abril 20, 2006

VISION Y LEJANISMO (DEL PARADISO) EN PEDRO ELERA/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA

Fotos: Archivo ITECA, imagenes antiguas de Huancabamba-Piura.

VISIÓN Y LEJANISMO
(DEL PARADISO)
EN PEDRO ELERA

Por Armando Arteaga


El poeta Pedro Elera, seguidor del “passez-le mot” (el lejanismo literario), y del viaje impertérrito por las estancias del “Paradise Lost” (Paraíso Perdido) de John Milton, donde el poeta inglés también llorò su ceguera.

El “lejanismo -passez-le mot-” tenía que surgir –reclama L.A. Sánchez- por cuanto la literatura peruana vivía emparedada en Lima, saturada de localismo:

“Los románticos, de todos modos, abrieron el lejanismo literario. No se debe confundir este con el mero “pasadismo", ya que abarca también la lejanía en el espacio, el horizonte. Fue lejanismo absoluto: de tiempo y de espacio, es decir, pasado y distancia” (1).

Elera, n. en la andina Huancabamba (Piura) en 1820, en plena convulsión social por la causa emancipadora. Buscador del exótico espacio poético de las estrellas y del infinito esplendor de la cosmogonía.

Vivió parte inmediata de su niñez en la ciudad de Piura, de allí pasó a Lambayeque, y luego fue a Lima donde probablemente falleció. Perdió la visión a los 23 años. Este desastre personal –que lo postro como invidente- fue parte de la gran desdicha del poeta, malestar que se refleja en su obra compuesta por los sugestivos títulos de los libros: “Poesías del ciego P.E.” (1859) (2) y “Plegarias de un ciego” (1873) (3).


José de la Riva Agüero en su “Carácter de la literatura del Perù independiente” refiere injustificadamente del aporte de Elera –como poeta- con cierto desdén:
“sus versos vulgares y flojos, se salvan por la sinceridad de los lamentos que a veces lo hacía prorrumpir su desventura”.

Es probable que la mortaja vanguardista de Elera fastidie al conservadurismo académico de Riva Agüero. No era para tanto esta confrontación para con la discreta obra de un poeta provinciano que sabía hacer buenos versos.

El ciego Elera, como lo llamaban, fue un poeta que recurría a Virgilio, y a Dante, para expresar el sentir de su estética, y su admiración por la tradición clásica.
Si Virgilio –como guía- lleva de la mano a Dante por el paraíso donde lo aguarda Beatriz describiéndonos el mundo de la eternidad en su viaje, romántico y cristiano, es este caso de destierro humano lo que entusiasma a Elera. Son estos poetas iluminados que lo deslumbran. En tierra firme, Elera los venera como verdaderos videntes todavía medievales de la Edad Media. Buscaba –en ambos poetas del parnaso- la visita al otro mundo espiritual imposible de hallar en las tinieblas de la tierra, el mundo del más allá de la muerte.

Se proyectaba también a otro horizonte, más humano, en el pensamiento y la energía de Homero, y el esplendor de las imágenes de Milton. De Homero imaginó cosas naturales y sobrenaturales de ese gran viaje que es la “odisea” de la vida. Elera como Odiseo, alguna vez, se ve extraviado, lejos del camino de su patria, por mil tormentos y desastres. De Milton admiraba su gran imaginación, su civismo, su nobleza moral, sus grandes interpretaciones cosmológicas: la comprensión total de los principios de la forma clásica, que le sirvieron, no para exagerar, sino para modelar “la belleza y la dulzura” de su exuberante viaje en el “Paradise Lost”. Ambos poetas eran –también- videntes como él.
Lo cierto, para pesar de Riva Agüero, es que Elera tenía su arsenal poético sustentado en la fuerza de su visita por lo clásico e histórico.

Otra referencia a la obra de Elera es la de José Domingo Cortés (1838-1884), bibliógrafo chileno que publicó varias recopilaciones literarias de escritores de Latinoamérica, en su especial “Parnaso Peruano” (1877).
Se publicaron también –póstumamente- en Lima, una relación epistolar con la poetisa María Josefa Mujía –también invidente- (representante del pre-romanticismo boliviano), después de la muerte de Elera, en 1867, donde es de suponer, se puede entender el dolor existencial de la ceguera como impedimento físico de las personas. (4).

No es muy comprensible, sino por una actitud bisoña de la crítica literaria, el olvido visorio con el que se ha tratado la obra de Elera, muchas veces considerado como un poeta menor, pero esto no es cierto. Para muestra, citemos su poema “A mi estrella” que es uno de los que mejor desarrolla la indiscutible raigambre de su veta poética, en este desesperado testamento por donde Elera cavila la senda de los oscuros objetos de su poemática:

A MI ESTRELLA

¡Qué hermosa está mi peregrina
estrella nacida cual querub en el espacio,
esparciendo los rayos que destella
en nubes de zafir y de topacio!

A un horizonte de apartado cielo
ilumina el fulgor de su grandeza,
donde no alcanza de la noche
el veloz ofuscar el cristal de su pureza.

Siempre bañada en luz de eterno día
goza la vista que a mirarlo alcanza,
y al peregrino que a sus pasos guía
le muestra el cielo azul de la esperanza.

Dios te bendiga, estrella misteriosa,
porque sin ti mi angustia era sin calma,
porque de noche negra y pavorosa
salió a adormirse en tus reflejos mi alma.

Yo habitaba el desierto de mi mismo
inflamando las llamas en que ardía,
mi corazón rodaba en el abismo
del fatal estertor de mi agonía.

Mas, al destello de tu luz fulgente
de mi alma huyó la angustia destructora,
como se ven huir del occidente
las sombras de la noche con la aurora.

