agosto 24, 2026

AMANTES TRISTES// ARMANDO ARTEAGA

AMANTES TRISTES// ARMANDO ARTEAGA



Fernando y ella viajaban tres horas desde Lima por la polvorienta carretera sin asfalto, siempre al borde del río Chillón, cuya corriente fría y constante parecía indiferente al mundo que se deslizaba a su lado. La geología dura del paisaje andino, entre piedras secas y quebradas, hablaba de tiempos y de violencias antiguas, de huaycos que bajaban arrastrando barro y cantos rodados, recordándoles que la naturaleza misma podía ser cruel y despiadada. 

La mujer dormía a su costado, con anteojos Ray-Ban ahumados, mientras Fernando conducía, y él pensaba en la reserva del hostal Cantamarca que había pedido a su amigo, el antropólogo canteño Guillermo Falconí, y en cómo pronto hablarían de magia, ciencia y religión con referencia a Malinowski, sobre rituales y supersticiones que permiten a los pueblos sobrevivir al miedo. Fernando imaginaba la cama limpia, la sábana tibia, y el río Chillón reflejando la luz del sol en su agua fría mientras descendía hacia el valle, indiferente a su llegada y a sus vidas trémulas.
Al entrar al pueblo de Canta, las casas de adobe, blancas con cal, techos de tejas rojas y balcones rústicos de cedro parecían frágiles ante la fuerza de los cerros que los rodeaban. Aparcaron junto a la arquería de la Casa Cuartel y, por un instante, la rutina del viaje y la espera de un instante en un hostal parecieron normales. Pero la normalidad es siempre un velo frágil.

En la esquina de la calle principal, un tumulto de gente rompía la quietud del pueblo. Campesinos venidos de Pariamarca descargaban paquetes de la parte trasera de una camioneta; en el centro, un representante de la guardia civil se erguía con distancia. La gente aguardaba expectante, pero sin alarma: el miedo se domesticaba, como un animal silvestre que aprende a convivir con los hombres.
—¿Qué sucede? —preguntó Fernando.
—Hay un muerto en el pueblo —respondió una voz con indiferencia.
Fernando miró el tumulto, y las hojas secas de los árboles huían despavoridas con el viento que bajaba hacia el río Chillón, cuyo murmullo frío acompañaba cada escena, recordándole que la vida y la muerte seguían su curso indiferentes. Entonces lo vio: Juliann, el esposo de ella, tendido en la carreta jalada por un caballo flaco, cubierto parcialmente por un poncho de lana de alpaca. Solo se distinguían las zapatillas, el codo, la cabeza zarandeada por el movimiento. Fernando sintió un estremecimiento helado, la frialdad del río se metió en su pecho, y la culpa comenzó a crecer como un animal silencioso y hambriento.
—Se ahogó en el río hace unas horas —dijo el capitán de la guardia civil—. No tiene documentos.

Hubo un silencio. Uno de los campesinos murmuró algo casi imperceptible: “Dicen que caminó solo hacia el agua. Que no pidió ayuda.” Nadie quiso confirmarlo. Nadie quiso negarlo. En esos pueblos, la muerte no siempre necesitaba testigos.
Fernando abrazó a la mujer por la cintura, sintiendo que cada roce era un recordatorio de la traición, del hilo invisible que unía todos sus recuerdos y su infidelidad. Cada encuentro clandestino, cada mirada cargada de deseo y culpa, era un acto de rebelión contra la moral, pero también una confesión silenciosa del vacío de sus vidas. Se dirigieron al hostal, mientras el río Chillón seguía allí, frío e indiferente, testigo de su pecado y de la muerte que los rodeaba.
La habitación daba hacia la calle principal y al río, cuya corriente helada parecía observarlos, constante, indiferente. Se ducharon en silencio; se vistieron en silencio. La presencia de la muerte parecía envolverlos incluso en la intimidad, recordándoles que todo placer es provisional. Fernando pensaba en Juliánn, en cómo la mujer lo amó y lo traicionó como jugando al mismo tiempo, en los silencios compartidos, en los momentos de pasión que ahora estaban teñidos de culpa.

