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octubre 21, 2010

LA POESÍA DE ALFREDO GANGOTENA/ ARMANDO ARTEAGA

ALFREDO GANGOTENA, UN INSULAR LLENO DE TEMPESTRADES

Por Armando Arteaga


A mediados de la década del setenta, en 1975, en el mes de marzo (para ser más exacto), en tiempos difíciles para el Ecuador, de aquellos que Agustín Cueva ha llamado: “el festín del petróleo”, luego de un viaje que realice por carretera desde la costa norte peruana hasta Guayaquil, traje de regreso en mi morral verde olivo: un libro de poemas del poeta ecuatoriano Alfredo Gangotena, editado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, su Poesía Completa (1952), traducida por Gonzalo Escudero y Filoteo Samaniego.
Para mí, a pesar de la sencillez de la edición, el libro de Gangotena era un libro extraño, (poéticamente hablando) y de difícil accésit. Esa poesía era, aún recuerdo, un referente de beneplácito para indagar verdades absolutas, un mare de contradicciones, de este magíster: minero y rarus poeta. Gangotena estaba allí ante mis ojos, en un pungido lenguaje, y para observación mía, de entonces, me resultó ser un extraordinario poeta ecuatoriano, nacido en 1904 y que murió prematuramente cerca de los cuarenta años.  Post “Generación Decapitada” donde la vida en Quito era “municipal” y “espesa”. Gangotena pertenece a ese cuarteto de poetas representativos de la modernidad poética ecuatoriana del siglo veinte: Jorge Carrera Andrade, Gonzalo Escudero, Hugo Mayo, y él. Son la gran cepa literaria del vecino y norteño país, tras la ruta del liberalismo de Alfaro, el populismo de Velasco Ibarra, el desarrollismo de Galo Plaza, hablando en “civitas sciéntia”, y en la literatura pura: atrapado entre el indigenismo de Icaza, el realismo de José de la Cuadra, y el vanguardismo de Pablo Palacio con su novela Débora.

Gangotena, es un caso extraño, escribía sus poemas en francés, como Cesar Moro, o Vicente Huidobro, o por instantes como Juan Ríos, y otros acedados poetas latinoamericanos vanguardistas. Se fue a Paris siendo muy joven donde estudió en la Escuela de Minas. Este poeta-ingeniero era una figura “rara avis”, un gran poeta, que desarrolló su trayectoria poética en el ambiente parisino de su época, y que tenía una entrañable amistad con Henri Michaux. Gangotena, misterioso poeta, vivió y activó poéticamente en Paris, escribió casi la totalidad de sus poemas en francés y un puñado de pocos poemas en castellano, y manifestó su fervor por el simbolismo literario, en habitabilidad sincera: hacia la obra de Michaux (de quien era amigo personal) y de Jules Supervielle, emprendedor del surrealismo.

Gangotena, es por momentos, un poeta metafísico y barroco, es un admirador del Siglo de Oro, un culterano tardío (1). A este, raro poeta ecuatoriano, a quien las nuevas generaciones casi no lo han leído, ni han estudiado su aporte poético, salvo algunos poetas de estas latitudes tropicales: congelados y metálicos, que aceptan el brillo ingénito de su mensaje, lo han convertido en un poeta de logia, del magín excéntrico, o el mensajero de una liturgia sagitaria. No en vano (por loar nada), también, me sumo a ese cuaderno negro y de privilegio lunático para decir: es uno de los más grandes poetas latinoamericanos, fundador de nuestra modernidad poética, comparable solo con el venezolano José Antonio Ramos Sucre.

A Gangotena, se le puede leer también en esa publicación que hizo con milimétrica admiración Carrera Andrade, y en las estupendas traducciones de Gonzalo Escudero, en una segunda edición de este libro sagrado de entonces (del que traje en mi morral): en la colección Letras del Ecuador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas (1978), donde se pueden buscar los poemas en francés de: Orogenia (1928), Absence (1932), y Nuit (1938) (2), y en español: Tempestad secreta (1940).

Alguna vez, indagando más referencia sobre la vida y la obra poética de Gangotena, recibí solemnes halagos (acerca del sonambulismo literario) de Gangotena, de parte, de nuestro poeta Carlos German Belli, quien había escrito (celebrando la poética de Gangotena con cierta virtud insondable) un artículo literario sobre el autor de “Orogenia” en el diario Expreso de Lima, a propósito de que, guiado por un intempestivo azar, revisando los fondos de literatura francesa de la bibliotecas de la Universidad de Pittsburg, alcanzó repentinamente a tener acceso a la obra de Gangotena en francés inédito, y así poder entrar en su apasionado universo. Universo: herrador de sueños, que resulta por momentos, enmarañado, un enigma: toda esa poesía marginal, plúmbea, gótica, llena de una preciosidad de mineralogía, de una fuerza enigmática de metalurgia, que por casualidad yo también descubrí en los caminados años de la década del setenta. Ha pasado mucho tiempo de esto, y son pocos los que leen sus poemas, con manifiesta misión sagrada de protesta: esa poesía de Gangotena.

Gangotena en Paris
***
Mercado popular en Quito
***

(1) Agua



Navegante,

¡Almendra del navío!

La mirada acorralada por tantos brillos,

Amianto y témpanos vivos de la estrella polar.

El arco metálico arranca de las ramas astrales

El lino de las cataratas.

¡El hielo de las cabezas sobre la esfera

Que sonará una voz sin nombre!



¡Bah, la luna en su plenitud!

El asalto guerrero de las llamas

Que me libra de la sima de espuma

Y de las jaulas de plata.

La campana gotea, ¡ay! en la clepsidra:

En mí las sílabas del otro, virtuales y explosivas.

Presa total de las bocas de la hidra,

Rueda también mi hermano hacia el pantano del Atlante.

Con la sola resaca de la orilla liminar

¡Cuán lejana es la osadía del corsario!

La fauna brota cardinal y ampulosa:

¡La manada salvaje

del Maelstrom!

¡Yo me abrazo al mástil como un retoño!

Versión de Tolomeo Samaniego



(2) Poemas varios



A Alberto Coloma Silva



1. De lo remoto a lo escondido



Tanto soy y más la brizna de saturada espina

A cuya sed perenne se acrecientan los desiertos.

Sangre adentro y de soslayo iré por consiguiente,

Como van las tempestades,

Hacia aquel país cerrado a toda mente,

País de Khana, cuando al paso, en las sales densas de la muerte,

Habré de hablarte,

Toda en escombros, ciudad de Balk.



No hay empero reparos de horizontes.

¿En dónde estoy, a dónde me conduce lo inaudito?

¡Oh Príncipe de innumerables plantas y llanuras,

A aquella fuerza de soledad me atengo

De tu nocturna condición!



