mayo 01, 2016

Lanzando un haz de luz sobre la guerra sucia \ Maynor Freyre

Lanzando un haz de luz sobre la guerra sucia

Maynor Freyre

Maynor Freyre

Comparto esta noche la mesa con un escritor que sabe de las lides de narrar sobre temas muchas veces considerados tabú: los combates insurgentes nacidos a partir de la rebelión de muchos jóvenes, atraídos por un discurso violentista que consideraban el único camino para salir del entrampamiento, la injusticia y la miseria en que la gran mayoría del pueblo peruano ha permanecido hundido. Un ejemplo es la postración socio económica en la que aún viven los pobladores de Huancavelica, Ayacucho y Apurímac pese a haber sido cruel escenario de una cruenta guerra interna de 14 años con 75mil muertos y 16 mil desaparecidos, según informe de la Comisión de la Verdad.

Hasta la fecha se prosiguen encontrando fosas comunes donde las víctimas fueron llevadas valiéndose de ardides, las hicieron cavar las fosas  con engaños y luego las ultimaron sin piedad. Tal el caso de Putis, donde los nombres de los culpables permanecen ocultos por los militares, que creen con eso pacificar el país a través del terror sicológico: no te metas a sublevarte porque ni siquiera podrás encontrar los restos de tus deudos.

Dante Castro publicó Otorongo y otros cuentos y luego Parte de combate, casi paralelamente cuando Luis Nieto Degregori sacaba a luz Harta cerveza y harta bala y Como cuando estaban vivos, abordando el tema de la guerra interna en su pleno desarrollo, pero con distintas ópticas. La de Castro más cercana a los combatientes subversivos. La de Nieto, más testimonial. Y hace menos de una semana atrás, para ser más precisos el domingo que pasó, Luis Dapelo desde París publica un artículo de respuesta a una selección de narrativa corta hecha por Fernando Ampuero y a la postura de Jacqueline Fowns, corresponsal de El País de España, quienes soslayan al cajamarquino Alfredo Pita, al piurano Miguel Gutiérrez, al chimbotano Luis Fernando Cueto, al ayacuchano Julián Pérez y a su paisano Sócrates Zuzunaga, más bien novelistas que abordan el mismo tema. También a Félix Huamán Cabrera, canteño que supo afrontarlo con diversos libros de cuentos y novelas.

Hoy nos convoca César García Lozada, antiguo contertulio de los bares de bohemia literaria de los ochentas, como el Woony de la calle Belén y el Queirolo, supérstite hasta hoy en día de aquella vieja hornada de tabernas. Hágase la luz, se intitula la obra que trata desde un punto de vista en apariencia neutral la situación vivida en Huamanga entre los fines del segundo gobierno de Belaúnde Terry y el primero de Alan García Pérez.

La novela es la visión de un profesional que urgido por las necesidades de empleo se va a laborar a un centro de electrificación que trata de llevar la luz a los pueblos afectados por loe hechos bélicos. De esta manera recogemos un punto de vista casi neutral, de quien vive entre dos fuegos y trata de cumplir su labor a cabalidad abstrayéndose de tomar partido por ninguno de los bandos en combate.
Los empleados de esa filial de Electro Perú atraviesan circunstancias delicadas, donde se ven obligados a pactar con uno y otro bando para cumplir con esta labor urgida que busca calmar los ánimos de los desamparados al dotarlos de alumbrado público y alumbrado hogareño.

Elías Sologuren, el protagonista principal de la novela, se enfrenta a la absurdidad de este mundo abracadabrante desde su llegada, cuando padece –debido a una obtusa confusión—el ingreso a ese infierno de prisiones donde uno sin saber leer ni escribir puede terminar como una víctima más del abuso de los medios estatales. Sabremos si salva o no de estas infelices circunstancias  y a qué costo.
Enseguida nos trasladamos a un pueblo víctima de la “pacificación” donde la búsqueda del cumplimiento de los objetivos los conduce a un infame pacto que casi al final se ha de romper con consecuencias inesperadas, porque la luz para aquellos desvalidos no parece querer hacerse sobre su negro luto.