Salieron a caminar por Canta, hacia el río. El agua bajaba cristalina entre guijarros, fría como la certeza de la violencia que recorría el país y la indiferencia de los hombres. La mujer pensaba que habían venido a eso: a buscar la vida, aunque la muerte y la frialdad del río los siguieran a cada paso.
Se acomodaron en un recodo del río, se quitaron la ropa y quedaron en traje de baño. Cada roce de piel traía consigo culpabilidad y deseo; cada mirada recordaba que la vida sigue, incluso cuando el mundo conspira para despojarla de sentido. Y el río Chillón seguía, frío y constante, testigo silencioso de su intimidad y su inmortal pecado.
Fernando recordó las aulas de San Marcos en los años 80: debates encendidos sobre maoísmo y toskismo, cómo ella defendía la disciplina toskista con pasión mientras él discutía con el ardor de quien cree “que la historia puede ser domesticada”. Recordó las lecturas de Malinowski, los textos dispersos de Falconí, y cómo todo eso parecía absurdo frente al terror que recorría los pueblos: desapariciones, rumores de Sendero Luminoso, patrullas militares, violencia cotidiana y miedo.

También recordó cafés en los que discutían la política y el amor, bibliotecas donde hojeaban libros de antropología mientras sentían que el mundo se desmoronaba, bailes de folk y rock donde la música parecía absorber sus ansiedades y dejarlos suspendidos en el aire. Cada paso, cada conversación, cada movimiento estaba teñido de culpa, deseo y conciencia de la fragilidad de la vida.
Los días siguientes los encontraron recorriendo caminos polvorientos, cerros secos y el río. Rumores de ataques de Sendero Luminoso llegaban desde Pariamarca y otras aldeas: casas quemadas, cuerpos desaparecidos, vecinos recelosos y silenciosos. La violencia no era espectáculo, era hábito, y el miedo una constante que moldeaba la vida.

Al final, permanecieron junto al río Chillón. Se acomodaron en un recodo, se miraron y se sumergieron en el agua helada. Fernando pensó en Juliann, en la belleza de la mujer, en la violencia que recorría el país, en sus deseos, su culpa y la indiferencia del mundo. La corriente fría del río los abrazaba y los separaba al mismo tiempo, y ellos permanecieron allí, sumergidos, conscientes de que la vida es un hilo frágil y la muerte, fría y constante como el río Chillón, la única certeza que existe.

Habia en este relato un problema de desacuerdo con la realidad vivida, por eso Guillermo Falconi al momento de volverlo a escribir, opto por esta versión inconclusa que le parecía mejor, pero que negaba ciertos renglones de la triste realidad, en su máquina underwood, se puso a escribir, y este relato terminó así en el papel bond:

