marzo 20, 2006

EL ECLECTICISMO POÈTICO DE FÈLIX PUESCAS MONTERO/ ARMANDO ARTEAGA

En la Foto: Fèlix Puescas. Foto:" CHILO".

EL ECLECTICISMO POÉTICO DE FÈLIX PUESCAS MONTERO (1)
Por
Armando Arteaga

El poeta piurano Felix Puescas Montero vino desde Sechura (Bernal) a Lima como cualquier emigrante de esa época en busca de un futuro mejor, a mediados de la década del cincuenta. Poco sabemos del pasado piurano y provinciano de Felix Puescas, pues, casi detestaba hablar de su recodo sechurano, aunque ante la intimidad de sus amigos, le sacaba lustre a su piuranidad de origen.
El escenario cultural donde Puescas tuvo que actuar en Lima era el mismo que Mario Vargas Llosa describe “En plena edad de piedra” (2), en donde la vocación literaria estaba absolutamente desamparada. Un país sin lectores, ni editores, y casi sin publicaciones literarias. En ese contexto cultural, Puescas fue un exiliado voluntario: ni provinciano ni cosmopolita, mantuvo siempre firme su vocación de artista y de poeta. No desertó nunca. Pero pagó caro esa actitud rebelde. Ese exilio ecléctico, literario y limeño fue su mejor defensa para sobrevivir con su vocación literaria a cuestas. Fue un exilio espiritual que lo llevó a una resistencia personal contra la indiferencia del marasmo cultural limeño de entonces. Puescas se exilio en su propio mundo hecho de fantasmas literarios de buen gusto, refinado en la nocturna bohemia limeña de los cafés del Centro de Lima. Vivió, y padeció, las convulsiones politicias de los años sesenta (los levantamientos insurreccionales de masas de campesinos encabezadas por Luis de la Puente Uceda con el MIR, Hector Bejar con el ELN, y Hugo Blanco con el FIR.), sufrió como todos los jóvenes rebeldes de su época persecuciones, chismes y marginaciones.
Y tuvo, con tristeza, que ver a muchos de sus amigos de generación ir a poblar las cárceles, o sufrir deportaciones: para vivir en el destierro; pero no se amilanó, la política si le interesó, fue solo para hablar frente a una taza de café con sus amigos, mirando la calle y la coyuntura política del país siempre de una manera lateral. Sin embargo fue un hombre de una visión muy amplia. Poner en cuestión la realidad de un país desde la posición de la poesía, le tuvo que originar problemas. Su ubicación al margen de todo, mantener una posición ante la sociedad y la realidad peruana de vivir como escritor anti-sistema, tuvo que traerle conflictos, y con ello, el olvido, la frustración, y el riesgo de empezar a tomar la vida como un juego casi literario y novelesco. Y vivir como vivían los personajes de “Pobre gente de París” (3), pero en la desarraigada Lima (cielo panza de burro) de entonces: en buhardillas de mala muerte, cenando –habitúe- en fondas y restaurantes con piso de aserrín (como seres extravagantes, y marginales, casi identificado como algún protagonista de “Los hombres y las botellas” de J.R. Ribeyro). En ese ambiente desalentador vivió siempre Puescas, en cierto vacío existencial, en la estrechez vivencial a lo “Jules y Jim” (4), y en fragilidad irreal de los bajos fondos de la existencia humana que desalienta la realidad cotidiana: para seguir cumpliendo el devenir de la vida de un poeta , escribiendo y viviendo de sus libros. Advierto, desde ya, que Felix Puescas no publicó en vida ningún libro, sin embargo siempre fue respetado como poeta por sus amigos. Solía llevar bajo el brazo un cuaderno empastado en cuero donde escribía sus versos, y de donde leía o copiaba para sus lectores, y amigos que le solicitaban sus recipiendarios poemas.
Hicimos amistad con Felix Puescas Montero a comienzo de los años setenta, ya era una leyenda para nosotros, vivía solitariamente en el alto edificio ubicando en la esquina de la Av. Tacna y La Colmena, era un personaje verídico y de ficción. Rodeado de su colección de pinturas abstractas y discos de vinílico Deutsche Grammophon Gesellschaft donde recuerdo destacaban los “Brandenburg Concerto” de Bach, las “Sonatas” de Beethoven, los “Polonaises” y “Nocturnes” de Chopin, siempre Debussy: Prélude á “L´aorés-midi d´un faune”, las “Symphony´s” de Mozart, “Hungarian Dances” de Brahms, todo Schubert, Schumann, Strauss, Tchaikovsky, Verdi, y el inalcanzable Stravinsky. En jazz: Charlie Parker, Louis Amstromg, Jhon Coltrane, y Miles Davis. En música criolla: Los Morochucos, Los Chamas, María de Jesús Vásquez, y Los Embajadores Criollos. Y en música afro-cubana: Toña La Negra, Bola de Nieve, y La Sonora Matancera.
Recuerdo haber pasado muchas horas escuchando la “Symphonie fantastique op. 14 (Episode de la vie d´un artiste) de Hector Berlioz , tocada por la Berliner Philarmoniker y dirigida por Igor Markevitch, mientras Felix explicaba cada detalle musical, nosotros sus invitados (jóvenes poetas) hojeábamos los extravagantes números de sus revistas Vogue que también coleccionaba en un mueble especial en la sala de su casa con cierta devoción. En este momento, y en estos episodios vividos, Puescas siempre fue un hombre de vanguardia para nosotros, aunque su literatura era recatada y expresionista, a pesar de que sus poemas están invadidos de reminiscencias con seres excéntricos y diversos, literariamente hablando, como bien lo recuerda Luis Justo Caballero en la presentación de su único libro publicado “La Lámpara Unica”: Herman Hesse, Franz Kafka, Federic Nietzche, Omar Khayamm, Nazim Hikmet, Paul Eluard, Greta Garbo, Isadora Duncan, Charlie Chaplin, Cleotilde Sakaroff, Juliette Greco, Bertrand Russell, Albert Einstein, Jack Kerouac, o Galina Ulanova. No deja de sorprendernos tampoco que cite en sus referencias literarias a poetas -tan norteños- como Francisco Xandoval y Mario Florian.

