noviembre 23, 2022

El río Piura es personaje epónimo de toda la ciudad y ocupa las páginas más celebres en las obras literarias de todos los escritores piuranos, llena la sequedad poética, refresca la acción narrativa de los sucesos, aborda la teatralidad de sus dramas, ocupa la noticia periodística, y como no, llena de hechizo los fantasmas literarios del autor de Matalaché, que siempre observó el río Piura como protagonista central de la vida piurana.
(Mi artículo publicado el domingo 13 de Noviembre del 2022, en Semana, Diario El Tiempo, Piura).




DE LA TIERRA BRAVA Y DEL RÍO
Armando Arteaga

El río Piura es personaje epónimo de toda la ciudad y ocupa las páginas más celebres en las obras literarias de todos los escritores piuranos, llena la sequedad poética, refresca la acción narrativa de los sucesos, aborda la teatralidad de sus dramas, ocupa la noticia periodística, y como no, llena de hechizo los fantasmas literarios del autor de Matalaché, que siempre observó el río Piura como protagonista central de la vida piurana.
Digamos, más claramente, que este río ocupa espontáneamente en el imaginario popular desde el recuerdo de los desastres de 1925 hasta las lluvias del 70 el protagonismo principal, va siempre junto al Fenómeno del Niño, como el diablo, como un ser sobrenatural y divino, aunque telúrico, también es algo celestial para el agro piurano. Mucha agua ha corrido bajo el viejo puente de madera del río Piura desde los tiempos en que Don Enrique López Albújar desahogó sus furias y sus penas en lo más piurano de sus poemas “De la tierra brava”, y en la narrativa puntual de sus ficciones.
Esta descripción de López Albújar, sobre el río Piura, acerca de los desastres de 1925, es digna también de Edgar Allan Poe, de Robert Louis Stevenson, de Guy de Maupassant, de Howard Phillips Lovecraft, o de Robert Bloch: “Se poli-bifurcó en cien brazos amenazadores, llevando en cada uno de ellos la ruina y la desolación. Fue aquello la obra de un despotismo de cien días. Sembró el terror por todas partes; profanó sitios consagrados por la muerte. Arrastrando sobre sus turbulentas aguas, en extraño y fúnebre convoy, las cajas de las tumbas; mantuvo durante largas noches de pánico, en horrible tensión los nervios de abigarradas multitudes, cuya suerte dependía de una simple baja de nivel, como esos corredores esperan la fortuna en un simple juego de bolsa”.
Entonces, la literatura piurana es un río, nace desde muy arriba, consagrada desde la noche de la historia, en la oralidad de lo tallan y lo mochica, como testimonian los relatos de su oralidad; pasan por el encuentro con lo foráneo español, por la consolidación de la revolución bolivariana, y nace bajando al mar -desde cierta mediterraneidad- a la modernidad con la poética romántica de Carlos Augusto Salaverry, y tiene en Enrique López Albújar al maestro que asume lo terrígeno de lo piurano, con su capacidad literaria donde abordó los temas piuranos de su tiempo; la literatura piurana empieza su camino hacia la modernidad, nacida con la República, tal como el propio autor de “De la tierra brava (poemas afro-yungas)” define como que… “Piura, comienza a evolucionar espiritualmente”.



López Albújar hace poesía de gran nivel (para su tiempo) y aporta para el desarrollo de la poética piurana, razón por la cual está incluido en las antología de Carlos Robles Razuri y la de Federico Varillas, que son las que ocupan el “espacio poético piurano” desde el novecentismo, el modernismo, el vanguardismo, hasta la poesía social de los años cincuenta y sesenta. López Albújar es novecentista y es modernista en poesía.
La obra poética de López Albújar toca en absoluto el tema de “piuranidad” en su libro “De la tierra brava (Poemas afro-yungas)” (1938). Encasillar a López Albújar como un poeta “modernista” no tiene originalidad específica, ni es algo especulativo literario; era además novecentista y anarquista considerado, admirador de Unamuno, de Valle Inclán, de González Prada, aunque Mariátegui lo ubicó como “indigenista” en merito por “Ushanam Jampi” de sus “cuentos andinos”, escribió y firmó de manera irónica una novela “retaguardista” como Matalaché; ubicarlo en algún “ismo” literario es algo difícil, sus páginas literarias siempre ambicionan el desorden, gravitan, indefensas y libres: los espacios de la anarquía estilística.
Descubre los pilares de la “piuranidad” en su libro “De mi casona”, proclama la sencillez de la vida de nuestra geografía piurana: confesiones campesinas, caballeros del delito, probos ciudadanos cívicos y naturales como el río, el algodón, el algarrobo, la chicha, la cruz (símbolo de la religiosidad cristiana instalada en el desierto de la “civitas” de Piura, visión pagana de cierta felicidad pueblerina llena de ferias y retretas.
Aguas abajo. Nadie ha descrito la esencia misma de la puesta escénica de la argumentación del requemar piurano por la pasión consumida de la chicha piurana. No se puede entender cualquier asentir o artimaña de la historia piurana sin la presencia acertada de la chicha piurana, siempre asequible al hombre piurano ilustrado y letrado, al campesino, al pueblerino, y al forastero.
López Albújar con su pluma literaria explica el atenuante, y el sortilegio del hombre piurano por atosigarse con el recuerdo tallan, ese néctar indiano, o el pachucho que trae siempre la alegría, por salvar y mitigar su sed de hombre de desierto desde la picantería piurana con su bandera blanca, la chicha. El chicherio piurano está que hierve de parroquianos. O, es un desierto bajo un diluvio.








diciembre 27, 2021

EL CUENTO PIURANO: UNA TRAYECTORIA IMPECABLE Armando Arteaga

EL CUENTO PIURANO:

UNA TRAYECTORIA IMPECABLE

Armando Arteaga

Siempre es un riesgo aventurar opiniones sobre un problema candente: el cuento piurano. Los historiadores de la literatura regional piurana tocan siempre con prudencia los preferentes asuntos rurales que se contraponen sobre  los asuntos urbanos, cuando tienen que señalar  sus preferencias sobre las bondades  temáticas del cuento  piurano.

No es nada difícil ubicarlos cronológicamente a los escritores para alguna antología, lo importante se vuelve una desconfianza tradicional cuando hurgas sobre el material que conforman libros, autores, representatividad de la producción narrativa, y abordar la problemática del ámbito cultural en donde se desenvuelven los puntos de vista distintos de los cuentistas piuranos.



“Esto que parece cuento no lo es, pero puede tomarse como tal” -emprende Enrique López Albújar (1872-1966) en su cuento “La tristeza del Faucett” de su libro “La diestra de Don Juan” (1973), donde su reciedumbre norteña llega a mostrar los extremos de su interioridad vital-. Cuentos pioneros publicados tardíamente por el patriarca, textos diversos e intensos donde Piura lejos de guiñarle el ojo, tiene  una mirada enigmática confrontada a respuestas de cuestiones existenciales urbanas.

 


Lo rural, es cierto, tiene en “Cuentos de  Don Miguel” (1963), del religioso y antropólogo  huancabambino: Justino Ramírez Adrianzén (1906-1985), la reivindicación humanista y el advenimiento de la épica de una cultura agraria. Relatos de divergencias costumbristas,  con un reproche a la feudalidad, inmersos de ironía moralizante. “Yo me llamo Antón”, es un relato corto y moderno, lejos de las tediosas descripciones de otros narradores indignados por la cuestión social.


Cuando Rómulo León Zaldívar (1885-1969) publicó sus “Cuentos Piuranos” (1958), es claro que, llega tarde esa narrativa al debate académico, pero pretende recuperar un largo silencio;  sus cuentos insisten en exaltar aspectos tradicionales: “Acciones borran pasiones”, supone la exuberancia localista que recupera y denuncia la realidad, de entonces, tal como ocurre: el realismo, un testimonio, un documento.


La realidad piurana siempre ha sido una verdad candente para los narradores,  de allí,  hay que  entender el interés de José  Diez Canseco (1904-1949) en sus “Estampas Mulatas” (1930) al abordar en su cuento “El velatorio” la conversación iconoclasta, el fallido intento de rebuscan en el lenguaje callejero la expresión violenta del suburbio, la venganza del personaje burlado.

También, Hildebrando Castro Pozo (1890-1945),  expresa con su libro “Celajes de la sierra (Leyendas y cuentos andinos)” (1923): una narrativa lúdica, socialmente hablando, pero marginada en el mundo urbano. Tiene una intención de denuncia, sus  méritos y valores se dan en el aspecto de rescatar valores humanos, tal el caso del  texto: “Rumor de noche buena”.





