agosto 24, 2026

AMANTES TRISTES// ARMANDO ARTEAGA

AMANTES TRISTES// ARMANDO ARTEAGA



Fernando y ella viajaban tres horas desde Lima por la polvorienta carretera sin asfalto, siempre al borde del río Chillón, cuya corriente fría y constante parecía indiferente al mundo que se deslizaba a su lado. La geología dura del paisaje andino, entre piedras secas y quebradas, hablaba de tiempos y de violencias antiguas, de huaycos que bajaban arrastrando barro y cantos rodados, recordándoles que la naturaleza misma podía ser cruel y despiadada. 

La mujer dormía a su costado, con anteojos Ray-Ban ahumados, mientras Fernando conducía, y él pensaba en la reserva del hostal Cantamarca que había pedido a su amigo, el antropólogo canteño Guillermo Falconí, y en cómo pronto hablarían de magia, ciencia y religión con referencia a Malinowski, sobre rituales y supersticiones que permiten a los pueblos sobrevivir al miedo. Fernando imaginaba la cama limpia, la sábana tibia, y el río Chillón reflejando la luz del sol en su agua fría mientras descendía hacia el valle, indiferente a su llegada y a sus vidas trémulas.
Al entrar al pueblo de Canta, las casas de adobe, blancas con cal, techos de tejas rojas y balcones rústicos de cedro parecían frágiles ante la fuerza de los cerros que los rodeaban. Aparcaron junto a la arquería de la Casa Cuartel y, por un instante, la rutina del viaje y la espera de un instante en un hostal parecieron normales. Pero la normalidad es siempre un velo frágil.

En la esquina de la calle principal, un tumulto de gente rompía la quietud del pueblo. Campesinos venidos de Pariamarca descargaban paquetes de la parte trasera de una camioneta; en el centro, un representante de la guardia civil se erguía con distancia. La gente aguardaba expectante, pero sin alarma: el miedo se domesticaba, como un animal silvestre que aprende a convivir con los hombres.
—¿Qué sucede? —preguntó Fernando.
—Hay un muerto en el pueblo —respondió una voz con indiferencia.
Fernando miró el tumulto, y las hojas secas de los árboles huían despavoridas con el viento que bajaba hacia el río Chillón, cuyo murmullo frío acompañaba cada escena, recordándole que la vida y la muerte seguían su curso indiferentes. Entonces lo vio: Juliann, el esposo de ella, tendido en la carreta jalada por un caballo flaco, cubierto parcialmente por un poncho de lana de alpaca. Solo se distinguían las zapatillas, el codo, la cabeza zarandeada por el movimiento. Fernando sintió un estremecimiento helado, la frialdad del río se metió en su pecho, y la culpa comenzó a crecer como un animal silencioso y hambriento.
—Se ahogó en el río hace unas horas —dijo el capitán de la guardia civil—. No tiene documentos.

Hubo un silencio. Uno de los campesinos murmuró algo casi imperceptible: “Dicen que caminó solo hacia el agua. Que no pidió ayuda.” Nadie quiso confirmarlo. Nadie quiso negarlo. En esos pueblos, la muerte no siempre necesitaba testigos.
Fernando abrazó a la mujer por la cintura, sintiendo que cada roce era un recordatorio de la traición, del hilo invisible que unía todos sus recuerdos y su infidelidad. Cada encuentro clandestino, cada mirada cargada de deseo y culpa, era un acto de rebelión contra la moral, pero también una confesión silenciosa del vacío de sus vidas. Se dirigieron al hostal, mientras el río Chillón seguía allí, frío e indiferente, testigo de su pecado y de la muerte que los rodeaba.
La habitación daba hacia la calle principal y al río, cuya corriente helada parecía observarlos, constante, indiferente. Se ducharon en silencio; se vistieron en silencio. La presencia de la muerte parecía envolverlos incluso en la intimidad, recordándoles que todo placer es provisional. Fernando pensaba en Juliánn, en cómo la mujer lo amó y lo traicionó como jugando al mismo tiempo, en los silencios compartidos, en los momentos de pasión que ahora estaban teñidos de culpa.

Salieron a caminar por Canta, hacia el río. El agua bajaba cristalina entre guijarros, fría como la certeza de la violencia que recorría el país y la indiferencia de los hombres. La mujer pensaba que habían venido a eso: a buscar la vida, aunque la muerte y la frialdad del río los siguieran a cada paso.
Se acomodaron en un recodo del río, se quitaron la ropa y quedaron en traje de baño. Cada roce de piel traía consigo culpabilidad y deseo; cada mirada recordaba que la vida sigue, incluso cuando el mundo conspira para despojarla de sentido. Y el río Chillón seguía, frío y constante, testigo silencioso de su intimidad y su inmortal pecado.
Fernando recordó las aulas de San Marcos en los años 80: debates encendidos sobre maoísmo y toskismo, cómo ella defendía la disciplina toskista con pasión mientras él discutía con el ardor de quien cree “que la historia puede ser domesticada”. Recordó las lecturas de Malinowski, los textos dispersos de Falconí, y cómo todo eso parecía absurdo frente al terror que recorría los pueblos: desapariciones, rumores de Sendero Luminoso, patrullas militares, violencia cotidiana y miedo.

También recordó cafés en los que discutían la política y el amor, bibliotecas donde hojeaban libros de antropología mientras sentían que el mundo se desmoronaba, bailes de folk y rock donde la música parecía absorber sus ansiedades y dejarlos suspendidos en el aire. Cada paso, cada conversación, cada movimiento estaba teñido de culpa, deseo y conciencia de la fragilidad de la vida.
Los días siguientes los encontraron recorriendo caminos polvorientos, cerros secos y el río. Rumores de ataques de Sendero Luminoso llegaban desde Pariamarca y otras aldeas: casas quemadas, cuerpos desaparecidos, vecinos recelosos y silenciosos. La violencia no era espectáculo, era hábito, y el miedo una constante que moldeaba la vida.