Se ha realizado algo de justicia al incluir tres poemas de Felix Puescas Montero en “Karminka/ Antología de la Poesía Piurana” de Julio Aponte, pues en las anteriores antologías que se han realizado en la Región Piura se le había ignorado olímpicamente.
En marzo de 1975, la revista Auki, publicó su estremecedor, geológico, y apocalíptico poema “El reinado de las piedras”, que fue muy celebrado en aquel entonces. Y que aparece en el libro “La lámpara Unica” (1989) con el solitario y simbólico nombre de: “Piedras”.
También, la revista Hechos & argumentos (agosto del 2002) publicó poemas inéditos y le dedicó en sus páginas un comentario “El andarín de la noche” de Juan Carlos Lázaro que suscribimos porque realiza un certero perfil del poeta y su obra: “Extraño caso el del poeta peruano Félix Puescas Montero que durante décadas desarrolló silenciosamente una intensa obra poética, totalmente al margen de modas literarias y de grupos generacionales. En vida nunca vio editada su obra, sino apenas unos cuantos poemas que unos jóvenes admiradores publicaron en esas revistas meteóricas de breve circulación y existencia (5). En 1989, otro conjunto de amigos, liderados por Lucho Justo Caballero, decidió publicar su libro “La lámpara única”, y en la víspera de la presentación se produjo sorpresivamente la muerte del poeta”.
Aunque, en decir de J. C. Lázaro, dejó el manuscrito de su “Antología única” realizada por el mismo, es hasta hoy en “La lámpara única” donde se puede percibir el verdadero “temple” de la poesía de Félix Puescas. La poesía y la música son los únicos elementos de la esperanza para el futuro del hombre. La luz del conocimiento humano está invadida en la cuantificación del tiempo, donde no hay ni principio ni final. El todo está inmerso en la nada, casi una visión taoísta invade parte del libro: Dios, el Universo como creación, el día y la noche, el silencio y la música como armonía perfecta de las cosas (que siempre tienen vida y muerte). Poesía y música de las cosas que están animadas en un solo cuerpo -por la dualidad de la vida y de la muerte-. Las visiones luminosas del hombre frente al teatro oscuro de la dimensión humana existencial nos recuerdan a William Blake buscando el equilibrio y el movimiento de las cosas. Nos recuerdan sus poemas –también- a Goethe en el lecho de su muerte reclamando en su ceguera: la luz terrenal (que es también una dimensión celestial y divina). No es un poeta que quiere hacer filosofia, buscando la simplicidad de las cosas, quiere ser profundo haciendo las mismas preguntas sin respuestas que siempre han motivado la admiración y la congratulación del hombre dentro de la inmensidad del universo:

La tierra: oscuro pez
atrapado en la red de luz
de una galaxia.

Poeta de la plenitud de las cosas, “amo la plenitud de las cosas: lo bello y lo monstruoso y más aun, lo monstruosamente bello de las cosas”, fue también un viejo lobo estepario, amigo de las cosas simples, de la geometría exacta de las cosas, del haiku irremediable que producen las cosas luego de observarlas, estudiarlas, comprenderlas y guardarles un fervoroso respeto, ya sean estas: piedras raras, hojas secas del otoño, libros, postales, cartas, sueños, ilusiones que viajan en tranvías, y otras imágenes que a lo mejor olvido.
Recuerdo, siempre a Felix, como un poeta comprometido solo con la exactitud de la dimensión de la palabra, nunca tuvo un gesto de reproche para con nosotros (sus jóvenes e iracundos amigos), a quienes con paciencia andina y oriental, siempre nos entendió, y enseño a mirar el mundo desde la perspectiva más humana (o sea, la más difícil).
Ahora, a la distancia, lo recuerdo con este juego de palabras de lo que fue siempre nuestro dialogo de amigos:
-¿Félix, estás?
-¡Por favor¡...No me interrumpas que ahora soy la música de la canción que te hablaba.

Respetad entonces al poeta Puescas , en todo su silencio. “Desde que se inicio el Gran Mutis / que calladas se han quedado las piedras”. Pero siempre en el camino eterno de la poesía con “La lampara única” de su experiencia poética, de haber vivido: libre , musical y diáfano.




(1)Felix Puescas Montero (Sechura,1921-Lima, 1989). Libro publicado: “La Lámpara Unica”, Ceres Editora EIRL, 1989.
(2)Intervención de M.V.LL. en una mesa redonda en el PEN Club, New York, 1966.
(3)Referencia al libro del mismo nombre de Sebastián Salazar Bondy.
(4)Referencia a la película “Jules y Jim” de Francois Traufaut.
(5)La revista Origen -dirigida por Nelson Castañeda- publicó un fundente poema de Puescas.

marzo 17, 2006

OSCCO APLASTA EL SILENCIO/ JAVIER GARVICH


Acto de solidariadad con el poeta James Oscco: Dr. Domingo Suarez,
Javier Garvich, Alejandro Medina "Apu Runco" y la madre del poeta.


