abril 26, 2007

10 AVES RARAS DE LA POESÌA PERUANA/ LUIS LA HOZ

10 AVES RARAS DE LA POESÍA PERUANA*


Por Luis La Hoz


Antologìa de 10 poetas peruanos editada por el Fondo Editorial Cultura Peruana.


Creo que a estas alturas es irrelevante señalar cuáles poetas marcan nuestra tradición. Es irrelevante, de igual manera, nombrar virtudes y los vicios de los trabajos antológicos. Sin embargo, las virtudes y los vicios apasionan siempre y las antologías y los antóloga dores seguirán apareciendo, pasión de por medio, pasión por la poesía, obviamente. Esta antología que tengo entremanos proviene, entonces, de mi pasión por la poesía.

Todo comenzó por los años finales de la década de los setenta. Una mañana entré a una librería de viejo, en la calle de San Carlos, frente al local de don Juan Mejía Baca. Husmeando entre anaqueles y rumas sobre el piso, encontré un pequeño y gris libro de poesía. El título, atrayente. El autor, desconocido. Luego de leerlo y ante su evidente calidad, busqué información en nuestra historiografía literaria. Los resultados fueron magros. Allí nació la idea.

Fui descubriendo y juntando a una serie de autores que, dentro del concierto de nuestra poética, me provocaban una sensación como de pájaros solitarios, de aves que de repente volaron una sola vez y no regresaron más; o que tal vez continúan volando pero en espacios extraños, tan cerrados que pareciera que no existen.

Sin embargo, sus vuelos sí existen y han quedado registrados en uno o dos libros, en alguna plaquette desleída ahora por el tiempo.

Estos poetas pertenecen, por supuesto, a nuestra tradición, se pueden rastrear sus vuelos, identificar sus posibles filiaciones. No obstante, cada uno de ellos es único, extrañamente único, valga el adverbio. Extraños por sus temas, extraños por sus estilos, extraños tal vez por sus rasgos biográficos.

¿Y quiénes son?. Vicente Azar, Augusto Lunel, Pedro Gori, Walter Curonisy, Juan Bullita, Guillermo Chirinos Cuneo, Patrick Rosas, Enriqueta Belevan, Oscar Aragón y Armando Arteaga.

Acepto que podrían ser más de 10 los incluidos en este trabajo. Por ahora. Y a guisa de invitación para los lectores, para que compartan la sorpresa y el privilegio, quedémonos con esta decena de poetas peruanos leyendo algunos de sus textos. De esto se trata finalmente.


Luis La Hoz 2007.





Luis La Hoz y Oscar Aragòn, poeta antologador y poeta antologado: en 10 Aves Raras de la Poesìa Peruana.



*Este libro “10 Aves Raras de la Poesía Peruana” se presentó el jueves (26-04-2007) a las 7:30 p.m. en la Casa Museo Ricardo Palma (Gral. Suárez 189- Miraflores). Editado por el Fondo Editorial Cultura Peruana que dirige el poeta Jorge Espinoza Sánchez. Diseño y diagramación: Jorge Luis Tasayco Altuna.

http://www.poesiabogota.org/l_lhoz.html

http://www.peru21.com.pe/P21Impreso/Html/2007-04-26/ImP2Cultura0713344.html

http://www.andina.com.pe/NoticiaDetalle.aspx?id=126618

abril 24, 2007

LA PRIMAVERA EXCERTA DE GUILLERMO CHIRINOS CUNEO/ ARMANDO ARTEAGA

LA PRIMAVERA EXCERTA DE GUILLERMO CHIRINOS CUNEO.


Por Armando Arteaga
I: INTROITO

Era otoño, neblina... Se fue en primavera excerta de imágenes el poeta Guillermo Chirinos Cuneo por esa calle absorta y sin limites del brumoso invierno limeño, veredas albeadas y escaleras abocetadas, un fondo azul marino: para adornar el tiempo, una gaviota triste, y un perro aullaba sobre el oleaje añoso del póstumo muelle, en ese septiembre del noventainueve, un abecé sonoro vuelve en música de albogue sobre las rocas.


Foto: Diario El Peruano. El poeta Guillermo Chirinos Cuneo.


II: MIRADA ANACREÓNTICA

No sé cómo es qué empecé a saber -a ciencia cierta- acerca de la vida taciturna de aquel muchacho de La Punta, varios años mayor que yo, que caminaba con la aparente pedantería de alguien que sufre de miodinia (muy de moda en el caminar para los vándalos adolescentes -de aquella época- que pululaban en los Portales de la Pza. Sn. Martín), y que también era un ser vernal, marginal, algo amadamado, y vislumbre de gran poeta: Guillermo Chirinos Cuneo. Muchacho que siempre andaba solo, azul, y triste.