A posteriori viene el raro e inesperado encuentro con un viejo compañero de colegio que finge de profesor universitario, pero cuyo rol es del quintacolumnista que ya lleva un par de centenas de detectados que han pasado a la condición de desaparecidos. El fungidor terminará en una situación delicada al ser descubierto por la contrainteligencia subversiva que dice tener ojos y oídos por doquier.

Los festejos no dejan de darse en la zona de guerra, donde los combates se efectúan fuera del perímetro de la ciudad y el resto de habitantes transcurre sus días atemorizado por las redadas intempestivas cuando llega la noche o arrastrándose a los bares en busca de paliar sus temores entre sonoras risas, pero sabiendo que en cualquier momento la cosa revienta sin avisar. Así hasta un señor ministro con escolta y todo no puede escaparse de la matonería de la soldadesca embravecida en esa tierra de nadie.

El amor no podía estar ausente en medio de tal vorágine, mas se da entre seres desesperanzados, buscando curarse de malos recuerdos y hábitos arraigados. Desconfiados el uno del otro, transcurriendo con las justas el día al día sin construir nada para el mañana incierto.

El temor los acompaña hasta a zonas neutrales, donde al parecer nada ha de suceder, pero la desconfianza cunde y el pavor se incrusta a cada instante hasta quitarle a uno el apetito, confundiendo una mirada esquiva, un acto desesperado, con algún peligro, pese a que el personaje sabe que no ha cometido el mínimo desliz. Un sentimiento de culpa persigue a quienes se han atrevido a pisar zonas vedadas.

El momento de espectar los tenebrosos resultados de esa guerra sorda se da cuando se ven precisados a viajar a la ahora denominada zona del VRAEM pues es necesario realizar unas obras por aquella zona, donde los militares de han hecho de un grupo electrógeno dejando sin luz a un pueblo de la región. Caminos regados de putrefactos cadáveres humanos siendo devorados por perros y cerdos conforman un inesperado espectáculo que deja a los funcionarios electrificadores turulatos. No obstante ahí no ha de quedar la tétrica sorpresa: las rondas campesinas salen en razia y son obligadas a traer cabezas degolladas y una tremenda cantidad de orejas para demostrar al terrible comandante Lobo que han cumplido con su deber.

Para reponer el grupo electrógeno despojado deben viajar a una zona bastante lejana, en  la cual se van a dar de narices con las pintas subversivas más amenazantes y de improviso con una columna senderista en las alturas que a pocos kilómetros los interceptará decomisándoles sus identificaciones, como signo de que lo peor les espera, Todos tiemblan ante la aparición de la columna guerrillera comandada por un jovenzuelo. Saben que no puede esperarles otra cosa que la muerte. Elías recurre entonces a su vieja experiencia de luchador sanmarquino para pactar con estos hombres a cambio de traerles alimentos y medicinas. Los esfuerzos para cumplir con tal compromiso son intensos y se ve obligado a endeudarse para ello. Al final cumplirá con su palabra empeñada pero los militares también poseen innumerables ojos y oídos, la única manera de imponerse en esta guerra absurda para la que no han sido entrenados. Sabedor de tal situación Elías opta por evadirse subrepticiamente en un ómnibus. Veamos si la luz se hace o no al leer este interesante libro que nos deja ver lo terrible e inimaginable de dejar en manos de personas entrenadas para matar el destino de los pueblos.






abril 14, 2016

LA MINIFICCIÓN DE EDUARDO BORRERO


(PARA SACARNOS DE LAS CASILLAS)



LA MINIFICCIÓN DE EDUARDO BORRERO

Por Bernardo Rafael Álvarez



La minificción es tan antigua como antiguos son los chismes. Las fábulas de Esopo (o, mejor dicho, atribuidas a este personaje probable o improbablemente inventado) vienen desde varios siglos antes de que comenzara nuestra era; y las fábulas no son sino precisamente eso: relatos muy breves que tienen contenido o finalidad de carácter moral. Y con propósitos similares pero acaso algo más excelsos, Jesús, el Mesías, también –mucho después del fabulista griego- contó relatos breves para ilustrar sus enseñanzas y hacerlas más convincentes y persuasivas; me refiero, por cierto, a las parábolas.

