abril 07, 2006

FLORENCIO DE LA SIERRA Y EL INDIGENISMO POÈTICO/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA
FLORENCIO DE LA SIERRA
Y EL INDIGENISMO POÈTICO


Por Armando Arteaga
Firmaba todos sus poemas con el seudónimo de Florencio de la Sierra, pero en realidad era el profesor Florentino Gálvez Saavedra, nacido el 14-03-1903, en Ayavaca (donde se esforzó tercamente porque el nombre de Ayavaca se escribiera con v (la vigèsima consonante), pero perdió esta batalla que todavía libran algunos respetados regionalistas como José Ignacio Páucar Pozo). Por está vez, y en homenaje al poeta , al profesor , y al periodista corresponsal de “El Tiempo” en Piura, voy a escribir también –tercamente- Ayavaca.

Florencio de la Sierra se relacionó ocasionalmente con Hidelbrando Castro Pozo, y fundó la revista “Folklore”, viajando mucho por el sur: Chile y Bolivia.
Publicó entre otros libros de poesía: “Aúllan los perros” (1951) con portada del artista plástico Essquerriloff, “Capullos de Rocío” (1959) con portada de César Calvo de Araujo, y “Danza de serpientes” (1963) con portada de Raúl Vizcarra.

No es como algunos suponen que el azar juega su partida de dados y el destino es una línea recta marcada por este señor “persona non grata” que hace y deshace con el porvenir de los hombres y de los pueblos. Estos hacen el porvenir en la forja del tiempo con el temperamento y el talante de sus hijos, viene esa hazaña en los gestos individuales, acompañados por la reminiscencia del telúrico paisaje andino.
De esta indudable influencia metafísica ha expuesto Mariano Iberico y Rodríguez, otro filosofo y escritor norteño, en sus libros “Notas sobre el paisaje de la sierra”, “El sentimiento de la vida cósmica” y “Jorge Manrique, poeta de la añoranza”.

La lejana Ayavaca, en la sierra de Piura, coincide con este gran connubio del mestizaje literario. Tierra madre, preñada siempre de poetas y de intelectuales de gran nivel: Juan Luis Velásquez Guerrero, Juan María Merino Vigil, Manuel Vegas Castillo, Dagoberto Torres Agurto; e Hildebrando Castro Pozo, pioner del indigenismo y de los albores del socialismo peruano, estudió el estado de las comunidades indígenas en el Perú, en su recordado y conocido libro: “Del Ayllu al Cooperativismo Socialista”.

Aunque muchos se rehuyen a pensar en un “indigenismo piurano”, yo creo que hay motivos - más que suficientes- para emprender esta propuesta llamando por su nombre a este segmento importante para la literatura regional de Piura como un aporte muy poco estudiado de las ideas de Hidelbrando Castro Pozo y más tarde las de Luciano Castrillo, expresadas no solo en el campo de las ciencias sociales, la política y la jurisprudencia, sino también en el ámbito de las nuevas ideas en nuestras literaturas regionales de todo el país.

Recordando al maestro Julio Galarreta González, él ya se refería a cierta apertura de Salaverry que había mostrado “preocupación indigenista en su obra de teatro “Atahualpa” y su pasión por el “yaraví” preferido –pleno de añoranza romántica- en sus obras dramáticas antes que otra música culta de salón”.

El indigenismo no es solo una extención cultural nacional, sino también continental (América, Canadá y Estados Unidos. ) e internacional (Europa y Asia) donde se expresan un sin número de variantes de literaturas “nativas”.

El escenario político e ideologico que motivó el desarrollo de las nuevas ideas sobre el Perú y sus “literaturas regionales”, también comprende (por conjunción y por disyunción) el espacio de las nuevas ideas literarias en Piura: siempre abierta y experimental a las vanguardias. El “indigenismo piurano” en la literatura tiene en José Eulogio Garrido (escritor nacido en Huancabamba, la tierra que camina, en 1888) como uno de sus más altos representantes desde los primeros instantes del siglo XX. De quién nos ocuparemos en otra referencia literaria, pero que recordemos fundó el grupo “Bohemia” en Trujillo con Antenor Orrego, movimiento literario predecesor al famoso “Grupo Norte” donde militaron César Vallejo, Víctor Raúl Haya de la Torre, Alcides Spelucin y Macedonio de la Torre.