Guárdate el cielo, estrella peregrina,
que al serenarse el mar de mis dolores
sólo deseo inspiración divina
para loar tus mágicos fulgores.

Quisiera de Virgilio la ternura,
de Hornero el pensamiento y la energía,
de Millón la belleza y la dulzura,
y de Dante al ardiente fantasía;

para en alas cruzar del pensamiento
la extensión del espacio indefinible;
y en zenit do finas tu áureo asiento
contemplar tu esplendor inextinguible.

Entonces embriagado en el encanto
del espléndido sol de tu belleza,
cubierta el alma de entusiasmo santo
cantar tu hermosura y tu pureza.

Mas, ¿qué puedo ofrecerte, estrella mía
si de triste ignorancia el denso velo
nubla la luz escasa que radia
en las alas del genio al dar el vuelo?

Sublime estrella, acepta conmovida
sin mirar de mi voz el desconcierto
la mustia flor del tallo desprendida
de un árbol que vegeta en el desierto.


Su poesía es humanista y de gran nivel, de vasta cultura, a pesar de su premura profana y autodidacta, de un variado ímpetu creador que ya avizoraba su modernidad. Poesía de poderosa fantasía y con extraña capacidad de visión para poder entrever el lado oscuro de la vida.
Debo reconocer que es L.A. Sánchez, quizás el único, que ha reclamado a Palma sobre la exclusión de Elera en “La Bohemia de mi Tiempo”: Al referirse a los románticos y a los bohemios, in vino véritas: no estaban todos los que eran, ni eran todos los que estaban.
L.A. Sánchez, describe un somero perfil del poeta huancabambino, en donde no deja de estar excerta parte del segmento de los pesares humanos y sociales que parece terminaron abrumando al poeta:

“Pedro Elera, nacido en Huancabamba hacia 1820, quedó ciego en 1843; desde entonces, tuvo que dedicarse entre otras cosas y recitar como juglar, a fin de sostener una pesada pro­le de cinco hijos. Elera fue expósito o quedó huérfano muy ni­ño, lo cual agravaba su sincera actitud de desamparo. No sorprenda a nadie, pues, su ayes desgarradores:
No extrañe en el acento que sin orden levanto que no brilla un reflejo de leve erudición; porque jamás la historia a mi sentido canto le dio, con sus lecciones, benéfica instrucción.
Pocos lamentos revelan mayor sinceridad ni acusan tanto a la fortuna. Elera tenía conciencia de su inferiori­dad, por no haber podido ilustrarse como sus colegas litera­rios. Levantaba, "a sabiendas" "sin orden" su canto, cons­ciente de que la escuela no le había deparado "su beneficia instrucción".
Llama la atención que éstos, realmente "bohemios", no figurasen el “La bohemia de mi tiempo”, en la que aparecen, sin embargo, personajes cuyos méritos literarios son otros que una "bohemia" de la que no participaron de hecho, aun­que, sí de fama”.

Elera nos recuerda que las tristezas románticas cuando son verdades sentidas: en cuerpo y en alma, por el propio poeta, en el sentido estricto de las palabras, casi siempre se encuentran estas reflejadas en sus libros y en sus poemas: amor es también dolor. Hay que volver a mirar a Elera con ojos de mayor rigor literario y de realismo.
-----------


(1) -La Lejanía: Tierra Predilecta. Sexta Parte. Románticos, Naturistas, Ideólogos y Modernistas, p.p. 1257. Tomo III. La Literatura Peruana. L.A: Sánchez. Edición Banco Central de Reserva. Lima Perú. 1989.
-Perfil de lo romántico e indagación del lejanismo, en Mercurio Peruano, Lima, 1929, p.p. 346-366.

(2) Elera Pedro, Poesías del ciego P.E.. Lima, Tip. De Aurelio Arnao y Cía. 1859.

(3) Elera Pedro, Plegarias de un ciego. Imprenta El Comercio. Prólogo del autor. 1873.

(4) Maria Josefa Mujía (1812-1888). Correspondence Between a Blind Man and a Blind Woman. Cristina Guzzo, Ball State University.



Iglesia San Pedro de Huancabamba


*
 UN POEMA DE ELERA


FRANCISCO BOLOGNESI

Si yo alcanzar pudiera, ínclito atleta,
la inspiración de un genio sin segundo,
con célido esplendor mostrara el mundo,
la altura en donde el sino te sujeta,

pero aunque mi alma se inflamara inquieta
entre los rayos del saber profundo
para loar tus glorias, infecundo,
es el estro divino del poeta.

Tu fama luminosa es blanca estrella
que de su alto cenit cubre los cielos
con los claros fulgores que destella;

y levantando, fúlgida, los velos
de los siglos futuros tu memoria,
¡brillará más que el sol tu eterna gloria!.



Plaza Mayor de Huancabamba 1950




abril 10, 2006

POEMAS DE FLORENCIO DE LA SIERRA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA
POEMAS DE FLORENCIO DE LA SIERRA


Imagen: Armand.

YANTUMA *

ESTE es el poema que cantan los siglos,
el más hondo y altivo de los hombres
que orgullosos de la eternidad de su destino,
dejaron clavada su esperanza
como un puñal quemante
en el cuenco azul de la leyenda.

Este es el poema calcinado
al rigor del grito,
de la raza de tendones de piedra,
que los tallanes modelaron
en el crisol astronómico del tiempo,
y la hicieron más altiva
en las fogatas rojas de la arcilla.

Desde entonces:
por nuestras venas corre a torrentes
la púrpura más antigua del Sol.

Allí, tendidos como un retazo de sombra
hemos nacido al abrigo de broncas montañas,
escuchando del puma
cómo en pedazos rompe al silencio
y cómo queda golpeando el eco
sobre el yunque de las yermas cordilleras.

