octubre 01, 2009

CON CARLOS EDUARDO ZAVALETA EN HUARI/ ARMANDO ARTEAGA

CON CARLOS EDUARDO ZAVALETA EN HUARI
Por Armando Arteaga

Hace ya más de un par de meses estuve en la ciudad de Huari -otra vez y tantas veces-, mientras se realizaba el XVIII Encuentro de Escritores y Poetas de Ancash donde muchas cosas gratas e inesperadas sucedieron. Y, ya entre el traslumbrar de cada una de las ponencias presentadas, y/o escuchar los recitales de los poetas, y/o asistir a las presentaciones de los recientes libros, de tantos y valiosos escritores de varias generaciones de la Región Ancash. Y, casi…, queriendo pasar como un escritor desapercibido en este “XVIII Encuentro…”, visitando Huari, que hospedó a uno de sus principales invitados, al escritor Carlos Eduardo Zavaleta (n. en Caraz, 1928): uno de los más representativos narradores de la generación del 50. Además, la Municipalidad Provincial de Huari le acaba de publicar una antología de sus cuentos más significativos y recientes, a manera de homenaje.

Un silencio metafísico enmudece las calles y las casas de Huari, asunto sólito, pero es sus esquinas cerca de la Plaza Central, uno asiste a un breve rumor de un intercambio de voces de muchachos y muchachas que juegan y conversan, y al fondo del escenario los árboles van empequeñeciéndose cada vez que la cuesta asciende. Han sido muchas las veces que he venido a Huari, y por múltiples razones. Huari duerme su eterna primavera, y cada vez la encuentro en un acelerado desarrollo urbanístico que,  poco a poco,  le van cambiando su fisonomía original –de centro poblado rural andino- que conocí cuando la visité por primera vez en el otoño del 62 acompañado del semblante patriarcal de mi padre Américo. El rumor de un pasado de pisadas de pasos perdidos por estos caminos peregrinos -entre cactus ariscos persiste, arbustos silvestres, e inmensidad de cumbres gélidas calladas al borde de la autopista que escudan con sus sombras- desde la parte alta donde se puede divisar toda la pequeña ciudad de Huari, donde me abruman unas ráfagas de vientos que avanzan entre los arbustos, donde persiste un ventarrón que hace chasquear las ramas de estos arbustos, y bruma la vista hacia el sonido sempiterno de la piedra de Chavin de Huantar.

Me he quedado para siempre con ese imagen del Huari pueblerino donde lo único que aún duerme en contraste con la actual Huari cosmopolita atiborrada por el “progreso” del boom minero es el estupendo sol andino, rubio y amarillento como retazo de pajonal de trigo, y su increíble cielo azul serrano.

Estos “Encuentros de Escritores…” son por momentos muy ceremoniosos y hasta pueden resultar muchas veces tediosos, pero uno nunca puede decir nada de esto si un solo suceso salva la mañana: estar frente a Carlos Eduardo Zavaleta, escritor admirado y leído por mí en los años 70, entre otros…, que yo comparaba con Eleodoro Vargas Vicuña: a quien conocí en el Café Palermo, en esa época de asombros y de quimeras, leí con mucha admiración su “Taita Cristo”. Y, también, lo comparaba con Manuel Mejia Valera, por quien guardaba un verdadero afecto de amistad por esa tendencia borgiana dentro de su narrativa (a quien también había conocido en el Café Versalles en uno de sus regresos de su exilio mexicano), y que había publicado “Un cuarto de conversión” (en México, en la Editorial Joaquín Mortiz, 1966); lo comparaba además con Enrique Congrains Martín, precursor del neo-realismo urbano limeño, con quien charle algunas tardes del invierno limeño del 69 en el Café Tivoli de La Colmena, y admiraba su “Lima, hora cero” (1954). Y su novela “No una sino muchas muertes” (Buenos Aires, 1958). Y, aquí, torciéndole el cuello al cisne de la memoria, nunca había visto en persona a Carlos Eduardo Zavaleta, aunque siempre teniéndolo presente ante el hontanar narrativo de su libro “Vestida de luto” (Editorial Alfa, Montevideo, 1969), de donde recuerdo exactamente su cuento “El cuervo blanco”, escritor que admiraba desde lejos.

Y, ahora, muchos años después, en la senectud de esta búsqueda del tiempo perdido, por ese compromiso con la literatura, estar en Huari con Carlos Eduardo Zavaleta, conversando y almorzando en la misma mesa del restaurante hararino que nos abruma con veleidades culinarias del lugar. Uno la pasa bien aquí. con Zavaleta, pues el escritor caracino tiene mucho sentido del humor, y una increíble memoria para recordar acerca de cualquier episodio o tema literario propuesto, o que se aborde en la conversación.