El cuento piurano como género literario alcanza lectores más exigentes  con sus propios entusiasmos regionales con la aparición de libros como “Horizontes de sol” (1957) de Raúl Estuardo Cornejo Agurto (1936- 2017), el primer narrador que introduce el personaje de “Froilán Alama” en dos de sus cuentos; Teodoro Garcés Negrón (1897-1981) quien en su libro “La embestida del carnero y otros cuentos norteños” (1897-1981) presenta en su cuento “Mi amigo el despenador” el ancestral tema de la eutanasia; Francisco Vegas Seminario (1899-1988), aunque gran novelista, escribió estupendos cuentos en dos libros notables: “Chicha, sol y sangre/  Cuentos Piuranos” (1946) y “Entre algarrobos” (1955), de donde destaca justificadamente por estructura y lenguaje: “Taita Dios nos señala el camino”; Jorge E.  Moscol Urbina (1916-2001), periodista que escribía con el seudónimo de “JEMU” publicó sus “Cuentos Sechuras” (1964) y “La Despenadora” (1944): un muestrario de excelentes recursos narrativos donde destacó “La respetación”, infaltable creación literaria llena de humor piurano; y Juan Antón y Galán (1928-2009) editó dos libros de cuentos: “La Respuesta de San Jacinto/ Relatos Piuranos” (1968) y “El churuco/ Cuentos y Leyendas” (1990), por el contexto y el  clima narrativos, ficciones de sello costumbrista.

 

 



Esta primera etapa del desarrollo del cuento piurano que ocupa casi todo el siglo XX se cierra con reconocimiento al primer libro de cuentos “Los Jefes”  de Mario Vargas Llosa, Premio “Leopoldo Alas” 1958, España. Tanto en “Los Jefes” y en “El desafío”, son cuentos que  ubican escenarios donde la realidad piurana es protagonista principal. En “Los Jefes”, la deslumbrante dimensión exacta de un realismo contundente nos muestra Piura con su torturante calor acostumbrado: “El pavimento hervía: parecía un  espejo que el sol iba disolviendo”. Lo mismo, el escenario del centro urbano de Piura: “Salimos. Hasta el borde de los escalones que vinculaban el colegio San Miguel con la Plaza Merino se extendía una multitud inmóvil y anhelante”. En “El desafío”, el cuento impone el escenario piurano del bar, el río Piura, y la ciudad, un hombre que ve morir a su hijo en un duelo a cuchillo. Un relato lineal, narrado en tiempo pasado y en primera persona.

Durante todo el siglo XX,  el cuento piurano se ha debatido entre la dicotomía de la consolidación de su tradición y la ruptura con esta tradición. Lo rural y lo urbano se han mantenido como ejes consagratorios de su propio lenguaje. El realismo literario ha sido la tendencia más fuerte. Dentro de una suma de sucesos narrados y  el desarrollo de temas posibles: a la épica piurana le faltó mayores propuestas. Los escritores piuranos,  han consolidado un conjunto de cuentos  publicados que lamentablemente no están ni estudiados ni catalogados   en  las pocas antologías del cuento piurano publicadas. L a narrativa piurana a través del cuento ha caminado su propio sendero muchas veces a tientas y con tiesura.


diciembre 19, 2021

AUGUSTO LUNEL Y/O “ESTAMOS EN CONTRA DE TODAS LAS LEYES, EMPEZANDO POR LA LEY DE LA GRAVEDAD” / Armando Arteaga

Lunel en México

 

AUGUSTO LUNEL

Y/O

“ESTAMOS EN CONTRA DE TODAS LAS LEYES,

EMPEZANDO POR LA LEY DE LA GRAVEDAD”

 

Por Armando Arteaga

 


 Cuando uno lee los poemas del libro “Los Puentes” (1955) de Augusto Lunel, se tiene la impresión de estar ante un despliegue de imágenes, aparentemente inexplicables, que revelan un mundo onírico, rehusado y confuso, influido por la realidad existente. 

 

El ojo infinito de la poesía de Augusto Lunel -como un hontanar de imágenes- parece esperar que el brillo de una navaja metálica anuncie la rasgadura de esa visión atávica y escurridiza de ciertos paradigmas del mundo “occidental”;  como en los primeros planos del filme “Le chien  andalou” (“Un perro andaluz”, 1920) de Luis Buñuel, cuando la navaja rasga el ojo,  produciendo un derrame de imágenes.  En estos poemas de Lunel,  las imágenes van ortopédicas y sesgadas en una especie de grito existencial. 

 


Se presume el contraste, donde pronto asoma el cuerpo de la historia,  desangra la vida humana, y la histeria social del hombre contemporáneo que ocupa un escenario incierto; hambre de amor y hombre con odio al prójimo: el horror por las intermitentes guerras interoceánicas y fulgurosas explosiones nucleares, la invasión de una polución total del universo, y la infección contagiosa de una política internacional corrupta en favor de un poder central, único e imperial. 

 

Las imágenes se desbordan como abyectas escenas inusitadas, son provocaciones de acontecimientos insólitos que aparecen desenfrenadas, surgen de lo ilusorio, imágenes que invaden como un conjunto de irreverentes iconografías solapadas.  Una lectura aceptable de estas imágenes, que nos perturban por insólitas, van desde lo semántico,  persisten acápites escenográficos, acaso también, imantadas al consenso de cierto desprecio por la historia,  por sucesos que, nos llevan hacia una posible religión moderna: las acciones drásticas, acosadas por penurias humanas, eclipsadas situaciones vivenciales, o por el temor al cáncer urbano, u otras enfermedades desastrosas, tenebrosas, que azotan la belleza de la tierra y sus fronteras naturales. 

 

Elijamos que, hasta aquí, es este sistema del capitalismo en que vivimos, un “apocalipsis now”, y el poeta es el único ser que puede mirar el mismo fuego del futuro (invención primitiva)  con desobediencia civil, y sin tener que quedarse ciego, ante la intensa luz de los conocimientos humanos, en la búsqueda de cierta resurrección, de la aparente eternidad de las cosas, ni “quemarse” como individuo ante la civilización, con las palabras en la sangre hirviente, el lenguaje ortodoxo  como una herramienta de su postura, para encontrar la verdad de las cosas.  Sordo de azul, el poeta tiene que enfrentar el misterio de la creación y seguir la peripecia del destino del hombre, desde una “prisión dorada”: la poesía.  Desde esa pertenencia, o mirada fugaz, es la perspicua observación del poeta hacia la realidad, lo que,  en verdad, lo transforma en un ser pertinaz.

 


El surrealismo ha presumido siempre de una omnipotencia de la poesía contra el poder, tiene el poeta un afán de trascender, expresa la autenticidad de las cosas frente a la sociedad maquillada, mecanizada, o parametrada, por absurdas leyes éticas y sociales, soportadas sobre falsos y arbitrarios criterios.  Lunel es uno de los poetas más provocadores del surrealismo peruano y latinoamericano.  El surrealismo de Lunel es político, es revolucionario (esa palabra que a otros les da asco), quiere que se transforme la vida, quiere que se cambien “la condición humana”, al igual que André Malraux: Lunel presiente “el carácter catastrófico de nuestra época”.  Lunel es un disturbador letal del establishment, con sus palabras atávicas de amautas incas o mayas, es el embajador de una nueva belleza emocional: “intenta dar a los hombres conciencia de su propia grandeza, que ignoran casi siempre”. 

 

Del perfil literario de Augusto Lunel poco se sabe, apenas en el “Diccionario manual de literatura peruana y materias afines” (U.N.M.S.M., 1966) de Emilia Romero de Valle, se refieren a él  advirtiéndonos que se trata del seudónimo de Augusto Gutiérrez, que nació en Lima, en 1923, y que publicó su libro “Los Puentes” (México, 1955).  Un misterio lleno de timidez abruma su biografía de escritor: un solo libro…, hasta entonces.  Lunel siempre vivió en el silencio literario total. 