En nuestras pupilas llenas de horizontes
brilla el destello del relámpago,
y al poblarse la noche
de luciérnagas y estrellas,
en nuestras miradas arde
la llamarada volcánica de la Tierra.

En las auroras que cerca del cielo amanecen
somos el primer vigía del alba,
y en la pascua traviesa de las aves,
el canto primitivo de la mañana.

El silencio pétreo de las rocas,
el panorama plúmbeo de los pajonales,
las sombras peregrinas de la noche
son el liminar de nuestra cabana.

Somos estirpe, que el rayo modeló
al estallido quemante de la piedra.

Somos antenas de trovadores, rebeldes
por la voz telúrica de los siglos,
jamás cautivos por el Inca Tupac Yupanqui.

Y somos raza ayavaquina, flor de fuego
que al pie del enhiesto Yantuma,
tiene grabada su gloria
con un sólo grito de sangre.


HA MUERTO EL YAYÁN DE LA MANADA *

DE FELINOS maullidos
se retuerce la vorágine de las fuentes,
y cómo se vuelca el yayán de la manada
sobre la sangre que corre
derramando moribundos silencios.

Es el puma de encrespados bramidos,
en el fúnebre silencio de la hondonada,
estrangula al yayán de la manada.

Sólo el cóndor tras el silbo de los vientos,
otea al dolor de la tarde, y se aleja
salpicado de rojos crepúsculos.

Ha muerto el yayán de la manada.

Mariquita Culquicóndor,
india hermosa, como todas las acuarelas
florecidas en el jardín de la Sierra Peruana.

A carrera abierta se avienta gritando,
—Es la hija de Pascual el curandero—
estremece a las ondas
con estruendos de huaraca chacarera:

anima,
toto, totooooo,
asiteber,
cuje, cuje, cujeee

Y los perros como corren desparramando
al follaje vespertino de la tarde;
saltan el alegre rumor de las vertientes,
gruñen las curvas de los caminos,
y se pierden por los horizontes talados,
dejando en las pampas, iracundos ladridos.

En hileras de blancos copos de nieve,
se apretujan los rebaños,
y caminan en cortejo de duelo

con la cabeza prendida al dolor de la Tierra,
y corren en tropel de balidos
al olor de la sal pastoril.

Pero falta el yayán de la manada,
murmuran con qué pena los indios,
con esa pena tan honda
que se anuda como un grito en la garganta.

Mientras llega la noche, surcando senderos,
las ovejas rumiando pedazos de neblina,
balan de rato en rato, tristes de pena.

Pronto llegará la mañana con balidos de consuelo.
y el "inga" del zambo Dañel,
será el nuevo señor de la manada.

(Del libro: “Aúllan los perros”).


PRIMAVERA

De la ventisca de las montañas
las aves con las auroras
azules de su canto,
tu nombre madrugan a gorjear.

Así, llega la primavera
con el mensaje de la luz;
en los Andes florece
con la salida del Sol-

Viene del paraje del silencio
en busca de la estancia del rocío,
y reposa en donde el musgo crece
a orillas del silencio y el río.

llega ceñida la frente
de luceros y neblinas
que la Luna en menguante
con el cielo comenzó a tejer.

Los pastores en la Sierra,
alegres madrugan a cantar;
los arrieros en el valle
amanecen silbando también.

Los audaces pescadores
al remo de su barca,
al rumor de las olas
cantan su serenata al mar.

Las flautas de la mañana
celebran esta canción;
el Sol como un niño travieso
en el ramaje se esconde.

Juega a la ronda del follaje,
con el viento que corre
por los prados silbando
el amanecer de esta tierna canción.


OTOÑO

CUANDO el verano triste se aleja
de los campos ayer florecidos,
las hojas comienzan a caer
con la brisa de las neblinas.

De nuevo la infancia en el follaje,
en las campiñas su hermoso retoñar;
los alegres pajarillos en el bosque
comienzan sus cantigas a cantar.

Con la bruma de la tarde solitaria
en bandadas revolotean las golondrinas,
se remontan ufanas por las sementeras,
en busca de los nidos primitivos.

Con otoño en la cumbre
preludia el aguacero;
los pastores en las jalcas
tañen la canción de la Sierra.

Del follaje en noches de otoño,
brota el rumor de invierno,
con el viento y las auroras
de canciones se llena la Tierra.

De nuevo los inquietos pajarillos
entre las ondas columpian su canto,
al son del viento silba que silba,
la cantiga más antigua del cielo.

Con la presencia pastoril de otoño,
el almácigo comienza a crecer,
crecen los gorgoritos del agua,
florece la sonrisa del labrador.


VERANO

DONDE están los pajarillos
que al ramaje de las cordilleras,
la gracia de tu presencia
todo el día no cesaban de cantar?

Dónde están las mariposas
que todas las mañanas,
al pétalo de las flores
llegaban a revolotear?

Dónde está el pastor
que al medio día,
bajo la brisa de tu sombra
se reclinaba a reposar?

Hoy que al torbellino de la noche
pensativa se acerca la Luna;
en la raíz de tu silencio,
duerme el secreto de las hormigas.

Y cuando al solar primitivo
de tu querencia, el viento
con la mañana dialogan tu ausencia,
en vano, buscan las huellas de tu partida.


INVIERNO

QUE el páramo arrecie en la cumbre,
los zorzales con la porfía de su canto
preludian a las neblinas,
la inocencia del invierno.

Y cuando entre relámpagos y truenos
su sombra matizada de alboradas se apunta,
recién el mugido de los toros del alba
amanece retando al huracán de los cerros.