Guillermo Chirinos Cuneo, o “Cuneo”, como le llamaban algunos, era parte de esa patotada limeña (¡La muchachada peruana avanza, se eleva y triunfa! era el slogan que usaba la señora Nelly Mendivil Castro desde su programa “La nueva ola peruana” desde la torre-cabina de Radio Miraflores), y que en ese último verano fabuloso de la década del sesenta, la pasamos oyentes: los badulaques -de entonces- escuchando en las radios de moda a Charles Brown, a John Lennon, y a Ringo Star. (¿Quién no llevaba ese verano un radio portátil en la mano como ahora un celular?). Era un muchacho raro, un ser muy especial, de tez blanca, nariz aguileña, ojos pardos, cejas pobladas, una frente muy amplía, y siempre bien peinado, bello y algo frusco: por su hábil manía de prosternarse a la incomunicación con las demás personas cercanas sino le interesaban los temas sobre lo que se conversaba, o al revés, se transformaba en un caso contrario, lleno de una hiperestesia existencial para plantear las cosas aparentemente más descabelladas, y de un semblante medio autista, que profetizaba cierto raro misterio, y que solía pasar con las manos metidas en los bolsillos de sus anchos pantalones azules y oscuros, en guayaberas blancas o cremas, listo para “espantar burgueses”, y muy elegante en un cansino caminar sobres sus mocasines marrones o guindas, que eran en él un recordado leid-motiv de su imagen. Llamaba mucho la atención su desafiante, pero tiernísima mirada, con la que saludaba a mi amiga Brunella. No sé exactamente, ¿Quiénes me lo presentaron, por primera vez?. No lo recuerdo: ¿O Tony Vásquez, o el flaco Podestá, o el viejo trosko Napuri?. ¿Imposible recordarlo ahora, o saberlo entonces, parece haber pasado tanto tiempo?. ¿O, vino una tarde cualquiera a sentarse a mi mesa del Versalles acompañando con su hermano Pepe “El Gordo” Chirinos?.

Me dijo que era poeta, hablo de Rimbaud y de Martín Adán (un viejo poeta del Perú, haciendo referencia a Ginsberg, esa tarde llevaba entre sus manos el N- 4 de la revista Haravec). Recuerdo –exactamente- este episodio porque en aquel verano de 1969, me ocurrieron varias cosas extraordinarias: ingresé a la universidad, empecé a fumarLucky Strike , y me le declaré a Brunella. Frecuenté mucho, ese verano, las calles de La Punta, y meditaba sobre el futuro de la vida, la felicidad, o la muerte total de las cosas, y conversaba sobre las bellas tardes crepusculares del Malecón Figueredo. Del resultado de esa experiencia juvenil, del abandono existencial y el ocio creativo, escribí aquel poema “Botes pescadores a la puesta de sol” (II) en mi libro “Terra Ígnea”. Leí mucho también, ese verano, descubrí a los crepusculares, a Marinetti, a los herméticos italianos: a Ungaretti, a Saba, a Pavese, a Móntale.

Brunella era una pecosa extraordinaria, ágil para nadar y sortear mil peripecias sobre los cantos rodados de la playa de Cantolao, de cabellos castaños, hija de esos emigrantes italianos que pululaban por las calles de Chucuito y La Punta. Tenía su padre una tiendecita casi al final de la Grau (una cuadra antes de llegar al Malecón Pardo), en un ambiente muy movido donde cualquiera podría degustar de un buen sándwich de jamón del país, de unas pastas divinas, o de unos inconfundibles helados de vainilla. Yo no iba tanto por el gusto de esas delicias que ofrecía Don Guiseppe Durbiano, el padre de Brunella, sino solo para mirar los ojos celestes de Brunella, esa madonna que me quitaba el sueño para siempre. Don Guiseppe, el padre de Brunella, era un italiano bonachón, y yo le caía bien, estaba segurísimo de eso, sino por andar fastidiando a su hija, hace rato que ya me hubiera metido bala. Fumaba tabaco en pipa, y siempre andaba con una boina azul marino de pintor, le entraba a la lectura, era un hombre muy culto, me buscaba la conversación, y hasta heredé de él las obras completas -en dos volúmenes- de la poesía de Leopardi, por supuesto en italiano, en una edición de 1900 (Opere di Giacomo Leopardi, edizione accresciuta, ordinata e corretta; secondo l´ultimo intendimento dell´autore da Antonio Raniere, Firenze, Felice Le Monnier, Editore).

Como Brunela me aceptó, y empezó a trabajar de aeromoza en Air France, la recogía o me acompañaba, o nos veíamos, algunas veces, o la esperaba, haciendo tiempo (para subir a los colectivos), o divagábamos en alguno de esos cafés de los portales de la Pza. Sn. Martín o de las Galerías Boza. Por esos recovecos de los portales de la Plaza Sn. Martín, muchas veces, aparecía Guillermo Chirinos Cuneo, siempre caminando hacia ninguna parte. Ya dije, solo, azul y triste. Se repetía, era siempre el mismo muchacho que llevaba cierta sonrisa irónica, una mueca de cierto disgusto por las cosas que le rodeaban, un gran aburrimiento, una desilusión muy especial fijada en esos ojos encendidos que le daban un brillo especial. Siempre se le veía en realidad inmutable: abrumado. Yo fastidiaba a Brunella diciéndole: “Creo que ese poeta también está enamorado de ti”. Brunella no decía nunca nada ante mis locas ocurrencias, musa hipnal, solo sonreía. Se veía que le tenía simpatía a Guillermo (¡Ojos de caballo loco!, exclamaba), tal vez por su impecable soledad, y no era para menos, y también porque se conocían del barrio, de un tiempo atrás, Brunella vivía unas casas más abajo del barrio actual de “Pepe” Chirinos Cuneo.