Atrás dejé las puertas, las sabanas en aliño.

Los que sois de presa;

Magnates, caciques de la tierra, empolvados sobrestantes,

Velad el campo ausente.

Profesores y otras huestes,

vosotros los de la especie cotidiana, ya no vivo de vuestra

ciencia ensimismada.



Pronto me acusas,

Aire desnudo,

Doblegas mi ceño,

Me das el pánico de lobos aullando bajo la abrupta claridad lunar.

Al romper entonces la procesión oscura de esta sangre coagulada,

A más de la intrínseca solidez de mi sombra y de mis dientes,

¡Oh selva transparente,

Tus vientos primordiales se desprenden de intensa luz

En mis recintos!



¡Oh mía de mis años!

Las plazas comentadas, los caminos, las edades,

Cuánto he recorrido en virtudes de tu imagen trascendente.

Como holanes de rocío en torno de tantas frondas agostadas,

Mil rumores de tus sienes prevalecen en mi espíritu.

Mis gotas caen.

El ala irrumpe a través de tus tensos jardines soñolientos.

La premura aún

De este ser tan secreto y transparente como el néctar de las flores.

Allá sin tregua

La extensión continua, el fragor de la conquista.

El espacio aquél, a brote de epidermis.

Tal recibe el eco, en vertientes albas de tu cuerpo,

Mandatos consabidos de luz oculta.

¡Oh cuerpo femenino a cuya entrada se extasían las tormentas,

Los ciclones!



Al amparo de una lámpara perdida en su esplendor de azufre,

Aquí te imploro, en la concentración de mis entrañas,

En las caudalosas lunas de mi adviento.

Bajo este rotundo cielo atravesado de miradas y de clamores,

Más allá de todo ambiente, te escucha mi ansiedad.

En la eternidad de mis cenizas se verán las glorias de tu sangre,

Las dulzuras de tu empeño.



1944



* * * * *



2. Agonías de un Caribú



Bajo el paso incierto y vegetal de angustia,

Levanto el polvo de la nada.

Toda pupila emerge

en esta soledad suspensa,

Toda concentración oscura,

En violencia tal

De hacinamiento y llama pura entre las rocas.



La luna atenta y circundada

A su vez aclara

Aquel espacio de su prenda

Fluente y nemoroso.

Atormentados cascos van a mengua

Redoblando el eco

En mil contornos de la estéril claridad polar.



Único en sí repercute el gemido entre la fronda

De un balido incauto.

Ventajas cruentas de la selva:

Desvalidos pasos del garañón herido

Que ya en las turbias aguas del escajo su condición aplaca

Su pesar consume.

Yacentes ojos a su propia luz ocultos

Bajo el ámbito nocturno de este vuelo.



Ver adentro, el cazador también escucha

El retiro alado de tanta lejanía inclusa.

Y en murmullos que la brisa asume, cuanto más cercanos, se acrecienta el rocío de las fieras.



A aquellas cuencas vuelvo, al conjunto aquél,

Saturado y tenso,

De fragancia y brotes.

Los continuos árboles

De vertical sustento, de fiero embate,

Allí persisten

Como la postrera vibración del aire.



Tantas voces en el eco. ¡Oh luna te reflejas en mi mente!

Como el ave en las alturas de su vuelo contenida,

Tan solo aún, Noche mía, voy en ti, tan duro de distancias.

La pradera de tierno espacio en tanto me recibe,

Que en jugos desbordantes de los aires resplandece.



¿Mas, volverá el cedeño pasto

a brotar de luces?

De lo remoto el ciervo acude

A tal empeño de este clamor vedado.



* * * * *



3. Perenne luz



La noche de cerca, y tan desnudo golpe a expensas de mi corazón.

¡Dolorosa mano mía no aciertas a caer

suspensa en aquel trasluz

de movimiento

de tu imprescindible exclamación!



Ya los mares del Oeste como pecho se dilatan:

Tanto el vuelo de mis sienes, y el velamen de esta lámpara que levanto a firmamentos,

al paso de aguas, a más decir por la anchura de mis párpados.



¡Oh metal tan fresco

Bajo el calor del epidermis!

¡Oh clara huella de su tránsito

En el campo deseado,

en las congruentes potestades de tu sexo!

De clamores y destellos me consuma

Habiendo de sosegar su desnudez.

De sosegarla en la noche de la especie,

En brañas del oasis,

Con mi aliento cuando en vilo de miradas.



Todo que te arrima en resplandores

Que tu condición aplaca de mi ensangrentada consistencia

Todo aquello que no se ajusta de palenques y de fronteras familiares.

Soledad cumplida.

¡Oh silencio, me retraes

-como una implacable roca de durezas en el alma!



¡Menguada luz de escaso asilo!

Labios míos, dadme altura en el trance de estas ansias.

Mas al borde de riberas semejantes

Cuántas aves de este mundo se incorporan,

Como el rostro implícito en el fulgor de la visión,

Que atraviesan de soslayo la magnitud de las esferas...

Por cuanto asumo de mi cuartel de sangre,

La baja tierra de brisas se ilumina.

Mi cuerpo en tanto a vista se desprende de cenizas,

Gimiendo en hontanares de espeso llanto.



Premisas todas de la muerte.

Un ay seguido de tinieblas, de esta gota pertinaz del pensamiento.

¡Oh mi sueño entrante en humedad de flores!

El espíritu denodado

Se arranca de sus perennes paredes lastimosas.

Abultados cortinajes, como otras tantas cabelleras de lo oscuro,

Y la más ardua noche

De presión continua.



Entidad fortuita

Que no habré de hallar sino a merced de escombros,

En el fragor de la ruptura,

Cuando este golpe de mi total caída

Apura entradas en la nada.



¡Oh lamento de tu voz en mi espesura!

Y esa latente réplica, de néctares y de estambres, al placer que me convida.

¡Oh Tiempo, me defines de presencia y de universo!

Hoy cuán bien, ¡oh luz!, aciertas entre tejidos y asperezas, a descontarme espacios,

A circundarme de vecindades el corazón.



Vida sin prejuicios cuando de Ella al tanto de sus senos concatenando habré de recibir.

Me sostengo en vilo, sin huella entonces, a mayor premura de memorias.

En mi boca de ayes.

Mi labio amén de vez repercute golpeando lo indecible



Ésta acendrada concentración del alma,

¿En qué cúmulo no obstante de la esfera que me oculta?

Hoy mi sentencia, a toda prueba.

De un paso mío al consiguiente, ¿Qué distancia de resuelve?

Tu propia luz endurecida,

Como aquella, a expensas de la nada, claridad conjunta de los universos astros.



Todo vuelo se desprende de tus ansias;

Tanto así mi faz en los recónditos espejos que la nombran.