Los puquios con el vaho de las montañas
se llenan de neblinas y canciones
con la noticia de la lluvia que cantando
viene del aprisco de las cordilleras,

Los nidos se cubren de alegres aleteos,
en el amanecer de cada retoño
reverdece la esperanza de la crisálida,
y del travieso picaflor.

De nuevo en los campos palpita la siembra.
Dios en el barbecho, es el primer labrador,
las palomas al soplo helado del viento
escarban el secreto que conserva la Tierra.

Entonces es cuando el día exhala
la fragancia de la greda mojada
con el arado que en silencio cultiva
a la semilla que silente germina.

(Del libro: “Capullos de Rocío”).


IX

TODO lo que a solas estoy aprendiendo
con el lenguaje primitivo del viento,
con el arrullo musical de las aves,
con el aliento generoso de la noche,
voy formando el mosaico de las palabras
para cuando llegue la primavera
con la armonía de nuevos cantares
siga creciendo la canción de los pueblos
al son de la danza universal del agua.

XIX

No canto a las auroras de nublados silencios
a la nostalgia avarienta del olvido.
Tengo la fragancia de una rosa
con los cinco pétalos del cariño.

No canto al hombre huérfano de amor,
al aullido de la negligencia envejecida.
No canto a la pústula enloquecida
de aquél que añora la sombra de un abrigo.

Canto a la dignidad fecunda del hombre
al músculo honesto del trabajo.
Aquél que del aliento de los surcos vive,
lejos de la anatema de los pobres.

No hay torbellino que atormente
al oasis azul de mi cerebro.
No lamento esperanzas fenecidas...
por la ausencia de un nido musical.

El temblor nido de mis manos encallecidas,
jamás han llegado al infierno maldito del metal...
No vivo oculto de las miradas del pueblo,
en la guarida de palacios de cristal.

No tengo una sola parva de trigo
para el huerto florecido del hogar
Amo el secreto azul del destino,
al rocío, junto a la estrella del labrador.

No ponzoño a la inocencia del trovador.
No dejo sin nido a los pajarillos,
sin pan a los labriegos que cultivan
la fragancia fecunda de la flor.

XX

SOY fruto del amaranto del Ande.
He crecido en la raíz del árbol y la piedra.

Vengo desde donde el almácigo se yergue
al ímpetu glacial de la cordillera,
y donde el agua florece
al son de la cantiga de invierno.

Y he crecido con el rocío y la neblina,
celebrando la danza de la lluvia sobre la hierba.
Junto al arado con rumores de siembra
donde las plantas gallardas crecen
con la sonrisa universal del aguacero.

Y vengo donde la sombra del arco iris
de júbilo anida, en el canto de las aves
y donde la mirada de la tarde posa
en las pupilas del crepúsculo y la cordillera.

Con el haz de esta cosecha de canciones
y de verdes recuerdos de siembre,
me voy cantando el nombre de la mañana,
de la noche que dulcemente me arrulla,
bajo su lámpara encendida de luceros.

(De “La Danza de las Serpientes”).

*Voces Ayavaquinas

Yantuma: Cerro en donde existe vestigios de culturas remotas.
Yayàn: Reproductor, Señor de la manada.

abril 07, 2006

FLORENCIO DE LA SIERRA Y EL INDIGENISMO POÈTICO/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA
FLORENCIO DE LA SIERRA
Y EL INDIGENISMO POÈTICO


Por Armando Arteaga
Firmaba todos sus poemas con el seudónimo de Florencio de la Sierra, pero en realidad era el profesor Florentino Gálvez Saavedra, nacido el 14-03-1903, en Ayavaca (donde se esforzó tercamente porque el nombre de Ayavaca se escribiera con v (la vigèsima consonante), pero perdió esta batalla que todavía libran algunos respetados regionalistas como José Ignacio Páucar Pozo). Por está vez, y en homenaje al poeta , al profesor , y al periodista corresponsal de “El Tiempo” en Piura, voy a escribir también –tercamente- Ayavaca.

Florencio de la Sierra se relacionó ocasionalmente con Hidelbrando Castro Pozo, y fundó la revista “Folklore”, viajando mucho por el sur: Chile y Bolivia.
Publicó entre otros libros de poesía: “Aúllan los perros” (1951) con portada del artista plástico Essquerriloff, “Capullos de Rocío” (1959) con portada de César Calvo de Araujo, y “Danza de serpientes” (1963) con portada de Raúl Vizcarra.

No es como algunos suponen que el azar juega su partida de dados y el destino es una línea recta marcada por este señor “persona non grata” que hace y deshace con el porvenir de los hombres y de los pueblos. Estos hacen el porvenir en la forja del tiempo con el temperamento y el talante de sus hijos, viene esa hazaña en los gestos individuales, acompañados por la reminiscencia del telúrico paisaje andino.
De esta indudable influencia metafísica ha expuesto Mariano Iberico y Rodríguez, otro filosofo y escritor norteño, en sus libros “Notas sobre el paisaje de la sierra”, “El sentimiento de la vida cósmica” y “Jorge Manrique, poeta de la añoranza”.

La lejana Ayavaca, en la sierra de Piura, coincide con este gran connubio del mestizaje literario. Tierra madre, preñada siempre de poetas y de intelectuales de gran nivel: Juan Luis Velásquez Guerrero, Juan María Merino Vigil, Manuel Vegas Castillo, Dagoberto Torres Agurto; e Hildebrando Castro Pozo, pioner del indigenismo y de los albores del socialismo peruano, estudió el estado de las comunidades indígenas en el Perú, en su recordado y conocido libro: “Del Ayllu al Cooperativismo Socialista”.