Pero, en verdad, creo que la expresión más remota del relato breve es aquello que todos conocemos y en algún momento –o casi siempre- hemos practicado pero, sin embargo (de la boca hacia afuera) solemos repudiar y negamos que forme parte de nuestra “cultura” cotidiana. Me refiero a eso que, aunque medio imperceptiblemente, acabo de mencionar: el chisme. El chisme es, no me cabe duda, el punto de partida del género literario llamado narración; pero, claro, también lo es del periodismo informativo. ¿Alguien puede negar que desde los primeros días de la humanidad existió el deseo, el interés, la preocupación, por saber qué es lo que pasa más allá de las propias narices, por enterarse de la vida ajena, y también y sobre todo la casi irrefrenable inquietud por ejercer acomedidamente el papel de correveidile?

Y otra de las formas digamos innobles del relato breve, contra la que los literatos posiblemente dirigen o dirigirían su artillería pesada, para borrarla del mapa, es el chiste, que es, sí o sí desde el principio, un relato, un relato corto.

Ya hablando en el terreno literario, muestras importantes de relato corto, o minificción, encontramos en casi todos los escritores de que tenemos noticias. Recuerdo ahora a Charles Baudelaire y sus Pequeños poemas en prosa (conocidos también como El spleen de París), los que, naturalmente, son, como los llamó su autor, poemas, pero casi todos dichos en forma de relato.

Nuestro poeta mayor, César Vallejo, también hizo lo suyo. Aquí una muestra: “El perro que, por fidelidad, no consiguió que se acercase nadie a curar la herida de su amo. Este, naturalmente, murió.” Y esta otra que, podría haber sido  inspirada por el relato de Francis Scott Fizgerald, El curioso caso de Benjamin Button, y que, en buena cuenta, lo resume de forma por demás acertadísima: “El hombre que nació viejo y murió niño: la edad para atrás”.



  Eduardo Borrero Vargas

Y ahora y aquí tenemos a Eduardo Borrero Vargas, escritor piurano, nacido en Sullana, cuya última producción es la que tengo en mis manos: Del misterio y otros abismos (Editorial América, 2015). Relatos cortos, o cuentos, como él los llama, en los que, en el plano formal, creo encontrar cierta familiaridad (o, como dice la gente culta: intertextualidad) con la literatura del checo Franz Kafka (claro está, no el de La metamorfosis o El Proceso sino, entre otros, de los relatos Prometeo o El buitre), el argentino Jorge Luis Borges (de, por ejemplo, estos textos que aparecen en el volumen Ficciones: El jardín de senderos que se bifurcan,  Tres versiones de Judas, y lon, Uqbar, Orbis Tertius) y el peruano Felipe Buendía (de La espera). Literatura desconcertante. Muy afín, a veces, con lo que es característica del teatro de Ionesco: el absurdo.

Literatura fantástica y además inverosímil, como aquello del prestamista en el relato titulado Beneficios renovables, que “por un accidente fortuito, voló al cielo; pero rebotó a la tierra”; o esto de imaginación igualmente extrema que encontramos en Cuento de terror 1: “Despavorido, salí a las calles del pueblo a buscarme. Pena me da confesarles que no he logrado encontrarme, pero se confirma mi teoría de que un desalmado me ha secuestrado.” O, más extrema aún, esta muestra de enigmático desdoblamiento: “Era una tarde sombría. Ingresé a mi casa y vi, con estupor, que me estaban llevando sujeto a una camisa de fuerza.” (Cuento de terror 3).