La reverberación así del sexo

En la extensión de su cabida,

Como el clamor de los metales

Bajo el lampo de tus cruentas auroras boreales.



Ni vectores, ni herramientas de otra fuerza.

Gota a gota la fría lámpara

Sobre mi sien persiste.

¡Tus miradas desgreñadas!, ya sus íntimos cristales de violencia me golpean

A merced de tu estatura.

Vertientes todas de mi lecho.

El deseado cuerpo a su poder de luz se entrega,

A sus mejores aguas.

Tal es mi consumo,

De transparencias tuyas y señales en el retiro incalculable de los astros.

Allá en demora, Amada mía,

Por cuentas y sabores de tu amor que concertar.

Y los terrestres años se deciden, en trances de mi prenda,

Hacia el extremo vértice de profundidad apetecido.



Línea de Ecuador

noviembre 04, 2020

De la poesía de Ecuador / Armando Arteaga

DE LA POESÍA ACTUAL EN ECUADOR  (1) 

Armando Arteaga

Presentación

Es un lugar común explicar que la gran tradición de la poesía actual del Ecuador empezó con la hegemonía de cierto barroquismo, de un gongorismo exótico y nativo (en el periodo de su literatura colonial), trascendiendo el racionalismo europeizante, venciendo la sintaxis criolla. El neoclasicismo de Olmedo abrió las puertas, más tarde que nunca, al modernismo, entusiasmó la advocación de su academicismo, lejos todavía de las actitudes renovadoras.

Es, recién, en  el gesto “creacionista” de Miguel Ángel León con la aparición de su libro “Labios sonámbulos”, y el entusiasmo critico desbordante de Ignacio Lasso, que a pesar de su temprana muerte, nos dejó su “Escafandra”: ambos poetas me resultan ser los asignados pioneros de su vanguardia poética.

El vanguardismo poético ecuatoriano  fue un tren -lleno de sorpresas verídicas- en donde viajaron en presagio de modernidad: Jorge Carrera Andrade, Gonzalo Escudero, César  Andrade y Cordero, Augusto Arias, y Alfredo Gangotena, un “rara avis”.  Jorge Carrera Andrade, me resulta, para mi gusto, un gran poeta: homogéneo y de un refinado manejo verbal.  Gustavo Escudero es muy hábil para lo lúdico y lo metafórico (en “Hélices de huracán y del sol” e “Introducción a la muerte”).  César Andrade y Cordero abordó lo natural y lo humano en “Cúspides doradas”, desde una visión también filosófica.   Augusto Arias, al que hay que reconocerle exclusivos méritos poéticos, a pesar de que su producción fue breve.

Alfredo Gangotena merece especial atención y un espacio de reconocimiento para recordarlo como uno de los grandes poetas latinoamericanos, tal como en nuestro caso el peruano César Moro, escribió en francés y en español. La obra  poética de Gangotena es estupenda,   ligada a la experiencia literaria de Jules Superville y Henri Michoux. 

La “subversión” de los “provincialismos” logró un virtuoso nivel poético cuyo producto más alto fue la gestión y la publicación de la revista “Madrugada” que fundó Galo René Pérez, donde destacaron los nombres de César Dávila Andrade (de Cuenca); Enrique Noboa Arízaga (de Cañar); Eduardo Ledezma (de Loja; Miguel Augusto Egas, Cristóbal Garcés Larrea, Rafael Díaz Icaza, Alejandro Velasco, Tomás Pantaleón (de Guayaquil); Jorge E, Adoum (de Ambato).  Y, otros poetas libres e insulares, sin influencias de grupos, como Efraín Jara Idrovo, Eugenio Moreno Heredia, Teodoro Venegas Andrade, Jacinto Cordero Espinoza  (de Guayaquil).

Jorge E. Adoum y Hugo Salazar Tamariz son los poetas más reconocidos en nuestro medio literario por la divulgación de sus obras poéticas entre nosotros.  El caso de Adoum, por su novela “Entre Marx y una mujer desnuda”.

Muchos otros grupos valiosos han aportado al desarrollo poético y literario ecuatoriano después del auge del grupo “Madrugada”, destacando “Umbarales”, “Presencia”, “Club 7”, “Caminos”, “Galaxia”, y los “Tzántzicos”.  Los “Tzántzicos” fue un grupo fuerte y “orgánico” que aparece en la década del sesenta, lo integraron: Marco Muñoz, Alfonso Murriagui, Simón Corral, Teodoro Murillo, Euler Granda y Ulises Estrella (fundadores), posteriormente se incorporarían: Jos Ron, Agustín Cueva, Fernando Tinajero, Bolivar Echeverría, Raúl Arias, Rafael Larrea, Humberto Vinueza, Francisco Proaño Arandi, Iván Egüez, Abdón Ubidia, Antonio Ordoñez, Álvaro Juan Félix, Luis Corral, Alejandro Moreano, Bolívar Echeverría, Leandro Katz, José Corral, y la única voz femenina: Sonia Romo Verdesoto. El prestigio de los “Tzántzicos” llegó a nosotros a través de la revista del Frente Cultural  “La Bufanda del Sol” (N-2, Abril, 1972), aunque en la revista ya había una aproximación irónica “¿Réquiem por el Tzantzismo? de Esteban del Campo, donde se criticaba “el parricidio” como la gran manifestación de su “tomada de conciencia”. 

Mas tarde, esta aproximación cultural por la amistad peruana-ecuatoriana se concretó simbólicamente con Ulises Estrella, que nos visitó al Primer Encuentro del Consejo de Integración Cultual latinoamericana CICLA, en 1986, al igual que Cristóbal Garcés Larrea; y mucho antes, con Carlos Rojas González, cuya amistad viene desde 1975, cuando nos conocimos en el Café Palermo, Lima, y publicamos un poema suyo en la revista “Auki” N- 1 (Marzo, 1975). Justamente, publicamos una crónica de Carlos Rojas González en memoria de aquel “encuentro” con otros poetas peruanos de la década del setenta, y en esta discreta “antología”,  con singulares poetas ecuatorianos, seleccionada “tangencialmente” para tener en cuenta de estas representativas voces,  del país norteño y vecino. 

Selección de textos y poemas


ENTONCES

(CRÓNICA)

A Juan Ramírez Ruiz,

José Watanabe, que

siempre están.