Al final, permanecieron junto al río Chillón. Se acomodaron en un recodo, se miraron y se sumergieron en el agua helada. Fernando pensó en Juliann, en la belleza de la mujer, en la violencia que recorría el país, en sus deseos, su culpa y la indiferencia del mundo. La corriente fría del río los abrazaba y los separaba al mismo tiempo, y ellos permanecieron allí, sumergidos, conscientes de que la vida es un hilo frágil y la muerte, fría y constante como el río Chillón, la única certeza que existe.

Habia en este relato un problema de desacuerdo con la realidad vivida, por eso Guillermo Falconi al momento de volverlo a escribir, opto por esta versión inconclusa que le parecía mejor, pero que negaba ciertos renglones de la triste realidad, en su máquina underwood, se puso a escribir, y este relato terminó así en el papel bond:

Viajaron tres horas desde Lima por la polvorienta carretera sin asfalto siempre al borde del río Chillón, una geología dura, entre piedras secas y quebradas del paisaje andino por donde alguna vez habían bajado enérgicos huaycos poderosos de barro y cantos rodados.
La mujer iba al costado de Fernando Castillo, dormitando, con anteojos ray-ban ahumados, hasta que ingresaron al pueblo de Canta, sus casas de adobes y blancas, pintadas con lechada de cal y techos de tejas rojas con balcones rústicos de madera de cedro.  Llegaron hasta la misma Plaza Central de Canta y estacionaron el auto al costado de la misma arquería de la Casa Cuartel divisando de reojo la Iglesia Principal del Niño Chaperito.   Fernando se miró lo bigotes por el espejo retrovisor, y pensó en lo bueno que le sería encontrarse ya con una buena hostal  -le había avisado que le reservará una habitación a su amigo el antropólogo canteño Guillermo Falconí, una reserva en alguna de ellas, con terma, ya hablaremos de “magia, ciencia, religión” de Bronislaw Malinowski, le aseguró, te estoy llevando el libro- con una cama limpia, una sábana blanca y tibia, y un desayuno de papas fritas con truchas, ají y cerveza, un banquete serrano.
Pero al bajar del auto, Fernando recordó que vio en la esquina del barrio de Chacara, hacia el lado de la Plazuela de Roccha, había un tumulto de gente.
Un grupo de campesinos venidos de Pariamarca bajaban sus paquetes de la parte trasera de una caminoneta, al costado corría otro tumulto y en el centro mismo del grupo sobresalía un representante de la guardia civil.  La gente estaba estupefacta, esperando algo, mientras las hojas secas de los árboles de la Plaza huían  despavoridas con el suave viento que jugaban hacía la bajada hacía el río donde estaba prestrada toda la atención del pueblo.
-¿Qué sucede?.
-Hay un muerto en el pueblo- contestó una voz anónima del grupo con cierta indiferencia.
Volvió la mirada hacía la gente. Las hojas secas de los árboles de la Plaza volvían a huir despavoridas con el suave viento que jugaba por la bajada hacía el río.  Pensó que debe ser algún desafortunado, alguien que se colgó de una viga solitaria de alguna de las hostales canteñas, siempre desabridas, o alguien se cayó del caballo, o se metió un  tiro en la sien.  Un grupo de gente venía jalando una caretilla arrastrada por un caballo alazán flaco sobre la que descansaba el cuerpo muerto del hombre desconocido, apenas se le divisaban las zapatillas alidas, y una parte del codo, y la cabeza que sobresalía al otro lado zarandeada por el movimiento que hacía el grupo mientras se despalazaba.  Un poncho de lana de oveja cubría parte del cuerpo del hombre, algo se podría ver del muerto, la cara, el cabello negro, el otro pie izquierdo.
-Se ahogó en el río hace unas horas-dijo el capitán guardia civil, arreglándose la correa y el porta revolver.  No se sabe quién es el oxixo, no tiene documentos.
Fernando miró con cierto desprecio al muerto, abrazó a la mujer por la cintura, y se encaminaron rumbo a la hostal  Cantamarca. 
Tomaron la habitación de la esquina que daba hacia la calle principal y con la mirada hacia el esplendoroso y pueblerino Obrajillo, hasta esa habitación llegaba el discreto ruido del río Chillón.
Ambos se ducharon en silencio.  Se vistieron también en silencio sepulcral.  Un muerto siempre trae tristeza para los que todavía van a seguir viviendo.
-¿Quién será el pobre infeliz?. ¿Total, él ya descansa de la bulla de este mundo?-meditaba Fernando.
Salieron a caminar por las calles del pueblo de Canta en silencio, y se encaminaron muy dispuestos hacía el río.  Total, a eso hemos venido –pensó ella-.
Ambos bajaron la cuesta hacía el río, el agua descendía constantemente cristalina haciendo resplandecer el brillo de los guijarros, estaba fría, estaba seguro que estaba fría –pensaba Fernando-.
Se acomodaron en un recodo del  camino del río, se sacaron las ropas y se quedaron casi calatos  en ropas de baño.