Es cierto, como ha escrito Armando Arteaga en el prólogo y el mismo autor en algún momento me lo dijo, que estos, los relatos de Eduardo Borrero Vargas, tienen una tendencia marcadamente dirigida hacia lo metafísico. Sin embargo, hay también lo que yo he visto, y lo digo sin ambages: el propósito de sacarnos, inconsideradamente pero en buena lid, de nuestras casillas y decirnos, además, eso que sabemos pero tratamos, tal vez inconscientemente, de olvidar: que la literatura es, sobre todo, un trabajo de creación y no de remedo.




Y Eduardo ha hecho eso: ha creado historias y seres que, como he tratado de explicar, no son precisamente de nuestra realidad, parecen pero no son de la realidad, sino productos de la auténtica ficción; hechuras que bien pueden inscribirse, y de hecho están allí, en lo que Vargas Llosa llama “la verdad de las mentiras”.

Son relatos extraordinariamente bien trabajados, con una escritura pulcra, sin la imprudencia de innecesarias altisonancias. Ah, pero eso sí, con una dosis de humor que puede tener su explicación en el hecho de que nuestro escritor es piurano y, como ustedes saben, no hay humor más delicioso que el de los piuranos; pero el de Eduardo va más allá: es un humor ácido, extraño, que -al menos en este libro- nada tiene que ver, por ejemplo, con aquellas proverbiales historias de  los compadres que se encuentran en los caminos calurosos del norte de nuestro país, acompañados casi siempre con la medio ineludible presencia, en esos lugares, de los dóciles e infatigables “piajenos”. El de Eduardo o, mejor dicho, el de este libro es un humor no para reír, sino para dejarnos estupefactos.

Léanlo, y me darán la razón.

noviembre 17, 2015

MIGUEL GUTIERREZ: LA EXPOSICIÓN MULTIPLE DE LA VIOLENCIA

MIGUEL GUTIERREZ:
LA EXPOSICIÓN MULTIPLE DE LA VIOLENCIA

                                                                            Armando Arteaga    

            
Miguel Gutiérrez


Ante un contundente lujo de detalles y gran cantidad de datos, por donde asoman los personajes y recursos literarios que tiene la prestigiosa narrativa y la investigación ensayística de Miguel Gutiérrez, no resulta fácil dar un testimonio preciso: golpear exactamente en el clavo de la pared para colgar el respectivo cuadro expresionista que se necesita ubicar en la pared en blanco, y tener el criterio ponderable, que siempre se debe tener en cuenta, para ser sinóptico, objetivo, correcto, paciente, o contradictorio, puede ser; que da el resultado de una lectura analítica y sintética (al mismo tiempo) frente a la expectante obra literaria de mi paisano escritor; y ofrecer un respetado argumento de festejo o de rigor, para hacer seguimiento de esa mirada tenaz que tiene Miguel Gutiérrez acerca del pasado colectivo de Piura a través del cristal de lo fantástico y de lo histórico, para mirar las virtudes publicas y los vicios privados de la gente de un país, o de una región abordada; y ofrecer un respetado argumento critico de esa obra literaria: que se reparte en la novela y en el ensayo literario, y que, por momentos resulta abundante y abrumador, milimétricamente hablando, casi imposible de hacer un inventario exclusivo y veraz: de esa trayectoria de la dehiscencia piurana.

Miguel Gutiérrez ha demostrado siempre ser un escritor de gran rigurosidad, un profesor dotado de un increíble “background”  literario y político (fue mi profesor, junto con Abelardo Oquendo, en la asignatura de “Lenguaje”,  en la universidad de ingeniería, en la facultad de arquitectura, en los tiempos de estudios generales), y  también es un respetado y admirado amigo desde cuando conversábamos de literatura en la década del setenta en El Tivoli, ese café de La Colmena (ubicado en el primer nivel de ese edificio tomado del estilo de Mies Van der Rohe que tanto les gustaba a los firmantes del manifiesto del Grupo Espacio), en sus mesas discretas y modernas, que parecían encerradas en una enorme pecera por la larguísima mampara de vidrio que daba hacia la gran calle, entre tazas humeantes de café y mucho humo de tabaco.