 


Fue también en el año de 1971, en que Lunel vuelve a romper el absoluto silencio cuando la Universidad Nacional de Educación, publica en la Serie “La Flor de Cantuta” (poesías), su pequeño y discreto libro “Espejos paralelos” (1971) con el reducido tiraje de 300 ejemplares, y con seis ilustraciones del profesor y poeta piurano Manuel Velásquez Rojas (hijo del legendario poeta ayabaquino Juan Luis Velásquez, amigo de Vallejo en la vanguardista y resistencia francesa, quien vivió también en México, fue secretario de Trotsky, en los momentos no siempre coincidentes que Breton agitó el ambiente intelectual mexicano, con César Moro,  y los surrealistas mexicanos); y la caratula de Pablo Medina V.

 

En la revista “Auki” N- 3 (1976), por el entusiasmo de sus integrantes (La Hoz, Arteaga, Santiváñez, y Aragón) se publicaron poemas de Lunel; donde se confesó también una admiración literaria por Rodolfo Milla, el autor de la columna “La Pistola de Señales” en la revista “Idea”  de Manuel Suarez Mirabal:   revista donde se puede entender algunas de las elucubraciones estéticas de los poetas surrealistas peruanos. Confesa y pública admiración, que empezó en esas lecturas,  por “Los puentes”  de Lunel que nos llevó a publicar algunos de sus increíbles poemas como “El cuerpo alucinado”, “El día tiene veinticuatro veranos”,  “La magia dorada”, “La sombra de la luz”, y “El habitante del sol”, entre otros poemas.  Lunel siempre fue un desconocido total en el panorama de la poesía peruana del Siglo XX.  Tuvo que aparecer nuevamente el poeta Luis la Hoz rescatando en su antología “Diez aves raras de la poesía peruana” (2007)  donde publica poemas de Lunel junto a otros “raros”.

 


La imaginación de Lunel  es de las más atrevidas del surrealismo, tiene una facultad científica y de desarrollo de la “analogía”  para enfrentar la lógica de la realidad.  Nunca pierde la “anosmia” frente a la podredumbre social, delira ansiosamente entre los estragos del dolor humano para lograr con su poesía para lograr importaciones hacia el centrobárico de su interés por el absurdo, capaz de lograr sensibilizar hasta en el mas mínimo detalle de lo anfractuoso, que es el duro devenir, de este itinerario histórico del hombre contemporáneo. 

 La poesía surrealista en el Perú.

 

 

octubre 02, 2021

POEMA CONCRETO







Poesia concreta: produto de uma evolução crítica de formas. dando por encerrado o ciclo histórico do verso (unidade rítmico-formal), a poesia concreta começa por tomar conhecimento do espaço gráfico como agente estrutural. espaço qualificado: estrutura espácio-temporal, em vez de desenvolvimento meramente temporístico-temporal, em vez de desenvolvimento meramente temporístico-linear. daí a importância da déia de ideograma, desde o seu sentido geral de sintaxe espacial ou visual, até o seu sentido específico...


POEMA CONCRETO 
CONTRA LA PESTE/  MUNDO PESTE






POEMA CONCRETO (A)

POEMA CONCRETO (A)



julio 01, 2021

VALDELOMAR EN PIURA

VALDELOMAR EN PIURA

Armando Arteaga

 


Pocos piuranos saben que la ciudad de Piura fue visitada siempre por viajeros y personajes ilustres que han ido dejando huellas, escritos, testimonios en periódicos y revistas,  de épocas  y estilos de vidas cuando la fotografía no estaba a la mano de los sucesos cotidianos, y era el apunte dibujado que perennizaba el tiempo efímero de entonces.  Todavía la experiencia literaria no era tan valorada, salvo el periodismo que ha guardado recuerdos, vivencias, anécdotas, en las crónicas de sus autores. Mucho después vino el libro a consolidar ciertas verdades. Dos autores, en especial han seguido el itinerario de Abraham Valdelomar en Piura: César Ángeles Caballero  y Javier E. Chesman.

El fidelísimo seguimiento que Javier E. Chesman hace del itinerario de Abraham Valdelomar en su libro “Valdelomar en Piura”, desde que tomara el tren en la Estación de Paita, en la ambientación con lugares entrañables, el autor de “Tristitia”  recorre las calles del centro histórico de la ciudad de Piura: “el Municipio, con las grandes arquerías de sus portales y, al lado, la Cárcel, mirando de frente a  la estatua de la libertad.  Hacia la izquierda la Iglesia Matriz -hoy Catedral- y el edificio de la Duncan Fox”.

Existen fotografías, de 1920,  aproximadamente, de  la ciudad de Piura,  que recuperé en formato pequeño, y  que estaban en posesión de un viejo fotógrafo del barrio de Castilla cuya tienda estaba frente al cine: Don Arnaldo Pulache, tenía los negativos en sepia grabados en láminas de vidrios, tesoros que no quiso vender en aquel entonces, y ojalá algún coleccionista pueda aun conservarlos.

Valdelomar en su estadía en Piura, se hospedó en el Hotel Colón, y vivió la “causerie” literaria, imponiendo la moda de la camisa “sport”, los lentes quevedos con cintillo, el clavel encarnado en el ojal del saco, el  pañuelo blanco en el bolsillo del pecho,  y cubría la cabeza con un sombrero de fieltro ligeramente ladeado que tajo de Lima, aunque en algunas fotografías aparece también con el famoso sombrero de paja toquilla de Catacaos o de Loja.

Valdelomar vivió en Piura una temporada agitada con un grupo de piuranos que cultivaban el quehacer literario, animando  las costumbres tradicionales de la ciudad. En “Estampas Piuranas”  y en  “Anecdotario Norteño”,  de José Vicente Razuri, se pueden hallar los únicos y más completos perfiles de aquellos personajes de la bohemia piurana que acompañaron a Valdelomar.   

Fueron frecuentes los paseos por los distintos barrios de Piura donde se podía admirar el tipismo de las viejas  calles, angostas y polvorientas, con sus casas de paredes convexas, semidestruidas por el terremoto de   1912. En los periódicos de la época, dan noticias del escándalo literario de Valdelomar en Piura. Entonces, Piura, ya era, también, una ciudad cosmopolita.

Los paseos por Piura en busca de temas literarios realizados por Valdelomar, según los recuerdos de José Vicente Razuri, siguieron casi ininterrumpidamente. Solía salir a pasear por la Plaza de Armas, se sentaba en algunas de esas bancas que están frente a la Iglesia Matriz, debajo de dos grandes ficus y un centenario algarrobo. A su vista estaban los veinticuatro  tamarindos que, en la época de Balta, sembrara el Alcalde Reusche. La plaza estaba siendo embellecida con claveles, mastuerzos, malva olorosa, floripondios, rosas blancas y campanillas.

La gira cultural norteña de Valdelomar, por las ciudades de Trujillo, Cajamarca, Chiclayo y Piura,  lo animan y lo confirman para un mayor interés político y literario.  Valdelomar ya tenía contactos con escritores de la literatura ecuatoriana, su poema “La ciudad de los tísicos” publicado en la revista “Mundo Limeño” se lo dedica a Medardo Ángel  Silva, poeta de   “La Generación Decapitada”. Dos poemas, que firmó,  escritos en Piura, son de gran importancia: “La Danza de las Horas” y “Angustia” (dedicado a Aurelio Román G.). Existen afiches, fotografías, documentos, y  otras publicaciones, de la presencia en Piura de Valdelomar.

Valdelomar les da -con este contacto- hacia los escritores piuranos de la época un mayor prestigio, que son “los modernistas piuranos”: Ricardo I. Mendoza (1860-1922), que escribió: “Un manojo de poesías, recopilados por sus hijos” (Piura, 1917);  y Ricardo César Espinoza (1869-1926) que fundó “La  Unión Piurana”, y otros, todos ellos: azules y profanos, adoradores de la “tristissima nox”,  poetas que se atormentaban en la musicalidad de las palabras y el confidencialísimo de algunos paraísos artificiales. Y, Piura no vivía entonces lejos del mundanal ruido, o  del escándalo frívolo de la poesía que tanto le gustaba a Valdelomar.   

 

 


febrero 24, 2021

El secuestro| Un cuento de Armando Arteaga





EL SECUESTRO 

Armando Arteaga


CAMBIAR  toda la merca-.  Fue la consigna.

Kike “El Tiburón” se amarró los zapatos, miró el cielo azul-azul con cierta nostalgia, contagiándose con la sonrisa de Lalo “Sanguijuela”.

Se limpió el sudor.  Lavó sus manos en La Pila de la Plaza Mayor.  En cunclias Toño “El Cuadro” temeroso contemplaba su cajetilla de cigarros Winston.