OSCCO APLASTA EL SILENCIO
Javier Garvich

Entre el 18 y el 20 de octubre de 2005, el poeta apurimeño James Oscco Anamaría fue torturado terriblemente hasta la muerte. Encontraron su cadáver en un basural en las afueras de la ciudad de Abancay. En ese mismo momento se tejió una sucia red de rumores, mentiras e infamias para convertir lo que fue un asesinato político en un tremendista crimen pasional.

Oscco fue asesinado por sus ideas y por su práctica. Era un poeta solidario con las masas oprimidas del país, con los más explotados, los más desposeídos, los más vulnerables. En su arte siempre esta presente la vida de su pueblo, sus sufrimientos y grandezas. Fue también notable dirigente gremial, defensor de una educación democrática y digna, fiscal de la mediocridad y la corrupción. Profesor universitario. Y por eso lo mataron.

La policía enhebró hilarantes conjeturas, contradiciéndose una y otra vez. Cuando vieron que jamás encontrarían una mentira capaz de cerrar el caso recurrieron a la rumorología y la infamia. Al héroe querían convertirlo en mujeriego, en tahúr, en vividor. El chisme de los burócratas lo convirtió casi en acosador, tramposo, virtualmente en victimario. Cuando todos estos infundios evidenciaron su carencia de sustento, a los asesinos no les quedó otro camino que el silencio.

Silencio a los dolidos familiares, a quienes postergaban los trámites y las comparecencias. Silencio a los amigos e interesados en conocer la verdad, arguyendo un inexistente secreto sumario e interpretaciones antojadizas de la ley. Silencio a los abogados y defensores de los Derechos Humanos remitiéndoles a falsos testigos, a prejuicios trillados, simplemente al silencio mismo.

Frente a esa campaña de desinformación, ora mintiendo, ora difamando, ora callando; los escritores e intelectuales apurimeños en Lima, se movilizaron para esclarecer la verdad y reivindicar su memoria. Fueron a Abancay y solo encontraron miedo y silencio. Se redactó una carta al presidente Alejandro Toledo, firmada por cientos de artistas e intelectuales, así como por decenas de instituciones denunciando el asesinato: silencio.

Quienes amamos el arte comprometido con el pueblo, quienes luchamos por la libertad y la igualdad de nuestros hermanos, quienes exigimos justicia en este país tan, pero tan injusto; hemos seguido insistiendo y hemos continuado en nuestra empresa de combatir ese negro silencio orquestado. Hicimos público comunicados y pronunciamientos por la red, organizamos homenajes a la memoria de James Oscco, difundimos la hermosa poesía del poeta caído y poemas dedicados a su memoria. Se fundó una coordinadora que sigue activando la campaña por la verdad. Se está preparando la edición de un libro antológico sobre la vida, obra y reconocimiento de James Oscco. Y las iniciativas se siguen multiplicando.

Y frente al silencio de los asesinos, nos respondió la voz de los artistas, intelectuales y hombres libres del mundo.

En Chile, vía POETAS DEL MUNDO, organización virtual, se difundió entre las webs de los intelectuales y poetas los manifiestos en su defensa. La solidaridad con Oscco se tradujo en el diseño de afiches conmemorativos desde Uruguay y Panamá, en eventos culturales a su memoria en Israel, en declaraciones de solidaridad firmadas en Colombia. La asociación Poetas del Mundo se ha pronunciado contra el crimen y apoya nuestras campañas, difundiéndolas a mucho más gente. De hecho, se espera que el libro en homenaje a James Oscco cuente con la colaboración y el testimonio de poetas de los cuatro puntos cardinales.

El silencio esgrimido frente al crimen de James Oscco es una sangrienta metáfora del silencio del Perú oficial por sus mejores hijos, por su auténtico arte, por la genuina literatura del Perú. Hoy, miles de poetas, pintores, músicos están forjando un arte nuevo, enraizado con la gente de a pie. Frente a su genio se les responde con el silencio.

Frente al silencio, solo queda persistir. Nuestra porfía será su derrota. Como a Túpac Amaru, querrán matarnos y no podrán matarnos. Querrán decir que no existimos, que nunca hemos existido, que solo somos el débil reflejo de cuatro fracasados resentidos, que el pueblo siempre nos ha dado la espalda. Nos insultarán, nos difamarán. Nos llamarán mediocres, plagiarios, ignorantes. Nos criminalizarán. Dirán que somos coimeros, violadores, narcos, terroristas. Cualquier cosa menos reconocer que poetas como Oscco son lo más vivo y lo más noble que florece en el Perú.

Persistir, seguir adelante, no bajar los brazos, ése es nuestro camino y nunca podrán desalentarnos. Somos pequeños ladrillos de una alameda vigorosa. Paso a paso, poema a poema, libro a libro, recital a recital, sin desmayar. Así construimos el camino de la verdad y la justicia, el camino del pueblo, nuestro camino.

Y llegará el día en que digamos: El fascismo quiso amedrentar a los poetas matando a uno de ellos; los poetas terminamos aniquilando al fascismo entero.

Mientras tanto, el viernes 24 de febrero se inicia 9 MESES DE POESÍA POR JAMES OSCCO ASESINADO en el Centro Cultural El Averno, Jr. Quilca 238, Lima centro, con un recital de música y poesía que se repetirá por todo el Perú, con el esfuerzo de RUNA, ASOCIACIÓN PRO CULTURA, COMITÉ DE APOYO A LOS FAMILIARES DE JAMES OSCCO ASESINADO, LIMA , y, naturalmente, POETAS DEL MUNDO.
Lima, 23 de febrero de 2005.

marzo 16, 2006

POETAS EN ESPACIO EXTERIOR/ MIRKO LAUER

Domingo, 12 de marzo de 2006

MIRKO LAUER


Poetas en espacio exterior



"Sigue habiendo poetas que eligen no vivir en el Perú, pero probablemente ni ellos saben por cuántos años".