Una inesperada tarde. Brunella me presentó a Pepe (“El Gordo”) Chirinos, en la calle más loca de los limeños de entonces, en La Colmena. Al costado del estupendo Teatro Colón diseñado por Claudio Sahut. Otro muchacho de La Punta..., era el hermano menor del poeta Guillermo Chirinos Cuneo, muy parecido a él, allí estaba la cara, la pinta. Solo que más kantiano, aunque siempre callado. Pepe “El Gordo” Chirinos hizo una gran amistad conmigo, siempre estaba dispuesto para acompañarte a cualquier lugar, para realizar los acontecimientos más inesperados. A veces nos metíamos al cine, para matar las tardes, trotábamos al Le Paris para ver la última de Claude Lelouch, vimos todas las que llegaban de Lelouch: “Vivre pour vivre” y “Un Homme et une Femme”, o nos metíamos al Bijou donde nos soplamos -todas las tardes de un mes de octubre- un festival de cine soviético, y después vino el siguiente festival de cine yugoslavo, no nos perdimos ni el festival albanés, que fue recontra “gevy”, malazazazo..., disparatado y metálico.

Brunella murió en un accidente aéreo, y esa desgracia fue casi imposible de soportar. Fue mi peor “dolor” sartreano, el más excéntrico de aquella temporada, una herida narcisista que jamás se cerró. Fue un bautizo hebefrénico que me dejó la impronta de cierta identificación con lo marginal y la compulsión nosológica para estudiar la cognición de la realidad.




Foto: Armand. "Pepe" Chirinos Cuneo, hermano del poeta.

Y “Pepe” Chirinos, aunque callado, era divertido. La pasábamos muy bien. Nos sentábamos -horas de horas- para conversar en cualquier mesa del café Versalles, o en el Goyescas, o en el Viena, o en el Dominó. Salíamos a vagar por la ciudad de nuestras madrigueras que eran las conocidas mesas de estos cafés de los portales. Nos metíamos en aquella librería francesa del portal de la Pza. Sn. Martín (al costado del Versalles), a hojear, o a hurtar (o a “expropiar”, decía “Pepe” Chirinos, quién usaba el termino velasquista), o para agitar la adrenalina: birlar algún libro de poesía francesa, que allí los vendían muy baratos: Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire, Prosper Merimee, Gérard de Nerval, Bretón, Prévert, Jules Supervielle, Aragón, Maupassant, Soupault, Sartre, Camus, Eluard, todos estaban allí, le livre de poche.

Fue a través de “Pepe” Chirinos que llegue con más frecuencia a su hermano Guillermo. Siempre me traía alguna mala noticia. ¡Enfermó!. ¡Lo habían metido en la clínica San Martín, o en la San Isidro. Cada vez que empeoraba, era más difícil la comunicación con él. Pepe se quedaba callado y no hablaba más. Había que sacarle las palabras en horas de conversación sobre otros temas. ¡Está escribiendo!. ¡No recibe visitas!. Así era de lacónico el “Gordo” Pepe. Para no malograr nuestra relación de amigos, por elegancia, ya casi ni le preguntaba sobre la vida de Guillermo, que a todos nos preocupaba y nos atormentaba. Pero que ya nunca más pudo ser tema de nuestra cotidiana conversación. Solo cuando Pepe quería hablaba de Guillermo. Y así fue que aceptamos, con dolor extraño, nuestro compromiso fraterno, cuando indagábamos acerca de la salud del poeta Chirinos Cuneo.

Siempre fue difícil la comunicación con el poeta Guillermo Chirinos Cuneo. A pesar de esta distancia, siempre pude entenderme con él, a pesar de ese destino fronterizo y esquizofrénico que limitaba cualquier entendimiento normal, que siempre impedía o malograba la comprensión total. Que nos volvía a todos incomprensibles y alborotados. Pero Guillermo era un tipo brillante, controvertido, y veces se deprimía mucho. Por un buen tiempo no supe nada de él. Me enteré que la pasaba mal en la clínica de San Isidro, y que mantenía la costumbre de seguir escribiendo poemas, escribía mucho -Pepe recuerda; más de un millar de poemas-, que el doctor-psiquiatra que lo atendía no aceptaba visitas, salvo la visita de algunos familiares.

Fue un día casual y cualquiera. Conseguí su libro “Idiota del Apocalipsis” (que lo había editado la madre de Guillermo, la señora Aída Cuneo Navach , y quien asumía su omnipresente figura personal con un sello editor), que se exhibía discretamente en una de las vitrinas principales de la Librería Internacional que estaba en la primera cuadra del Jr. de la Unión, con una bellísima carátula presuntamente dibujada por Guillermo (según me a confesado recientemente Pepe, y que la familia guarda y conserva otras tres pinturas): unos caballos de buen trazo negro y pintados de rojo bermellón, que se desbordaban sobre un fondo blanco.



Caràtula del libro "Idiota del Apocalipsis" de Guillermo Chirinos Cuneo.

Los poemas de Guillermo Chirinos Cuneo eran extraordinarios, parecían las visiones de Rimbaud, venían de un poseso para la poesía, eran sus temporadas en un infierno, muy cerca de nuestro carácter limeño: llenos de imágenes fuertes, discordantes, invadidas de una belleza excepcional. El poeta Guillermo Chirinos Cuneo es uno de los más representativos poetas de la Generación del 60: al mismo nivel de Luis Hernández Camarero, Juan Ojeda, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza , Marco Martos y Mirko Lauer.