Aunque muchos se rehuyen a pensar en un “indigenismo piurano”, yo creo que hay motivos - más que suficientes- para emprender esta propuesta llamando por su nombre a este segmento importante para la literatura regional de Piura como un aporte muy poco estudiado de las ideas de Hidelbrando Castro Pozo y más tarde las de Luciano Castrillo, expresadas no solo en el campo de las ciencias sociales, la política y la jurisprudencia, sino también en el ámbito de las nuevas ideas en nuestras literaturas regionales de todo el país.

Recordando al maestro Julio Galarreta González, él ya se refería a cierta apertura de Salaverry que había mostrado “preocupación indigenista en su obra de teatro “Atahualpa” y su pasión por el “yaraví” preferido –pleno de añoranza romántica- en sus obras dramáticas antes que otra música culta de salón”.

El indigenismo no es solo una extención cultural nacional, sino también continental (América, Canadá y Estados Unidos. ) e internacional (Europa y Asia) donde se expresan un sin número de variantes de literaturas “nativas”.

El escenario político e ideologico que motivó el desarrollo de las nuevas ideas sobre el Perú y sus “literaturas regionales”, también comprende (por conjunción y por disyunción) el espacio de las nuevas ideas literarias en Piura: siempre abierta y experimental a las vanguardias. El “indigenismo piurano” en la literatura tiene en José Eulogio Garrido (escritor nacido en Huancabamba, la tierra que camina, en 1888) como uno de sus más altos representantes desde los primeros instantes del siglo XX. De quién nos ocuparemos en otra referencia literaria, pero que recordemos fundó el grupo “Bohemia” en Trujillo con Antenor Orrego, movimiento literario predecesor al famoso “Grupo Norte” donde militaron César Vallejo, Víctor Raúl Haya de la Torre, Alcides Spelucin y Macedonio de la Torre.

José Eulogio Garrido nos ha dejado su libro “Carbunclos” (1947). No es el único escritor de estirpe indigenista local, pero cito a él como uno de los más importantes precursores de esta tendencia literaria. Tendencia que declina crepuscularmente con las “Acuarelas Huancabambinas” de Miguel Justino Ramírez Adrianzen (Deán de la Catedral de Piura), cuyos escritos ganan en visión antropológica frente al resto del canon literario indigenista piurano, mas tarde, por ejemplo, ante obras de mayor ambición “nativista” literaria y lírica como “Paisana” de Edmundo Cornejo Ubillus (n. Huancabamba, 1916-2001).
Aunque haciendo la contingencia del caso “Carbunclos” es un libro raro y adelantado de prosas-poéticas.

El nativismo literario es ese perfil terrígena de cada lugar o región, que utiliza sus propias materias, que son inherentes a su naturaleza misma, para ver las cosas desde su propio punto de vista: es una fuerza (centrípeta y centrifuga) tan natural de la aldea hacia el mundanal ruido del mundo haciéndose algunas veces cosmopolita. Luis Monguió es quien muy bien describe este panorama vigente en “La poesía post-modernista peruana”(1955):

“En el segundo cuarto del siglo XX se observa la existencia en la poesía peruana de un movimiento que genéricamente puede llamarse nativista, surguido –no sin antecedentes- con la pretensión de que la poesía peruana expresa lo peculiarmente peruano, el hecho diferencial peruano . Primero este movimiento se perfiló en la poesía por 1926 en el específicamente llamado indigenismo, que reivindicó, como lo único auténticamente peruano al indio y a lo indio. Las formas de la poesía indigenista derivaron, sin embargo, de las del vanguardismo internacional entonces a la moda. El nativismo poético tomó luego, alrededor de 1930, otro aspecto especifico en el llamado cholismo, afirmación del mestizo y de lo mestizo como lo verdaderamente peruano. Hubieran podido ser paralelas suyas el zambismo, el blanquismo o criollismo, etc. La técnica de la poesía en esta segunda etapa se inspira principalmente en el romanticismo de la variedad lorqueana y en algunas formas folklóricas. En un tercer momento, posterior a 1940, el nativismo abandonando amarras étnicas trata de expresar un nuevo ethos peruano de contenido humanista, pero moldeado por la realidad ambiental americana. En materia formal este último nativismo para verbalizar su visión de la realidad local y actual aprovecha toda clase de formas poéticas, con cierta preponderancia de las retóricamente más estrechas. Estos tipos básicos de la poesía nativista peruana se sucedieron cronológicamente en cuanto a su iniciación –1926, 1930, 1940- pero, como es natural, coinciden parcialmente en el tiempo de su difusión, y así existe hoy en día en el Perú quien escribe en indigenista al lado de quien versifica en cholista y junto a quien poetiza en la última manera nativista, y existe también quien ha pasado sucesivamente de la una a la otra manera”.


Florencio de la Sierra es un poeta de la autoestima campesina, enamorado del esplendor histórico del pasado, severo crítico de la expansión inca sobre los territorios de los ayahuacas por Inca Tupac Yupanqui (la incorporación de Huancabamba y Ayavaca al Tahuantinsuyo). Seguidor del sueño de Walt Whitman: del autoctonismo y de la apertura hacia la fastuosidad telúrica del paisaje natural como leit-motiv en toda su poesía. Seguidor de la filosofía naturista y del transcendentalismo de Ralph W. Emerson, y del ruralismo literario del viejo Robert Frost: que pone vacas, carneros, pumas, hierbas silvestres, flores salvajes, y aromas exóticos en el poema sin ningún remilgo estético.
Es también un modernista tardío, pero sin la fantasía y la retórica vergonzante de los modernistas exagerados. Defensor de la trilogía mágica y andina, de la proyectación desarrollista del bienestar: anciano-madre-niño. La realidad coyuntural aparece en sus libros denunciada como injusta -humanamente hablando-, pero ubicada en el énfasis excelso de su “poética” aristotélica donde se mezcla ese discurso virgiliano: limpio y sincero, con su particular mirada panteista. De su voz surge la nueva épica de la naturaleza: el hombre y el paisaje ayavaquino, con destreza y sinfónica versión , voz muy personal llena de emoción lírica, tiene un discurso magistrado desde donde se exalta el nuevo poema: esa tierra -diferente y prometida- de las palabras.