(Del libro de cuentos: "Los pobres diablos").

enero 06, 2026

LIBROS PIURANOS DEL AÑO 2025 / POR ARMANDO ARTEAGA

LIBROS PIURANOS DEL AÑO 2025

POR ARMANDO ARTEAGA

La literatura piurana en el año 2025 que pasó se mantuvo fuerte: es la primera y más fuerte de todas las literaturas regionales del país, por la calidad de sus obras literarias y el prestigio vigente de sus escritores y/o poetas, la calidad editorial de sus libros publicados, por el aumento de nuevos lectores que en gran proporción  numérica se van incorporando como sujetos importantes del consumo cultural en Piura, si medimos este rango con la producción literaria de años pasados y de otras regiones.  Este proceso, es un aporte social que viene incrementándose desde los años setenta: a partir de las primeras iniciativas del CIPCA.

La primera y significativa sorpresa se da en la novela “Los Funerales de Montero, Cien años de olvido” (Arcano 47 Editores, 2025) de Roberto Talledo, narrador piurano que reside más de veinte años en Quito. La novela va tras los pasos históricos del famoso pintor piurano, desde sus primeros años por la ardiente Piura, la Lima de los mediados del siglo XIX, hasta la bohemia europea de sus años florentinos. La pasión por identificar detalles de la vida de Montero se expresa en Talledo desde la minuciosa observación del cuadro “Los funerales de Atahualpa”, tal como también mucho antes realizo esa atenta mirada el poeta Antonio Cisneros en un poema del mismo nombre al referirse al óleo de Montero: “La luz se tambalea en el lugar del crimen”. Detallada persecución biográfica y bibliográfica de Talledo acerca de la vida de Montero.


Otro libro “en rescate” contra el tiempo, y en busca de nuevos lectores, fue la publicación de los relatos de “Simache” de José Ortiz Reyes. Existía solo una edición agotada (del año 1941) de esta gran narrativa lirica del agro piurano. Los caballos del tiempo se acercaron -este año- a Simache para ver las casas entre árboles, y a lo lejos, entre brumas, el caserío. Editado por José Carlos Vilcatoma, fue presentada en la Casona de San Marcos, y comentaron las bondades literarias de los relatos: FrançoiseAubes (Universidad de Paris) y el escritor piurano Christian Fernández (Universidad de Lousiana, EE.UU). Quiero recordar que José Ortiz Reyes fue amigo de José María Arguedas, se conocieron cuando estuvieron presos en El Sexto por sus actividades políticas.

Otro destacado narrador piurano (aunque nació en Jaén) es Teófilo Gutiérrez, este año nos volvió a sorprender con sus cuentos de “El mundo que a escondidas miro” (Hipocampo Editores, 2025). Por allí asoma todavía Piura en sus relatos, donde la memoria es un ejercicio de la vida (dice Diego Trelles Paz), los territorios rurales y la violencia política: escritor que goza meritoriamente de los elogios de Miguel Gutiérrez y Antonio Gálvez Ronceros, maestros y amigos, de nuestro narrador, poeta y editor.


Este año 2025, fue también de auge y apogeo para las librerías de viejo. En la Librería de Lima, inaugurada recientemente, encontré un libro casi imposible de leer: “Jililí, Motivos Ayabaquinos” (Biblioteca Peruana en Marcha, 1955) de Dagoberto Torres, narraciones dedicadas al terruño ayabaquino. Subrayo este episodio vivencial porque creo que es un libro que también requiere ahora un “rescate literario"


“Canibalismo Moderno y otros relatos” (Grupo Grafico J& J S.A.C., 2025) del escritor de Sullana, Eduardo Borrero Vargas: es un libro que trasunta algo de irónico, tiene buena parte de testimonios narrativos que son mitos, leyendas, y destilados cuentos de la cultura ancestral tallan. Remota en su imaginario un realismo de memorias condensadas en realidades puras y en sucesos fantásticos, de recuerdos históricos. Estas ficciones presentan un historicismo y un costumbrismo virtuoso. Sus personajes viven en un juego lúdico descriptivo que viene del mundo de los espejos.



La poesía piurana desarrolló también sus aciertos. Dos libros llamaron mi atención este año. Obras antiguas, inhallables, vueltas a publicar, y otra recientes, aportes nuevos, que demuestran el prestigio de la poesía piurana, la poesía más importante de todas las regiones del país, actualmente. Sin medias tintas, sin provincianismos, sin chauvinismos aparte.

 El poeta Edián Novoa, de Amotape y del mundo, consagro con “Alegorías de Medusa” (Editorial Gato Viejo, 2025), un discurso poético moderno y de identidad propia, es un libro con distintos aportes poéticos: técnicos y liricos. El juego lúdico de los versos y poemas de Edian Novoa vuelve -a estar- a la orden del día, viaja por los caminos inmensos de las retoricas literarias existentes pero cincelando sus palabras para formar otras retoricas modernas. Edián Novoa ya tiene voz propia, música, ritmo, puesta en escena, paisajismo y sobre todo contexto histórico. Enfrentado a la Medusa de los tiempos es un navegante lleno de optimismos, aunque también lleva sus vanas tristezas, por el mar de la vida, y las incertidumbres vividas.


En el mes morado del año, llegó Pedro Elera, el primer poeta de nuestra vida republicana, el poeta ciego, el poeta marginado por Ricardo Palma en “La Bohemia de mi tiempo”, el poema huancabambino, con su poesía romántica y elegante.

“María o Escenas de la montaña” (Hipocampo Editores, 2025), es un libro que se publicó en 1871, vuelto a publicar, para su reconocimiento literario. Es un poema largo de 34 cantos, al estilo de la Divina Comedia, dedicado a la dulce y angelical María. Trae un presentación de Rodomiro Elera Gómez, me parece bisnieto del poeta, y unas palabras liminares de Julio A. León. Fui uno de los primeros en reconocer la importancia de la poesía de Elera: “Su poesía es humanista y de gran nivel, de vasta cultura, a pesar de su premura profana y autodidacta, de un variado ímpetu creador que ya avizoraba su modernidad”.