Viajaron tres horas desde Lima por la polvorienta carretera sin asfalto siempre al borde del río Chillón, una geología dura, entre piedras secas y quebradas del paisaje andino por donde alguna vez habían bajado enérgicos huaycos poderosos de barro y cantos rodados.
La mujer iba al costado de Fernando Castillo, dormitando, con anteojos ray-ban ahumados, hasta que ingresaron al pueblo de Canta, sus casas de adobes y blancas, pintadas con lechada de cal y techos de tejas rojas con balcones rústicos de madera de cedro.  Llegaron hasta la misma Plaza Central de Canta y estacionaron el auto al costado de la misma arquería de la Casa Cuartel divisando de reojo la Iglesia Principal del Niño Chaperito.   Fernando se miró lo bigotes por el espejo retrovisor, y pensó en lo bueno que le sería encontrarse ya con una buena hostal  -le había avisado que le reservará una habitación a su amigo el antropólogo canteño Guillermo Falconí, una reserva en alguna de ellas, con terma, ya hablaremos de “magia, ciencia, religión” de Bronislaw Malinowski, le aseguró, te estoy llevando el libro- con una cama limpia, una sábana blanca y tibia, y un desayuno de papas fritas con truchas, ají y cerveza, un banquete serrano.
Pero al bajar del auto, Fernando recordó que vio en la esquina del barrio de Chacara, hacia el lado de la Plazuela de Roccha, había un tumulto de gente.
Un grupo de campesinos venidos de Pariamarca bajaban sus paquetes de la parte trasera de una caminoneta, al costado corría otro tumulto y en el centro mismo del grupo sobresalía un representante de la guardia civil.  La gente estaba estupefacta, esperando algo, mientras las hojas secas de los árboles de la Plaza huían  despavoridas con el suave viento que jugaban hacía la bajada hacía el río donde estaba prestrada toda la atención del pueblo.
-¿Qué sucede?.
-Hay un muerto en el pueblo- contestó una voz anónima del grupo con cierta indiferencia.
Volvió la mirada hacía la gente. Las hojas secas de los árboles de la Plaza volvían a huir despavoridas con el suave viento que jugaba por la bajada hacía el río.  Pensó que debe ser algún desafortunado, alguien que se colgó de una viga solitaria de alguna de las hostales canteñas, siempre desabridas, o alguien se cayó del caballo, o se metió un  tiro en la sien.  Un grupo de gente venía jalando una caretilla arrastrada por un caballo alazán flaco sobre la que descansaba el cuerpo muerto del hombre desconocido, apenas se le divisaban las zapatillas alidas, y una parte del codo, y la cabeza que sobresalía al otro lado zarandeada por el movimiento que hacía el grupo mientras se despalazaba.  Un poncho de lana de oveja cubría parte del cuerpo del hombre, algo se podría ver del muerto, la cara, el cabello negro, el otro pie izquierdo.
-Se ahogó en el río hace unas horas-dijo el capitán guardia civil, arreglándose la correa y el porta revolver.  No se sabe quién es el oxixo, no tiene documentos.
Fernando miró con cierto desprecio al muerto, abrazó a la mujer por la cintura, y se encaminaron rumbo a la hostal  Cantamarca. 
Tomaron la habitación de la esquina que daba hacia la calle principal y con la mirada hacia el esplendoroso y pueblerino Obrajillo, hasta esa habitación llegaba el discreto ruido del río Chillón.
Ambos se ducharon en silencio.  Se vistieron también en silencio sepulcral.  Un muerto siempre trae tristeza para los que todavía van a seguir viviendo.
-¿Quién será el pobre infeliz?. ¿Total, él ya descansa de la bulla de este mundo?-meditaba Fernando.
Salieron a caminar por las calles del pueblo de Canta en silencio, y se encaminaron muy dispuestos hacía el río.  Total, a eso hemos venido –pensó ella-.
Ambos bajaron la cuesta hacía el río, el agua descendía constantemente cristalina haciendo resplandecer el brillo de los guijarros, estaba fría, estaba seguro que estaba fría –pensaba Fernando-.
Se acomodaron en un recodo del  camino del río, se sacaron las ropas y se quedaron casi calatos  en ropas de baño.


(Del libro de cuentos: "Los pobres diablos").

enero 06, 2026

LIBROS PIURANOS DEL AÑO 2025 / POR ARMANDO ARTEAGA

LIBROS PIURANOS DEL AÑO 2025

POR ARMANDO ARTEAGA

La literatura piurana en el año 2025 que pasó se mantuvo fuerte: es la primera y más fuerte de todas las literaturas regionales del país, por la calidad de sus obras literarias y el prestigio vigente de sus escritores y/o poetas, la calidad editorial de sus libros publicados, por el aumento de nuevos lectores que en gran proporción  numérica se van incorporando como sujetos importantes del consumo cultural en Piura, si medimos este rango con la producción literaria de años pasados y de otras regiones.  Este proceso, es un aporte social que viene incrementándose desde los años setenta: a partir de las primeras iniciativas del CIPCA.

La primera y significativa sorpresa se da en la novela “Los Funerales de Montero, Cien años de olvido” (Arcano 47 Editores, 2025) de Roberto Talledo, narrador piurano que reside más de veinte años en Quito. La novela va tras los pasos históricos del famoso pintor piurano, desde sus primeros años por la ardiente Piura, la Lima de los mediados del siglo XIX, hasta la bohemia europea de sus años florentinos. La pasión por identificar detalles de la vida de Montero se expresa en Talledo desde la minuciosa observación del cuadro “Los funerales de Atahualpa”, tal como también mucho antes realizo esa atenta mirada el poeta Antonio Cisneros en un poema del mismo nombre al referirse al óleo de Montero: “La luz se tambalea en el lugar del crimen”. Detallada persecución biográfica y bibliográfica de Talledo acerca de la vida de Montero.