Amo el invierno

Y no renunciaré jamás a la belleza de incendiar

Los árboles de un bosque en el otoño

(Armando Arteaga)

Carlos Rojas González*

Apenas consigo instalarme en internet se me ocurre abrir las páginas de mis amigos, debe ser una especie de curiosidad malsana, como decía mi madre, para ver en qué se encuentran, qué ha sido de sus vidas, acaso han conseguido lo que hace algunos años nos proponíamos. En ese intervalo que marca la espera de descarga de información me los imagino en un ahora, pero un ahora de entonces con el pelo largo, haciendo planes de lo que se pensaba hacer, por ejemplo en 1970, cuando sin conocer a nadie me instalé a tomar una cerveza Pilsen en el café del hotel La Colmena y en esas conversaciones iniciales que se tienen con el mesero le pregunté lo más que pude sobre Lima y él me mostró amablemente algunos sitios donde un joven turista podía ir a tomarse unas copas de vino, cervezas, a comer los famosos anticuchos que tanto me los habían publicitado, no te olvides de ir a comer los anticuchos me dijo mi madre antes de partir que tu padre me ha hablado mucho de ellos, yo asentía para no contradecirle pero por mi mente no se dibujaba la idea, el mismo sonido de la palabra me remitía a algo antiguo pero no me quedaba otra cosa que aceptar moviendo la cabeza. Volviendo a la conversación con el salonero quien quedó agradecido con la propina y se puso a mis servicios, luego de la breve charla terminé lo que estaba comiendo, era carne de res me acuerdo, aprovechando sus consejos porque al día siguiente empezaba la veda: quince días de carne y quince no, y me retiré a la habitación cansado, el viaje en carro era casi de dos días, me dejé caer en la cama grande de una habitación antigua pero cómoda que me recordó la casa de familia de mis primeros años. Dejé que el sueño se apoderara de mí escuchando en ese duermevela el tránsito, el agradable sonido del tránsito que cruzaba por la avenida Nicolás de Piérola. Supe que estaba en Lima y me arrulló el cansancio.

A las siete de la noche bajé a cenar y en un rincón del café divisé a unos jóvenes que discutían ardorosamente y apuntalaban sus aseveraciones en los libros que circulaban como pelota de fútbol, el mesero se acercó a tomar mi pedido, los miró dando vuelta la cabeza, me di cuenta que se trataba de mí y casi de inmediato los tuve encima, nos han dicho que vienes de la banana y que escribes, bueno, me interesa y comienzo, les respondí un poco timorato. De inmediato se presentaron como en el colegio, este es Isaac, éste Armando, éste Oscar, Félix, Mito, y luego comenzó la discusión en la que yo ya me había comprometido, me dijeron que se reunían de cinco a nueve de la noche porque luego se dedicaban a escribir y estudiar, quedamos en encontrarnos al día siguiente, cuando el reloj, el antiguo reloj de La Colmena, marcó la hora indicada nos despedimos, salí a la puerta para verlos partir y los vi caminando como muchachos que eran, que éramos, con euforia de quienes tienen la vida por delante, ahora de había sumado Juan Ramírez que me obsequió su libro Un par de vueltas por la realidad. En el tiempo que pasé me hicieron conocer algunos sitios importantes de la ciudad, nos reuníamos a leer nuestros trabajos, yo dejé lo que hasta entonces había publicado y ellos rellenaron mi maleta con sus libros, me interesó lo que hacían, dijeron que el más importante era Enrique y me dieron dos ejemplares de Los extramuros del mundo. Una noche de viernes fuimos a visitar bares donde cantaban los artistas nacionales, era algo especial, el restaurante cerraba sus puertas para cobrar la entrada y adentro se desataba el valse, la marinera y otras variedades de su música, así logré conocer a quienes eran reconocidos músicos nacionales. Cuando les dije que tenía que regresar a mi país porque trabajaba y estudiaba apresuraron la relación y me llevaron una noche al Chimú, un café donde paraba otro grupo de gente que escribía, allí estaban los otros, se saludaron a distancia, pero los otros me midieron de pie a cabeza, como preguntándose de quién se trataba, en eso el salonero se acercó y delicadamente sacó de su bolsillo la carta del menú, arrugada, sucia, apenas pude reconocer algunas letras pero Armando lo hizo por mí y me recomendó el ceviche, nos servimos y de veras estuvo exquisito. Esa noche al salir del bar me dijeron que si había traído algo inédito, les dije que sí y le entregué una copia a Armando me acompañaron al hotel. Al día siguiente estuvieron tocándome la puerta antes del medio día, habían leído el libro y les gustaba, me dijeron, y que no podía irme sin conocer a la Rosita Ríos, un restaurante que quedaba a vuelta del Puente de la Alameda, eso solo funcionaba desde el medio día hasta las tres de la tarde, entramos en un salón grande cubierto de cortinas de humo donde se escuchaba al fondo las voces de los cantantes algunas frescas otras con ese rico sabor de trasnoche, los platos llegaban sin que uno pidiera porque solo tenían asado y anticuchos, todos hablaban a gritos, nada se entendía, pero se estaba de acuerdo, era una celebración, se celebraba el hecho de estar vivo. De entre la humareda y la bulla salió una mujer alta y morena que cantaba como nadie, ella es Lucha Reyes, me dijo al oído Armando, los valses Tu voz, Pero regresa, se deslizaban desde su garganta para atravesar sus labios carnosos y penetrar esas barreras de tabaco y licor de guindas, cuando hizo una pausa los muchachos la trajeron a la mesa nos abrazamos, cantó pedazos de canciones (“está mi corazón llorando por tu amor tu pena/ y la horrible condena escrita por los dos”) eran canciones que las había escuchado antes pero ahora me llegaban, me asaltaban de manera especial, me recordaban algo o tal vez alguna imaginería, hacíamos coro y le repartíamos besos que la negra tomaba con agrado mostrando sus grandes dientes blancos y los devolvía sonoros, a nadie molestaba nuestra actitud, todos estábamos como se decía entonces conectados. La celebración llegó a su fin cuando imaginamos que recién comenzaba. La Rosita, una limeña de tez blanca, pelo negro cano y bastante robusta dijo que nos esperaba mañana a la misma hora, señalándonos un reloj de pared antiguo que marcaba las tres de la tarde. Nos despedimos derramando alegría y prometimos estar al día siguiente a la hora exacta, a la distancia agitábamos las manos a la gente que nos respondía y lanzábamos besos volados a la negra Lucha que los devolvía con una enorme sonrisa que mostraba sus macizos dientes blancos.

Al día siguiente se acabaron las vacaciones, Armando y otro cuyo nombre no recuerdo estuvieron temprano en el hotel para ayudarme con las maletas, salimos del hotel a la estación de expreso, habíamos repartido las cosas en tres maletas, dos eran regalos de ellos, y cada uno sacaba fuerzas de lo imposible para levantarlas, cuando llegamos a la estación parecíamos enanos por el peso que sosteníamos, los libros y los discos pesan, dijo Armando, y nos despedimos con un abrazo, me prometieron publicar algo de mis trabajos y yo les dije que publicaría un artículo de una página entera. Cuando me asomé por la ventana del expreso agité las manos con alegría y tristeza, algo se quedaba de mí y algo me traía de ellos.