Por Mirko Lauer.

También para los poetas morir fuera del país es un asunto personal. Pero la impresión es que hay un elemento generacional en ello, la sensación de que antes más poetas morían en el extranjero. Este extrañamiento incluso es, sobre todo por la autoprofetizada muerte de César Vallejo en París, parte de la imagen convencional de lo poético.
No hay cómo saber si José Santos Chocano habría vuelto de no haber sido, justicia poética, asesinado en un tranvía de Santiago de Chile. Pero lo que vino después del modernismo fue una diáspora de poetas peruanos que, a la corta o a la larga, terminaron sus vidas en el exterior. Los longevos incluso escamoteándose a toda forma de presencia en el Perú.
Murieron jóvenes, antes que Vallejo pero también enfermos, Juan Parra del Riego en Uruguay y Carlos Oquendo de Amat en España. Pero el exilio se llevó vidas largas, como las de Xavier Abril, en Uruguay, Alberto Hidalgo en Buenos Aires, Juan Luis Velásquez en México, Blanca del Prado en el Río de la Plata.
Los exilios iniciados a comienzos del siglo XX quizás son más fáciles de entender que los de ahora. Lima era culturalmente sosa al 100% comparada con otras ciudades, incluso de América Latina. Para los jóvenes radicales además dura y peligrosa. Hubo momentos en que todo empujaba a buscar oxígeno en el exterior.
En cuanto al retorno, los viajes eran más decisivos, y toda partida tenía algo de emigración. Pero eso no lo explica todo: los poetas tienden a ser muy viajeros, en la medida de sus posibilidades, y una gran mayoría de ellos siempre terminó eligiendo volver de sus exilios, impuestos por los gobiernos o autoaplicados por la curiosidad.
A partir de un momento los vuelos comerciales empiezan a borrar las fronteras existenciales, entre ellas las del exilio. Sigue habiendo poetas que eligen no vivir en el Perú, pero probablemente ni ellos saben por cuántos años. El signo de los tiempos ya no es la separación radical, sino la tentación de vivir en dos o más lugares a la vez.
Hoy tenemos poetas con vidas hechas sobre todo en el extranjero –como Cecilia Bustamante, Leopoldo Chariarse, Américo Ferrari, Carlos Henderson o Julio Ortega- pero resulta difícil pensar en ellos como exiliados. Mantienen formas activas de presencia en el país, y el Perú mismo tiene maneras de afirmar su presencia literaria en otros países.
Pero algo, y probablemente mucho, se pierde con estas ausencias transitorias o definitivas. La distancia geográfica no deja de ser un comentario, sobre el poeta transterrado y sobre el medio local. Como si en el fondo no hubiéramos sido aquí más capaces de hacer algo más amable y acogedor de nuestra república de las letras.

(C) 2006 Diario La República

*

marzo 11, 2006

EL DESIERTO/ ARMANDO ARTEAGA

Posted by PicasaFoto:La República.

EL DESIERTO (*)

Por Armando Arteaga

Pienso que uno de los espectáculos más impresio­nantes que tiene la costa peruana es el desierto. Es­pacio por el que la geología, con su lenguaje estructu­ral, nos permite hurgar por esos laberintos inertes e inorgánicos, y que la naturaleza nos ha obsequiado —belleza y aridez— para siempre.
No, el desierto no es naturaleza muerta, como mu­chos suponen, todo lo contrario, es un recinto de obje­tos y seres telúricos que duermen allí con vida, casi in­tocables. Es, pues, un espacio que me ha interesado siempre –vivamente-.
Lomas de arena cubiertas de zapotes es parte del paisaje espontáneo de nuestra costa. Viajar por esas dunas es algo inédito, médanos avilantados, arenas vo­ladoras que están allí a merced de la fuerza del viento que las hace moverse, y que La Panamericana —con la inteligencia del hombre y la técnica— ha surcado co­mo si hasta allí llegara la firme línea de Pizarro. Y eso que los castellanos y los extremeños anduvieron tam­bién por allí a sus anchas, sin molinos ni castillos, hom­bres a caballo después de todo, sedientos de aventura y espacio.
El desierto, dunas que duermen como obstáculos abstractos, medias lunas, o barcones que abundan y que pueblan el litoral hermoseando su perfil. A pleni­tud, dunas que se mueven y avanzan, arenas movedi­zas, desierto que parece también un mar hecho de are­na sobre cuya atediante piel erótica parece que dan­zaran las ondas del calor peruano. Ese desierto que los mochicas, tallanes, chimùes, paracas, nazcas y chin­chas, lo adaptaron a sus circunstancias tan genialmen­te, como los egipcios y mesopotámicos. Desierto de cu­yas entrañas, con sus hábiles manos, sacaron agua y verdes gramíneas.
Cerro Azul, Lomo de Corvina, Pasamayo, Sechura: el desierto peruano es digno de admiración. Esce­narios en donde la arena caliente vibra con frágil so­nido, delicada imagen que aparece como un espejis­mo. Muchos poetas y pintores han sido ganados por el desierto peruano: Jorge Eduardo Eielson y Esther Verherstein, por ejemplo. Desierto al que incansablemente he mirado por la ventana del carro, de noche o de día, cuando iba de vacaciones a Ica o a Trujillo, fumando cigarrillos Camel.
Desierto por donde avizo­raba encontrar un "oasis", pera nunca vi caravanas de camellos, aunque sí zorros y "capazos". Desierto por el que siempre he sido un Ahasvero, espacio libre pa­ra la imaginación.

