A un poeta que vi en la panadería aledaña a la avenida Emancipación // JULIO BARCO
Y quién se atrevería a imaginar
que encontraría a un poeta que va armando
sus versos como arquitecturas setenteras
donde respira el buen soul rock blues
de aquellos jóvenes pelucones que sacudieron
-guitarra en mano- la urbe de aquellos tiempos
con mimeógrafos, papel bulky y palabras urgentes.
Y quién se atrevería a pensar que aquel poeta
que va armando la música de su floro
estaría frente a mí en la panadería
esperando su bolsa de pan francés
para su lonche cotidiano. Yo que leí
sus versos adquiridos al destajo en Quilca
y fui presa de la terra ígnea de su vasto sentimiento
-nostálgico según R. Santiváñez- enhebrado
al resplandor de la causa justa de la libertad
del uno mismo en Cachina Motors,
entiendo el acto
como una escandalosa epifanía. Ahora, claro,
hago cola
y veo al veterano bardo, pelícano
y silencioso, frente a mí, a la espera como yo,
del pan fresco que los dioses brindan
bajo el cielo lila de Lima
todos los días. Y silencioso, solemne de contemplación
repito:
¿quién se hubiera imaginado este encuentro?
Nota: silencioso como el viento, observé frente a mí al poeta Arteaga, del setenta, por no interrumpir su compra de panes me quedé mirando y escudriñé, hoy a la luz de la mañana, estos versos. Hasta aquí mis palabras. 07 / Septiembre / 2023.
