AMANTES TRISTES// ARMANDO ARTEAGA
Fernando y ella viajaban tres horas desde Lima por la polvorienta carretera sin asfalto, siempre al borde del río Chillón, cuya corriente fría y constante parecía indiferente al mundo que se deslizaba a su lado. La geología dura del paisaje andino, entre piedras secas y quebradas, hablaba de tiempos y de violencias antiguas, de huaycos que bajaban arrastrando barro y cantos rodados, recordándoles que la naturaleza misma podía ser cruel y despiadada.
La mujer dormía a su costado, con anteojos Ray-Ban ahumados, mientras Fernando conducía, y él pensaba en la reserva del hostal Cantamarca que había pedido a su amigo, el antropólogo canteño Guillermo Falconí, y en cómo pronto hablarían de magia, ciencia y religión con referencia a Malinowski, sobre rituales y supersticiones que permiten a los pueblos sobrevivir al miedo. Fernando imaginaba la cama limpia, la sábana tibia, y el río Chillón reflejando la luz del sol en su agua fría mientras descendía hacia el valle, indiferente a su llegada y a sus vidas trémulas.
Al entrar al pueblo de Canta, las casas de adobe, blancas con cal, techos de tejas rojas y balcones rústicos de cedro parecían frágiles ante la fuerza de los cerros que los rodeaban. Aparcaron junto a la arquería de la Casa Cuartel y, por un instante, la rutina del viaje y la espera de un instante en un hostal parecieron normales. Pero la normalidad es siempre un velo frágil.
En la esquina de la calle principal, un tumulto de gente rompía la quietud del pueblo. Campesinos venidos de Pariamarca descargaban paquetes de la parte trasera de una camioneta; en el centro, un representante de la guardia civil se erguía con distancia. La gente aguardaba expectante, pero sin alarma: el miedo se domesticaba, como un animal silvestre que aprende a convivir con los hombres.
—¿Qué sucede? —preguntó Fernando.
—Hay un muerto en el pueblo —respondió una voz con indiferencia.
Fernando miró el tumulto, y las hojas secas de los árboles huían despavoridas con el viento que bajaba hacia el río Chillón, cuyo murmullo frío acompañaba cada escena, recordándole que la vida y la muerte seguían su curso indiferentes. Entonces lo vio: Juliann, el esposo de ella, tendido en la carreta jalada por un caballo flaco, cubierto parcialmente por un poncho de lana de alpaca. Solo se distinguían las zapatillas, el codo, la cabeza zarandeada por el movimiento. Fernando sintió un estremecimiento helado, la frialdad del río se metió en su pecho, y la culpa comenzó a crecer como un animal silencioso y hambriento.
—Se ahogó en el río hace unas horas —dijo el capitán de la guardia civil—. No tiene documentos.
Hubo un silencio. Uno de los campesinos murmuró algo casi imperceptible: “Dicen que caminó solo hacia el agua. Que no pidió ayuda.” Nadie quiso confirmarlo. Nadie quiso negarlo. En esos pueblos, la muerte no siempre necesitaba testigos.
Fernando abrazó a la mujer por la cintura, sintiendo que cada roce era un recordatorio de la traición, del hilo invisible que unía todos sus recuerdos y su infidelidad. Cada encuentro clandestino, cada mirada cargada de deseo y culpa, era un acto de rebelión contra la moral, pero también una confesión silenciosa del vacío de sus vidas. Se dirigieron al hostal, mientras el río Chillón seguía allí, frío e indiferente, testigo de su pecado y de la muerte que los rodeaba.
La habitación daba hacia la calle principal y al río, cuya corriente helada parecía observarlos, constante, indiferente. Se ducharon en silencio; se vistieron en silencio. La presencia de la muerte parecía envolverlos incluso en la intimidad, recordándoles que todo placer es provisional. Fernando pensaba en Juliánn, en cómo la mujer lo amó y lo traicionó como jugando al mismo tiempo, en los silencios compartidos, en los momentos de pasión que ahora estaban teñidos de culpa.
Salieron a caminar por Canta, hacia el río. El agua bajaba cristalina entre guijarros, fría como la certeza de la violencia que recorría el país y la indiferencia de los hombres. La mujer pensaba que habían venido a eso: a buscar la vida, aunque la muerte y la frialdad del río los siguieran a cada paso.
Se acomodaron en un recodo del río, se quitaron la ropa y quedaron en traje de baño. Cada roce de piel traía consigo culpabilidad y deseo; cada mirada recordaba que la vida sigue, incluso cuando el mundo conspira para despojarla de sentido. Y el río Chillón seguía, frío y constante, testigo silencioso de su intimidad y su inmortal pecado.
Fernando recordó las aulas de San Marcos en los años 80: debates encendidos sobre maoísmo y toskismo, cómo ella defendía la disciplina toskista con pasión mientras él discutía con el ardor de quien cree “que la historia puede ser domesticada”. Recordó las lecturas de Malinowski, los textos dispersos de Falconí, y cómo todo eso parecía absurdo frente al terror que recorría los pueblos: desapariciones, rumores de Sendero Luminoso, patrullas militares, violencia cotidiana y miedo.
También recordó cafés en los que discutían la política y el amor, bibliotecas donde hojeaban libros de antropología mientras sentían que el mundo se desmoronaba, bailes de folk y rock donde la música parecía absorber sus ansiedades y dejarlos suspendidos en el aire. Cada paso, cada conversación, cada movimiento estaba teñido de culpa, deseo y conciencia de la fragilidad de la vida.