* Texto publicado en Expreso (15-07-1989), y que pertenece a su libro inédito “El Desierto”.

 Desierto piurano: Sechura.

POESIA EN FORMA DE PAJARO/ J.E. EIELSON

A LA MANERA DE J.E.EIELSON/ ARMANDO ARTEAGA

A LA MANERA DE J.E.EIELSON/ Armando Arteaga



papel milimetrado con silueta de mujer fatal e historia de novela negra



http://librodenotas.com/poeticas/Archivos/cat_jorge_eduardo_eielson.html

marzo 09, 2006

reinos/eielson




algunos poemas de reinos (1944)
jorge eduardo eielson



reino primero

Sobre los puros valles, eléctricos sotos,
Tras las ciudades que un ángel diluye
En el cielo, cargado de heces sombrías y santas,
El joven oscuro defiende a la joven.
Contemplan allí al verde, arcaico Señor[1]
De los cedros, reinar furtivo en sus telas,
Guiar la nube esmeralda y sonora del mar
Por el bosque, o besar los abetos de Dios,
Orinados por los ángeles, la luna y las estrellas:
Manzanas de amor en la yedra de muerte
Ve el joven, solemnes y áureos cubiertos
En la fronda maldita, que un ciervo de vidrio estremece.
La joven, que nada es ya en el polvo sombrío,
Sino un cielo puro y lejano, recuerda su tumba,
Llueve e irrumpe en los brazos del joven
En un rayo muy suave de santa o paloma.



parque para un hombre dormido

Cerebro de la noche, ojo dorado
De cascabel que tiemblas en el pino, escuchad:
Yo soy el que llora y escribe en el invierno.

Palomas y níveas gradas húndense en mi memoria,
Y ante mi cabeza de sangre pensando
Moradas de piedra abren sus plumas, estremecidas.
Aun caído, entre begonias de hielo, muevo
El hacha de la lluvia y blandos frutos
Y hojas desveladas hiélanse a mi golpe.
Amo mi cráneo como a un balcón
Doblado sobre un negro precipicio del Señor.

Labro los astros a mi lado ¡oh noche!
Y en la mesa de las tierras el poema
Que rueda entre los muertos y, encendido, los corona
Pues por todo va mi sombra tal la gloria
De hueso, cera y humus que me postra, majestuoso,
Sobre el bello césped, en los dioses abrasado.

Amo así este cráneo en su ceniza, como al mundo
En cuyos fríos parques la eternidad es el mismo
Hombre de mármol que vela en una estatua
O que se tiende, oscuro y sin amor, sobre la yerba.
reina de cenizas[2]

Violo tus exequias, amada, difunta mía,
Párpados de lys, corona de doradas cucarachas,
Donde el reptil amargo y verde sueña.
Consuélame en mi trono de sangre, amada,
Donde a solas, rodeado de antorchas, me he dormido
Y no he escuchado tus heraldos,
Con fuego en la gorguera, cantar tu santa muerte.
Consuélame Reina, consuélame tremenda,
Yo soy el Rey en su torre y tú eres media luna alada,
Ceniza que gobierna, ataúd abierto y profanado.
¡Oh señora mía, luto de mi amor!
¿Qué antigua dicha, bajo tu enjoyado seno,
Bajo la imperial ceniza, alumbra?
Cae el terciopelo de tus fulgurantes clavículas,
La Muerte llega a tus pies,
Junto a mi yelmo, mi cráneo, mi esqueleto arrodillado
Ante las escamas negras del Infierno.


piano de otro mundo

Recuerdo a mi hermano muerto

Abrieras, joven, criptas de estío, soledoso,
Alas de panteón aquí posadas, ojo de buitre,
Ojo normando que me miras, tristemente,
Viendo que me estás amando, ojo, ojo, ojo,
Ojo de bosque ¿qué buscas en mis ojos —te diría—
Joven soledoso, permanente y puro?
(Firme linterna el muro parte y sierpes
Del cielo allí encerrado, y dentelladas
De brumosa flora abren tu yelmo o sumen
Tu calavera en mí, a golpes tristes, duros.)
¿No es esto claro, ciénaga negra, sereno cielo?
No hay nadie vivo ni yo respiro —te diría—
Mis manos buscan un rostro, una alegría.



nocturno terrenal

Te he buscado, Tesoro,
he cavado en las noches profundas.
Rainer María Rilke

Amo cierta sombra y cierta luz que muy juntas, creo yo, azulan
Las casas profundas de los muertos, amo la llama
Y el cabo de la sangre, porque juntas son el mundo
Y hacen de mí un muro que separa la noche del día.

He visto los rojos campos labrados por el cielo azul,
La antigua naturaleza desflecada y húmeda
De vino, de rocío, mortalmente hecha con racimos
De amor, tal un lecho donde ardiera lo deseado,
Pero debajo de todo, siempre despierta, un agua pura
Pensando por nosotros contra un árbol de dolor.