Hubo más libros piuranos que llamaron mi  atención profana por la literatura piurana. Pero hay que dejar que el banquete literario sea también compartido por otros.

 

agosto 27, 2025

POSTDATA / ARMANDO ARTEAGA





POSTDATA / ARMANDO ARTEAGA
Pasé las tardes Ana imaginando
tu silueta de ayer que hoy debe deambular
algo veloz
entre la multitud.
Y que se fue a perder
pez en mi red
bajo la lluvia. Y todo es tiento ahora:
tu sonrisa car port
tu ilusión de avestruz
tu aeropuerto.
De tus cartas de navegación no sé nada.
Y desde entonces Ana
tu presencia cada día
me hace falta menos. Ich laufen musste.
(Del libro: "Avistar").
("Diez aves raras de la poesía peruana").

junio 19, 2025

PIURA EN UN MUNDO AJENO:

SIN “PIAJENOS” POR SUS CALLES

Armando Arteaga

 


 No veo ningún “piajeno” en Piura me dice mi interlocutora  amiga, la cineasta brasilera Belén Piñera, quien ha viajado conmigo a la ciudad de Piura para realizar algunas locaciones  en Piura La Vieja,  para una posible filmación de un documental sobre Froilán Alama,  mientras tomamos un jugo de lúcuma, esa fruta increíblemente deliciosa, en “El Rosita” de la  céntrica Av. Grau, y por allí empieza la discrepancia, mientras yo tomo una cremolada de mango ciruelo, fruta tan exótica o más comparada a la lúcuma, que nos ayudan a superarla sed y  el calor sofocante, tanto como Tabatinga y Leticia, las ciudades amazónicas donde reside nuestra sorprendida visitante.

 Hace un par de años, en plena pandemia del Covid 19,  caminábamos por Piura en pleno protocolo sanitario, mientras ella disparaba,  a diestra y siniestra, las tomas para sus fotografías, sobre la gente inesperada que pulula con discreción la Plaza Merino donde -le cuento- se reunían poetas jóvenes piuranos  a leer sus poemas por las noches. Ahora, me dispara a mí,  más preguntas, quiere conocer “La Casa Verde” (ya no existe, le respondo);  Yapatera sí existe (el último asentamiento de población afro-piurano),  y la fiebre del algodón, el oro blanco (mientras busco el número del celular de Jorge Arévalo Acha, alguien me lo dio,  y me dijo: allí lo encuentras, allí vive);  y le comunico que ya estamos en el  “huarique” de Castilla donde beberemos chicha y comeremos un ceviche de caballa.  

 Mientras almorzamos. Es cierto, los “piajenos” han desparecido del casco urbano de Piura, ella hace una referencia a la recreación poética del “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez, amigo de su niñez y juventud,  recuerda un inseparable asno pequeño, suave, blando, peludo, casi de algodón sin dureza alguna, tan frágil, denota su malestar,  por acá,  tan bandidos, en la tierra de Froilán Alama, los hayamos reducido a bestias de carga. Le explico: en toda la literatura piurana los “piajenos” son personajes sobresalientes, épicos “compadritos”  para el trabajo fuerte, de mucha ayuda en los hogares pobres: de gran alivio humano -para cargar bultos- en faenas campestres.

 Mario Vargas Llosa tiene un espectacular artículo periodístico (“La desaparición de los “Piajenos”),  publicado en marzo del 2012, es una aproximación a la Piura de su infancia y también de su juventud, donde los “piajenos”: “Estoicos y pacientes cargaban costales de fruta, leña, gentes, todo lo que podía cargar, y se los veía trotando día y noche por las calles de altas veredas, soportando maltratos de los malhumorados y sádicos, alimentándose de los que encontraban al paso o viviendo del aire y de su mera terquedad de no resignarse a morir”.  La guadaña del tiempo se lleva todo: familiares, amigos, profesores, todo lo que a cualquier vecino le importa. Por lo que recuerda también su etapa de san miguelino, la puesta en escena de su primera “obrita” de teatro en el ya desaparecido Teatro Variedades, “La huida del Inca”.

 

Otro escritor piurano que refiere a la presencia del burro piurano en su libro “Romancero Piurano”, es Teodoro Garcés, como un icono notable en “El escudo de mi pueblo”.  Al igual que el algarrobo, y los Seminario: familia multiplicada, que Seminario es de Piura, ó es Piura de Seminario. Donde el algarrobo es el árbol plebeyo, hijo de la arena del desierto inmenso. El burro piurano, es un filósofo paciente, no tiene descanso en trabajo rudo, no entiende de treguas en su amor de fuego. Aguatero del pueblo, sufrido arriero,  alcalde del progreso,  Cuando el cansancio lo deja muerto, festín de carne, para el gallinazo hambriento. “Lo que hizo el burro, no lo hizo nunca ningún diputado”,  refiere en un verso solemne Teodoro Garcés.

 El burro piurano, no tiene la épica de los “caballos” (su más cercano semejante)  en la Guerra de Troya, donde es “caballo de batalla”, y/o argumento de ficción, en la  guerra,  para engañar al enemigo, el artífico bélico de los ejércitos aqueos contra la ciudad. Ni la gesta de aquella “locura”  de las novelas de caballerías.  Aunque, en “Los caballeros del delito” de Enrique López Albújar donde el bandolerismo es una profesión, un viaje de seres rabiosos, desesperados, histéricos, como los toreros, los piratas, o los contrabandistas: el burro piurano es su aliado silencioso (casi forzado con revolver en la cabeza)  para cargar lo robado (donde no tiene parte en el reparto de los amigos de lo ajeno). Claro está, para cualquier filme, el bandolero es un personaje que odia la ciudad, sus escenarios donde luce mejor son los rurales; odia el tren, el avión, el auto, el teléfono, a los gendarmes, en cambio: ama sus caballos, sus “burros” de carga para la “merca” robada, ama el río, el rancho, la quebrada, el chicherio, el bosque, la cima, el caserío, y sus amores trágicos. Le roba a los “sambios”, siempre “prevalicando”, piuranismos usados por el autor de “De la tierra brava” en su glosario.