En “Aúllan los perros” (1951), es el libro en donde con mayor insistencia destacan estas ideas mías sobre el “indigenismo” de Florencio de la Sierra, estructurado en tres partes: Marejadas de sierra, Voces humanas, y Huella del hombre. El poema “Lluvia de trigo” es un asomo a la protesta social y “Nísperos” es un detalle de aproximación al desamparo
de la niñez en la urbe limeña.

Es en el segundo libro “Capullos de Rocío” ( 1959) donde crece –inobjetablermente- la calidad poética desde que se abre el follaje silvestre de este poemario. Los poemas “Silencio”, “Neblina”, “Agua”, “Crepúsculo”, “La Luna” y “Acuarelas de Mayo” confirman
“la esplendidez de claridad lírica que le concierne” (tal se ha referido Jorge Rivas en su estimativa crítica “Poesía Americana”, República Dominicana, 23-01-1960).

Es un solo poema largo “La Danza de las Serpientes” (1963), su tercer libro, desde el “Umbral Aborigen” Florencio de la Sierra dice:

“Antes que la imagen del crepúsculo se oculte en la posada de la noche, seguid las huellas trazadas por el serpentear de las neblinas y el afán primitivo del aguacero. Por donde tan solo ronda, el rumor del viento.
Entonces, sin temores, abrid la frontera rústica de esta siembra: huella del hombre por los caminos agrestes del tiempo...”

Olvidada, nunca conocida, y poco estudiada, la obra poética de Florencio de la Sierra siempre ha llamado mi atención y mi admiración. Su obra tiene que formar parte del gran cuaderno de la poesía piurana, peruana, y latinoamericana, no está demás recordar lo que Don Edmundo Cornejo Ubillus escribió en el Prólogo de “La Danza de las
Serpientes” acerca del trajinar poético de Florencio de la Sierra:

“Así la obra de Florencio de la Sierra, en la que su expresión poemática exaltada, condolida y tierna, rompe muchas veces los cánones normales, retorciéndose como la topografía misma de las cordilleras o el laberinto de los matorrales, desmayándose como el paraje yermo de las cumbres o desbocándose como el dispararse de los caminos caprichosos y cimbreantes, pero que en conjunto nos dan la belleza recóndita, inmaculada y virgen en la que se deleita el alma, y aparece la ruta troncal en el tránsito del hombre”.
La poesìa de Florencio de la Sierra trasciende los contenidos y las devociones ideologicas siempre sinceras de la poesia peruana post-modernista de la que hablò Monguiò. Es una poesìa no contaminada por la polèmica de puros y sociales. Es un aporte muy creativo, vigente, la fuerza de la aldea al mundanal ruido de las cosas, un rìo que va al mar, pero que nunca se agota en el morir. De èl se puede decir que es un verdadero conspirador del silencio provinciano. Sea este discreto homenaje mìo una pequeña contribuciòn para una mejor compresiòn de su obra, no solo poètica, sino tambièn antropològica, por lo que hay que volver a revisar las siempre interesantes pàginas de la revista "Folklore", de la que fue su fundador y director.

artenupe@yahoo.es

abril 03, 2006

LA PIURANIDAD Y EL ROMANTICISMO EN LA POESIA DE CARLOS AUGUSTO SALAVERRY/ armando arteaga

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA


LA PIURANIDAD
Y EL ROMANTICISMO
EN LA POESIA
DE CARLOS AUGUSTO SALAVERRY


Por Armando Arteaga.

El poeta Carlos Augusto Salaverry nació en Piura en 1830, hijo natural del presidente y general Felipe Santiago Sala­verry quien murió fusilado en 1836.

Edmundo Cornejo Ubillus describe el nacimiento de Carlos Augusto Salaverry en este año de 1830: “un año después de haberse producido el desenlace de la Guerra con Colombia y el
destierro del Presidente La Mar, don Felipe Santiago Salaverry, su Ayudante de Campo y Coronel en aquel entonces, residía en la Hacienda La Solana del Departamento de Piura, cumpliendo una misión fronteriza que el nuevo Gobierno le encargara y que, en realidad, solo fue un pretexto para lograr su alejamiento del ejército (Lima). En ese año –4 de diciembre- y de sus relaciones con doña Vicenta Ramírez nace don Carlos Avelino Salaverry, llamado más tarde Carlos Augusto, incluso por su progenitor.
Su partida de bautizo consta en la Parroquia de San Miguel de Piura, registrada por el P. Miguel de la Cruz. Ampliamente conocidos son los aspectos de su niñez, a partir de su llegada a la capital; su entrega al cuidado de la esposa del ya General Salaverry, doña Juana Pérez e Infantas, quién habrá de dedicarse efectivamente a él, por especial encargo del propio caudillo en su famosa carta-testamento; su estada en Chile por tres años, junto a su madre adoptiva y su hermano Felipe; su regreso al Perú y su vida de familia hasta su ingreso a la carrera militar en el Batallón Yungay, pasando por la vecindad en la calle Piedra de esta capital, donde al parecer surgieron ya las primeras voces líricas”

A los quince años se hizo sol­dado. Participó en política y viajó a Europa donde publicó en Francia su libro “Albores y destellos”, pero luego vino la incomodidad de la pobreza y el designio de cierta enfermedad que lo postró. Falleciendo en París en 1891.