A mi regreso lo primero que hice fue publicar una página entera de mis experiencias con los intelectuales jóvenes peruanos, analizando como elemento básico el libro de Verástegui En los extramuros del mundo. Los celebramos entre cartas que iban y venían, especialmente con Armando Arteaga, quien me comunicó que el movimiento Hora Zero que agrupaba a Enrique había decidido publicar un trabajo mío.

En París, diez años más tarde, conocí a un cientista social, Enrique Ballón, con quien entablé gran amistad, ya que compartíamos la profesión que yo había elegido, claro, él tenía mucha experiencia y yo trataba de aprovecharla.  Le conté de los escritores de Perú y me enteré que algunos habían  sido sus alumnos. Me apenó mucho su regreso a Lima, pero tengo muchos años afuera, me dijo, y una mañana nos despedimos, no quiso que fuera al aeropuerto para decirle adiós por esas cosas que pueden parecer folletinescas.

Cuando regresé al país -no sé si por equivocación- mi madre me entregó una revista llamada Auki, con una carta de Armando, donde se publicaba un trabajo mío. Habían pasado diez años de aquellas reuniones en La Colmena, las discusiones acaloradas, pero ahora las cuestiones de familia coparon mi tiempo y no tuve espacio para ahondar recuerdos.

Ahora que abro el internet, que la tecnología nos ha acercado en la comunicación aún cuando falta mayor desarrollo de la información que se encuentra, uno quiere buscar la obra de alguien y solo encuentra comentarios aunque en ciertas ocasiones con gran esfuerzo y ayuda de un experto se logra conseguir lo deseado. Buscando otras cosas dejé que mis dedos vayan a los nombres amigos y para mi sorpresa los encontré, se fueron apareciendo uno a uno como cuando se presentaron allá en el 70 en la Nicolás de Piérola: Armando Arteaga, pinta canas y tiene comentarios favorables, ha publicado algunos libros, es arquitecto, pasé a Abelardo Sánchez, también tiene página web, es sociólogo y se lo ve maduro, finalmente acudí a la página de Verástegui y sorprendió bastante el cambio que ha tenido el negro, ahora no exhibe la abundante cabellera de entonces, la cara algo ensanchada y está considerado entre los mejores poetas de los setenta, me quedé algunas horas proyectándome en el espejo de ellos, me pareció estar encerrado entre el ahora y el entonces, el tiempo me retrocedía velozmente y en ese espacio me sentía suspendido, intenté conectarme con Ballón, pero no fue posible, la página no se encuentra disponible me dijo el servidor, tenía unos deseos incontenibles de contarle el hallazgo, de proponerle encontrarnos en el café La Colmena de entonces, discutir acaloradamente lo que considerábamos nuestros puntos de vista, nuestras razones mientras nuestras melenas se sacudían al ritmo de valses y marineras y la negra reventaba ese vacío que se llevó con su voz, quería decirles que me estaba pudriendo acá, soportando golpes de estado o amenazas cada cierto tiempo. Encender el televisor y no tener otra opción que escuchar a los políticos ofreciendo cosas que nunca han pensado cumplir, castigando la lengua como si fuera su contendor, que estoy obligado a jugar al equilibrista para tolerarme, para poder terminar este trabajo, para no morir.

DESDE GUAYAQUIL / Domingo 7 de marzo de 2010.



 (Ahora que las últimas flores)



(Fernando Artieda, poeta del pueblo)


Ahora que las últimas flores dejadas en tu tumba se han marchitado

o se las han llevado los ladrones

Ahora que ya no es necesario confundirse impostar la voz

creo podemos decirnos algunas cosas

Yo respeto todo lo que has escrito

(el estar de acuerdo es una convención más del lenguaje)

Tu hombre solidario

Tu safa cucaracha

que llegaron al interior de este pueblo -balneario frustrado-

enseñándoles cómo enfrentar el día a día

cómo hacer que la tristeza se transforme en lo contrario

Esa seducción que era tuya -decir “solo” sería un lugar común-

con la que movilizabas a las masas esa posibilidad de poder decir

Venían de petrillo de vuelta larga de los extramuros de lo más recóndito

y la gente aplaudía

frenética alborozada

mientras con esa voz rasposa -ronco de lata- gritabas tus versos

esos versos de los que tú más que nadie estaba convencido

disfrutabas de cada palabra procaz malapalabra 

(como dice la buena gente gente de bien)

y continuabas tu discurso interminable 

alzando los brazos gritando haciendo pasos de baile

y gente seguía allí por la radio pegados al televisor

disfrutando de ese ardor contagioso

transformando su angustia –el no tener- en euforia

porque tú les entregarías la clave para entender este pueblo fantasma

para encontrar el ídolo que todos necesitan

el cantante que se lleva dentro

ya no importaba ser cholo indio ladrón serrano puta o lo contrario

todos se enrolaban en esa canción que les habías descubierto

que los encubría

La fatalidad era una forma de disfrutar la vida

las palabras adquirían otro sentido en el gran coro

De improviso el tiempo se interpuso en tu voz

esa carraspera esa voz pastosa ya no está en los tablados

la gente sigue ya no espera entona o susurra el mito que les dejaste

Se levanta trabaja cuando puede o hace lo que acostumbra y tal vez sea

                                                                                                   feliz)

sobre todas las cosas sus dolores está la ilusión que sembraste 

tu palabra


Acá al otro lado los que simulamos pensar

los que nos engañamos diariamente

(los que buscamos la expresión adecuada)

los que no tenemos la fuerza necesaria –aquí se debe decir otra palabra-

iremos a tu tumba cuando tengamos tiempo

a preguntarte cómo es el canto por allá Fernando.

18/04/2010



*Carlos Rojas González, n. en Guayaquil, 1943. Escribe poesía, relato y análisis discursivo. Doctorado en La Sorbona de París IV, bajo la dirección teórica de A. J. Greimas.  



HUMBERTO VINUEZA 

El poeta y escritor ecuatoriano Humberto Vinueza (1942), en la década de los sesenta perteneció al grupo de vanguardia cultural Tzántzicos. Ha formado parte de consejos editoriales de destacadas revistas literarias del país (Pucuna, La Bufanda del Sol, Procontra y Letras del Ecuador, de la Casa de la Cultura Ecuatoriana); ha publicado libros de poesía como Un Gallinazo Cantor Bajo un sol de a perro (Quito, Populibros, editorial Universitaria, 1970); Poeta Tu palabra (Quito, editorial El Conejo, 1989); Alias Lumbre de Acertijo (Quito, editorial Eskeletra, 1990); Tiempos Mayores (Quito, edición del autor con la editorial El Conejo, 2001); y, Constelación del instinto (Quito, editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2006). En 1991 recibió el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade por el poema-libro Alias lumbre de acertijo y, el mismo premio, en 2007, por el poemario Constelación del instinto. Sus textos poéticos constan en antologías nacionales y latinoamericanas, en el idioma original español  y traducidos al inglés y francés.