Guillermo Chirinos Cuneo nació el Callao (La Punta) 02-03-1946,  y  falleció el 30-10-1999, en el departamento de la calle Arrieta de La Punta (la casa materna) donde pasó sus últimos años.
Su familia conserva una foto en blanco y negro de Guillermo a los 20 años en la Pza. Sn. Martín con el poeta argentino Marcelo Pichon-Rivière.
Guillermo Chirinos Cuneo publicó en 1967 “Idiota del Apocalipsis”, una plaquette de ocho poemas: Poema rojo en la ciudad, Muñecos, Gatos nocturnos, Otoño, El sismo, El derrumbe, Cenicienta, e Idiota del Apocalipsis. . Pero escribió muchos libros durante recibía tratamiento psiquiátrico en la Clínica Sn. Isidro: “Infiernos y cielos” (1962), “Rojos y Nocturnos” (1964), “Celestes y oscuros” (1966), “Eneas XX” (1985) y “Guerrero del Arco Iris” (1990) (copia del libro que conservo y que me fue entregada por el mismo Guillermo Chirinos en una visita que le hiciéramos con José Marie Ricalde a su casa de San José, cuando este era bachiller, antes de su viaje a España, y en honor a que el poeta José Marie quería realizar su tesis universitaria sobre la poesía de Guillermo Chirinos Cuneo. Algunos poemas de Chirinos Cuneo se han publicado o vueltos a publicar en las revistas Piélago, Alpha, Auki y Hueso Humero, así como en la “Imagen de la literatura peruana actual” de Julio Ortega.

Estas son apenas, algunas de mis pobres imágenes excertas, llenas de recuerdos vanos, de aquel gran poeta peruano Guillermo Chirinos Cuneo, de la Generación del 60, y por èl tengo un sentimiento de renombrado aprecio.
*
POEMAS DE GUILLERMO CHIRINOS CUNEO

POEMA ROJO EN LA CIUDAD


En faro y mar y viento inacabables.
Mujer de sal y paja y viento cálido
De poseer tu trompa alada en el instante.
Ah, sería alto una sed... de apache insomne!

Mujer de arroz y paja y musgo suave,
en coral de luna ortiva y nebulosa,
en crepúsculo azul y pálido,
mujer de anís y olor de alondra...
Ah, sería alto morder tu rosa esfera!

Sed de arrancar la hierba boca entre tus piernas,
de poseer tu cuerpo en yeso y en pecado.
Oh piel roja de arcos tibios y en campanas!
Ah, sería alto un cáliz golfo entre las rosas!

Mujer de hastío y paja y cal y escama.
Ebria y sed terrena de candidez y virgen.
Pescadora de remos blancos en un bote violento.
Ah, sería alto morder el mundo en tu mundo!.

OTOÑO


En un amplio parque blanco de Lima.
Yo mordía la boca de las rosas moribundas.
Mientras un flaco perro corredor, tronaba
Mi humedad, mi roja humedad, palidecida.

Era otoño, neblina...
Y las ramas parecían hierros vidriosos
sobre blancos malecones derruidos.
Y las hojas en otoño parecían
viejas flacas de papel antiguo.
Era un pálido ahogado
en turbias aguas verdes, desteñidas.
Era otoño como una biblia floja
en rosados cartones zozobrantes.

Era otoño en Lima.
Y yo, moría...
Ebrio caía entre las rosas caídas de semen, podridas.
Mientras un ciego hermoso corriendo
daba gritos cincelados, neblina.
Otoño, su limosna.
Y desnudo un hollín aullaba entre las sombras.

Era otoño a las seis de la mañana.
Llovía.
Y las rosas moribundas hacia el grito,
pudriéndose mataban.
Era otoño en el alba. Las seis, abril.
Era otoño en la muerte.
Era Lima aterrida de otoño bajo azules vómitos de nieve-


EL SISMO

Oh cerebro nervio, espectro y aterrante,
vomitas rojos rudos y azules luciferes!
Oh carne de temblor cerebral...!
Oh araña de sol en las paredes del polen!
Grita un niño enfermo, pávido,
la bruja ebria de lotos venenosos viene.
(Trotante noche embolia sobre un pulpo de hojas azules).
Una luz de horror en las sombras de estío.
Espectro bohemio en el cisne, es la nieve nocturna,
rosa pálida en la luz.

Oh cerebro, oh cerebro inextricable
oh círculo de ondas rojas y truenos en la noche!
Alegría! Oh alegría del ogro musgo en el cielo!
Tractores. Lenguas sangrientas en cauces parlantes.
Alaridos de los gnomos nemorosos, ringleteantes.
Oh nudo de cables, Ferrocarriles, ferrocarriles...!
Oh alambres rojos y violentos en la cárcel zurda de los
cerebros aterridos! Tranvía deshilachado en metales blancos,
Pálido, loco, oh loco! Moho perverso, enclenque, derrumbado.
Un lirio enrojecido en los ojos.
Oh fierros torcidos y fornicadores con una rosa negra y erecta
en el vientre fiero!

Grita un niño enfermo y las telas de calor, vibran.
El cerebro estallado con sus ojos violeta,
contempla –erizo y tromba aúrea- el cráter de la luna negra.


(De “Idiotra del Apocalipsis”).


CAIRO


El lirio de los delirios a quien alimente de sol mis pesadillas.
En el ojo del pez, la suave herida.
Cairo,
amarillo como las pústulas del loco
te solazas con el veneno bíblico de la ciencia.
Buscad en el fondo casposo de los recuerdos;
ha llegado el pánico.