Salaverry es el más grande poeta romántico peruano, tanto por su espontaneidad y transparencia poética como por el manejo experto de su lenguaje. Su obra está teñida de un spleen idealista y de un afecto desesperado y fatalista.
El marco de referencia de los acontecimientos históricos y culturales que acompañan como telón de fondo el desarrollo de su obra poética es el siguiente en secuencia temporal e histórica: la muerte de Goethe, nace Béquer en Sevilla, la guerra entre México y Estados Unidos, publicación del Manifiesto Comunista y agitación política en Europa, abolición del tributo indígena y de la esclavitud, Baudelire publica la primera edición de Las Flores del Mal, aparece la novela Madame Bovary de Flaubert, Lincoln es elegido Presidente de EE.UU, Guerra de Secesión en EE.UU., ocupación francesa en México, muerte de Baudelaire en París, se publica en El Havre “Albores y destellos”, La Comuna de París, Unificación de Alemania, Primera Serie de las Tradiciones de Palma, Guerra con Chile, edición del Diccionario de Peruanismos de Arona, se firma el Tratado de Ancón, Ingresa Cáceres en Lima, Discurso de González Prada en el Teatro Politeama: Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra; Emilo Zola publica Germinal, e Internacionalización del Canal de Suez, entre otros acontecimientos. Fue un tiempo muy agitado como podemos entender. Víctor Hugo en los escenarios parisinos para el teatro romántico, Byron y Heine, en la poesía, fueron muy valorados en la escena cultural europea alcanzando grandes méritos por su invención y originalidad.

Ricardo Palma, Marcelino Menéndez y Pelayo, José de la Riva Agüero, Ventura García Calderón, Alberto Ureta , Raúl Porras Barrenechea, y Luis Fabio Xamar, celebraron siempre la obra singular , el mundo poético sentimental impregnado de fantasía y de una actitud reflexiva moderna, del vate piurano.
Cesar Vallejo en su tesis universitaria “El Romanticismo en la Poesía Castellana” destaca de la poesía de Salaverry: “el espiritualismo erótico, que la informa, la concepción honda de la vida, y más que todo, por el ansia de inmortalidad que la anima, por las rotundas imágenes delicadamente melancólicas, tiernas, nostálgicas y por casticidad en la elocución y la sobriedad de los giros”.

Un desengañado del mundo, Salaverry encabeza siempre el prestigio del romanticismo peruano. Inculcó los nuevos ideales estéticos que en sus tiempos fueron revolucionarios, la búsqueda de la personalidad nacional y la imitación de los modelos clásicos como base de una nueva percepción universal. El yo romántico de Salaverry fue muy intenso. Su visión, aunque tardía, y su renovación, consagró nuevos aires para la poesía peruana.

Augusto Tamayo Vargas define así el ímpetu de su obra literaria: “Salaverry es, sin lugar a dudas, la más alta nota lírica de nuestro romanticismo. Recogió la intimidad de Bequer, al lado de la influencia de Esponceda, Leopardi, Vigny, que se le señalan, y a pesar de su exaltado temperamento fue discreto, en medio de la arrogancia de sus frases, de la facilidad de su improvisación y de su enamorado ideal de la libertad”.

Alberto Ureta en su estudio sobre Salaverry esboza la proyección de la obra del poeta sobre los avatares de su linaje provinciano: “Apenas si pudo alcanzar algunos años de estudio en una escuela rudimentaria. Toda la cultura que adquirió más tarde, la debió exclusivamente a su propio esfuerzo. Su vida, en busca de constantes emociones, no le permitió la consecución de la madurez cultural, que de haber disciplinado mejor su estro, le hubiera llevado a un arte más perfecto”. En lo personal un discreto perfil dibuja Ureta sobre el autor de “La Escena es el Mundo”: “Desde la cuna lo azotó el infortunio, la tristeza y la desgracia, compañeras inseparables de su juventud, pusieron matiz sombrío en sus primeros ensueños y en sus primeras ilusiones. Reconcentrado, huraño, acompañado de sus libros, trabaja en silencio. Solo recibe a un grupo reducido y selecto de amigos. Odia a las multitudes, desdeña la lisonja, desprecia a sus detractores”.

La semblanza más certera la realizó también Teodoro Garces en un Homenaje a Salaverry que en alabanza del autor de “Misterios de la Tumba” y “El sol de Junín”, sentenció hermosamente el final del poeta piurano: “Carlos Augusto Salaverry, el más grande poeta del romanticismo, dentro de la literatura peruana, el poeta que cantó a la mujer y al infortunio en estrofas llenas de sonoridad y de luz, poniendo todo su genio de artista, murió en París el 9 de abril de 1891.
Hace pocos años, sus restos fueron trasladados de París al Perú y sepultados en el cementerio de la ciudad de Sullana”.

En los más plenos instante, el escueto placer del abordamiento de la naturaleza, la musicalidad de su dicción prematura, su diestra y rítmica adjetivación, sus imágenes sencillas, lo llevaron a escribir uno de los poemas más bellos del parnaso romántico: “Acuérdate de mí” (*). Alberto Escobar ha realizado un excelente “análisis interpretativo” de este poema, que por supuesto nos parece una obra maestra. No es la única. Salaverry tiene innumerables poemas, a nivel de la poesía amorosa y erótica, dignos de ser vueltos a leer, y en espera de una nueva interpretación que revalore la obra de Salaverry. Ya lo dijo Escobar: “Leer, estudiar una obra literaria, comprenderla, es descubrir en ella ese ordenamiento de su estructura que posibilita el gozo total, el conocimiento profundo de lo que quiso decir el autor. Y este conocimiento, por ser demostrable, es legitimo y doblemente valioso”.

¡ACUÉRDATE DE MI! (*)

¡Oh! cuánto tiempo silenciosa el alma
mira en redor su soledad que aumenta:
como un péndulo inmóvil, ya no cuenta
Las horas que se van!