Empecé a leer con atención a Miguel Gutiérrez desde la esperada publicación de su primera novela  “El viejo saurio se retira” que se abre en la violencia dramática,  del tiempo y de la vagancia y la rebeldía juvenil, de ese cuadrivio de adolecentes piuranos que nos revelaba,  como dijo Washington Delgado: “con fuerza inusitada un ambiente provinciano y un proceso social asaz realista”. Desde las primeras páginas nos sorprende la despiadada ironía; llama la atención el aspecto formal de la parte social y “exhibicionista” de la juventud piurana, freudiana y “una picaresca” como la llamó José Miguel Oviedo en un artículo celebratorio, pero punzante y acido en el Suplemento Dominical de El Comercio: “La novela no quiere agradar, sino irritar y no cuesta nada imaginar que sobre ella se cernirá el escandalo: es agresiva, destemplada, insolente, injuriosa, y cargada de veneno desde el epígrafe: “Si vas a Piura:/ la gonorrea es muy segura (anónimo, siglo XVII)”. Piura se ve, es el primer objeto que quiere aniquilar, pero el ánimo flamígero se extiende a zonas más amplias: la letal vida de provincia, las mentiras institucionales, la corrupción social, la educación religiosa sobre todo.  Construir una novela con tanto descaro y tanto ardor acusatorio es el ambicioso propósito de Gutiérrez.  No es poco para un primer libro, ni deja de constituir material interesante para la crítica”. 

El “boom” literario latinoamericano fue un camino forzado, un proceso tendiente a la creación  de aparatos publicitarios que concentraron la atención de lectores comunes en un determinado numero de narradores publicitados en diarios y revistas no siempre merecedores de prestigios diversos, estos juegos y artíficos del  marketing literario fueron un pie forzado, impidieron ver a otros narradores de obras valiosas, ante la imposición forzada de valores ineficaces y de falsos best-sellers, imposición de “ondas” que ocupaban un moda temporal literaria.  ¿Quién es quién, por ejemplo,  en la narrativa peruana de ese momento? Me quedaba con Mario Vargas Llosa, total “La ciudad y los perros” y “La casa verde” me parecieron  insuperables, esta ultima toda una gran novela de una gran estructura.  ¿Quién es quién, por ejemplo, en la narrativa piurana de ese momento? Hasta entonces me quedaba  con Francisco Vegas Seminario, “Taita Yoveraque” y “Montoneras”, me parecieron excelentes novelas y me siguen pareciendo todavía. Después vinieron “Conversación en La Catedral” y “La guerra del fin del mundo”.  La cosa se ponía cada vez más redonda, pero a la vez cuadrada para los rurales de la prosa, raíz cuadrada a la enésima para los urbanos de la prosa,  y, para que nuevos narradores emprendieran proyectos ambiciosos de novelas totales.  Algo más, Daniel Camino me había mostrado un guión cinematográfico de la novela “El espejo” de Fernando Angell de Lama, que quería llevar al cine: la epopeya de la ocupación marítima del hombre piurano que llevaba aquel escueto epígrafe: Al puerto de Paita, en donde nací, y a su pueblo.  Había, pues todo una “summa”  de argumentos, personajes, ambientes y escenarios: mar, desierto, bosques, andes de Ayabaca y Huancabamba,  para la tentación siguiente de nuevas ficciones sobre temas piuranos. 

Pero insisto, en la prosa de “El viejo saurio…” había un desafío… de la obsesión piurana candente para la narrativa, que Miguel Gutiérrez hacía brotar en esa novela tomando el segmento de la alocada juventud que viene con el acné en la cara:

Nació en Piura y desde muy churre conoció la cólera.
De niño fue el terrible Coloradito, pero cuando una pelambre tupida le broto por todos los poros, se convirtió en el magnifico Pavudo.
Dicen que le gustaba todo lo que volara; por ejemplo, nadie lo ganaba fabricando avioncitos de papel y dicen también que en tiempos de las cometas la suya era la que se elevaba más alto, y que cuando llegaba a Piura el circo de los Hermanos Caballini, el numero que más le gustaba era el de las Águilas Humanas.   