Y las cosas cuya última luciérnaga ha volado
Con nuestro último sueño, que tienen todavía, como un templo
Majestuoso, el gran consuelo de su polvo donde nada
Ni nadie ha osado penetrar sino los muertos.
Amo todavía aquello que habla lejos, como los astros
De terciopelo, al oído del viento, aun las rosas y la luz
Y todo lo que igual a una plaga, inextinguible pero real
Transcurre entre los hombres y agita su plumaje.
Fosforescencia, día esmeralda de las tumbas,
Sólo tus ojos adivino adorados por lagartos y raíces,
Y tras de ellos casas y crepúsculos, altas montañas
Destronadas contra cielos de nieve en un soplo;
Todo bajo el musgo de sus ojos, blanco Amante,
De cuyo seno mana una leche antigua a cada fruto.
Yo amo por ello este hundido bosque, de brillantes hojas
Donde reposa, inmemorial, el Gran Sol de los Tiempos.


genitales bajo el vino

Óyeme tierra, así, escribiendo así,
En la espesura de pámpanos dormido:
Mi pecho frío junto a mis intestinos
Se ha cuajado. Mis dedos alhajados
Buscan el Árbol de la Noche, clavan
Sus uñas de imprenta en los racimos
De la Vida y de la Muerte. Óyeme tierra
De grandes frutos áureos y serpientes,
Luciérnaga entre muros de papiro,
Negro universo del quinqué y el sexo,
Justicia del gusano, mal Paraíso.
Mírame tierra, así escribiendo, así
Desnudo, Adán poeta, quieto y triste,
En esqueleto, sierpe y uva convertido.



esposa sepultada

Encerrado en tu sombra, en tu santa sombra,
Con el agua en las rodillas, te pregunto
¿Es el peso del manzano, claveteado de estrellas,
Sobre mi corazón oscuro, o eres tú, cabeza
Fugitiva de las horas, novia mía enterrada,
La que arrastras tu cabellera incesante
Como una botella rota, por entre mi sangre?
Yo no sé, señora mía, luto de mi amor,
Si eres tú la que reinas sobre tanta ceniza,
O si es sólo tu sombra, tu velo de novia en el aire,
—Poblado de perlas, naves y calaveras—
El que inunda mi alcoba, igual que un océano.



príncipe del olvido

¿Soy yo, arenas giratorias, libres astros,
Firmamento hundido, el que se inclina
Y besa su rostro puro entre velos y serpientes?
Mil años dormida junto a un cráneo, un candelabro
De oro, un paño colgado, la he besado.
Sobre mi cabeza avanza su respiración,
Sus labios sordos, como un ruido de tambores.
¡Irrespirable y santo es su castigo, su osamenta!
(Aquí, en la sombra, cráter de terciopelo,
Sabiamente amueblado está el volcán, lo que es suyo
Como el fuego, salones olvidados de espantable encaje,
Sofás donde su cuerpo grita roncamente, degollado.)
Sepultura de la carne, yo os imploro,
Caballos encerrados, polvo incansable,
Un solo instante cálido, perfecto junto a ella,
Un solo instante vivos, y el olvido, la corriente
De mil años destruidos por un beso.
No importa ya su rostro a la deriva, iluminado
Y chorreante de gusanos, los diez dedos
De turquesa en que diluye las edades.
No importa ya su lámpara encendida bajo tierra,
Si antes hubo de rodearme mansamente
Con sus ojos y sus labios aún vivos,
Si antes hubo de asistir, como una sombra, a la caída
De la fruta sobre el mundo. Mansiones vítreas
Con alas de lagarto, entre las nubes,
Lagos aéreos pasan ante mí, batiendo sus cenizas.
Yo sólo sé, reina mía enterrada, gorgona inerte,
Cuál es mi silla y mi corona, cuál mi tristeza.



último reino

Aura suprema, besa mi garganta helada,
Confiéreme la gracia de la vida, dame
El suplicio de la sangre, la majestad
De la nube. Que en cada gota del diluvio
Haya tristeza, sombra y amor. ¡Oh, romped
Hervores materiales, cráteres radiosos!
El sol del caos es grato a la serpiente
Y al poeta. Las nieves que ellos funden
Caen al fondo del verano, entre aletazos
De gloriosa lava, de luciérnagas
Y cerdos fulgurantes. Nada impide ahora
Que la onda de los aires resplandezca
O que reviente el seno de la diosa
En algún negro bosque. Nada
Sino los puros aros naturales arden,
Nada sino el suave heliotropo favorece
La entrada lila de las bestias y el otoño
En el planeta. Yo quisiera que así fuera
La alta puerta que me aguarda tras el humo
De mi vida, como una grave dalia en pedestal
De piedra, o un esqueleto deslumbrado.


[1] Se restituye el verso a la forma en que aparece en todas las versiones de Reinos, salvo en la que se incluye en Poesía escrita (1998), donde se lee: «Contemplan allí el verde, arcaico Señor» (N. de los E.).
[2] La primera versión de este poema, «La tumba de la reina», se incluye en el anexo Primera versiones.

