junio 02, 2006

EN "EL DINTEL TRAGICO" DE MARIO NEGRO ZEDOG/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACION A LA LITERATURA PIURANA

EN “EL DINTEL TRAGICO” DE MARIO NEGRO ZEDOG
Por Armando Arteaga 


FOTO: Revista Epoca.

Desde que era “churre” me emocionaron los poemas de Mario Negro Zedog, estos tenían un aroma diferente a las demás cosas que pude leer en la infancia. Lo recuerdo por esa singularidad. Siempre que vuelvo a leer los “simbólicos “ versos del poeta de Catacaos, no puedo dejar de remitirme –de la misma manera- a los primeros impulsos poéticos del uruguayo Julio Herrera y Reissing, que tenían esa pasión y ese desarraigo intelectual de confrontación con respecto al ambiente pueblerino de su “arcilla fosfórica y sonámbula, errante sobre un empedrado de trivialismo de provincia...”.

Los poemas de Mario Negro Zedog están llenos de una “desolación absurda” que nos van convenciendo que algo malo está pasando, que hay un deterioro en el mundo interior del poeta, pero que este permanece ileso en su propio lenguaje. Son imágenes “in illo témpore” e inimaginables acciones -soñadas y vividas- para “epater le bourgeois”...

Mario Negro Zedog es en realidad el seudónimo de Mario Mendoza Carrera, un hombre que se dedicaba a diversas actividades comerciales. Contador de profesión. Nació en Catacaos el 9 de marzo de 1901 y falleció en 1969. Autodidacta confeso, artista creativo, inconforme, y ciudadano de la República de las Letras. Publicó dos libros de poemas: “Camino hacia la luz” (1956) y “Sonetario” (1965) (1). Nunca abandonó su militancia y su compromiso con la poesía, a pesar que tuvo “razones y sinrazones” que pudieron abrumar su propia vocación literaria.

José H. Estrada Morales -al describir una carta del poeta a su hermano Alfredo Ramos Cabrera fechada el 15 de junio de 1947- realiza un perfil del poeta que siempre debe tenerse en cuenta para indagar con mayor responsablidad sobre su obra poética:

“Fueron sus padres: Víctor Mendoza Morales y Laura Carrera Morales. No obstante ser hijo natural tuvo una infancia feliz gracias a los esfuerzos y desvelos de su madre, católica y hacendosa. Amó el estudio desde niño y guarda los mejores recuerdos de su maestro primario, Roberto Viera que le enseñó las primeras letras, así como de educadores como Cesar Padro Castro, David Calle y Agustín Blanco Azcona, “ante cuyo recuerdo me postro agradecido...” Restituido al seno paterno viajó al campo, a la hacienda Palo Parao, donde durante veinte años se confundió con la naturaleza, avivó sus sentimientos y abrió su alma a los problemas de las gentes desposeídas. Vivió en la abundancia y se identificó desde entonces con las gentes de pobre condición, con los hombres menos afortunados que sufrían miseria e ignorancia y eran escarnio de los poderosos. Los conocimientos adquiridos en las aulas san miguelinas fueron enriqueciéndose con las nuevas lecturas, con el acercamiento a novelas de carácter social, especialmente rusas, y a las fuentes bibliográficas de las nuevas doctrinas que agitaban el mundo. De entonces datan sus primeros versos: como todo adolescente, primero a la estrella de sus sueños, y después a los amigos y a los maestros. Sus iniciales raíces poéticas tienen sabor de sentimiento de amor a la vida y a la esperanza. Maduro ya se dedicó, para defenderse de la vida, a la contabilidad y a los números. Fue empleado de diversas casas comerciales. Pero así jamás abandonó la creación literaria. Fue un hombre institucional y de tertulias”. (2)

Mario Negro Zedog nace al empezar el siglo XX –época de grandes tensiones y desconcertantes acontecimientos sociales y políticos-. Más tarde, este siglo, apretujado por el positivismo, el anarquismo, el socialismo y el fascismo, estalló en grandes revoluciones políticas, sociales y culturales. Luego vino, la deslumbrante actitud y la beligerante nueva visión, de los individuos, para enfrentar la convulsionada realidad que los volvía a convocar y a trastocar como protagonistas sociales, invitados por cierta apertura del expansivo capitalismo: el impulso del abstencionismo burgués, el consumismo y el desarrollo urbano, que empiezan a manifestarse en la efervescencia de las masas migrantes que abandonaran el campo empobrecido, y que terminaron por conglomerarse en “ghettos” marginales en las periferias de las nuevas ciudades.

Por estas circunstancias -generacionales- le tocó vivir –a nuestro poeta- en un mundo convulsionado por los acontecimientos más importantes que registra la historia contemporánea, en el plano internacional: la Primera Guerra Mundial de 1914, la Revolución Bolchevique de 1917, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, y en lo nacional: el Apra de 1932, la propuesta de “El antimperialismo y el Apra” por Víctor Raúl Haya de la Torre, y el viraje màs tarde a la derecha en “30 años de Aprismo” del mismo Haya; la publicación de la “Escena Contemporánea” y de los “Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana” de J..C. Mariategúi, “Amauta” y la fundación del Partido Socialista, y más tarde la conversión en el Partido Comunista; el llamado de atención de los europeizantes-académicos-novecientistas-arielistas-futuristas de “Contemporáneos” y el surguimiento de los escritores emergentes de “Colonida”, el reconocimiento internacional de la obra poética de Cesar Vallejo por “Trilce”, el Grupo Norte y la nueva mirada del vanguardismo literario latinoamericano: Huidobro, Borges, Paz, Lezama; la lucha por la jornada de las 8 horas de trabajo y la división del movimiento sindical-obrero, la adhesión masiva de los trabajadores petroleros talareños a la propuesta socialista de Luciano Castillo y el desafío del movimiento de campesianos y yanaconas piuranos con Sinforoso Benites Algalobos.