José Eulogio Garrido nos ha dejado su libro “Carbunclos” (1947). No es el único escritor de estirpe indigenista local, pero cito a él como uno de los más importantes precursores de esta tendencia literaria. Tendencia que declina crepuscularmente con las “Acuarelas Huancabambinas” de Miguel Justino Ramírez Adrianzen (Deán de la Catedral de Piura), cuyos escritos ganan en visión antropológica frente al resto del canon literario indigenista piurano, mas tarde, por ejemplo, ante obras de mayor ambición “nativista” literaria y lírica como “Paisana” de Edmundo Cornejo Ubillus (n. Huancabamba, 1916-2001).
Aunque haciendo la contingencia del caso “Carbunclos” es un libro raro y adelantado de prosas-poéticas.

El nativismo literario es ese perfil terrígena de cada lugar o región, que utiliza sus propias materias, que son inherentes a su naturaleza misma, para ver las cosas desde su propio punto de vista: es una fuerza (centrípeta y centrifuga) tan natural de la aldea hacia el mundanal ruido del mundo haciéndose algunas veces cosmopolita. Luis Monguió es quien muy bien describe este panorama vigente en “La poesía post-modernista peruana”(1955):

“En el segundo cuarto del siglo XX se observa la existencia en la poesía peruana de un movimiento que genéricamente puede llamarse nativista, surguido –no sin antecedentes- con la pretensión de que la poesía peruana expresa lo peculiarmente peruano, el hecho diferencial peruano . Primero este movimiento se perfiló en la poesía por 1926 en el específicamente llamado indigenismo, que reivindicó, como lo único auténticamente peruano al indio y a lo indio. Las formas de la poesía indigenista derivaron, sin embargo, de las del vanguardismo internacional entonces a la moda. El nativismo poético tomó luego, alrededor de 1930, otro aspecto especifico en el llamado cholismo, afirmación del mestizo y de lo mestizo como lo verdaderamente peruano. Hubieran podido ser paralelas suyas el zambismo, el blanquismo o criollismo, etc. La técnica de la poesía en esta segunda etapa se inspira principalmente en el romanticismo de la variedad lorqueana y en algunas formas folklóricas. En un tercer momento, posterior a 1940, el nativismo abandonando amarras étnicas trata de expresar un nuevo ethos peruano de contenido humanista, pero moldeado por la realidad ambiental americana. En materia formal este último nativismo para verbalizar su visión de la realidad local y actual aprovecha toda clase de formas poéticas, con cierta preponderancia de las retóricamente más estrechas. Estos tipos básicos de la poesía nativista peruana se sucedieron cronológicamente en cuanto a su iniciación –1926, 1930, 1940- pero, como es natural, coinciden parcialmente en el tiempo de su difusión, y así existe hoy en día en el Perú quien escribe en indigenista al lado de quien versifica en cholista y junto a quien poetiza en la última manera nativista, y existe también quien ha pasado sucesivamente de la una a la otra manera”.