jorge eduardo eielson

el «paisaje infinito» de la costa del perú
jorge eduardo eielson





Durante mi juventud, siempre me intrigó la visión del espacio árido que circunda la ciudad de Lima, que es la ciudad en donde nací. Siempre pensé que semejante geografía nunca habría podido generar ningún entusiasmo óptico, ninguna efusión anímica y, por ende, ningún pensamiento plástico. Y si además esta extensión inmutable aparecía cubierta por esa enorme sábana sucia que los limeños llaman cielo, el dilema se volvía aún más impenetrable.
Sin embargo —y esto lo debo sin duda a mi larga vida europea— lentamente filtrado, dolorosamente pensado, este puro paisaje —porque perfectamente abstracto— terminó por instalarse en mi espíritu como un imperativo pictórico vital. Ello sucedió hacia fines de los años 50. O sea después de haber digerido —en la medida de mis alcances— las mayores enseñanzas del pensamiento visual europeo, desde la gran pintura italiana y flamenca de los siglos XV y XVI, hasta las fundamentales innovaciones del Bauhaus de Weimar y el neo-plasticismo de Mondrian. Sin olvidar Dadá, el surrealismo, Picasso. Ni la gran eclosión del expresionismo abstracto europeo y americano, ni la primera arremetida del «nouveau realisme», suerte de pop-art francés anti-literam. Fue como si yo mismo —o quizás el momento histórico y cultural— estuvieran finalmente maduros para la recuperación de semejante entidad visual y táctil.
Comencé a sentir una falta angustiosa de territorio bajo mis pies. Como si todas mis anteriores invenciones —las primeras de las cuales fueron presentadas en Lima, en 1948, antes de mi viaje a Europa, conjuntamente can las primeras telas de Fernando de Szyszlo, en la «Galería de Lima»— hubieran nacido del aire, es decir de oídas, a partir de otras invenciones, ajenas a mi propia realidad sensible y cultural. Yo no podía —ningún peruano o latinoamericano podía—­ trabajar a partir de !as extremas posturas de un pensamiento pictórico, como el europeo. Tenía que excavar por mí mismo en esa dimensión hostil que la naturaleza y la historia me habían deparado y en la que —volente, nolente— había abierto los ojos. Este imperativo se impuso paulatinamente a través de una serie de experiencias en las que el recuerdo mismo comenzó a plasmarse de manera casi primordial y en armonía con su propia mecánica interna: cubriendo la tela de materiales y provocando en los mismos los accidentes que la naturaleza —la erosión, el viento, el calor, la humedad, etc.— provoca en el gran lienzo del desierto. (Por entonces vivía en Roma, y recuerdo que a un amigo que viajaba a Lima le encargué que me llevara, a su regreso, un pequeño saco de arena de nuestras playas. Mi necesidad de «verdad» había llegarlo al paroxismo. Pero creo que no había en ello nada de obsesivo. Cierto es que tras un periodo de varios años de trabajo sobre el mismo tema, el «paisaje» dio origen a la figura humana, rescatada igualmente a través de sus despojos —tales como estos restos de un paisaje vivido en una antigua, imborrable secuencia— es decir a través de sus vestidos, camisas, corbatas, trajes de noche, overalls, etc. Para enseguida quedarme tan sólo con sus elementos más significativos —tensiones de materias textiles sobre espacios desnudos, que más tarde denominé «quipus»

Pero, para mí, lo importante era sin duda encontrar un método que me acercara lo más estrechamente posible a la vivencia, digamos casi al ensimismamiento con el material. No manipularlo. No violentar su propia estructura, sino dejarlo actuar, apenas dispuesto en grandes superficies. Me imponía a mí mismo una actitud reflexiva sobre los derechos de la naturaleza y la precariedad de cualquier técnica artística. Y, además, sí la técnica es algo que se aprende ¡por qué no utilizar otros procedimientos, aún más antiguos que los europeos, como pueden ser los de la pintura china o japonesa, africana o pre-colombina? ¿Por qué acatar siempre, servilmente, la hegemonía espiritual de Europa? ¿Y sobre todo sí se trataba de una tierra sembrada de algunas de las más brillantes y enigmáticas culturas del planeta? Poco a poco, el arcaico paisaje de la costa del Perú comenzó a configurarse, a llenarse de sentido a medida que mi propia visión del mismo maduraba en mi recuerdo. Pero ¿cómo evitar que semejante transposición no arrastrara restos de otros paisajes afincados en la memoria? ¿Cómo evitar el verde de la «montaña», visitada durante la adolescencia? ¿Y cómo borrar ciertos cielos mediterráneos, ciertas secretas vivencias nacidas de la contemplación y el saber? ¿Y cómo borrar viejos sentimientos unidos al recuerdo de la juventud, de la poesía, del amor? He aquí entonces que la materia se transfigura y —por virtud de la memoria— deviene paisaje interior, paisaje cultural, paisaje total. El paisaje primigenio —en su flagrante desmesura geográfica y anímica— se convierte en «paisaje infinito». La dimensión total conduce al inevitable cero de la meditación trascendente. Quizás algo de los jardines zen aparece en estos solemnes espacios dispuestos al borde del Océano Pacífico. Como si nuestros más confusos orígenes orientales hubieran resurgido por virtud de un procedimiento quizás exacto en su motivación.
La presencia de la materia —en su calidad de despojo— nos recuerda nuestra propia condición carnal y su ineludible epílogo. El desierto sigue siendo —así como lo fue para nuestros antepasados— cuna y tumba de nuestro acontecer histórico. Paracas en donde se urde el misterioso tejido de nuestro destino. Ninguna técnica artística aprendida habría podido capturar este paisaje - cementerio repleto de una cuantiosa vida subterránea. Aunque la crítica pretenda adjudicar a estas texturas la receta informalista. Nada habría podido servir mejor al autor que su propia identidad con la arena, el mar, el cielo y su juventud pasada junto a ellos, teatro de sus primeros goces. (La mano que hoy escribe sobre esa arena, sigue siendo la misma que entonces escribía sus primeros versos sobre una hoja de papel). Y los mismos hechizos de la luz entre las dunas, las mismas olas de arena, las mismas eclosiones de rocas, las mismas huellas, el mismo hervor de la materia terrestre afloran a la memoria puntualmente, como ante un espejo. El mito del eterno retorno se ilumina una vez más. Así, el «paisaje infinito» se sucede en el tiempo y en la secuencia espacial y —cuadro tras cuadro, imagen tras imagen, fragmentos, detalles— van conformando esa geografía del alma que cada uno de nosotros lleva escondida en el fondo de la propia existencia. Escrita, pintada, filmada o vivida, ella es el escenario y el personaje central de una absoluta, perfecta representación[1].
El «paisaje infinito» es también pare el autor —y seguirá siéndolo hasta sus extremas consecuencias— una exploración que se prolongará sin cesar (paralelamente a sus más variadas experiencias), como demostración de que una sola vez abrimos los ojos ante el mundo que nos rodea, y una sola vez, inexorablemente, los cerramos ante el mismo.