 

 

febrero 11, 2025

VASIJA DE BARRO / ARMANDO ARTEAGA

Domingo, 17-01-2021.
Mi artículo publicado en el Suplemento Dominical
Semana, Diario El Tiempo, Piura.
VASIJA DE BARRO

POR ARMANDO ARTEAGA



Uno nunca termina de entender cómo es que la “piuranidad” acaba metiéndose en los huesos y en el alma del “ser piurano”. Siempre que ando por Piura, el mensaje sonoro retoma un dialogo persistente con los “pasillos” y los “tristes”, sobre todo con ese ruido mundano que viene de rockolas. Mi abuela materna, Carmen, de Sullana, me decía, cuando era niño, que escuchar pasillos era cosa de “montubios”.
Así, con esa identidad musical, dejé Piura de niño, y volví a encontrarme con el “pasillo”, el “sanjuanito”, los “albazos” y los “pasacalles”, en mis tiempos universitarios, en Ayabaca, cuando el exalcalde Teófilo Flores me invitaba a las serenatas de las noches ayabaquinas, que los parroquianos muy “soferos” calentaban a punto de “canelazos”. Después, años más tarde, descubrí que también había una ruta musical del “pasillo” en Huancabamba.
Claro está, que por Ayabaca ha llegado la importa del “pasillo” cuencano y lojano. Lo trajeron, en sus cantos, ritmos y melodías, los estudiantes universitarios que iban al Ecuador, a estudiar, a la Universidad de Loja, porque no tenían vacantes en las universidades peruanas. Regresaban las “rondallas” de alegres muchachos en las vacaciones con sus guitarras, bandurrias, laudes, y requintos, que le daban vida testimonial, y ficciones nocturnas amorosas, donde el “pasillo” era el monarca local de los géneros musicales.
Varias generaciones de ayabaquinos se forjaron escuchando “pasillos” y dando serenatas. Eso no significaba, tampoco, que entre pasillos van, y vienen, siempre aparecía el valse criollo peruano. Aquí nadie se pasó al otro bando, la resistencia musical de estos pueblos fronterizos era la alternancia, la combinación y la hermandad musical con el país norteño.
En los años 90, cuando estuve por Ayabaca, fui consciente ciudadano, de reconocer mi admiración por la belleza del “pasillo”. Llevaba en mi mochila la novela experimental de Jorge Enrique Adoum: “Entre Marx y una mujer desnuda”, y la preste a un amigo, de las serenatas, que se interesó por la novela. En la próxima serenata, ese amigo, se me acerco con su guitarra y me dijo: “Adoum, el novelista ecuatoriano, ha compuesto este “pasillo”, y tocó “Vasija de barro”, que en realidad es un “danzante”.
Yo conocía la canción, y la historia de la canción escrita por varios autores ecuatorianos, reconocidos poetas y escritores: Jorge Carrera Andrade, Hugo Alemán, Jaime Valencia, Jorge Enrique Adoum, y la música de Luis Alberto Valencia y Gonzalo Benítez. El mensaje de la canción es algo recurrente con lo histórico, recupera el amor por lo ancestral: “Yo quiero que a mí me entierren como a mis antepasados/ en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro”.
Alguna vez conversando con Chalena Vásquez, la musicóloga piurana, le pregunté: ¿La poética del “pasillo” es algo muy habitual a la teleología de la cultura de los piuranos? Me aseguró: que en realidad, “el acomodo del prolijo social era de protesta”. No estoy tan seguro de esa aseveración de Chalena Vásquez, pero echemos una mirada por la historia. En resumen, en las guerras por la independencia contra España, las migraciones de los pueblos fueron muy fuertes, y entramos en contacto con la música del norte: Colombia, Venezuela y Ecuador. Por allí viajo el “pasillo” en las “montoneras”, de esas que hablaba Francisco Vega Seminario en su novela del mismo nombre. Que para hacer una síntesis musical tenemos ahora: un pasillo costeño, un pasillo lojano, otro cuencano, y el quiteño. No se trata, del entusiasmo, por quedarse en el infinito del cielo: “Viendo a mis lindas Tres Marías”. El famoso pasillo, “Las Tres Marías”, que cantaban las Hermanas Mendoza Sangurima, ha unido pueblos y literaturas, de ambos lados. El destello galante de este “pasillo” ha removido sentimientos a prueba dura de amistad sincera, entre nuestros dos países.
El pasillo costeño desde Guayaquil tiene excelente autores: Nicasio Safadi, Carlos Solís Morán, Carlos Silva Pareja, Carlos Rubira Infante, entre otros. En Portoviejo: Constantino Mendoza. En el pasillo lojano, los nombres de: Segundo Cueva Celi y Salvador Bustamante Celi. En el pasillo cuencano: Francisco Paredes Herrera. Y, en el pasillo quiteño: Carlos Amable “Pollo” Ortiz, así como Homero Iturralde, Víctor Aurelio Paredes y Ramón Moya Alzamora. Por último, para mi gusto, existen “pasillos inmortales”, tales como: “Ángel de luz” (Benigna Dávalos Villavicencio); “Cantares del alma” (Carlos Bonilla Chávez); “El aguacate” (César Guerrero); “Rosales mustios” (José Guerra Carrillo), y “Romance de mi destino” (Abel Romero Castillo). Una prueba más, de que las canciones y la poesía: no tienen visiones localistas. Las rockolas del atardecer piurano muchas veces nos enseñan a buscar cataclismos sentimentales.