Sapiencias lejanas,
destartalado tiempo de lágrimas,
transferencias psicológicas.
La cábala,
El número exacto de mi proyección somática.

Moriré
para que mi alma no recuerde;
ante quien descubrir las cicatrices del miedo,
mis estáticas señales,
mi mente vieja de corazón virgen.

Moría una nube. Nacía una estrella.
Pausa. Podredumbre.
La noche hastiada sobre la muerte del destino.
Cairo, tu simiente de espuma,
tu faz de diurna asechanza,
todo tu ser de cristal
seduce mi curioso delirio.

Escribí versos hermosos.
En estado de arte, pinté mi máscara
Y sus ojos sin luz.

Moriré,
para que mi alma no recuerde.
Moriré,
para que mis recuerdos lloren la vacuidad.

Conozco el arquetipo del sueño.
Conozco que el príncipe de los delirios
redime mi suave muerte.
Conozco el amor de la leyenda.
Y las capacidades donde acaba la moral.

Iluso espejo o espejismo,
Cairo,
Herido hermano de la nieve
de las almendras de nata,
te requiero.

Viví en el futuro
Luego en el pasado.
¿De qué oquedales nacer,
si en este mundo se puede morir mil veces?.


(Inédito, de “Guerrero del Arco iris”)

NO ESTROPEAR LOS DOMINGOS/ NELSON CASTAÑEDA

NO ESTROPEAR LOS DOMINGOS
(cuento)

Por Nelson Castañeda


Nelson Castañeda en el cementerio de Highgate en Londres ante la tumba de Karl Marx, no empezaba ni siquiera su edad de piedra, ya habìa publicado en "Los nuevos nuevos" con Fernando Ampuero y Cèsar Vega Herrera.

Se conocieron en octubre del 73; el 8 de noviembre cumplieron un mes de verse, cada domingo, en la misma discoteca.

Ambos se hallaron respectivamente decepcionados: ella de los hombres, él de las mujeres; juntos, sin embargo, fueron haciendo un buen amor. En marzo del año siguiente arribaron al convencimiento de que habían nacido el uno para el otro; ella cumplió años y él vino con un regalo. Contemplándolo se pasaron casi toda la noche en silencio. El domingo próximo ella se desmayaba en cada beso y él hurgó su cuerpo con manos crecidas y desesperadas.

Un domingo, tres años después, ella le contó la animación que hubo en la boda de su hermana menor. Él la escuchaba como quien escucha llover, tomando apenas en cuenta el movimiento familiar de la boca, cierta inflexión y las patitas de gallo que tenía amontonadas en los ojos. Por otro lado, interiormente, sin asombro, seguía el ritmo de la música percibiendo el cambio de la moda, la ausencia de viejos discos. Recordó nombres y contorsiones y empezó a recrear un ritmo viejo con la punta de los pies.
-No me escuchas, se sorprendió ella.
-Si te escucho, dijo él y luego trató de cantarle al oído unas canciones de ayer. Ella se rió, de buena gana, a carcajadas. Se despidieron con un beso ligero y él se quedó un rato más en la discoteca buscando alguien que lo llevara a su pueblo.
-¿No me echas de menos el lunes –le preguntó ella un domingo-, el martes, los otros días de la semana?. El se quedó pensando que ella acaba de decir algo demasiado profundo. Habían pasado quince años. El no lo sabía y dijo: no lo sé. Y no dijo: “Ni siquiera se me había ocurrido pensarlo”.

Años después ya no bailaban; sólo se cubrían de atenciones como dos ancianos. Al ingresar a la discoteca él dejaba al guardarropa el bastón y el sombrero. El doctor les había recetado a ambos un zumo de frutas diferente, lo bebían como remedio sin cruzar una mirada, y ninguno osaba probar el de otro. A medio apagar la visión y la memoria se sentaban muy juntos sin incomodarse, ni sorprenderse y quedaban colgados de los asientos como las dos hojas últimas de cualquier árbol en el otoño. Un domingo él no apareció y ella se sintió demasiado vieja para ir en busca del cadáver.
Recital de Poesìa de los 70. De izquierda a derecha: Nelson Castañeda, Juan Carlos Làzaro, Enrique Sànchez Hernani, Armando Arteaga y Guillermo Falconi, tiempos inèditos.
GUADIX-ESPAÑA 1977.

Nelson Casteneda: www.xanga.com/neptuno

abril 18, 2007

LA NOVELA Y EL CINE EN UN ENSAYO DE ZEIN ZORRILLA/ ARMANDO ARTEAGA

LA NOVELA Y EL CINE EN UN ENSAYO DE ZEIN ZORRILLA


Por Armando Arteaga




Polèmico ensayo sobre la novela actual.


El fantasma de la muerte de la novela recorre casi siempre desde la apertura hasta el final las páginas del libro-ensayo: “Hija de Bergman y Kurosawa, nieta de Balzac: La Novela en el Siglo XXI” de Zein Zorrilla. El “ensayo” de Zein Zorrilla acerca de este aparente auge-agonía de la novela del siglo XXI se sustenta en los aportes sobre la experiencia en la “técnica narrativa”, disentida por E.M. Foster, y por las observaciones del arte de narrar de Phyllis Bentley.

