que le saque lustre a la poesía marginal de su existencia. 

Yo mismo, en este instante, fiel y final, de esta crónica, lo veo pasar: Buongiorno, signor..., les digo, que era como lo saludaba, todas las veces de  mi vida de periodista, en que por azar tropezaba con Veguita en alguna librería de viejo. Ah, Veguita, viejo, de Lima con neblina al final de la calle.


enero 26, 2013

MANIFIESTO POR LA UNIÓN



Europa o el caos

Un grupo de filósofos, escritores y periodistas alerta sobre los riesgos de deshacer la Europa soñada tras la Segunda Guerra Mundial. Vassilis Alexakis, Hans Christoph Buch, Juan Luis Cebrián, Umberto Eco, György Konrád, Julia Kristeva, Bernard-Henri Levy, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris, Salman Rushdie, Fernando Savater, Peter Schneider lanzan una clara advertencia: unión política o muerte. EL PAÍS, junto con otros tres diarios europeos, publica su manifiesto, que será presentado el lunes en París.

 La Europa actual, dice el manifiesto,


MANIFIESTO POR LA UNIÓN

Europa no está en crisis, está muriéndose.
No Europa como territorio, naturalmente.
Sino Europa como Idea.
Europa como sueño y como proyecto.
La Europa acorde con el espíritu elogiado por Edmund Husserl en sus dos grandes conferencias pronunciadas en 1938 en Viena y Praga, en vísperas de la catástrofe nazi.
Europa como voluntad y representación, como sueño y como construcción, esta Europa que pusieron en pie nuestros padres, esta Europa que supo transformarse en una idea nueva, que fue capaz de aportar a los pueblos que acababan de salir de la Segunda Guerra Mundial una paz, una prosperidad y una difusión de la democracia sin precedentes, pero que, ante nuestros propios ojos, está deshaciéndose una vez más.
Se deshace en Atenas, una de sus cunas, en medio de la indiferencia y el cinismo de sus naciones hermanas: hubo un tiempo, el del movimiento filohelénico de principios del siglo XIX, en el que desde Chateaubriand hasta el Byron de Missolonghi, desde Berlioz hasta Delacroix, desde Pushkin hasta el joven Victor Hugo, todos los artistas, poetas, grandes mentes de Europa, volaban en su auxilio y militaban en favor de su libertad. Hoy estamos lejos de eso; y da la impresión de que los herederos de aquellos grandes europeos, mientras los helenos libran una nueva batalla contra otra forma de decadencia y sujeción, no tienen nada mejor que hacer que reprenderles, estigmatizarlos, despreciarlos y —con el plan de rigor impuesto como programa de austeridad, que se les conmina a seguir— despojarles del principio de soberanía que, hace tanto tiempo, inventaron ellos mismos.
Se deshace en Roma, su otra cuna, su otro pedestal, la segunda matriz (la tercera es el espíritu de Jerusalén) de su moral y su saber, el otro lugar en el que se inventó esta distinción entre la ley y el derecho, entre el ser humano y el ciudadano, que constituye el origen del modelo democrático que tanto ha aportado, no solo a Europa, sino al mundo: esa fuente romana contaminada por los venenos de un berlusconismo que no acaba de desaparecer, esa capital espiritual y cultural a veces incluida, junto a España, Portugal, Grecia e Irlanda, en los famosos "PIIGS" a los que fustigan unas instituciones financieras sin conciencia ni memoria, ese país que enseñó a embellecer el mundo en Europa y que ahora parece, con razón o sin ella, el enfermo del continente. ¡Qué miseria! ¡Qué ridículo!
Se deshace en todas partes, de este a oeste, de norte a sur, con el ascenso de los populismos, los chauvinismos, las ideologías de exclusión y odio que Europa tenía precisamente como misión marginar, debilitar, y que vuelven vergonzosamente a levantar la cabeza. ¡Qué lejos está la época en la que, por las calles de Francia, en solidaridad con un estudiante insultado por el responsable de un partido de memoria tan escasa como sus ideas, se cantaba "todos somos judíos alemanes"! ¡Qué lejanos parecen hoy los movimientos solidarios, en Londres, Berlín, Roma, París, con los disidentes de aquella otra Europa que Milan Kundera llamaba la Europa cautiva y que parecía el corazón del continente! Y en cuanto a la pequeña internacional de espíritus libres que luchaban, hace 20 años, por esa alma europea que encarnaba Sarajevo, bajo las bombas y presa de una despiadada "limpieza étnica", ¿dónde está? ¿Por qué ya no se la oye?
Y además, Europa se viene abajo por culpa de esta interminable crisis del euro, que todos sentimos que no está resuelta en absoluto : ¿no es una quimera esa moneda única abstracta, flotante, que no está unida a unas economías, unos recursos ni unas fiscalidades convergentes? ¿No es evidente que las únicas monedas comunes que han funcionado (el marco después del Zollverein, la lira de la unidad italiana, el franco suizo, el dólar) son las que se apoyaban en un proyecto político común? ¿No existe una ley de hierro que dice que, para que haya una moneda única, tiene que haber un mínimo de presupuesto, reglas contables, principios de inversión, es decir, políticas compartidas?
El teorema es implacable.
Sin federación, no hay moneda que se sostenga.
Sin unidad política, la moneda dura unos cuantos decenios y después, aprovechando una guerra o una crisis, se disuelve.
En otras palabras, sin un serio avance de esta integración política, obligatoria según los tratados europeos pero que ningún responsable parece querer tomar en serio, sin un abandono de competencias por parte de los Estados nacionales, sin una franca derrota, por tanto, de esos "soberanistas" que empujan a sus ciudadanos al repliegue y la debacle, el euro se desintegrará como se habría desintegrado el dólar si los sudistas hubieran ganado, hace 150 años, la Guerra de Secesión.
Antes se decía: socialismo o barbarie.
Hoy debemos decir: unión política o barbarie.
Mejor dicho: federalismo o explosión y, en la locura de la explosión, regresión social, precariedad, desempleo disparado, miseria.
Mejor dicho: o Europa da un paso más, y decisivo, hacia la integración política, o sale de la Historia y se sume en el caos.
Ya no queda otra opción: o la unión política o la muerte.
Una muerte que podría adoptar muchas formas y dar varios rodeos.
Puede durar dos, tres, cinco, 10 años, y estar precedida de numerosas remisiones que den la sensación, una y otra vez, de que lo peor ha pasado.
Pero llegará. Europa saldrá de la Historia. De una u otra forma, si no se hace algo, desaparecerá. Esto ha dejado de ser una hipótesis, un vago temor, un trapo rojo que se agita ante los europeos recalcitrantes. Es una certeza. Un horizonte insuperable y fatal. Todo lo demás —trucos de magia de unos, pequeños acuerdos de otros, fondos de solidaridad por aquí, bancos de estabilización por allá— solo sirve para retrasar el fin y entretener al moribundo con la ilusión de una prórroga.
*Firmantes: Vassilis Alexakis, Hans Christoph Buch, Juan Luis Cebrián, Umberto Eco, György Konrád, Julia Kristeva, Bernard-Henri Levy, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris, Salman Rushdie, Fernando Savater y Peter Schneider.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Ver:
El Pais Internacional