septiembre 29, 2024

Ruth Hurtado, poeta paiteña

Entrevista realizada por Armando Arteaga en casa de la poeta Ruth Hurtado Espejo (set. 2019, Lima-Perú), directora de Inter Art Consejo Internacional de las Artes, a propósito de su libro "Obstinación".


septiembre 22, 2024

EL TAXISTA / POR ARMANDO ARTEAGA


EL TAXISTA

Observó que el desconocido que fumaba era algo extraño. No estaba en regla la noche. Estar debajo de sus pier­nas en unos cuantos segundos, caído del cielo, tirado en el suelo, sin conocimiento, mientras volaba por los aires, sobre el tiempo perdido, en un instante que pare­ce un siglo, era un suceso desprevenido.

La muerte parecía explotar de sus labios que tembla­ban.

- ¿Qué está pasando, Jefe?

El desconocido golpeaba el rostro del muchacho.

- ¡No sé nada, Jefecito!.  Y el tumulto de la gente creció como un inesperado tumor en el instante mismo de la noche. Al filo de la navaja, en otro abismo.

Con discreción, el muchacho deslizó por su pierna el pequeño paquete que le fastidiaba en el sexo, mientras fingía morirse.  El muchacho caído en el suelo no daba señas de nada.

- Está frío.

Alcanzó a escuchar la voz del desconocido que fumaba. .El muchacho sintió morirse más, estaba haciéndose el muertito, no estaba en la playa para flotar como un corcho, sin embargo flotaba, se estaba haciendo el muerto. Y lo es­taba logrando.

- Cojudo, lo has  enfriado. El Jefe solo quería que lo acaricien. Se te ha pasado la mano. Le has dado vuelta.

- Vámonos - ordenó una voz rígida que venía de la parte de atrás.

Y de pronto, por arte de magia, se hizo el silencio. Solo que el muertito empezaba a estar con roche. Un cú­mulo de gente lo empezaba a rodear haciendo una circun­ferencia.  El desfile de piernas no lo dejaba divisar ni calcular a cuántos metros estaba el sardinel del paso de los vehículos que van por la autopista.

- ¡Traigan una ambulancia!.

- ¡Llamen a un patrullero!.

Un ligero pestañeo le permitió ver un cerco luminoso al fondo del terreno baldío que besaba la calle oscura.  La gente estaba ahora mas empecinada en buscar auxilio que en mirar al muerto. Fue entonces que el muchacho se de­cidió por hacer el milagro de Lázaro, levantarse, ahora o nunca, y salir corriendo, estando muerto, volar por los aires, a volar joven. Y correr, correr, no mirar hacia atrás, podría petrificarse, subir al primer taxi que encontrara por la autopista, que lo liberara del tumulto y del escándalo.

Al mirar hacia atrás, divisó una mancha amorfa que chi­llaba: ¡auxilio!, ¡auxilio!; ¡se ha escapado el muerto!, gri­taba una mujer.

Un volkswagen rojo apareció por la autopista.

- Lléveme a Ventanilla- le suplicó al chofer.

Este parcero está pal gato, pensó el fercho.

- Puta madre, qué tal paliza le han dado, cumpa, será por alguna falda, seguro, lo interrogaba amistosamente el hombre del timón. Yo por eso, fiel a una sola jerma.  Lo han masacrado, paisa, no se vaya a quedar dormido, mientras sorteaba a los otros vehículos que serpenteaban la carrete­ra de asfalto mojado.

-Ya estamos en Nuevo Perú.  En dónde lo dejo, tigre.

El muchacho argumentó estar en las últimas -suplicó-, no tener plata para pagar. Dios se lo pagará, cumpita.

- Vaya nomás, la próxima me paga, me debe una, com­padre. No se me vaya a morir en plena calle, y aquí never.

El moribundo se perdió por la calleja polvorienta lle­na de casas de esteras.  De la penumbra brillante de las casas asomaba discretamente un hilo de luz de Petromax.

El muchacho avanzaba adolorido, hasta llegar a la últi­ma cumbre del arenal. Tocó una destartalada puerta de ma­dera y latón.

- Abre la puerta.

Una mujer desgreñada y marchita lo acogió con voz llena de susto:

- ¡Jesús!. Te han sacado la eme.

El muchacho se desplomó en los brazos de la mujer.

En “Radio Mar”, la vida era sabrosa, Rolando Laserie  cantaba El Muerto se fue de Rumba (en realidad.: El Muerto Vivo).  Larga había sido la noche.  Empezaba un nuevo amanecer. De nuevo a  la vida, el muchacho se recuperaba de  la paliza.

La mujer en la cocina -un par de adobes y leña- preparaba un caldo de gallina, el wallpa caldo que le devolverá la vida al muchacho.

Afuera, de la pequeña choza, otra gallina picoteaba y se banqueteaba persiguiendo un gusano en el arenal.




julio 27, 2023

ARGUEDAS: EN LA TEXTUALIDAD DE LA LITERATURA EN QUECHUA Armando Arteaga

ARGUEDAS:

 EN LA TEXTUALIDAD DE LA LITERATURA EN QUECHUA

Armando Arteaga

 


El primer libro que se imprimió en el Perú fue un catecismo en quechua, la primera expresión literaria realizada por los misioneros para la conversión de pueblos originarios al catolicismo, fue la creación de “himnos” en quechua. Arguedas notifica entonces el sincretismo entre el mundo antiguo andino y la visión occidental de los misioneros españoles, en esta aproximación “Sobre la literatura  quechua”.  El sincretismo cultural y religioso empezó a funcionar desde la llegada de los españoles, lo mismo que la extirpación de idolatrías,  ante la resistencia cultural de algunos pueblos andinos. Arguedas rompió esa supuesta “marginalidad” atribuida por los historiadores y críticos oficiosos de una castellanidad absoluta de nuestra textualidad literaria.