Florencio de la Sierra es un poeta de la autoestima campesina, enamorado del esplendor histórico del pasado, severo crítico de la expansión inca sobre los territorios de los ayahuacas por Inca Tupac Yupanqui (la incorporación de Huancabamba y Ayavaca al Tahuantinsuyo). Seguidor del sueño de Walt Whitman: del autoctonismo y de la apertura hacia la fastuosidad telúrica del paisaje natural como leit-motiv en toda su poesía. Seguidor de la filosofía naturista y del transcendentalismo de Ralph W. Emerson, y del ruralismo literario del viejo Robert Frost: que pone vacas, carneros, pumas, hierbas silvestres, flores salvajes, y aromas exóticos en el poema sin ningún remilgo estético.
Es también un modernista tardío, pero sin la fantasía y la retórica vergonzante de los modernistas exagerados. Defensor de la trilogía mágica y andina, de la proyectación desarrollista del bienestar: anciano-madre-niño. La realidad coyuntural aparece en sus libros denunciada como injusta -humanamente hablando-, pero ubicada en el énfasis excelso de su “poética” aristotélica donde se mezcla ese discurso virgiliano: limpio y sincero, con su particular mirada panteista. De su voz surge la nueva épica de la naturaleza: el hombre y el paisaje ayavaquino, con destreza y sinfónica versión , voz muy personal llena de emoción lírica, tiene un discurso magistrado desde donde se exalta el nuevo poema: esa tierra -diferente y prometida- de las palabras.

En “Aúllan los perros” (1951), es el libro en donde con mayor insistencia destacan estas ideas mías sobre el “indigenismo” de Florencio de la Sierra, estructurado en tres partes: Marejadas de sierra, Voces humanas, y Huella del hombre. El poema “Lluvia de trigo” es un asomo a la protesta social y “Nísperos” es un detalle de aproximación al desamparo
de la niñez en la urbe limeña.

Es en el segundo libro “Capullos de Rocío” ( 1959) donde crece –inobjetablermente- la calidad poética desde que se abre el follaje silvestre de este poemario. Los poemas “Silencio”, “Neblina”, “Agua”, “Crepúsculo”, “La Luna” y “Acuarelas de Mayo” confirman
“la esplendidez de claridad lírica que le concierne” (tal se ha referido Jorge Rivas en su estimativa crítica “Poesía Americana”, República Dominicana, 23-01-1960).

Es un solo poema largo “La Danza de las Serpientes” (1963), su tercer libro, desde el “Umbral Aborigen” Florencio de la Sierra dice:

“Antes que la imagen del crepúsculo se oculte en la posada de la noche, seguid las huellas trazadas por el serpentear de las neblinas y el afán primitivo del aguacero. Por donde tan solo ronda, el rumor del viento.
Entonces, sin temores, abrid la frontera rústica de esta siembra: huella del hombre por los caminos agrestes del tiempo...”

Olvidada, nunca conocida, y poco estudiada, la obra poética de Florencio de la Sierra siempre ha llamado mi atención y mi admiración. Su obra tiene que formar parte del gran cuaderno de la poesía piurana, peruana, y latinoamericana, no está demás recordar lo que Don Edmundo Cornejo Ubillus escribió en el Prólogo de “La Danza de las
Serpientes” acerca del trajinar poético de Florencio de la Sierra:

“Así la obra de Florencio de la Sierra, en la que su expresión poemática exaltada, condolida y tierna, rompe muchas veces los cánones normales, retorciéndose como la topografía misma de las cordilleras o el laberinto de los matorrales, desmayándose como el paraje yermo de las cumbres o desbocándose como el dispararse de los caminos caprichosos y cimbreantes, pero que en conjunto nos dan la belleza recóndita, inmaculada y virgen en la que se deleita el alma, y aparece la ruta troncal en el tránsito del hombre”.
La poesìa de Florencio de la Sierra trasciende los contenidos y las devociones ideologicas siempre sinceras de la poesia peruana post-modernista de la que hablò Monguiò. Es una poesìa no contaminada por la polèmica de puros y sociales. Es un aporte muy creativo, vigente, la fuerza de la aldea al mundanal ruido de las cosas, un rìo que va al mar, pero que nunca se agota en el morir. De èl se puede decir que es un verdadero conspirador del silencio provinciano. Sea este discreto homenaje mìo una pequeña contribuciòn para una mejor compresiòn de su obra, no solo poètica, sino tambièn antropològica, por lo que hay que volver a revisar las siempre interesantes pàginas de la revista "Folklore", de la que fue su fundador y director.

artenupe@yahoo.es