Fuimos muy de mañana en la búsqueda de El Jefe, debería entregarnos el billete.  Subimos por la escalera de escape. El Portero del edificio nos preguntó: ¿A dónde van?.  Kike contestó indiferente: buscamos al señor Peres Ochoa.  El Portero abrió la boca, una enorme cueva oscura, nos mostró sus dientes amarillos, podridos de nicotina,  y dijo: Sexto Piso, 604.

Toño, el claustrofóbico,  subió solo por el  ascensor.  Vaña, la Loba, la única mujer de la banda, nos esperaría aquella noche.

El Jefe estaba colérico.  Han venido muy temprano –nos dijo-.  Trabajamos con disciplina –le contestamos-.

-Nos ofreció unos whiskys, pero no le aceptamos.  Frunció el ceño de la frente, tomó sus anteojos, entró en la otra habitación, luego de unos minutos, apareció más relajado, y nos entregó a cada uno: tres paquetes.

Peres Ochoa se vistió rápidamente, no se perfumó, no hubo dinamita. Bajamos  por las escaleras, en largo silencio, subimos al Cadillac de El Jefe, rumbo al Aeropuerto Jorge Chávez. Nos separamos, yo me escondí entre la disparatada multitud y su bullicio.

Una mujer pelirroja se rascaba una nalga con la mano derecha, muy de cerca un policía la miraba, perverso, con ojos mañosos.

La multitud vive su propio ritmo.  Esperamos el avión.  El avión llegó y enseguida busqué a El Gafas, que al asomar a la escalinata me saludaba con la mirada.  Oí, alguien decía: I last my dog, llora pues hijo de perra, murmuré.  Me acerqué a El Gafas y le entregue los paquetes. La “hoster”  estaba linda.

Vi que El Jefe conversaba con El Gafas, y nos abandonaban.

En la puerta principal  del aeropuerto, Kike esperaba.  Toño hizo detener un taxi, y Lalo palpó la navaja que llevaba escondida en el bolsillo derecho de su casaca.

El Gafas es un hijo de perra  -dijo Toño-.  Ladra el puta –sacando la mano del Cadillac para saludar a la mujer pelirroja, flaca-.

Al toque de diana, me llevo a tu hermana, al toque de lista, le paso revista.-observó-. Moviéndose las gafas.

Kike sonreía, y dirigiéndose al Jefe avisó con un pequeño grito destemplado: ¡Tarea cumplida!, señores.  Nos vamos. Señor Peres Ochoa ya entregamos los paquetes.  Buen pase, tigres, dijo Toño. Nos palmeo el hombro mientras decía:  Muy bien, muchachitos. Muy bien.

Lalo simulaba estar serio.  Rosquete a la vista –pensó-, después de mirarlo, mientras El Gafas hablaba solo: se bañará en la ducha, y Vaña –mientras tanto- se pintaba las uñas de los pies con glass rojo, se desnudaba.

Tocamos el timbre, no sonó.  No hay electricidad en esta casa, comprobó.  Después de oletearnos largamente nos prometió volver mañana, muy lechuza, ¿iré tempranito?, putona.

Lalo se puso a llorar.  Es un millón de cocos. Kike se fue a la peluquería y se afeitó. No están mal los morlacos. Y Toño imaginaba que su dulce Vaña ande de concubina con cualquiera, coño, y  El Gafas le ordene traer una taza de café.

-Por las noches bebíamos anís-. Lalo tocaba la guitarra.  Después, salíamos a la calle, tristes, monótonos, nos echábamos a caminar pateando piedras y latas, silenciosos. Perezosos.

 

 

NOS ORDENARON la tarea.  ¿Quién sería esa mujer pelirroja, flaca?.

Empujaron la puerta: allí estaban Vaña y El Gafas en una misma cama, ¿saltaron?, ¿conspirábamos?, ¿groseros?, ¿qué bacán?, ¿pleito?.

Como la pitri-mitri pintamos las paredes y les pegamos a un policía.  Un viejo se reía, caminaba lento, caminaba cojeando, era tuerto, tampoco usaba barba, a pesar de viejo,  sordo y tembleque.  Miraba, sonámbulo, y las carcajadas se oían a lo lejos.  La mujer del empresario sollozaba en la otra habitación, semi-enterrada, sin ninguna contemplación por ese insólito embarazo que confesó.

Corrimos, Bo Marley es el cantante de reage que todavía  ocupa el primer lugar del hit-parade en la insólita Isla de Jamaica, cannabis pura.  Me comunique con El Gafas.  El Jefe  lo llamó también  por teléfono, y Vaña suspiró por la falta de su marido valenciano, coño, de un martillo que le mueva el bombo.

Prendí la radio portátil.  Raphael se va de gira musical a México. “Rosquete a la vista”, salta al ojo su mala costumbre.  Kike toca la guitarra y se incha como un globo.  Inflalo más y veras.  Pincha ese globo, ¡boom!... Meditamos:

 

Y mi sexo acaricio tu sexo

es neto buscarte, es neto.

 

La frescura del mar subió

subió sobre nosotros dos

que fuimos solitarios en la arena.

 

Llegó esa libertad, llegó el marido

Tú fuiste mi mujer casi oprimida.

 

La carne en un silencio de nostalgia

marina en nuestros ojos niños, finos.

 

Los peces muertos lloraban sin lágrimas

y el agua nos cubría, nos cubría.

 

¡Policías!. Sos muy aburridos, chicos, -dijo Vaña-.

-Ínflalo más, ...y veras. ¿A lo mejor nos vamos todos al mismísimo infierno?, ay esa Vaña cada día más putona.

Toño comprendiendo que “El amor es triste” acarició sus cabellos, apagó, pero enseguida volvió a prender  la radio, levanto un pie por los aires y se puso melancólico en sus modales. ¿Tenemos velas? –alguien preguntó-.

 

La muy lechuza, en la oscuridad: Lalo espera unos minutos en el más oscuro rincón del prostíbulo-bar, huachafea a la pestaña, a la mirada arrastradita, ¿cuánto cobras?, una cuba libre, un pisco sour, jode esperar...

Al final, ...El Gafas vacacionará en Viña del Mar y yo soy un cojudo buscando mecas para el week-end –pensaba Lalo-. Pintando paredes a mi nadie me gana, dijo Toño.  La Virginidad Produce Cáncer, Consuma Lo Que El Perú Produce, Tome Coca Cola, La chispa de la vida, Prohibido Prohibir, una lluvia de avisos inundaban las paredes.  La cojudes es que somos menores de edad  y  la película es para mayores de 21 años.  Si la cosa no funciona.  Nos vamos en cana por  el mismo water todos –contestó Kike-. 30 años de prisión.

Silenciosos caminábamos por los barracones del Puerto Callao, por Acapulco, Kike y su amigo El Marinero se arrastraban con una botella de cerveza Voll-Damm.  Seguimos buscando a El Gafas.  Nos ordenaron la tarea.

-Que El Gafas regresa de Viña del Mar y se vuelve con dos bailarinas que son de la gran flauta.  Toño masticó su chicle Adams, saludó a un  cura (¿comeechaooo? Elegante: apestaba a licor barato y hablaba de mujeres pecadoras en las puertas del infierno.  Lalo fornicó mentalmente al aire libre, saludo tres veces al cura, muy parecido al hermano Leoncio del colegio secundario.  Lalo se tocó el mentón, tosió, preguntó: ¿qué hora es, ah?, ya son las once, le contesté, happy-happy, seguimos buscando... Ahora sí, final feliz.

 

EL JEFE AVERIGUÓ: ¿cómo van los trabajos?, quedó satisfecho.

Los árboles elásticos, estáticos,  equidistaban en la vereda: simétricos.  El asfalto de la pista era una raya negra con un perfecto olor a mariscos, y Vaña estaba regia con una mini-falda jeans, calzones rosados usa –decía Lalo-, se los he visto cuando fuimos a la playa La Herradura, y ahora tiene el cuerpo bronceado, bronceadísima.

El Gafas no tiene frío, se coloca los guantes de cuero negro.  El Gafas no tiene frío y fuma el último Winston, botando el humo muy despacio.

 

¡Caracho, ... y  el billete!.  El Jefe se irá a Europa llevándose a Vaña, llevándose los paquetes.  Toño tocando la guitarra se muerde las uñas.  Y El Jefe, cocodrilo, comiendo uvas en el río.