Años más tarde, Miguel Gutiérrez en “Celebración de la novela” (1996) reivindica su obra como algo muy suyo, personal, salido con mucho cariño de su propia creatividad, sorprendiendo a quienes  suponen esa novela como  un ensayo advenedizo de un escritor primerizo, algo que me parece es todo un merito, lleno de enorme sinceridad:

“Como declaré en una oportunidad, fue una novela que escribí con mucho humor, con mucha irreverencia y con esplendida ignorancia.  Pero definitivamente no me arrepiento de haberla publicado.  Creo que existen algunas buenas páginas de prosa, no está nada mal la creación de un ambiente provinciano y los personajes son divertidos y poseen una cierta hondura. Muchos años después, con ese mismo espíritu de humor e irreverencia escribí  “La violencia del tiempo”. 

Muchas claves para entender la narrativa de Miguel Gutiérrez están en ese libro “Celebración de la novela”, es algo que se vuelve patético.  La imaginación “pathos”  piurana en la novelística y el rigor montaignestico en la ensayística de Miguel Gutiérrez (“La Generación del 50: Un mundo dividido”), son dos constantes que van en su obra literaria: una va por la explicación y descripción de la violencia histórica,  y la otra, por el deslumbramiento del género narrativo como factor decisivo en la vida de los seres humanos.  En la novela,  es muy a lo Rabelais, abarcando la pugna social y la pugna política, el roce entre autoridad e individualidad, buscando diversos espacios de la vida diaria, erudición, pensamiento y fantasía, algo muy renacentista.  En el ensayo, tiene representación de cierta erudición, pasión y conocimiento, lectura  y manejo de escritores clásicos y modernos, a lo Montaigne, pretende lo mismo que  Montaigne en sus ensayos: la búsqueda del conocimiento, la inseparable razón estética  e intelectual para hallar las contradicciones de la vida, ensayos  llenos de una enorme masa de erudición literaria, sin animo de deslumbrar sino de enseñar (que esas contradicciones existen), y son el meollo de las cosas simples de la vida.  Por lo que comprobamos, ese deslumbramiento en “Celebración de la novela” por Kafka,  y  su descubrimiento de sus primeros años universitarios de  la novela norteamericana, de tres nombres mayores: Faulkner, Dos Passos, y Hemingway, en algo que nos ayuda a comprender mejor la narrativa de Miguel Gutiérrez. 