 

Le recuerdo -indagando fructuosamente- sus años iniciales en San Marcos, pero él me responde con cierta espontaneidad en “abintestato” de algunas de sus ocupaciones ajenas a la literatura: catedrático, empleado en la cancillería, y agregado cultural. Recuerda a Alfredo Bryce, su alumno excéntrico. Era un buen estudiante, mejor escritor, algo desordenado. Desempolvo otro recuerdo: Francis Scout Kay Fitzgerald, buscador de perfecciones, lo llama así. C.E. Zavaleta, además lo ha leído en ingles, que por lo demás, nuestro novelista, domina y conoce. Ha traducido algunas cosas del caótico Fulkner. Le hace un reproche fundamental por ese ímpetu épico que posee, a pesar de su técnica narrativa que es innegable. Recordamos a otros escritores de la generación perdida donde desfilan Jhon Dos Passos, Ernest Hemingway, y el final del “Ulises” de Joyce.

El tiempo es cruel. Nos quedan solo unos minutos. Terminamos hablando rápidamente de ciudades europeas que conoce muy bien, pues sus ocupaciones de agregado cultural lo han llevado en gestión diplomática por esos lares increíbles, aunque muy modesto, lo sé. Pero, viajero, conoce muy bien, se nota su gesto de maestro, muy bien la literatura inglesa y la literatura norteamericana, cosa rara, en nuestro mundo literario peruano. Hemos terminado este almuerzo de tamales verdes de choclo y truchas fritas, asentado con una excelente hierba luisa caliente para el frío. Vuelven entonces los recuerdos, en el camino de regreso al hotel: ciudades y escritores, vamos de Londres a Dickens, de Praga a Kafka, de Paris a Guy de Maupassant, y por último: de Lima a Sebastián Salazar Bondy.

Al día siguiente, cuando me toca exponer mi ponencia sobre el escritor carcino Celso V. Torres, le recuerdo que “Juana la Campa te vengará” es su cuento que más me gusta, ambientado en Tarma, insisto en que es un gran observador de lo andino-amazónico rural y de lo urbano, y que es un excelente escritor de “cuentos cortos”. Le pregunto si aún no se ha peleado ¨literariamente hablando con Fulkner¨. Me dice: no. No es para tanto, me palmea el hombro.

Como en una esquina del ring para un boxeador frente al exigente publico huarino que ha asistido al “XVIII Encuentro...”, cuando me toca exponer, le lanzo un piropo al escritor: “Para nosotros C. E. Zavaleta es uno de los escritores más representativos de la narrativa latinoamericana, al nivel de Rulfo”. Al terminar, hicimos un aparte, y me agradeció la referencia. Me hace una confesión personal: “Está contento con el recibimiento que le ha tributado la gente de Huari”. Se lo merece, doctor, le digo. Me responde: “Desde hace ya más de un año es viudo, y que le friega no haberle dedicado más tiempo a su querida esposa, por andar en estas cuitas de la literatura”. Le respondo que el oficio de escritor en el Perú es así de ingrato, muy duro. Al fin de cuentas, uno viene al mundo solo y se va también solo. Y empieza a llover en Huari.

Por la noche, estábamos casi vecinos en las habitaciones del hotel que nos alberga, nos cruzamos en el hall y seguimos platicando de literatura para vencer lo rutinario, hablamos algo de Julio Ramón Ribeyro, de Arguedas. De los escritores ancashinos: de Arnao, de Ladislao Meza, y me devuelve otro piropo, me dice que le gustó oír mi ponencia sobre Celso V. Torres, su paisano, escritor carasino.

C. E. Zavaleta ha comprado muchos libros de los escritores jóvenes de Ancash, que se han exhibido en la Feria de Libros de la Plaza de Huari, sale a buscar una caja de cartón en algunas de las bodegas aledañas al hotel, en unos minutos regresa con una caja vacía de vinos Ocucaje. Aquí va a ir madurando mejor (se refiere a los libros de los escritores jóvenes que ha comprado) –me dice-. De manera cómplice. Los libros y los vinos son las mejores cosas del mundo, le respondo.

Mirando el cielo de Huari, pienso en ese refrán de sabiduría andina y popular:

Cielo serrano,
Cojera de perro,
Lágrimas de mujer,
No hay que creer…


Ahora lo miro a C.E. Zavaleta desde la ventana de mi habitación del hotel mientras en Huari empieza a desatarse una gran lluvia serrana. Sorpresa: “Es la hora perfecta para la caminata solitaria…”. El escritor C. E. Zavaleta ha salido a caminar bajo la lluvia abrigado de su gabán azul de lana, y su bufanda escocesa, y lleva puesto una boina azul marino, con sus anteojos grandes de siempre y de carey, en mi recuerdo.

-Zavaleta es un gran escritor- le digo a mi acompañante de habitación el escritor huarasino José Antonio Salazar Mejia que ha venido a Huari para presentar su libro “La tradición histórica oral ancashina”.
-Sí- me responde-. El viejo es bueno, me gustan sus cosas que escribe.