Aunque los argumentos personales de Zein Zorrilla son acertadamente inteligentes y polémicos, es una propuesta muy arriesgada. Se puede discrepar con esta exposición rotunda acerca del destino de la novela y de los novelistas, pero estamos ante razonamientos bastante sinceros. Suceso feliz, además, que nos demuestra el discursivo “background” del oficio convincente de nuestro narrador. Es alentador ver en el “ring” al narrador debatiendo con pasión desarrollada las diversas teorías explicadas sobre la novela a través de la historia.

Recuerdo que para “épater les bourgeois”, el poeta chileno Jorge Tellier solía repetir aquella famosa frase: “la novela es la poesía de los tontos”, que no es más que una pose “modernista”, para denostrar un rango menor de la ficción sobre la poesía (que aquí puede prestarse a confusiones al significar diferente: poética, poema, arte poética, o simplemente poesía). Lo mismo para la novela (el significado es muy difuso: ficción, narrativa, nouvelle, racconto, sotic, roman, relato, o cuento).

En los años setenta, en una entrevista de un semanario argentino a Ernesto Sabato, un periodista le pregunta: ¿Y ahora qué está escribiendo Sabato?. El autor de “El túnel” le responde de manera lacónica: “Buscando escenarios para mi nueva novela”. Como un director de cine Sabato buscaba escenarios. Hay que demostrar también aquí que una novela es literatura (realizada con palabras, frases, etcétera), y que el cine es en esencia otra cosa (realizado con imágenes, sonidos, etcétera).

Lo interesante de este “ensayo” de Zein Zorrilla es que empieza con el problema de “La Ficción”, que ya sabemos de por sí, este tema no es privilegio solo de la novela como cree Robert Liddell o como parece creer Percy Lubbock, sino que hace rato esta prerrogativa está dada también a otras manifestaciones culturales y otros géneros literarios: la arquitectura fantástica, la ciencia- ficción, el ensayo, el poema, el teatro, etcétera.

Tomando de los aportes de la “poética” de Aristóteles, de su aplicación en la narrativa (normativa extraída de la dramaturgia) como necesidad indispensable para apuntalar un suceso contado, ya habó en los setenta: Gerhard Zwerenz en su “Aristotelische und Brechtesche Dramatik”: de la yuxtaposición de la mimesis para emprender una unidad de la acción discursiva, aunque la separación de géneros y estilos, es ahora algo relativo. Brecht es el dramaturgo más aristotélico de la modernidad con su famoso “distanciamiento”. La novela como expresión de la burguesía es otro tema que también lo puso en debate Gyorgy Lukács en su “Théorie du Roman”, en “Der Historische Roman”, y en “Significación actual del realismo crítico”.

¿Son tiempos de la burguesía, y florecerá la novela?. Era la regla de oro. La crisis de la novela fue porque faltó “ilusión escénica” y una actitud crítica para enjuiciar la realidad social. Hay algo que sí me parece exagerado en las propuestas de los críticos anglo-sajones que cita Zein Zorrilla, echarle la culpa de las penas de la novela a Baudelaire, a Mallarme (a los poetas del “modernismo”). Esto es “pura ficción”. No veo por dónde, al contrario, las objeciones de Malcolm Bradbury y James McFarlane me parecen simplistas y conservadoras. El mismo Zein Zorrilla nos hace saber mirando la evolución histórica de la novela que la propuesta “modernista” se ha enriquecido y multiplicado, por el aporte de novelistas como: Joyce, Faulkner, Kundera, y Tanizaki.

La muerte de la novela ha tenido varias posiciones eclécticas desde el realismo crítico social de Paolo Chiarini, Lucien Goldmann, Alain Robbe-Grillet, hasta el exagerado Roland Barthes. Pero esa situación de “emboscada” ha sido una actitud de la crítica que los novelistas nunca han creído en estas hipótesis tremendistas, por ser una remota pedantería de quienes no comprenden el proceso creativo de la novela. Han visto solo el proceso social y el análisis del texto literario, y la novela es algo más que eso.

Foto: Armand. En la Foto: Zein Zorrilla, uno de los màs destacados narradores de la Generaciòn del 70.
Otro aporte, muy especial de Zein Zorrilla, es hacer entender que el cine es otro espacio para “lo narrativo”. Aquí hay mucho que interpretar (...mejor, conversar). No es privilegio de narrar o describir, asunto solo de la novela, también el poema, la obra teatral y el cine lo hacen. Aunque más cerca de Griffith, y al costado de Eisenstein, el “septimo arte” evolucionó. Nos hemos olvidado que fue Pudovkin él que verdaderamente inventó el montaje, y que fue el soporte de la influencia de la novela realista rusa y el constructivismo ruso quienes le dieron brillo especifico, los pilares que le instalaron la apertura hacia un nuevo lenguaje narrativo para el cine: “el empleo del primer plano, que es un sinécdoque reconstruyendo el todo con la sola representación de la parte”. Pudovkin inventó “lo narrativo” en el cine. El neo-realismo italiano tomó este aporte de Pudovkin, usado más tarde por Rosellini, De Sica, y Pasolini. Nos preguntamos: ¿Qué es más, en “El Extranjero”, la novela de Camus o el filme de Visconti?. ¿Qué es más, en “Muerte en Venecia”, la novela de Mann o el filme de Visconti?. ¿Qué es más, en “Blow-up”, el cuento “Las babas del diablo” de Cortazar o el filme de Antonioni?. Difícil de saberlo. Sobre todo porque Visconti es el director de cine que estaba más entrampado con la novela. Y Antonioni estudiaba la incomunicación y la alineación del individuo dentro de este esplendor de la burguesía.