¡Ni siente los minutos cadenciosos
al golpe igual del corazón que adora,
aspirando la magia embriagadora
de tu amoroso afán!

Ya no late, ni siente, ni aun respira
petrificada el alma allá en lo interno:
¡tu cifra en mármol con buril eterno
queda grabada en mí!

Ni hay queja al labio ni a los ojos llanto;
¡muerto para el amor y la ventura,
está en tu corazón mi sepultura
y el cadáver aquí!

En este corazón ya enmudecido
cual la ruina de un templo silencioso,
vacío, abandonado, pavoroso,
sin luz y sin rumor;

embalsamadas ondas de armonía
elevábanse un tiempo en sus altares,
y vibraban melódicos cantares
los ecos de tu amor.

¡Parece ayer! . . De nuestros labios mudos
el suspiro de “¡Adiós” volaba al cielo,
y escondías la faz en tu pañuelo
para mejor llorar!

¡Hoy! ... nos apartan los profundos senos
de dos inmensidades que has querido,
y es más triste y más hondo el de tu olvido
que el abismo del mar!

Pero,¿qué es este mar?¿qué es el espacio?
¿Qué la distancia, ni los altos montes?
¿Ni qué son esos turbios horizontes
que miro desde aquí;

Si al través del espacio y de las cumbres,
de ese ancho mar y de este firmamento,
vuela por el azul mi pensamiento
y vive junto a ti?

¡Sí: yo tus alas invisibles veo,
te llevo dentro el alma, estás conmigo,
tu sombra soy, y adonde vas te sigo
de tus huellas en pos!

Y en vano,intentan que mi nombre olvides;
¡nacieron nuestras almas enlazadas,
y en el mismo crisol purificadas
por la mano de Dios!

Tu eres la misma aún: cual otros días
suspéndense tus brazos de mi cuello;
veo tu rostro apasionado y bello
mirarme y sonreír:

¡aspiro de tus labios el aliento
como el perfume de claveles rojos,
y brilla siempre en tus azules ojos,
mi sol, mi porvenir!

Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido;
mi nombre está en laatmósfera, en labrisa,
y ocultas al través de su sonrisa
lágrimas de dolor;

pues mi recuerdo tu memoria asalta,
y a pesar tuyo por mi amor suspiras,
y hasta el ambiente mismo que respiras
te repite ¡mi amor!

¡Oh! cuando vea en la desierta playa,
con mi tristeza y mi dolor a solas,
el vaivén incesante de las olas
me acordaré de ti;

cuando veas que una ave solitaria
cruza el espacio en moribundo vuelo,
buscando un nido entre la mar y el cielo
¡acuérdate de mí!

(De: Cartas a un ángel)




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Bibliografía:
-Albores y destellos (Diamantes y perlas, Cartas a un Angel). Le Havre, 1871.

-Carlos Augusto Salaverry, Alberto Ureta, Tesis Doctoral, Lima, 1918.

-Antología de Carlos Augusto Salaverry, Edmundo Cornejo Ubillús, Lima, Ediciones Hora del Hombre, 1948.

-Albores y destellos (Antología), Carlos Augusto Salaverry, Primer Festival del Libro Piurano, 1958.

-Salaverry Poesía, Prologo, selección y notas Alberto Escobar, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Patronato del Libro Universitario, 1958.

-Homenaje a Salaverry, Prologo Teodoro Garcés Negrón, Universidad Federico Villarreal, Departamento de Extensión Cultural y Universitaria, 1966.

-El Romanticismo en la Poesía Castellana, Cesar Vallejo, Juan Mejía Baca & P.L. Villanueva, Editores, Lima, 1954.
-Literatura Peruana, Augusto Tamayo Vargas, III Tomos, Peisa, 1992.

-La Literatura Peruana, Luis Alberto Sánchez, V Tomos, Banco Central de Reserva del Perú, 1989, Lima.

OTROS POEMAS DE SALAVERRY:

A LA ESPERANZA


Yo sé que eres una ave fugitiva,
un pez dorado que en las ondas juega,
una nube del alba que desplega
su miraje de rosa y me cautiva.

Sé que eres flor que la niñez cultiva
y el hombre con sus lágrimas la riega,
sombra del porvenir que nunca llega,
Bella a los ojos, y a la mano esquiva!


Yo sé que eres la estrella de la tarde
Que ve el anciano entre celajes de oro,
Cual postrera ilusión de su alma, bella;

Y aunque tu luz para mis ojos no arde,
Engáñame ¡oh mentira! yo te adoro,
Ave o pez, sombra o flor, nube o estrella.

(De Diamantes y perlas)


RESPONDE

Dios dijo al ave de los bosques: ¡canta!
Al tierno cáliz de la flor: ¡perfuma!
A la estrella: ¡las nubes abrillanta!
Al sol: ¡irradia en la azulada bruma!
Al ambiente: ¡suspira! al río: ¡encanta
con tus bellezas de argentada espuma!
Y a ti, mujer, para el amor nacida
te ha dicho acaso Dios: ¿Ama y olvida?


A UN RETRATO


¡Sombra inmóvil! Te miro a todas horas
Y nunca a yerme tu semblante giras;
Cuando suspiro yo, tú no suspiras;
Cuando mis nenas lloro, tú no llorasl

A veces, con las galas seductoras
De pureza y candor, mi musa inspiras;
Mas luego, al contemplar que no me miras,
Rompo las cuerdas del laúd sonoras!

Si amor que nada pide, nada espera,
Hacer pudiese a tu virtud agravios,
Perdón pidiera a tu beIdad, de hinojos;

Y, cuando esta Ilusión conmigo muera,
Algún suspiro de tus dulces labios,
O alguna perla de tus bellos ojos!