-Botas cafichas- en voz baja murmura Lalo-, lustrándoselas, y Kike bebe una coca-cola añorando a Vaña.  Y El Gafas Esteban debe de estar imaginando calata a Miss Universo de la fotografía, ¿buen culantro?, ¿buena ruda?, buena suerte, mala muerte,  ¿una fotografía de la agraviada? -indica el policía-, la señora del empresario mira la cámara, mala señal, ...los forajidos la tenían recluida en una  celda, en una casa de una barriada de Villa María del Triunfo, irá a su casa residencial de La Planice, ahora, la señora está cansada, señores periodistas, no más preguntas por ahora, se acabó el show...  En la radio portátil canta Leo Dan, recordar es volver a vivir, estoy traumada doctor, dice la señora, canta Charles Aznavour, canta Roberto Carlos, Canta el Pollo Fuentes, canta Enrique Guzmán, canta Pedrito Rico, canten maricones, no ven que nos vamos por el water...

Caprichos al final: botas cafichas para Lalo, quisiera una sortija de oro, un brasier para Vaña, un collar para el perro de la señora, el billete del empresario puro papel arrugado, para El Gafas condones y fotos de mujeres calatas, hace el inventario el policía, se abraza al otro policía, la rescatamos viva, ilesa, un poco cansada, todos los forajidos están reducidos a cero, mi comandante.

Kike fuma. Lalo acaricia sus botas.  Toño, lagartija, maleante.  Y el aire refresca el ambiente.

-Y la mujer secuestrada, la esposa del empresario, dónde habrá terminado, tirada sobre el césped de un solitario parque de esta enorme ciudad, ...pueblo sin compasión, canta Paul Anka.

-¿Y la recompensa llegará?, reclama bruscamente Kike.  Un comercial y regreso. La radio portátil se ha quedado prendida, sola,  como la ciudad de noche, ... y la señora.

-En tres minutos más me largaré de este inmundo país -dormita El Gafas-.  A mi me da asco todo esto –reclamó la rica “hoster”-.

 

 

 

 

enero 21, 2021

LOS TRENES NUNCA REGRESAN





 


LOS TRENES NUNCA REGRESAN/ 

ARMANDO ARTEAGA

Me leo nuevamente.
Han pasado miles de años cuando escribí 
aquel poema.
El joven poeta le hurgaba la nariz 
a la vieja muerte.
Te leo nuevamente. 
Te escribo. 
Te amé.  No te amé, odié todas las tardes
ver tu cara en el espejo de la vida.
Había una contradicción,  entre tú y yo.
Había una lucha de diferencias.
Eramos unos extraños conocidos. 
No te hice caso, nunca
o, te hice caso?.
Pero ahora, jodes, demasiado.
Son tantos años, me aclamas 
me reclamas, 
un amor eterno,  que nunca te tuve.

Todavía recuerdo ese viejo poema 
que te escribí.

Es tuyo,  el poema. Ya no es mío. 
Lo releo, nuevamente,  como un extraño 
viajero impecable,  intratable 
insepulto,
infortunado amante,
inmarcesible ausente,
impertérrito, 
injurioso, 
lector de siempre.

noviembre 04, 2020

De la poesía de Ecuador / Armando Arteaga

DE LA POESÍA ACTUAL EN ECUADOR  (1) Armando Arteaga

Presentación

Es un lugar común explicar que la gran tradición de la poesía actual del Ecuador empezó con la hegemonía de cierto barroquismo, de un gongorismo exótico y nativo (en el periodo de su literatura colonial), trascendiendo el racionalismo europeizante, venciendo la sintaxis criolla. El neoclasicismo de Olmedo abrió las puertas, más tarde que nunca, al modernismo, entusiasmó la advocación de su academicismo, lejos todavía de las actitudes renovadoras.

Es, recién, en  el gesto “creacionista” de Miguel Ángel León con la aparición de su libro “Labios sonámbulos”, y el entusiasmo critico desbordante de Ignacio Lasso, que a pesar de su temprana muerte, nos dejó su “Escafandra”: ambos poetas me resultan ser los asignados pioneros de su vanguardia poética.

El vanguardismo poético ecuatoriano  fue un tren -lleno de sorpresas verídicas- en donde viajaron en presagio de modernidad: Jorge Carrera Andrade, Gonzalo Escudero, César  Andrade y Cordero, Augusto Arias, y Alfredo Gangotena, un “rara avis”.  Jorge Carrera Andrade, me resulta, para mi gusto, un gran poeta: homogéneo y de un refinado manejo verbal.  Gustavo Escudero es muy hábil para lo lúdico y lo metafórico (en “Hélices de huracán y del sol” e “Introducción a la muerte”).  César Andrade y Cordero abordó lo natural y lo humano en “Cúspides doradas”, desde una visión también filosófica.   Augusto Arias, al que hay que reconocerle exclusivos méritos poéticos, a pesar de que su producción fue breve.

Alfredo Gangotena merece especial atención y un espacio de reconocimiento para recordarlo como uno de los grandes poetas latinoamericanos, tal como en nuestro caso el peruano César Moro, escribió en francés y en español. La obra  poética de Gangotena es estupenda,   ligada a la experiencia literaria de Jules Superville y Henri Michoux. 

La “subversión” de los “provincialismos” logró un virtuoso nivel poético cuyo producto más alto fue la gestión y la publicación de la revista “Madrugada” que fundó Galo René Pérez, donde destacaron los nombres de César Dávila Andrade (de Cuenca); Enrique Noboa Arízaga (de Cañar); Eduardo Ledezma (de Loja; Miguel Augusto Egas, Cristóbal Garcés Larrea, Rafael Díaz Icaza, Alejandro Velasco, Tomás Pantaleón (de Guayaquil); Jorge E, Adoum (de Ambato).  Y, otros poetas libres e insulares, sin influencias de grupos, como Efraín Jara Idrovo, Eugenio Moreno Heredia, Teodoro Venegas Andrade, Jacinto Cordero Espinoza  (de Guayaquil).

Jorge E. Adoum y Hugo Salazar Tamariz son los poetas más reconocidos en nuestro medio literario por la divulgación de sus obras poéticas entre nosotros.  El caso de Adoum, por su novela “Entre Marx y una mujer desnuda”.

Muchos otros grupos valiosos han aportado al desarrollo poético y literario ecuatoriano después del auge del grupo “Madrugada”, destacando “Umbarales”, “Presencia”, “Club 7”, “Caminos”, “Galaxia”, y los “Tzántzicos”.  Los “Tzántzicos” fue un grupo fuerte y “orgánico” que aparece en la década del sesenta, lo integraron: Marco Muñoz, Alfonso Murriagui, Simón Corral, Teodoro Murillo, Euler Granda y Ulises Estrella (fundadores), posteriormente se incorporarían: Jos Ron, Agustín Cueva, Fernando Tinajero, Bolivar Echeverría, Raúl Arias, Rafael Larrea, Humberto Vinueza, Francisco Proaño Arandi, Iván Egüez, Abdón Ubidia, Antonio Ordoñez, Álvaro Juan Félix, Luis Corral, Alejandro Moreano, Bolívar Echeverría, Leandro Katz, José Corral, y la única voz femenina: Sonia Romo Verdesoto. El prestigio de los “Tzántzicos” llegó a nosotros a través de la revista del Frente Cultural  “La Bufanda del Sol” (N-2, Abril, 1972), aunque en la revista ya había una aproximación irónica “¿Réquiem por el Tzantzismo? de Esteban del Campo, donde se criticaba “el parricidio” como la gran manifestación de su “tomada de conciencia”. 

Mas tarde, esta aproximación cultural por la amistad peruana-ecuatoriana se concretó simbólicamente con Ulises Estrella, que nos visitó al Primer Encuentro del Consejo de Integración Cultual latinoamericana CICLA, en 1986, al igual que Cristóbal Garcés Larrea; y mucho antes, con Carlos Rojas González, cuya amistad viene desde 1975, cuando nos conocimos en el Café Palermo, Lima, y publicamos un poema suyo en la revista “Auki” N- 1 (Marzo, 1975). Justamente, publicamos una crónica de Carlos Rojas González en memoria de aquel “encuentro” con otros poetas peruanos de la década del setenta, y en esta discreta “antología”,  con singulares poetas ecuatorianos, seleccionada “tangencialmente” para tener en cuenta de estas representativas voces,  del país norteño y vecino. 

Selección de textos y poemas


ENTONCES

(CRÓNICA)

A Juan Ramírez Ruiz,

José Watanabe, que

siempre están.