Para nuestro caso, pocos han sido los estudios sobre la naturaleza de la novela. Luis Alberto Sánchez se preocupó de cierto rumbo de la novela cuando habló de “América, una novela sin novelistas”. Más tarde, Carlos Fuentes abrió el telón con su estudio sobre “La novela hispanoamericana”. Y a su manera –periodística- también, Mario Castro Arenas con su estudio “La Novela Peruana y La Evolución Social” se aproximó a estudiar el problema de la novela en nuestro proceso social. Es aquí valioso y fecundo el aporte de Zein Zorrilla en este contexto sobre este tema: el arte de la novela. Entendido desde la perspectiva de la creatividad, casi como un manual para un “taller de novela”, tal vez para iniciados, puede ser un “baedecker” para curiosos: lontanos y profanos, para sagrados y consagrados. Igual, para la investigación de este proceso histórico de la novela y la técnica de realizar “ficciones”. Es un “ensayo” para meditar sobre el destino de la novela y los novelistas.

Uno viaja por este libro-ensayo ““Hija de Bergman y Kurosawa, nieta de Balzac: La Novela en el Siglo XXI” de Zein Zorrilla*, siguiendo las apreciaciones de un narrador que va inquietándonos con sus puntos de vista, sus gustos, y sus preocupaciones, acerca del porvenir de la novela. Y aunque yo soy un creyente de que la novela está en un franco proceso de desequilibro por la falta de lectores. La gente lee menos, a pesar que compra más novelas. Empiezan las primeras páginas y las dejan, si no son buenas. La falta de tiempo también conspira contra la novela. No les creo a los que dicen que leen una novela en dos días de un solo porrazo, eso es tragar, no digerir. El stress urbano también conspira contra la novela. El cine (la imagen) puede más con la pereza mental de la gente. El cine ha ayudado a matar el instintivo acercamiento de nuevos lectores para la novela, el internet: ha puesto el tiro de gracia sobre la cabeza de la novela.

Estoy de acuerdo con Zein Zorrilla que este genero literario debe superar este impase de falta de lectores, que tampoco otros géneros como la poesía y el teatro pueden vanagloriarse que los tienen. Los editores de novelas están malversando el crédito de la novela imponiéndonos un “marketing” casi salvaje, quieren vender novelas como zapatos. Por lo que se hace necesario un cambio de actitud. Ese aporte solo vendrá de los novelista, cuando estos escriban solo para anunciar la belleza de las cosas.

El esfuerzo de Zein Zorilla por darle a la experiencia de escribir novelas el sentido vital de una existencia más cómoda, es algo que compartimos. Una novela no se te puede caer de las manos. Para que no suceda el olvido de la novela, hay que seguir buscando la fuerza proteica de los novelistas, aceptar la ficción escrita muchas veces superada por la realidad concreta, y otras formas de conocimiento: su técnica. Para que siga existiendo una gran expectativa por el auge (nunca la agonía) de la novela y de su increíble belleza.




*La edición del libro-ensayo ““Hija de Bergman y Kurosawa, nieta de Balzac: La Novela en el Siglo XXI” de Zein Zorrilla, realizada por Esteban Quiroz ha sido de primera.

abril 09, 2007

LA CASA DE UÑINGAMBAL/ ARMANDO ARTEAGA

LA CASA DE UÑINGAMBAL
(Ficción)

Armando Arteaga



La casa donde vivíamos mis dos hermanas y yo, allá en la infancia, allá en alguna parte de la serranía de La Libertad, es lo que algunos llaman ahora “una casona antigua” de Uñingambal. Era una casa grande de señores adobones que le daban nobleza a la construcción, tenía una –seudo- reja de ingreso, pues a esa casa uno podía meterse por cualquiera de las varias puertas de ingreso que tenía.

Al abuelo Manuel le gustaba la casa así, aunque a la nona Juana no le gustaba nada que todo sea a campo abierto, “se pueden rodar los niños por tantas pendientes” le repetía siempre la dichosa matrona al patriarca de la casa que nos proporcionaba cada mañana los increíbles desayunos de pan, leche y queso, aunque a mí siempre me gustaba el bistec en el desayuno con un huevo frito que hurtaba la abuela del cuarto de las gallinas, “es el último que acaban de poner, son de oro, para mi Armandito” repetía, y porque habiendo tantas vacas en este sitio, mi hermana Aída piensa que es “mucho comer tan temprano”, pero yo no le hago caso a nadie.

Y por eso, es que, estoy atento y tengo que descubrir de donde vienen esos ruidos y esos extraños sonidos que produce la casa y que vienen desde siempre, no paran casi nunca. Le hago más caso por eso a mi otra hermana Alicia que dice haber visto “ratones voladores”.

La casa está llena de sonidos, algunos son bellos, armónicos y melodiosos, otros son estrepitosos, bullangueros y chillones. Un día empieza -normalmente- con el primer ruido que viene por la carretera, viene de Lima, parecen los ómnibuses -dice Aída-, a lo mejor ya vienen en estos por allí, mi papi y mi mami, ¿qué traerán ahora?. Hay otros ruidos que amenazan y vienen de la otra parte baja, del lado del río.

-No, los ratones no vuelan, no seas tontita, le dice mi hermana Aída a mi otra hermana Alicia. Si vuelan, yo los he visto, son mis caseritos oyentes -explica Alicia-, les gusta mucho escuchar música, a los que les encanta el queso y los jamones, roen por la tierra muy limosos, van con Bach, y a los que vuelan y se van por el cielo oscuro de la noche, se ve en el brillo de sus ojos, les gusta mucho lo suave, van con Liszt.