Algunas escenas de las novelas de Miguel Gutiérrez entran en el universo de lo real-fantástico, a pesar de tener  prioridad una visión concreta de lo real, tal el caso de  “Hombres de camino”, aunque el referente es lo histórico, muchas de las historias  de vidas  de Isidoro Villar, o de Sansón Carrasco,  o de Rodolfo Lama Farfán de los Godos, o de Bauman de Metz, lindan con lo fantástico, y la leyenda.  ¡Pero si en el fondo la vida de Isidoro Villar me enorgullecía hasta la casi fatuidad! exclama un personaje interno de la novela.  Para los que conocemos “la escena de la vida piurana” sabemos que Isidoro Villar es Froilán Alama, que Sansón Carrasco es Enrique López Albújar, y que Bauman de Metz: aventurero o no, participó en el levantamiento de la Comunidad de San Francisco de Chalaco que con una montonera de 60 hombres entró en el corazón de la ciudad de Piura el 2 de enero de 1883, enarbolando una bandera roja a los gritos de “!Viva La Comuna”.  El hilo conductor de lo narrativo entre lo real y lo fantástico en las ficciones de “Hombres de camino” por momentos nos llevan a recurrir y echar mano a la “Introducción a la literatura fantástica”  de Tzvetan Todorov, por lo siguiente:   “Un postulado no necesita pruebas; pero su eficacia puede ser medida por los resultados a los que se llega cuando se lo acepta. Como creemos que la organización formal no se deja captar en el nivel de las imágenes mismas, todo lo que pueda decirse de estas últimas será aproximado. Habrá que contentarse con probabilidades en lugar de manejar certezas e imposibilidades. Retomando nuestro ejemplo muy elemental, el bosque y el mar pueden encontrarse a menudo en oposición, y formar así una “estructura”, pero no deben estar en oposición; en tanto que lo estático y lo dinámico forman obligatoriamente una oposición, que puede manifestarse en la del bosque y el mar. Las estructuras literarias son otros tantos sistemas de reglas rigurosas, y lo que obedece a probabilidades son tan sólo sus manifestaciones. El que busca las estructuras en el nivel de las imágenes observables rechaza, al mismo tiempo, todo conocimiento seguro”.
En el “Descanso de los caminantes”, Bioy Casares insiste en escudriñar el problema del acto de escribir: “Escribir. Cuando yo era joven, un viejo escritor me explicaba: "Es­cribir lo que no has de publicar no es escribir. Escribir borradores no es escribir. Corregir no es escribir". Este tema es uno de los dilemas de Miguel Gutiérrez, hasta el límite de la responsabilidad y el compromiso soportable en una entrevista en “Celebración de la novela”, contrastada con el dilema de la lectura: para la formación del escritor.  Lo mismo su admiración por Beckett, que me recordó uno de los objetivos centrales de la obra de Beckett: el más pequeño acto puede trastornar el universo. Este es uno de los temas centrales de la obra de Beckett. Una mosca impotente bajo el pulgar puede trastornar al mar y al cielo: siempre la realidad y la ficción que delimitan los territorios de la poesía. Recordar su poema La mosca:
Entre la escena y yo
el cristal
vacío salvo ella
vientre a tierra ceñida por sus negras tripas
antenas locas alas enredadas
patas curvas boca succionando en el vacío
golpeando en el azul estrellándose contra lo invisible
impotente bajo mi pulgar
trastorna al mar y al cielo
El más pequeño acto puede trastornar el universo. Este es uno de los temas centrales de la obra de Beckett. Una mosca impotente bajo el pulgar puede trastornar al mar y al cielo. La poesía francesa de Beckett prefigura al personaje beckettiano desarrollado más tarde en su narrativa: un hombre solo, en la oscuridad de un cuarto se pregunta cómo ha llegado hasta ahí. Se trata de Molloy, de Malone. El Belacqua de Dante, a las puertas del Infierno no espera nada, salvo la memoria.  El absurdo de las cosas, la más extravagante hilaridad, convertido en lector de por vida de Beckett: ubicuidad admirativa que también recupera Miguel Gutiérrez  en su estupendo artículo: “Beckett y la “Secta del perro”.
Para terminar, diré que la novela-ensayo más celebrada de Miguel Gutiérrez: “La violencia del tiempo” me parece estupenda y de gran nivel narrativo, aunque por momentos me resulta densa, algo asmática como “La montaña mágica” de Thomas Mann: novela total, enciclopédica, balzaciana. La querella entre lo antiguo y lo moderno, donde las pasiones se caldean hasta los extremos, las razones fútiles, las rencillas entre hombres y mujeres, los encuentros fronterizos, los argumentos que esgrimen los bandos sociales, el artificio y la belleza del desierto piurano, los espíritus superficiales ahogados en el olvido, pero recuperados en la memoria increíble del narrador furtivo, un tiempo de violencia: recuperado por  este gran novelista que es Miguel Gutiérrez.  Las violentas escaramuzas en torno a problemas tribuales y triviales, que por momentos parecen derrotas individuales,  que nos vuelven la mirada hacia Martín Villar, donde Cangará: bien podría ser el único lugar del mundo después del diluvio, la “terra nostra” piurana (por elucidar  algo del novelístico epicentro de Carlos Fuentes).     

                

(Publicado en la Revista Siete Vientos N- 28)