Amo el invierno

Y no renunciaré jamás a la belleza de incendiar

Los árboles de un bosque en el otoño

(Armando Arteaga)

Carlos Rojas González*

Apenas consigo instalarme en internet se me ocurre abrir las páginas de mis amigos, debe ser una especie de curiosidad malsana, como decía mi madre, para ver en qué se encuentran, qué ha sido de sus vidas, acaso han conseguido lo que hace algunos años nos proponíamos. En ese intervalo que marca la espera de descarga de información me los imagino en un ahora, pero un ahora de entonces con el pelo largo, haciendo planes de lo que se pensaba hacer, por ejemplo en 1970, cuando sin conocer a nadie me instalé a tomar una cerveza Pilsen en el café del hotel La Colmena y en esas conversaciones iniciales que se tienen con el mesero le pregunté lo más que pude sobre Lima y él me mostró amablemente algunos sitios donde un joven turista podía ir a tomarse unas copas de vino, cervezas, a comer los famosos anticuchos que tanto me los habían publicitado, no te olvides de ir a comer los anticuchos me dijo mi madre antes de partir que tu padre me ha hablado mucho de ellos, yo asentía para no contradecirle pero por mi mente no se dibujaba la idea, el mismo sonido de la palabra me remitía a algo antiguo pero no me quedaba otra cosa que aceptar moviendo la cabeza. Volviendo a la conversación con el salonero quien quedó agradecido con la propina y se puso a mis servicios, luego de la breve charla terminé lo que estaba comiendo, era carne de res me acuerdo, aprovechando sus consejos porque al día siguiente empezaba la veda: quince días de carne y quince no, y me retiré a la habitación cansado, el viaje en carro era casi de dos días, me dejé caer en la cama grande de una habitación antigua pero cómoda que me recordó la casa de familia de mis primeros años. Dejé que el sueño se apoderara de mí escuchando en ese duermevela el tránsito, el agradable sonido del tránsito que cruzaba por la avenida Nicolás de Piérola. Supe que estaba en Lima y me arrulló el cansancio.

A las siete de la noche bajé a cenar y en un rincón del café divisé a unos jóvenes que discutían ardorosamente y apuntalaban sus aseveraciones en los libros que circulaban como pelota de fútbol, el mesero se acercó a tomar mi pedido, los miró dando vuelta la cabeza, me di cuenta que se trataba de mí y casi de inmediato los tuve encima, nos han dicho que vienes de la banana y que escribes, bueno, me interesa y comienzo, les respondí un poco timorato. De inmediato se presentaron como en el colegio, este es Isaac, éste Armando, éste Oscar, Félix, Mito, y luego comenzó la discusión en la que yo ya me había comprometido, me dijeron que se reunían de cinco a nueve de la noche porque luego se dedicaban a escribir y estudiar, quedamos en encontrarnos al día siguiente, cuando el reloj, el antiguo reloj de La Colmena, marcó la hora indicada nos despedimos, salí a la puerta para verlos partir y los vi caminando como muchachos que eran, que éramos, con euforia de quienes tienen la vida por delante, ahora de había sumado Juan Ramírez que me obsequió su libro Un par de vueltas por la realidad. En el tiempo que pasé me hicieron conocer algunos sitios importantes de la ciudad, nos reuníamos a leer nuestros trabajos, yo dejé lo que hasta entonces había publicado y ellos rellenaron mi maleta con sus libros, me interesó lo que hacían, dijeron que el más importante era Enrique y me dieron dos ejemplares de Los extramuros del mundo. Una noche de viernes fuimos a visitar bares donde cantaban los artistas nacionales, era algo especial, el restaurante cerraba sus puertas para cobrar la entrada y adentro se desataba el valse, la marinera y otras variedades de su música, así logré conocer a quienes eran reconocidos músicos nacionales. Cuando les dije que tenía que regresar a mi país porque trabajaba y estudiaba apresuraron la relación y me llevaron una noche al Chimú, un café donde paraba otro grupo de gente que escribía, allí estaban los otros, se saludaron a distancia, pero los otros me midieron de pie a cabeza, como preguntándose de quién se trataba, en eso el salonero se acercó y delicadamente sacó de su bolsillo la carta del menú, arrugada, sucia, apenas pude reconocer algunas letras pero Armando lo hizo por mí y me recomendó el ceviche, nos servimos y de veras estuvo exquisito. Esa noche al salir del bar me dijeron que si había traído algo inédito, les dije que sí y le entregué una copia a Armando me acompañaron al hotel. Al día siguiente estuvieron tocándome la puerta antes del medio día, habían leído el libro y les gustaba, me dijeron, y que no podía irme sin conocer a la Rosita Ríos, un restaurante que quedaba a vuelta del Puente de la Alameda, eso solo funcionaba desde el medio día hasta las tres de la tarde, entramos en un salón grande cubierto de cortinas de humo donde se escuchaba al fondo las voces de los cantantes algunas frescas otras con ese rico sabor de trasnoche, los platos llegaban sin que uno pidiera porque solo tenían asado y anticuchos, todos hablaban a gritos, nada se entendía, pero se estaba de acuerdo, era una celebración, se celebraba el hecho de estar vivo. De entre la humareda y la bulla salió una mujer alta y morena que cantaba como nadie, ella es Lucha Reyes, me dijo al oído Armando, los valses Tu voz, Pero regresa, se deslizaban desde su garganta para atravesar sus labios carnosos y penetrar esas barreras de tabaco y licor de guindas, cuando hizo una pausa los muchachos la trajeron a la mesa nos abrazamos, cantó pedazos de canciones (“está mi corazón llorando por tu amor tu pena/ y la horrible condena escrita por los dos”) eran canciones que las había escuchado antes pero ahora me llegaban, me asaltaban de manera especial, me recordaban algo o tal vez alguna imaginería, hacíamos coro y le repartíamos besos que la negra tomaba con agrado mostrando sus grandes dientes blancos y los devolvía sonoros, a nadie molestaba nuestra actitud, todos estábamos como se decía entonces conectados. La celebración llegó a su fin cuando imaginamos que recién comenzaba. La Rosita, una limeña de tez blanca, pelo negro cano y bastante robusta dijo que nos esperaba mañana a la misma hora, señalándonos un reloj de pared antiguo que marcaba las tres de la tarde. Nos despedimos derramando alegría y prometimos estar al día siguiente a la hora exacta, a la distancia agitábamos las manos a la gente que nos respondía y lanzábamos besos volados a la negra Lucha que los devolvía con una enorme sonrisa que mostraba sus macizos dientes blancos.

Al día siguiente se acabaron las vacaciones, Armando y otro cuyo nombre no recuerdo estuvieron temprano en el hotel para ayudarme con las maletas, salimos del hotel a la estación de expreso, habíamos repartido las cosas en tres maletas, dos eran regalos de ellos, y cada uno sacaba fuerzas de lo imposible para levantarlas, cuando llegamos a la estación parecíamos enanos por el peso que sosteníamos, los libros y los discos pesan, dijo Armando, y nos despedimos con un abrazo, me prometieron publicar algo de mis trabajos y yo les dije que publicaría un artículo de una página entera. Cuando me asomé por la ventana del expreso agité las manos con alegría y tristeza, algo se quedaba de mí y algo me traía de ellos.

A mi regreso lo primero que hice fue publicar una página entera de mis experiencias con los intelectuales jóvenes peruanos, analizando como elemento básico el libro de Verástegui En los extramuros del mundo. Los celebramos entre cartas que iban y venían, especialmente con Armando Arteaga, quien me comunicó que el movimiento Hora Zero que agrupaba a Enrique había decidido publicar un trabajo mío.

En París, diez años más tarde, conocí a un cientista social, Enrique Ballón, con quien entablé gran amistad, ya que compartíamos la profesión que yo había elegido, claro, él tenía mucha experiencia y yo trataba de aprovecharla.  Le conté de los escritores de Perú y me enteré que algunos habían  sido sus alumnos. Me apenó mucho su regreso a Lima, pero tengo muchos años afuera, me dijo, y una mañana nos despedimos, no quiso que fuera al aeropuerto para decirle adiós por esas cosas que pueden parecer folletinescas.

Cuando regresé al país -no sé si por equivocación- mi madre me entregó una revista llamada Auki, con una carta de Armando, donde se publicaba un trabajo mío. Habían pasado diez años de aquellas reuniones en La Colmena, las discusiones acaloradas, pero ahora las cuestiones de familia coparon mi tiempo y no tuve espacio para ahondar recuerdos.