Los días siguientes los encontraron recorriendo caminos polvorientos, cerros secos y el río. Rumores de ataques de Sendero Luminoso llegaban desde Pariamarca y otras aldeas: casas quemadas, cuerpos desaparecidos, vecinos recelosos y silenciosos. La violencia no era espectáculo, era hábito, y el miedo una constante que moldeaba la vida.
Al final, permanecieron junto al río Chillón. Se acomodaron en un recodo, se miraron y se sumergieron en el agua helada. Fernando pensó en Juliann, en la belleza de la mujer, en la violencia que recorría el país, en sus deseos, su culpa y la indiferencia del mundo. La corriente fría del río los abrazaba y los separaba al mismo tiempo, y ellos permanecieron allí, sumergidos, conscientes de que la vida es un hilo frágil y la muerte, fría y constante como el río Chillón, la única certeza que existe.
Habia en este relato un problema de desacuerdo con la realidad vivida, por eso Guillermo Falconi al momento de volverlo a escribir, opto por esta versión inconclusa que le parecía mejor, pero que negaba ciertos renglones de la triste realidad, en su máquina underwood, se puso a escribir, y este relato terminó así en el papel bond:
Viajaron tres horas desde Lima por la polvorienta carretera sin asfalto siempre al borde del río Chillón, una geología dura, entre piedras secas y quebradas del paisaje andino por donde alguna vez habían bajado enérgicos huaycos poderosos de barro y cantos rodados.
La mujer iba al costado de Fernando Castillo, dormitando, con anteojos ray-ban ahumados, hasta que ingresaron al pueblo de Canta, sus casas de adobes y blancas, pintadas con lechada de cal y techos de tejas rojas con balcones rústicos de madera de cedro. Llegaron hasta la misma Plaza Central de Canta y estacionaron el auto al costado de la misma arquería de la Casa Cuartel divisando de reojo la Iglesia Principal del Niño Chaperito. Fernando se miró lo bigotes por el espejo retrovisor, y pensó en lo bueno que le sería encontrarse ya con una buena hostal -le había avisado que le reservará una habitación a su amigo el antropólogo canteño Guillermo Falconí, una reserva en alguna de ellas, con terma, ya hablaremos de “magia, ciencia, religión” de Bronislaw Malinowski, le aseguró, te estoy llevando el libro- con una cama limpia, una sábana blanca y tibia, y un desayuno de papas fritas con truchas, ají y cerveza, un banquete serrano.
Pero al bajar del auto, Fernando recordó que vio en la esquina del barrio de Chacara, hacia el lado de la Plazuela de Roccha, había un tumulto de gente.
Un grupo de campesinos venidos de Pariamarca bajaban sus paquetes de la parte trasera de una caminoneta, al costado corría otro tumulto y en el centro mismo del grupo sobresalía un representante de la guardia civil. La gente estaba estupefacta, esperando algo, mientras las hojas secas de los árboles de la Plaza huían despavoridas con el suave viento que jugaban hacía la bajada hacía el río donde estaba prestrada toda la atención del pueblo.
-¿Qué sucede?.
-Hay un muerto en el pueblo- contestó una voz anónima del grupo con cierta indiferencia.
Volvió la mirada hacía la gente. Las hojas secas de los árboles de la Plaza volvían a huir despavoridas con el suave viento que jugaba por la bajada hacía el río. Pensó que debe ser algún desafortunado, alguien que se colgó de una viga solitaria de alguna de las hostales canteñas, siempre desabridas, o alguien se cayó del caballo, o se metió un tiro en la sien. Un grupo de gente venía jalando una caretilla arrastrada por un caballo alazán flaco sobre la que descansaba el cuerpo muerto del hombre desconocido, apenas se le divisaban las zapatillas alidas, y una parte del codo, y la cabeza que sobresalía al otro lado zarandeada por el movimiento que hacía el grupo mientras se despalazaba. Un poncho de lana de oveja cubría parte del cuerpo del hombre, algo se podría ver del muerto, la cara, el cabello negro, el otro pie izquierdo.
-Se ahogó en el río hace unas horas-dijo el capitán guardia civil, arreglándose la correa y el porta revolver. No se sabe quién es el oxixo, no tiene documentos.
Fernando miró con cierto desprecio al muerto, abrazó a la mujer por la cintura, y se encaminaron rumbo a la hostal Cantamarca.
Tomaron la habitación de la esquina que daba hacia la calle principal y con la mirada hacia el esplendoroso y pueblerino Obrajillo, hasta esa habitación llegaba el discreto ruido del río Chillón.
Ambos se ducharon en silencio. Se vistieron también en silencio sepulcral. Un muerto siempre trae tristeza para los que todavía van a seguir viviendo.
-¿Quién será el pobre infeliz?. ¿Total, él ya descansa de la bulla de este mundo?-meditaba Fernando.
Salieron a caminar por las calles del pueblo de Canta en silencio, y se encaminaron muy dispuestos hacía el río. Total, a eso hemos venido –pensó ella-.
Ambos bajaron la cuesta hacía el río, el agua descendía constantemente cristalina haciendo resplandecer el brillo de los guijarros, estaba fría, estaba seguro que estaba fría –pensaba Fernando-.
Se acomodaron en un recodo del camino del río, se sacaron las ropas y se quedaron casi calatos en ropas de baño.
(Del libro de cuentos: "Los pobres diablos").