Otro libro “en rescate” contra el tiempo, y en busca de nuevos lectores, fue la publicación de los relatos de “Simache” de José Ortiz Reyes. Existía solo una edición agotada (del año 1941) de esta gran narrativa lirica del agro piurano. Los caballos del tiempo se acercaron -este año- a Simache para ver las casas entre árboles, y a lo lejos, entre brumas, el caserío. Editado por José Carlos Vilcatoma, fue presentada en la Casona de San Marcos, y comentaron las bondades literarias de los relatos: FrançoiseAubes (Universidad de Paris) y el escritor piurano Christian Fernández (Universidad de Lousiana, EE.UU). Quiero recordar que José Ortiz Reyes fue amigo de José María Arguedas, se conocieron cuando estuvieron presos en El Sexto por sus actividades políticas.

Otro destacado narrador piurano (aunque nació en Jaén) es Teófilo Gutiérrez, este año nos volvió a sorprender con sus cuentos de “El mundo que a escondidas miro” (Hipocampo Editores, 2025). Por allí asoma todavía Piura en sus relatos, donde la memoria es un ejercicio de la vida (dice Diego Trelles Paz), los territorios rurales y la violencia política: escritor que goza meritoriamente de los elogios de Miguel Gutiérrez y Antonio Gálvez Ronceros, maestros y amigos, de nuestro narrador, poeta y editor.


Este año 2025, fue también de auge y apogeo para las librerías de viejo. En la Librería de Lima, inaugurada recientemente, encontré un libro casi imposible de leer: “Jililí, Motivos Ayabaquinos” (Biblioteca Peruana en Marcha, 1955) de Dagoberto Torres, narraciones dedicadas al terruño ayabaquino. Subrayo este episodio vivencial porque creo que es un libro que también requiere ahora un “rescate literario"


“Canibalismo Moderno y otros relatos” (Grupo Grafico J& J S.A.C., 2025) del escritor de Sullana, Eduardo Borrero Vargas: es un libro que trasunta algo de irónico, tiene buena parte de testimonios narrativos que son mitos, leyendas, y destilados cuentos de la cultura ancestral tallan. Remota en su imaginario un realismo de memorias condensadas en realidades puras y en sucesos fantásticos, de recuerdos históricos. Estas ficciones presentan un historicismo y un costumbrismo virtuoso. Sus personajes viven en un juego lúdico descriptivo que viene del mundo de los espejos.



La poesía piurana desarrolló también sus aciertos. Dos libros llamaron mi atención este año. Obras antiguas, inhallables, vueltas a publicar, y otra recientes, aportes nuevos, que demuestran el prestigio de la poesía piurana, la poesía más importante de todas las regiones del país, actualmente. Sin medias tintas, sin provincianismos, sin chauvinismos aparte.

 El poeta Edián Novoa, de Amotape y del mundo, consagro con “Alegorías de Medusa” (Editorial Gato Viejo, 2025), un discurso poético moderno y de identidad propia, es un libro con distintos aportes poéticos: técnicos y liricos. El juego lúdico de los versos y poemas de Edian Novoa vuelve -a estar- a la orden del día, viaja por los caminos inmensos de las retoricas literarias existentes pero cincelando sus palabras para formar otras retoricas modernas. Edián Novoa ya tiene voz propia, música, ritmo, puesta en escena, paisajismo y sobre todo contexto histórico. Enfrentado a la Medusa de los tiempos es un navegante lleno de optimismos, aunque también lleva sus vanas tristezas, por el mar de la vida, y las incertidumbres vividas.


En el mes morado del año, llegó Pedro Elera, el primer poeta de nuestra vida republicana, el poeta ciego, el poeta marginado por Ricardo Palma en “La Bohemia de mi tiempo”, el poema huancabambino, con su poesía romántica y elegante.

“María o Escenas de la montaña” (Hipocampo Editores, 2025), es un libro que se publicó en 1871, vuelto a publicar, para su reconocimiento literario. Es un poema largo de 34 cantos, al estilo de la Divina Comedia, dedicado a la dulce y angelical María. Trae un presentación de Rodomiro Elera Gómez, me parece bisnieto del poeta, y unas palabras liminares de Julio A. León. Fui uno de los primeros en reconocer la importancia de la poesía de Elera: “Su poesía es humanista y de gran nivel, de vasta cultura, a pesar de su premura profana y autodidacta, de un variado ímpetu creador que ya avizoraba su modernidad”.

Hubo más libros piuranos que llamaron mi  atención profana por la literatura piurana. Pero hay que dejar que el banquete literario sea también compartido por otros.