LADRAN LOS PERROS. 


La voz del locutor 

se deshace bajo la llama de la radio 

que no causa ningún incendio. 

Cuánto presente ayer. Cuánto ayer ahora. 

El viento se hace aire y otra vez viento 

y sopla sobre el clima del reloj 

y la mano invisible de los principios y los fines 

despoja de todo artificio a la desnudez 

y afina el ritmo de las apariencias desde lo íntimo sagrado 

hasta el saber inventado por su fuego. 

Apaga la radio. Los perros se borran 

en un claro de avión aterrizando. 

La silueta de mujer se encoge sobre aquel ínfimo 

mar tiernamente hipérbole y dice: 

tal vez otro pensamiento me piense 

otra boca como su bocado me avoque 

o evoque en pausada gustación. 

Brújulas corporales se desnortan 

en un recodo del lenguaje. 



MIENTRAS LLUEVE BAJO la noche negra 

ranas pares croan tentando a ranas nones. 

Él escribe versos silenciosos para desemparejar 

el tiempo de la puerta y la puerta del deseo 

y entre páginas y sábanas se oculte el relámpago carnívoro 

y la lluvia humedezca con desvío de sintaxis 

el aire de la gruta de donde nadie sale sin la lisura de la fe 

hacia la tiniebla de la naciente frontera. 

La edad confiere confianza al sexo con retardo 

y arde como una lámpara en el borde de pantomimas sucesivas 

de la transfusión del tiempo de quienes inventaron 

el primer canto hace ya tanto infinito modulado 

de la flauta con neuronas en vez de agujeros del fogonazo 

de creer que se vive el sueño en el espejo adentro de las cosas. 

Vuela una mariposa desde algún pecho 

hacia el croquis de las genealogías y no se sabe 

dónde comienza el alma ni dónde termina el cuerpo. 

Pareja es la única palabra o tibieza de ave 

que no sustituye con ventaja a su presencia. 


Del libro “Fuga de energía” 

Publicado en Obra cierta, Antología (2009)




MARIO CAMPAÑA (Guayaquil,  1959)

Poeta y comentarista literario. Ha publicado Cuadernos de Godric, Premio Nacional de Poesía Joven 1988. Días Largos (1995). Visiones de los real de la poesía latinoamericana (2006). Aires de Ellicott City, 2006 (Barcelona).




POE, BALTIMORE, 31 DE OCTUBRE

Para Toña


Repentinamente descubre el sol este pulcro cementerio de ciudad, donde la iglesia intimida todavía a las almas. Lápidas hundidas, húmedas, trabajadas por el musgo: “Homenaje al Mayor Steve Ridell”; “Recuerdos al Coronel O’Jara”.

Junto a la indiscutible gloria de los héroes acampados apaciblemente en esta orilla, una tumba oculta tras cristales hoy tampoco resplandece, hoy, día de la celebración de un hallowen. A su lado, ni el cognac ni las rosas sobreviven; hay coronas, ramas de vid o de un olmo viejo, y están secas.

Pero en la humilde “calle de la amistad”, entre chalets desvencijados, una negra nos habla con orgullo de un trémulo poeta, de un hombre frágil de mirada triste

que cada tarde deambulaba solo con su manchado cuaderno bajo el brazo y se sentaba dócilmente junto al árbol, “aquel árbol”, entreteniéndose con el rumiar de las ardillas y el rumor del cielo.

Temprano, los niños salen, corren, festejando la esperada llegada del domingo, y en la tarde, entre curiosidad y zozobra, empujan, arrastran al viejo amigo que allá en Lombard street ha caído una vez más, abrazado a una botella.



CARLOS LUIS MUSSÓ

(Guayaquil, Ecuador, 1970) Estudió letras en Guayaquil y Quito. Es autor de los poemarios El libro del sosiego (1997), Y el sol no es nombrado (2000), Propagación de la Noche (2000), Tiniebla de esplendor (2006), Las formas del círculo (2007), Minimal hysteria (2008), Evohé (2008), Geometría moral (2010) y Cuadernos de Indiana (2011).  Cinco veces premio nacional de literatura, en los géneros de poesía y novela. Coautor de Esquirla doble (2008), y corresponsable de Tempestad secreta, muestra de poesía ecuatoriana contemporánea (2010). Obtuvo una beca de creación (Almería, España). Se desempeña en el periodismo –como cronista y crítico–, y en la cátedra universitaria. 


AJEDREZ

64 escaques, un tablero. Tú de ébano ciego, yo de hueso-color. Te mueves en todas direcciones, pero tu abalorio recibe mi agujazo de hormigas. Los cuadros han medido tu silencio con un toque de incienso entre tus rodillas; y el peón adivina su salto diminuto sobre el tablero (PxT). Tus torres se desladrillan en la diagonal de su cruz cuando entro en tu mezquita de rodillas (PxA): aves de plumaje sin colores vuelan sobre el alfil mientras el caballo en celo revienta su casco de marfil en el coito de las laderas en ele, en forma de ele  (PxC). Poco falta para el sangrado del cielo aunque lucho y venzo en el enroque (0-0-0). Son míos el susurro de los espacios, ese jardín incauto, el surco obediente de la espalda. El empeine de tu pie, a solo un casillero de mi lengua ofidia (PxP4R). Culpas a la almohada de tus dolores –te ensañas con ella a mordiscos y lametones-. Pero no has caído en cuenta: somos ya un monstruo de doble espalda con fuegos de sal en el núcleo (P5D+).

Cojea nuestro aliento en este juego de reyes. Mi ariete embiste/ barrena las carnes/ incursiona en la memoria/ se duele en ti/ nos inunda pues tu saliva lo festeja y lo corona –peón por reina. El surco está abierto para las tablas: nadie sabe de quién es la victoria (PxR++).  Nadie sabe de quién, el jaque mate.  


JORGE MARTILLO MONSERRATE


Jorge Martillo Monserrate (1957), Ganador del Premio Aurelio Espinosa Polit. Autor de Aviso a los navegantes (1987), Fragmentarium (1991), Vida Póstuma (1997) Últimos versos de un poeta decadente (2004).


VIDA PÓSTUMA


1

  

Ahora sé que la muerte no es una mujer

Es solo una sombra

Nos acaricia

Sella nuestros labios

Apaga nuestros párpados

Nos conduce a soñar

Otra vez la oscuridad intrauterina

Aguas cálidas por donde ir a la deriva.


En vida confundí a la muerte con aquel fantasma

Que surcaba el cielo de mis habitaciones

Cuando grababa mi poesía

O cabalgaba cuerpos tras el amor.