*En: Jorge Eielson. Catálogo
Lima: Galería de arte Enrique Camino Brent,
29 noviembre - 20 diciembre 1977.
[1] Aparte un viejo texto, aún inédito, actualmente el autor realiza una película sobre este tema, en la costa del Perú. Este último trabajo, sin embargo, forma parte de un proyecto socio-cultural más amplio, en el que el «paisaje infinito» no es sino su aspecto más interior y privado (* Esta nota aparece en el texto original de 1977, que acompaña la exposición de algunos cuadros de la serie Paisaje infinito de la costa del Perú (N. de los E.)).

UN POEMA DE ENRIQUE SÀNCHEZ HERNANI

 En la foto: Poeta y periodista Enrique Sànchez Hernani.

 HOMENAJE A JORGE EDUARDO EIELSON


HABITACIÓN (VACÍA) EN ROMA

Para Diego
que entenderá este dolor


Ha muerto Jorge Eduardo Eielson
sus tersas manos soltaron el papel
sus dedos volvieron a la tierra
a reunirse con el rocío matutino

ha muerto Jorge Eduardo Eielson
arde Roma y en Nápoles los pianos sollozan

dime tú ¿cómo es posible
que dios muera y el mar
permanezca sobre las piedras?

Jorge Eduardo Eielson ha muerto
o eso nos parece:
sus pies ya resbalan por un espejismo
y una nota de jazz los acompaña
una sola nota
delgada y dulce como el cuello
de una jirafa

Eielson no ha muerto:
somos nosotros los que hemos desaparecido
de su campo visual
arrobados entre oscuras estrellas.

Dime Diego:
¿cómo es posible que dios
se muera?

San Roque, 8 de marzo de 2006

Jorge Eduardo Eielson, Lima 1924 - Milán 2006

Zonadenoticias
PAOLO DE LIMA
jueves, marzo 09, 2006 Eielson


 He obtenido por parte del cónsul adjunto al consulado peruano en Milán, Sr. Jorge León, algunos datos relativos a Jorge Eduardo Eielson. El autor vivía en el centro de la ciudad, cerca de la Universidad Católica, a dos minutos del Duomo, en la vía Stampa. Solía frecuentar sobre todo gente relacionada al arte, más que a la literatura. En su casa, recibía con mucha amabilidad y obsequiaba sus libros. Una de sus obras más importantes en este último tiempo fue una instalación llamada "La última cena" donde Cristo y los apóstoles están ausentes. Colores pastel y en un cuarto cerrado, el espectador para poder apreciar la obra tenía que solicitar una llave. Actualmente, esta instalación es propiedad de un coleccionista. La galería Niccolli, en la ciudad de Parma, era la que exponía últimamente las obras de Jorge Eduardo Eielson. En los últimos días, solamente dos personas estuvieron junto a él. Eielson había pedido reserva a los amigos con los que solía frecuentarse. Su entierro será mañana viernes en el cementerio de Milán.
*
posted by Paolo de Lima at 4:19 AM
miércoles, marzo 08, 2006



Jorge Eduardo Eielson, Lima 1924 - Milán 2006
La muerte ha tocado nuevamente a las letras peruanas. Una de las personalidades creadoras más importantes e innovadoras de la literatura y las artes latinoamericanas, Jorge Eduardo Eielson, acaba de fallecer. Un e-mail proveniente de Roma me transmite la noticia. Un e-mail de Sonia Castillo de la "Associazione Culturale Nuovi Orizzonti Latini". El mensaje señala lo siguiente: "El miércoles 08 de marzo a las 16 hrs (hora local), expiró nuestro ilustre connacional en la ciudad de Milán. Justamente este mismo día, en ocasión de la muestra CineMulher, el Presidente de la Comisión para el Derecho del Voto de los Extranjeros de la Municipalidad de Roma, había comunicado que dentro de poco se le rendirá un homenaje de reconocimiento a la obra de nuestro poeta que vivió unos años en la Ciudad Eterna. Difundir, traducir, promover su obra es la única tarea que queda para que su vida y obra no traspasen las fronteras del olvido". En otro e-mail me dice: "Murió en casa, se fue en silencio, dejándonos más de un nudo en la garganta".
A finales del 2004 el Fondo Editorial de la Universidad Católica publicó, dentro de su colección Obras esenciales, el volumen Arte poética, cuya edición, prólogo y cronología estuvo a cargo de Luis Rebaza Soraluz. En su ensayo introductorio, Rebaza escribe las siguientes palabras: "La obra escrita de Jorge Eduardo Eielson ha tomado forma en géneros diversos: poesía, cuento, novela, ensayo, diálogos, cartas. Lo mismo ocurre con su obra plástica: dibujo, pintura, ensamblaje, instalación, performance, evento, escultura, arte conceptual. En el contexto peruano, Eielson no es el primer poeta-artista plástico de la tradición moderna, él sigue más bien una tendencia en la que lo preceden José María Eguren (1874-1942), Abraham Valdelomar (1888-1919) y César Moro (1903-1956). Podría argüirse más bien que Eielson es el primer artista plástico peruano de renombre internacional en conseguir un reconocimiento semejante para su poesía".

En la foto: El poeta Jorge Eduardo Eielson en una entrevista con Martha Canfield expresó: "Desde que comencé a leer y a escribir me di cuenta que el mundo era un prodigio y que mi misma existencia era un milagro. Es para agradecer ese regalo -que no sé por cuál razón me ha sido dado- que modestante, íntimamente, hago lo que puedo para agradecerlo".

posted by Paolo de Lima at 8:44 PM