En el antiguo Perú existieron diversas literatura nativas, las culturas anteriores a la literatura incaica tuvieron distinguidas expresiones literarias que se han ido olvidando en la noche de la historia.  Estas expresiones literarias, más o menos diferenciadas existieron.  Se desprenden estas certezas de las manifestaciones descritas por los cronistas, y de las investigaciones lingüísticas y arqueológicas vigentes.

Existieron además grandes espacios culturales de oralidad,  aparte de la incaica.  Diversos fueron -a grandes rasgos y vestigios- los espacios culturales expresados en Chavín, Paracas, Vicús, Recuay, Mochica, Nazca, Pachacamac, Caxamarca, Tiawanaku, Puquina, y Wari, entre otras culturas y lenguas. Estas literaturas iníciales: autóctonas, vernáculas, de ciertas originalidades y de gran diversificación idiomática,  se han perdido.  Se fue perdiendo toda esta diversidad lingüística, desde la unificación incaica, cuando empezó a oficializarse el quechua.

La oralidad poética del “Periodo Clásico” de los incas asumió convivencia social de integración en algunos casos, aún friccionando en otros: con otras lenguas nativas en pugna por hegemonía cultural, con otros pueblos coexistentes que alternativamente desarrollaron también símiles creaciones literarias a los incas, tales como: Collas, Lupacas, Soras, Rucanas, Pocras, Wanucus, Wancas, Chimús, Chachapoyas, Cañaris, Yauyos, entre otros.  De estos pueblos quedan aún vestigios arqueológicos, lingüísticos y literarios.

La literatura quechua empieza en el siglo XII D.C.   Por exacta coincidencia histórica dura casi 900 años, empieza desde cuando Manko Kkapak (amauta y harawiku) funda el Tawantinsuyo.  Y,  en este siglo también,  empiezan los primeros cantares de gesta españoles.  Este periodo clásico empieza desde 1200 D.C. a 1532 D.C.: desde los inicios de la fundación del Tawantinsuyo hasta la captura del Inca Atahualpa.  La oralidad poética  la realizaban los sacerdotes, los amautas, los kipukamayos y los harawikus.  Aparte de la oralidad poética, existieron otros géneros literarios: la oralidad narrativa y la oralidad dramatúrgica.

La poesía de este instante del “Periodo Inicial Clásico Inka” era espontánea y original, sin influencia española, expresada en la tradición oral, relacionada con el canto, la música y la danza de los pueblos.  Era una poesía épica y mítica, de celebración de las hazañas sociales: su tema era la guerra, y  la agricultura.  Se expresó  también una poesía colectivista de cantos: a festividades especiales a la tierra, la lluvia, y las montañas.  Y, una poesía subjetiva y personal,  de carácter lírica y amorosa.

La prosa era de gran contenido fantástico y de mucha imaginación literaria en donde se desarrolló el mito, la leyenda y los cuentos.  Hubo también aquí una prosa moralizante y de carácter didáctico: frases, refranes, y apologías. La prosa fue realizada y usada con fines pedagógicos.

La dramaturgia desarrolló sus propios temas, eran cantos propios representados en la “aránwa” o espacio dedicado para la representación teatral, con textos de dramas dedicados a la vida normal y la las hazañas cívicas de los incas.  La muerte también fue un tema abordado, se entendía de manera ritual el manejo de las relaciones con los difuntos.

La obra literaria de José María Arguedas ocupa casi todos los géneros literarios de cierto prestigio y actualidad, creo que excluyendo solo la dramaturgia.  Aunque, es cierto, junto a sus “Cantos y Narraciones Quechuas” (1962), con el Patronato del Libro  Peruano, donde se publicó Ollantay (en versión de César Miro y Sebastián Salazar Bondy), a sugerencia de Arguedas, participó tangencialmente en esta tarea de adopción del guión teatral teniendo como punto de partida el “texto” de las traducciones de Gabino Pacheco Zegarra y José Sebastián Barranca.

Este drama teatral es el pórtico (o el puente)  por donde suelen empezar los manuales de enseñanza de nuestra literatura peruana que se estudia desde el colegio, ignorando “la otra literatura peruana” como ha llamado Edmundo Bendezú, a la literatura escrita en quechua, suponiéndola algunos con cierta “malevolencia”  de una existencia marginal.

Pocos son los textos que han estudiado el proceso de la poesía quechua.  Arguedas tiene un escrito “Sobre la poesía quechua”,  en sus “Cantos y Narraciones quechuas (Desde la época incaica hasta nuestros días” (1962): Selección, traducción y notas de José María Arguedas.  Este “texto”: “Sobre la poesía quechua”,  a manera de prólogo,  describe el primer impacto del encuentro de dos lenguas  en el proceso de la colonización española impuesta a los pueblos que conformaban el Tawantinsuyo (donde la variedad lingüística era múltiple y diversa, donde predominó el quechua y el aimara).

 

junio 02, 2023

CUENTOS MICROBIOS / ARMANDO ARTEAGA

CUENTOS MICROBIOS /  ARMANDO ARTEAGA



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LO QUE NO SABÍA PEREZ PRADO


El colmo del Sr. Mambo es que haya muerto por el "dengue". 

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INVITACIÓN AL CUENTO


Habrá vino de honor en la presentación de  mi libro. Cuento contigo. 