Ahora sé que la muerte no es una mujer

Ahora sé que la muerte es mi sombra.

  


2


Entendí que los sueños eran más que una escalera

Ascendí y descendí

Una luz oblicua iluminaba mis pasos

Antes escribí de voces y mutilaciones.


Antes escribí que descubrimos la malignidad de los otros

Y jamás la nuestra.


Ahora el espejo se rompe

Me adentro a buscar esa imagen imposible.


3


Mis prendas quedarán colgadas

Detrás de una hoja de puerta

Les caerán láminas de polvo

Les caerá el vacío

Les caerá mi ausencia.


Mis camisas colgadas del cuello

Atrapadas por el anzuelo del cáncamo

Los hombros derrotados como puchos de cigarrillos

Las mangas simulando al espantapájaros

Que regaló los sembríos a las aves

Los cuellos lascados como cuerda de suicida

Los botones sin el abrazo de los ojales

Los bolsillos repletos de nada

Mis camisas sucias tendrán grabados mis últimos días

El olor de las mañanas

El hedor de las tardes

El carmín de la amante que dijo hasta luego y no adiós.


4

Este no es un inventario de objetos sin su usuario

Esta es una sensación de pérdida.


¿Quién mirará la luna en menguante

a través de mis lentes?

¿Vendrá el moho a enverdecer su armazón?

¿Vendrá el polvo a cubrir sus cristales?

¿Se atreverá algún deudo a apoderarse de mis anteojos

Para observar el mundo que no podré ver?.


Este no es el inventario de objetos sin su usuario

Esta es la lápida que se cierra

Esta es la tumba que cubre

Este es el epitafio que escribe sentencias

Esta es la vida penando como fantasma.




JORGE REYES


Nacido en Quito en 1905 y fallecido en esa misma ciudad en 1977, el poeta y periodista Jorge Reyes destaca entre los literatos ecuatorianos contemporáneos por su vigoroso repertorio poético, impelido por la sucesión de ideas sociales y estéticas que dominaron el siglo XX. Además de dirigir las columnas literarias del periódico La Tierra, dejó muestras de su capacidad analítica en las páginas de opinión de otra cabecera quiteña, El Comercio. Hay que vincular toda esa producción al ideario socialista, defendido por Reyes en revistas como Cartel, cuyo lanzamiento editorial fue impulsado por el poeta en colaboración con escritores como Pablo Palacio, Alfonso Moscoso y Jaime Chávez. En el terreno literario, destaca un ensayo que resume buena parte de esas inquietudes: Apostilla (1997).


Aparte del citado título, la bibliografía de Jorge Reyes incluye poemarios tan atractivos como Treinta poemas de mi tierra; Quito, arrabal del cielo (1926), (1930) y El gusto de la tierra (1977). Asimismo, cabe hallar sus versos en las antologías Índice de la poesía ecuatoriana contemporánea (1937), Antología poética de Quito (1977),  Quito: Del arrabal a la paradoja, (1985) y Poesía viva del Ecuador (1990).



VECINA


Ahora que está el patio de domingo 

y no hay ropa lavada


y en las vasijas no se quiebra el cielo

y los niños, caracolas terrestres, 

danzan de lado a lado 

con los trompos borrachos

y las bolas que guardan estrellas de colores,

usted y yo, vecina, 

nos podemos fiar un gran cariño

y decir, por ejemplo, deme un beso 

usted, buena como un periódico en la mañana

cuando es indispensable echar ancla en la vida, 

yo, inquilino de una tristeza

por esa mujer pálida como la palabra muerto. 

La calle se ha vestido de un pañolón de flecos

Tiene usted unas manos 

dignas de atar el nudo de mi corbata,

por la presencia de su boca

ya no chisporrotean mis recuerdos, 

aparece usted conmigo en las conversaciones

como los parientes en las fotografías

con dedicatoria al amigo del alma, 

y detrás suyo hay una familia contenta

que conoce la utilidad del mondadientes

y mira al cielo para hablar: 

“se ha muerto el Ambrosio como perro

sin siquiera una cruz entre las manos”. 


No sé hacer la alabanza de sus ojos, 

pero estamos juntos en la tarde que se achica

y mi alegría sube y le muerde los pechos. 

junto a usted me olvido de las constelaciones

y estoy tan sólo aquí y en ninguna parte, 

sin voz, como los muertos, porque tengo dos manos 

y un deseo en el único sitio en que está el deseo. 

sin embargo, quiero que me encargue su corazón 

para envolverlo en la esquina de mi pañuelo

y guardarlo en el fondo del bolsillo del pecho. 


Así estaré tranquilo 

como los toreros en las fotografías. 

Los faroles en la tarde son como forasteros.



(1) Presentación y selección de textos y poemas de  Armando Arteaga.


febrero 01, 2007

LA LITERATURA EN TUMBES/ ARMANDO ARTEAGA

LA LITERATURA EN TUMBES:

   Imagen tipica en Tumbes.

¡CERCA DEL “ECUADOR” DE MICHAUX!  ¡LEJOS DEL PERÚ!
Por Armando Arteaga

El poeta tumbesino Alfonso Vinces Davis tenía un aire de charro mexicano, allá por los finales del los setenta, mientras bebíamos algún néctar de verano y conversábamos de literatura. ¿De dónde eres? -le pregunté-. Alfonso Vinces Davis me contestó de la manera más natural: ¡Cerca del “Ecuador” de Michaux!.* ¡Lejos del Perú!. Ya lo sabía, era de Tumbes, nada menos.

Yo había estudiado mi primer año de primaria en la frontera tumbesina, de manera que estaba familiarizado con los escenarios y la problemática de la cultura tumbesina. Vinces Davis conocía muy bien lugares como “Cabeza de Vaca”, “Guineal”, “Ucumares”, o “Garbanzal”, y sabía por supuesto mucho más que este modesto interlocutor de whiskies a las rocas, y de la cocina de pescado y de mariscos que es el plato fuerte de la cultura “viva” del norte peruano.

Alfonso Vinces Davis.

Con Vinces Davis nos hicimos amigos, y con premura me presentó a Rigoberto Meza Chunga, quien acababa de publicar su libro “Canto a Tumbes”, y se encontraba preparando su “Primera Antología de la Poesía de Tumbes”, por lo que me solicitaba algunas sugerencias, más tarde Rigoberto me sorprendió con la publicación de su “Dodecaedro”, y mucho después todavía con sus “Leyendas y tradiciones tumbesinas”, que lo ubicaba como el escritor más orgánico de la literatura tumbesina (a pesar que fue, porque ya no está con nosotros, un discreto talareño).

Los esteros y manglares de Tumbes.