Son como aquellos ratones que comen el maíz de la “marka”, pero estos tiene alas, Ya veremos, lo tengo que averiguar. Ya sé, dice Alicia, yo sé como atraerlos, les gusta mucho cuando toco el violín, se quedan como zoncitos escuchándome. Aunque sé también que los grandes hablan por hablar, la verdad es que, dudo de todo eso. A mí lo que me intriga son los ruidos raros, los de las ondas hertz y las electromagnéticas, y hasta los telegramas que van por los cables del telégrafo.

Hay uno que se parece al sonido del agua que cae por la catarata de la casa, pero pronto aparece un pájaro llorón y raro, y lo malogra todo, se confunde todo, o es pájaro, o es el agua de la casa que cae de la catarata, que no es lo mismo, y me quedo mirando la inmensidad de las ramas de los árboles y no encuentro nada. Otro parece el viento, es un duende que silba... -como dicen en Piura-, pero aquí, no hay duendes -dice mi abuelita Juana Paredes -, ..más bien hay pishtacos, esos que te cortan la cabeza... ¿Cómo será todo esto?. Ya me estoy confundiendo con tanto sonido... Aunque esto, de todas maneras, no es como el rockanroll, pura bulla, dice el abuelito Manuel, y vaya uno a saber.


Ya sé de dónde vienen los ruidos –dice mi hermana Aída, linterna en mano- acompañada por mi hermana Alicia que está mañana viene en botas y trae su violín en la mano, lista para dar otro concierto está mañana. Así que a mi no me queda más que seguirlas por el mirífico mundo de la verdad silvestre de esta vida tan sonámbula, hoy veremos si de verdad existen los grandes ruidos, los locos y sinfónicos sonidos.

Primero bajamos por esa ruta llena de piedras encustradas en la tierra, nos encontramos con las vacas y los toros, los caballos y los burros, las gallinas y los gallos, los patos y los puercos, ese ruido es de los “cuyes” cuando comen alfalfa, son muy atentos, pues no seas “caídito del palto”, no ves que ese sonido viene del cuarto de los cuyes, que bulla hacen estos bandidos, asustan a este pobre conejito blanco que se ha quedado temblando con sus orejitas paradas, no te das cuenta, pasamos por el cuarto de los quesos, las salchichas, los botellones de cañazo para los señores que vienen a trabajar en la chacra, los toneles donde se guarda el vino para Don Manuel Arteaga , los cilindros de madera para los granos: trigo, cebada, habas, arberjas, lentejas, garbanzos, qué manera de jugar a las escondidas tirándonos garbanzos por las cabezas y qué alegría para las palomas y los loros que se daban sus banquetes con los lentejas y las arberjas que arrojábamos por el patio, y hasta en el cuarto de la planta eléctrica con una solo foquito de 50 voltios prendido donde siempre roncaba el motor, era algo tétrico.

Pero falta este cuarto, que siempre está cerrado, dice mi hermana Aída, ahora lo vamos abrir, puras herramientas viejas dormitan en este cuarto: picos, lampas, Selecciones Reader's Digest, revistas viejas con fotos en blanco y negro llenas de las noticias melancólicas del mundo infernal, y que se aburren aquí donde también dormita el tractor. Hasta que mi hermana Alicia empieza su concierto de violín sobre el tejado, y mi hermana Aída me toma de brazo y haciendo un haz de luz de su linterna hacia la viga superior del maderamen del cuarto del tractor y descubre a los causantes de tanto ruido silencioso en las noches serranas en Uñingambal.

-Ves, tontito, -dice-, son murciélagos. Y los “ratones voladores”, permanecen inciertos, inválidos, temblando de miedo o de frío, no lo sé, colgados siempre con sus uñas fuertes del techo áspero de madera, cegados por la pericia científica de mi pequeña hermana que les inyecta más luz en los ojos, a estos “ratones voladores” para que de una vez se mueran.



Cuando en esto, llega apurado el abuelo Manuel, salgan muchachitos, con una cuadrilla de hombres siniestros con unas disparatados uniformes de cosmonautas, seres lunares o marcianos extravagantes, que van a fumigar este lugar, en dónde ya no se puede vivir, con estas criaturas que friegan toda el día y toda la noche, dice el más experto del grupo de los hombres del Spunik.... Afuera muchachitos, empiezan a exterminarlos, con una chorro de leche mortífera, DDT. se llama esta nueva arma letal contra los murciélagos, dice Aída, son armas químicas de la segunda guerra mundial, nos ha dicho la profesora en el colegio.

A partir de esa extinción de los “ratones voladores” nos hemos quedado nuevamente solos en la casa de Uñingambal con el geométrico sonido del violín de Alicia, y de vez en cuando el canto llorón de un pájarro raro, o del agua fuerte que viene desde la cascada.

Ya me estoy aburriendo de nuevo en esta casa vieja, que el abuelo le dice a la nona, ahora andan mejor los muchachitos, los hemos salvados, vacas y caballos, me voy a dedicar mejor a contar las estrellas de la noche, para olvidarme de los sonidos raros que un día quise descubrir -prematuramente- en la casa de Uñingambal.

(Inédito, del libro “Los pobres diablos”)