Ahora que abro el internet, que la tecnología nos ha acercado en la comunicación aún cuando falta mayor desarrollo de la información que se encuentra, uno quiere buscar la obra de alguien y solo encuentra comentarios aunque en ciertas ocasiones con gran esfuerzo y ayuda de un experto se logra conseguir lo deseado. Buscando otras cosas dejé que mis dedos vayan a los nombres amigos y para mi sorpresa los encontré, se fueron apareciendo uno a uno como cuando se presentaron allá en el 70 en la Nicolás de Piérola: Armando Arteaga, pinta canas y tiene comentarios favorables, ha publicado algunos libros, es arquitecto, pasé a Abelardo Sánchez, también tiene página web, es sociólogo y se lo ve maduro, finalmente acudí a la página de Verástegui y sorprendió bastante el cambio que ha tenido el negro, ahora no exhibe la abundante cabellera de entonces, la cara algo ensanchada y está considerado entre los mejores poetas de los setenta, me quedé algunas horas proyectándome en el espejo de ellos, me pareció estar encerrado entre el ahora y el entonces, el tiempo me retrocedía velozmente y en ese espacio me sentía suspendido, intenté conectarme con Ballón, pero no fue posible, la página no se encuentra disponible me dijo el servidor, tenía unos deseos incontenibles de contarle el hallazgo, de proponerle encontrarnos en el café La Colmena de entonces, discutir acaloradamente lo que considerábamos nuestros puntos de vista, nuestras razones mientras nuestras melenas se sacudían al ritmo de valses y marineras y la negra reventaba ese vacío que se llevó con su voz, quería decirles que me estaba pudriendo acá, soportando golpes de estado o amenazas cada cierto tiempo. Encender el televisor y no tener otra opción que escuchar a los políticos ofreciendo cosas que nunca han pensado cumplir, castigando la lengua como si fuera su contendor, que estoy obligado a jugar al equilibrista para tolerarme, para poder terminar este trabajo, para no morir.

DESDE GUAYAQUIL / Domingo 7 de marzo de 2010.



 (Ahora que las últimas flores)



(Fernando Artieda, poeta del pueblo)



Ahora que las últimas flores dejadas en tu tumba se han marchitado

o se las han llevado los ladrones

Ahora que ya no es necesario confundirse impostar la voz

creo podemos decirnos algunas cosas

Yo respeto todo lo que has escrito

(el estar de acuerdo es una convención más del lenguaje)

Tu hombre solidario

Tu safa cucaracha

que llegaron al interior de este pueblo -balneario frustrado-

enseñándoles cómo enfrentar el día a día

cómo hacer que la tristeza se transforme en lo contrario

Esa seducción que era tuya -decir “solo” sería un lugar común-

con la que movilizabas a las masas esa posibilidad de poder decir

Venían de petrillo de vuelta larga de los extramuros de lo más recóndito

y la gente aplaudía

frenética alborozada

mientras con esa voz rasposa -ronco de lata- gritabas tus versos

esos versos de los que tú más que nadie estaba convencido

disfrutabas de cada palabra procaz malapalabra 

(como dice la buena gente gente de bien)

y continuabas tu discurso interminable 

alzando los brazos gritando haciendo pasos de baile

y gente seguía allí por la radio pegados al televisor

disfrutando de ese ardor contagioso

transformando su angustia –el no tener- en euforia

porque tú les entregarías la clave para entender este pueblo fantasma

para encontrar el ídolo que todos necesitan

el cantante que se lleva dentro

ya no importaba ser cholo indio ladrón serrano puta o lo contrario

todos se enrolaban en esa canción que les habías descubierto

que los encubría

La fatalidad era una forma de disfrutar la vida

las palabras adquirían otro sentido en el gran coro

De improviso el tiempo se interpuso en tu voz

esa carraspera esa voz pastosa ya no está en los tablados

la gente sigue ya no espera entona o susurra el mito que les dejaste

Se levanta trabaja cuando puede o hace lo que acostumbra y tal vez sea

                                                                                                   feliz)

sobre todas las cosas sus dolores está la ilusión que sembraste 

tu palabra


Acá al otro lado los que simulamos pensar

los que nos engañamos diariamente

(los que buscamos la expresión adecuada)

los que no tenemos la fuerza necesaria –aquí se debe decir otra palabra-

iremos a tu tumba cuando tengamos tiempo

a preguntarte cómo es el canto por allá Fernando.

18/04/2010



*Carlos Rojas González, n. en Guayaquil, 1943. Escribe poesía, relato y análisis discursivo. Doctorado en La Sorbona de París IV, bajo la dirección teórica de A. J. Greimas.  



HUMBERTO VINUEZA 

El poeta y escritor ecuatoriano Humberto Vinueza (1942), en la década de los sesenta perteneció al grupo de vanguardia cultural Tzántzicos. Ha formado parte de consejos editoriales de destacadas revistas literarias del país (Pucuna, La Bufanda del Sol, Procontra y Letras del Ecuador, de la Casa de la Cultura Ecuatoriana); ha publicado libros de poesía como Un Gallinazo Cantor Bajo un sol de a perro (Quito, Populibros, editorial Universitaria, 1970); Poeta Tu palabra (Quito, editorial El Conejo, 1989); Alias Lumbre de Acertijo (Quito, editorial Eskeletra, 1990); Tiempos Mayores (Quito, edición del autor con la editorial El Conejo, 2001); y, Constelación del instinto (Quito, editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2006). En 1991 recibió el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade por el poema-libro Alias lumbre de acertijo y, el mismo premio, en 2007, por el poemario Constelación del instinto. Sus textos poéticos constan en antologías nacionales y latinoamericanas, en el idioma original español  y traducidos al inglés y francés.


LADRAN LOS PERROS. 


La voz del locutor 

se deshace bajo la llama de la radio 

que no causa ningún incendio. 

Cuánto presente ayer. Cuánto ayer ahora. 

El viento se hace aire y otra vez viento 

y sopla sobre el clima del reloj 

y la mano invisible de los principios y los fines 

despoja de todo artificio a la desnudez 

y afina el ritmo de las apariencias desde lo íntimo sagrado 

hasta el saber inventado por su fuego. 

Apaga la radio. Los perros se borran 

en un claro de avión aterrizando. 

La silueta de mujer se encoge sobre aquel ínfimo 

mar tiernamente hipérbole y dice: 

tal vez otro pensamiento me piense 

otra boca como su bocado me avoque 

o evoque en pausada gustación. 

Brújulas corporales se desnortan 

en un recodo del lenguaje. 



MIENTRAS LLUEVE BAJO la noche negra 

ranas pares croan tentando a ranas nones. 

Él escribe versos silenciosos para desemparejar 

el tiempo de la puerta y la puerta del deseo 

y entre páginas y sábanas se oculte el relámpago carnívoro 

y la lluvia humedezca con desvío de sintaxis 

el aire de la gruta de donde nadie sale sin la lisura de la fe 

hacia la tiniebla de la naciente frontera. 

La edad confiere confianza al sexo con retardo 

y arde como una lámpara en el borde de pantomimas sucesivas 

de la transfusión del tiempo de quienes inventaron 

el primer canto hace ya tanto infinito modulado 

de la flauta con neuronas en vez de agujeros del fogonazo 

de creer que se vive el sueño en el espejo adentro de las cosas. 

Vuela una mariposa desde algún pecho 

hacia el croquis de las genealogías y no se sabe 

dónde comienza el alma ni dónde termina el cuerpo. 

Pareja es la única palabra o tibieza de ave 

que no sustituye con ventaja a su presencia. 


Del libro “Fuga de energía” 

Publicado en Obra cierta, Antología (2009)




MARIO CAMPAÑA (Guayaquil,  1959)

Poeta y comentarista literario. Ha publicado Cuadernos de Godric, Premio Nacional de Poesía Joven 1988. Días Largos (1995). Visiones de los real de la poesía latinoamericana (2006). Aires de Ellicott City, 2006 (Barcelona).




POE, BALTIMORE, 31 DE OCTUBRE

Para Toña


Repentinamente descubre el sol este pulcro cementerio de ciudad, donde la iglesia intimida todavía a las almas. Lápidas hundidas, húmedas, trabajadas por el musgo: “Homenaje al Mayor Steve Ridell”; “Recuerdos al Coronel O’Jara”.

Junto a la indiscutible gloria de los héroes acampados apaciblemente en esta orilla, una tumba oculta tras cristales hoy tampoco resplandece, hoy, día de la celebración de un hallowen. A su lado, ni el cognac ni las rosas sobreviven; hay coronas, ramas de vid o de un olmo viejo, y están secas.