Siempre que he podido, he regresado a Tumbes, y cada vez he cuestionado el marasmo cultural que padece por culpa de sus autoridades locales, pero también he celebrado sin ambages, con algunos de sus poetas, la fuerza insurgente de su nueva literatura, de su gran perfil logrado, al separarse de la influencia tutelar literaria de su hermana gemela: Piura.

Alguna vez, encontré paseándose por las calles de la septentrional Tumbes, a los viejos y entrañables maestros: a Mario Florián y a Francisco Izquierdo Ríos, con quienes compartimos largas conversaciones en esa visita. Bromeaba con Don Pancho Izquierdo diciéndole que en los esteros y los manglares de Tumbes bien podríamos llevar al cine su cuento “Tito y el caimán”, a cuya ocurrencia mía Don Pancho celebraba con chicha tumbesina, y picaba sus zarandajas con pescado y chifles. Yo le recordaba –en el mismo instante- a Mario Florián que al poeta ecuatoriano Alfredo Gangotena (ingeniero de minas, afrancesado, rara avis de nuestro simbolismo y surrealismo hispanoamericano) también lo deslumbraron en sus páginas barrocas los atardeceres de Zorritos y de Puerto Pizarro.


"Canto a mi patria india" de Vinces Davis.

Pero, volviendo a la literatura de Tumbes, he leído con cierta admiración a otros escritores tumbesinos: a Félix Hugo Noblecilla Purizaga y sus “Cuentos ecológicos”, a Carlos Garrido Chalen y su “Palabra secreta”, a Andrés Lavalle Dios y su “Mural”, a Alfonso Vinces Davis y su “Canto a mi patria india”, a Julio Chiroque Paico y su libro “Los gallos vigilantes”, a Eduardo Avalos Bustamante y su “Balada del muchacho que partió”, a Carlos Yacila Peña y su “Canto al hombre de América”,  y también,  a Rigoberto Meza .y su "Dodecaedro".

"Dodecaedro" de Rigoberto Meza.

La poesía tumbesina tiene también otros representantes destacados, en la memoria, trataremos de hacer un rápido inventario que pueda servir como un esquema para demostrar la insurgencia de esta nueva poesía que va desarrollando su propio matiz:

-Félix Moran Davis y su libro “Itinerario de vida”
-Víctor Correa Dioses y su libro “Vocales poéticas”
-George Ocampo Prado y su libro “Humanidad”
-Walter Flores Aguilar y sus libros “Lluvia”, “Travesía Continua” y “Estación rutinaria”.
-Aura Vega Olivos y su “Lluvia azul”
-Santiago Medina Ríos y sus libro “Cumaneando”
-Gladys Maritza Rosillo Moran y su libro “Tinieblas en el día”
-Marco Antonio Cabrera Atoche y su libro “Vestigio de lo cotidiano”
-Francisco Martinez Barreto y sus libros “Poemas de un solitario” y Poemas de la melancolía”
-Juan Santos Chulle García y su libro “Los Tumpis y ...otros poemas”
-Eduardo M. Velásquez Cum y su “Poemario”
-Ricardo Pablo Rumiche Herrera y su libro “Poemas”
-Heriberto Panta Chune y su libro “Cumananas del pueblo para el pueblo”
-Salomón Vásquez Villanueva y su libro “El silencio de mi pluma”
-Alejandro Vidal Díaz y su libro “El sol de la razón”
-José Félix Reaño Álvarez y su libro “Antología Otoñal”, poeta al que falta reivindicar.
Las nuevas generación han realizado su aporte literario con los trabajos de Harold Stipf Alva Viale (el más destacado de todos con sus libros “Antes de abandonar la sombra”, “Cañaveral: Libro de Tierra, “Sotto voce” y “El sonido de la sangre”), viajan con él también en estas nuevas voces: Jorge Alexander Silva Moran, Nicanor Chiroque Samame, Luis Abel Quiñónez Zapata, Baltasar Benito Castillo Hidalgo, Yessenia Quispe Cruz, Martín Cornejo Infante, Guillermo Hidalgo La Rosa, Ana María Maizondo Díaz, Fernando Ortiz Chávez, Fernando Panta Moran Edson Fernández Porras, y Héctor Preciado.

Puerto Pizarro.

En la narrativa, se puede decir que la prosa en Tumbes ha ido de la mano con la poesía. José Dolores Silva Dioses es el ¨pioner” de la narrativa tumbesina. Ricardo Noblecilla Morán empezó publicando “Receso”, una novela corta, la primera de su genero en Tumbes. 

Rigoberto Meza Chunga

Me parece que es Rigoberto Meza Chunga quien ha llegado a los niveles muy destacados en narrativa, lo mismo que Manuel Añazco Ruiz y su libro “Don Sata, el rey de los esteros”, David Torres Celi y sus “Narraciones ecológicas”, Samuel Ocampo Huaman y su libro “La sicología del charán y otros textos”, Juan Santos Fulle García y “El maléfico”, Wilson Puell Mendoza y sus “Pinceladas”, Donatila Mogollón Dioses y su libro “Juanito y el lagarto dorado”, Víctor David Feijoo Saavedra y su libro “EL niño del cajón verde”, se suman a estas versiones y otras miradas de Tumbes en su narrativa, otros escritores como Carlos Apolo Torres por su relato “el Vaquero de Pampa Quemada”, Santiago Medina Dios, Alejandro Vidal Díaz y su libro “Juan gringo el vendedor de pescado”, Víctor Correa Dioses, entre otros.
Michaux "ibidem" Ecuador, el libro iluminado de su viaje.

Aunque han fallecido, demasiado jóvenes, varios de estos escritores tumbesinos como Alfonso Vinces Davis, Rigoberto Meza Chunga, Eduardo Avalos Bustamante, y Julio Chiroque Paico, paradójicamente, son sus escritores más representativos, sin embargo la literatura en Tumbes tiene mucha fuerza, y se va a seguir desarrollando, por impulso propio y autónomo, a pesar de todo el olvido republicano en el que se le ha abandonado, por ser región fronteriza con el Ecuador (de allí la alusión de lejanía expresada por Vinces Davis), dejando ya la tutela y el magistrado (hablo en lo literario) de su vecina: la magnética Piura, en horabuena.
El poeta y pintor Henri Michaux.



Dos pinturas de Michaux.

*Henri Michaux, poeta belga-francés, amigo de Gangotena y Supervielle, que escribió su libro “Ecuador” de gran dimensión poética y metafísica, y “L´infini turbulent”. La referencia de Vinces Davis es al libro "Ecuador" de Henrí Michaux, un diario de viajes del poeta a sus 29 años, de apuntes breves y directos, su peripecia por los andes de Ecuador y por la selva amazonica peruana. Navegó por el río Napo para llegar a Iquitos en 1928. El  viaje es su arrebato mundano hacia lo exótico, buscando la belleza de la tierra desconocida.