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IRSE DE VINOS


Verdad soñada de amigos. 
-¿Vendrá o no vendrá Elbino?.
-Si vendrá. 

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noviembre 23, 2022

El río Piura es personaje epónimo de toda la ciudad y ocupa las páginas más celebres en las obras literarias de todos los escritores piuranos, llena la sequedad poética, refresca la acción narrativa de los sucesos, aborda la teatralidad de sus dramas, ocupa la noticia periodística, y como no, llena de hechizo los fantasmas literarios del autor de Matalaché, que siempre observó el río Piura como protagonista central de la vida piurana.
(Mi artículo publicado el domingo 13 de Noviembre del 2022, en Semana, Diario El Tiempo, Piura).


DE LA TIERRA BRAVA Y DEL RÍO
Armando Arteaga

El río Piura es personaje epónimo de toda la ciudad y ocupa las páginas más celebres en las obras literarias de todos los escritores piuranos, llena la sequedad poética, refresca la acción narrativa de los sucesos, aborda la teatralidad de sus dramas, ocupa la noticia periodística, y como no, llena de hechizo los fantasmas literarios del autor de Matalaché, que siempre observó el río Piura como protagonista central de la vida piurana.
Digamos, más claramente, que este río ocupa espontáneamente en el imaginario popular desde el recuerdo de los desastres de 1925 hasta las lluvias del 70 el protagonismo principal, va siempre junto al Fenómeno del Niño, como el diablo, como un ser sobrenatural y divino, aunque telúrico, también es algo celestial para el agro piurano. Mucha agua ha corrido bajo el viejo puente de madera del río Piura desde los tiempos en que Don Enrique López Albújar desahogó sus furias y sus penas en lo más piurano de sus poemas “De la tierra brava”, y en la narrativa puntual de sus ficciones.
Esta descripción de López Albújar, sobre el río Piura, acerca de los desastres de 1925, es digna también de Edgar Allan Poe, de Robert Louis Stevenson, de Guy de Maupassant, de Howard Phillips Lovecraft, o de Robert Bloch: “Se poli-bifurcó en cien brazos amenazadores, llevando en cada uno de ellos la ruina y la desolación. Fue aquello la obra de un despotismo de cien días. Sembró el terror por todas partes; profanó sitios consagrados por la muerte. Arrastrando sobre sus turbulentas aguas, en extraño y fúnebre convoy, las cajas de las tumbas; mantuvo durante largas noches de pánico, en horrible tensión los nervios de abigarradas multitudes, cuya suerte dependía de una simple baja de nivel, como esos corredores esperan la fortuna en un simple juego de bolsa”.
Entonces, la literatura piurana es un río, nace desde muy arriba, consagrada desde la noche de la historia, en la oralidad de lo tallan y lo mochica, como testimonian los relatos de su oralidad; pasan por el encuentro con lo foráneo español, por la consolidación de la revolución bolivariana, y nace bajando al mar -desde cierta mediterraneidad- a la modernidad con la poética romántica de Carlos Augusto Salaverry, y tiene en Enrique López Albújar al maestro que asume lo terrígeno de lo piurano, con su capacidad literaria donde abordó los temas piuranos de su tiempo; la literatura piurana empieza su camino hacia la modernidad, nacida con la República, tal como el propio autor de “De la tierra brava (poemas afro-yungas)” define como que… “Piura, comienza a evolucionar espiritualmente”.



López Albújar hace poesía de gran nivel (para su tiempo) y aporta para el desarrollo de la poética piurana, razón por la cual está incluido en las antología de Carlos Robles Razuri y la de Federico Varillas, que son las que ocupan el “espacio poético piurano” desde el novecentismo, el modernismo, el vanguardismo, hasta la poesía social de los años cincuenta y sesenta. López Albújar es novecentista y es modernista en poesía.
La obra poética de López Albújar toca en absoluto el tema de “piuranidad” en su libro “De la tierra brava (Poemas afro-yungas)” (1938). Encasillar a López Albújar como un poeta “modernista” no tiene originalidad específica, ni es algo especulativo literario; era además novecentista y anarquista considerado, admirador de Unamuno, de Valle Inclán, de González Prada, aunque Mariátegui lo ubicó como “indigenista” en merito por “Ushanam Jampi” de sus “cuentos andinos”, escribió y firmó de manera irónica una novela “retaguardista” como Matalaché; ubicarlo en algún “ismo” literario es algo difícil, sus páginas literarias siempre ambicionan el desorden, gravitan, indefensas y libres: los espacios de la anarquía estilística.
Descubre los pilares de la “piuranidad” en su libro “De mi casona”, proclama la sencillez de la vida de nuestra geografía piurana: confesiones campesinas, caballeros del delito, probos ciudadanos cívicos y naturales como el río, el algodón, el algarrobo, la chicha, la cruz (símbolo de la religiosidad cristiana instalada en el desierto de la “civitas” de Piura, visión pagana de cierta felicidad pueblerina llena de ferias y retretas.
Aguas abajo. Nadie ha descrito la esencia misma de la puesta escénica de la argumentación del requemar piurano por la pasión consumida de la chicha piurana. No se puede entender cualquier asentir o artimaña de la historia piurana sin la presencia acertada de la chicha piurana, siempre asequible al hombre piurano ilustrado y letrado, al campesino, al pueblerino, y al forastero.
López Albújar con su pluma literaria explica el atenuante, y el sortilegio del hombre piurano por atosigarse con el recuerdo tallan, ese néctar indiano, o el pachucho que trae siempre la alegría, por salvar y mitigar su sed de hombre de desierto desde la picantería piurana con su bandera blanca, la chicha. El chicherio piurano está que hierve de parroquianos. O, es un desierto bajo un diluvio.