Pero en la humilde “calle de la amistad”, entre chalets desvencijados, una negra nos habla con orgullo de un trémulo poeta, de un hombre frágil de mirada triste

que cada tarde deambulaba solo con su manchado cuaderno bajo el brazo y se sentaba dócilmente junto al árbol, “aquel árbol”, entreteniéndose con el rumiar de las ardillas y el rumor del cielo.

Temprano, los niños salen, corren, festejando la esperada llegada del domingo, y en la tarde, entre curiosidad y zozobra, empujan, arrastran al viejo amigo que allá en Lombard street ha caído una vez más, abrazado a una botella.



CARLOS LUIS MUSSÓ

(Guayaquil, Ecuador, 1970) Estudió letras en Guayaquil y Quito. Es autor de los poemarios El libro del sosiego (1997), Y el sol no es nombrado (2000), Propagación de la Noche (2000), Tiniebla de esplendor (2006), Las formas del círculo (2007), Minimal hysteria (2008), Evohé (2008), Geometría moral (2010) y Cuadernos de Indiana (2011).  Cinco veces premio nacional de literatura, en los géneros de poesía y novela. Coautor de Esquirla doble (2008), y corresponsable de Tempestad secreta, muestra de poesía ecuatoriana contemporánea (2010). Obtuvo una beca de creación (Almería, España). Se desempeña en el periodismo –como cronista y crítico–, y en la cátedra universitaria. 


AJEDREZ

64 escaques, un tablero. Tú de ébano ciego, yo de hueso-color. Te mueves en todas direcciones, pero tu abalorio recibe mi agujazo de hormigas. Los cuadros han medido tu silencio con un toque de incienso entre tus rodillas; y el peón adivina su salto diminuto sobre el tablero (PxT). Tus torres se desladrillan en la diagonal de su cruz cuando entro en tu mezquita de rodillas (PxA): aves de plumaje sin colores vuelan sobre el alfil mientras el caballo en celo revienta su casco de marfil en el coito de las laderas en ele, en forma de ele  (PxC). Poco falta para el sangrado del cielo aunque lucho y venzo en el enroque (0-0-0). Son míos el susurro de los espacios, ese jardín incauto, el surco obediente de la espalda. El empeine de tu pie, a solo un casillero de mi lengua ofidia (PxP4R). Culpas a la almohada de tus dolores –te ensañas con ella a mordiscos y lametones-. Pero no has caído en cuenta: somos ya un monstruo de doble espalda con fuegos de sal en el núcleo (P5D+).

Cojea nuestro aliento en este juego de reyes. Mi ariete embiste/ barrena las carnes/ incursiona en la memoria/ se duele en ti/ nos inunda pues tu saliva lo festeja y lo corona –peón por reina. El surco está abierto para las tablas: nadie sabe de quién es la victoria (PxR++).  Nadie sabe de quién, el jaque mate.  


JORGE MARTILLO MONSERRATE


Jorge Martillo Monserrate (1957), Ganador del Premio Aurelio Espinosa Polit. Autor de Aviso a los navegantes (1987), Fragmentarium (1991), Vida Póstuma (1997) Últimos versos de un poeta decadente (2004).


VIDA PÓSTUMA


1

  

Ahora sé que la muerte no es una mujer

Es solo una sombra

Nos acaricia

Sella nuestros labios

Apaga nuestros párpados

Nos conduce a soñar

Otra vez la oscuridad intrauterina

Aguas cálidas por donde ir a la deriva.


En vida confundí a la muerte con aquel fantasma

Que surcaba el cielo de mis habitaciones

Cuando grababa mi poesía

O cabalgaba cuerpos tras el amor.


Ahora sé que la muerte no es una mujer

Ahora sé que la muerte es mi sombra.

  


2


Entendí que los sueños eran más que una escalera

Ascendí y descendí

Una luz oblicua iluminaba mis pasos

Antes escribí de voces y mutilaciones.


Antes escribí que descubrimos la malignidad de los otros

Y jamás la nuestra.


Ahora el espejo se rompe

Me adentro a buscar esa imagen imposible.


3


Mis prendas quedarán colgadas

Detrás de una hoja de puerta

Les caerán láminas de polvo

Les caerá el vacío

Les caerá mi ausencia.


Mis camisas colgadas del cuello

Atrapadas por el anzuelo del cáncamo

Los hombros derrotados como puchos de cigarrillos

Las mangas simulando al espantapájaros

Que regaló los sembríos a las aves

Los cuellos lascados como cuerda de suicida

Los botones sin el abrazo de los ojales

Los bolsillos repletos de nada

Mis camisas sucias tendrán grabados mis últimos días

El olor de las mañanas

El hedor de las tardes

El carmín de la amante que dijo hasta luego y no adiós.


4

Este no es un inventario de objetos sin su usuario

Esta es una sensación de pérdida.


¿Quién mirará la luna en menguante

a través de mis lentes?

¿Vendrá el moho a enverdecer su armazón?

¿Vendrá el polvo a cubrir sus cristales?

¿Se atreverá algún deudo a apoderarse de mis anteojos

Para observar el mundo que no podré ver?.


Este no es el inventario de objetos sin su usuario

Esta es la lápida que se cierra

Esta es la tumba que cubre

Este es el epitafio que escribe sentencias

Esta es la vida penando como fantasma.




JORGE REYES


Nacido en Quito en 1905 y fallecido en esa misma ciudad en 1977, el poeta y periodista Jorge Reyes destaca entre los literatos ecuatorianos contemporáneos por su vigoroso repertorio poético, impelido por la sucesión de ideas sociales y estéticas que dominaron el siglo XX. Además de dirigir las columnas literarias del periódico La Tierra, dejó muestras de su capacidad analítica en las páginas de opinión de otra cabecera quiteña, El Comercio. Hay que vincular toda esa producción al ideario socialista, defendido por Reyes en revistas como Cartel, cuyo lanzamiento editorial fue impulsado por el poeta en colaboración con escritores como Pablo Palacio, Alfonso Moscoso y Jaime Chávez. En el terreno literario, destaca un ensayo que resume buena parte de esas inquietudes: Apostilla (1997).


Aparte del citado título, la bibliografía de Jorge Reyes incluye poemarios tan atractivos como Treinta poemas de mi tierra; Quito, arrabal del cielo (1926), (1930) y El gusto de la tierra (1977). Asimismo, cabe hallar sus versos en las antologías Índice de la poesía ecuatoriana contemporánea (1937), Antología poética de Quito (1977),  Quito: Del arrabal a la paradoja, (1985) y Poesía viva del Ecuador (1990).



VECINA


Ahora que está el patio de domingo 

y no hay ropa lavada


y en las vasijas no se quiebra el cielo

y los niños, caracolas terrestres, 

danzan de lado a lado 

con los trompos borrachos

y las bolas que guardan estrellas de colores,

usted y yo, vecina, 

nos podemos fiar un gran cariño

y decir, por ejemplo, deme un beso 

usted, buena como un periódico en la mañana

cuando es indispensable echar ancla en la vida, 

yo, inquilino de una tristeza

por esa mujer pálida como la palabra muerto. 

La calle se ha vestido de un pañolón de flecos

Tiene usted unas manos 

dignas de atar el nudo de mi corbata,

por la presencia de su boca

ya no chisporrotean mis recuerdos, 

aparece usted conmigo en las conversaciones

como los parientes en las fotografías

con dedicatoria al amigo del alma, 

y detrás suyo hay una familia contenta

que conoce la utilidad del mondadientes

y mira al cielo para hablar: 

“se ha muerto el Ambrosio como perro

sin siquiera una cruz entre las manos”. 


No sé hacer la alabanza de sus ojos, 

pero estamos juntos en la tarde que se achica

y mi alegría sube y le muerde los pechos. 

junto a usted me olvido de las constelaciones

y estoy tan sólo aquí y en ninguna parte, 

sin voz, como los muertos, porque tengo dos manos 

y un deseo en el único sitio en que está el deseo. 

sin embargo, quiero que me encargue su corazón 

para envolverlo en la esquina de mi pañuelo

y guardarlo en el fondo del bolsillo del pecho. 


Así estaré tranquilo 

como los toreros en las fotografías. 

Los faroles en la tarde son como forasteros.



(1) Presentación y selección de textos y poemas de  Armando Arteaga.