Y aún, en la aureola regional y norteña, en la agreste Piura, estaba -fresco y traumático- el recuerdo del despertar de ese impulso por la renovación social y cultural de la nueva democracia peruana que había desarrollado el parlamentarismo y la jurisprudencia del piurano Luis Antonio Eguiguren Escudero, siendo alcalde de Lima en 1930 y Presidente del Congreso Constituyente en 1931. Llegó, nuevamente, más tarde ese reflejó del impulso provinciano: Eguiguren ganó las elecciones para Presidente de la República que fueron anuladas en 1936. Le tocó vivir a Mario Negro Zedog desde su juventud, un país de muchas frustraciones y de “la promesa -incierta- de la vida peruana”.

Esta actitud de soslayo por la realidad, casi predestinado de “poeta puro”, salvó la imagen de Mario Negro Zedog, que de no ser así, ya hubiera sido catalogado en el “tacho de la basura” de la historia de la literatura peruana como un “poeta social”, mal visto y olvidado. Una posición –estrictamente- neutral en política y una militancia –desmedida- en poesía salvaron su largo y silencioso itinerario. Caso raro, pues, a decir verdad, fue un hombre de izquierda. Ni radical, ni conservador. Viviendo en su jardín de flores, vivió completamente para la poesía.

Carlos Robles Rázuri en su “Breve Antología de Poetas Piuranos” (3) recoge el Tríptico: “Verdad”, “Libertad”, y “Eternidad”, donde destaca ya cierto escepticismo: “La verdad en la tierra es cosa grave; la miseria del hombre la confirma”. De estos poemas, refiere Robles Rázuri que: “se advierte la preocupación que siente el vate por los problemas sociales, el dolor y la amargura que le causan las injusticias y los abusos”.

En la antología “Poetas Piuranos Contemporanes” de Federico Varillas C. (4), aparecen nuevamente allí poemas de Mario Negro Zedog, en su “Tríptico de Primavera”: “La Flor”, “El Trino”, y “El Amor”; donde destacan además los poemas “En el dintel trágico”, “El arriero” y “Siempre viva”, que son casi los únicos poemas que conoce el público y el lector profano de la obra del poeta cataquense. Los poetas de su entorno literario de entonces y los posteriores de la región Piura, mal llamados “poetas sociales”, han minimizado el “sencillismo” de este lenguaje, no han sabido valorar el aporte “poético” de Mario Negro Zedog perteneciente a este proceso discursivo de la poesía piurana.

Resulta sorprendente el hecho de que en la obra de Mario Negro Zedog, pese a su respectivo carácter autobiográfico, no se tenga en cuenta el escenario político que le tocó vivir y padecer. No solo con respecto a su militancia absoluta en la poesía de cierta prescripción política independiente, resulta increíblemente e interesante esta posición en un hombre que debió desarrollarse en un medio cuasi arribista en donde no debieron faltar presiones coyunturales, por parte del protagonismo social del momento político; y de aquel afán cuasi oportunista de sus contemporáneos por la demode literaria que les imponía poner los ojos de atención en un Maiakovski, o en un Esenin, o en un Neruda o en un Guillen. Como se puede entrever, el prestigio social ganado por la posición política partidaria y el “contenido social” de la obra de otros poetas que asumieron (para bien o para mal) una militancia en el Apra (Luis Carnero Checa) o en la línea del Partido Socialista (Emilio Saldarriaga), siempre fue una piedra en el zapato; cosa que no es un denuesto, ni hace esto a cualquiera más poeta que a otro, sino que son los casos más públicos y reconocidos, y que en Piura, eran fuertes ambas posiciones: radicales y comprensibles, pero desastrosas para el porvenir de la poesía.

En cambio, una posición libre, de no adhesión a una ideología imperante o de recusar a cualquier facción partidaria, resulta sorprendente, hasta extravagante, pero a la luz del tiempo, los días son siempre iguales, lo único que importaba era el compromiso con la poesía. Tremenda madurez, resulta una actitud de impenitencia. Fue esta poesía de Mario Negro Zedog una reacción normal contra el estridente escaparate del modernismo, un rechazo natural contra cierto vanguardismo insulso. Esta poesía, de aparente simplicidad expresiva y temática, tiene un solo nombre: el “sencillismo”. Poesía realista, casi como en el neorrealismo italiano, en lo cinematográfico, que escribía sobre la realidad sosegada y directa, descriptiva, íntima y cotidiana.

Pero, mi exposición -de rescate- acerca de la poesía de Mario Negro Zedog, tiene una actitud de polémica, un sentido de volver a llamar la atención sobre su obra, que la considero valiosa; reconsideración –tal vez- tardía, pero valida, su voz trae el equivalente del “sencillismo” argentino de Fernández Moreno, voz de aparente demora, pero que no significa silencio absoluto, y menos pobreza literaria. La voz de Mario Negro Zedog (donde no existen marcos de referencias para comparar su aporte literario) trae un hálito de visión científica y de opción racionalista dentro de la poesía piurana, que ya empezaba a empalagar con su retórica modernista.

Y, hago esta comparación, nuevamente, con la expectativa de revalorizar su aporte poético que se da con otros ejemplos –similarmente- en el proceso diverso de la poesía latinoamericana, donde tiene un equivalente muy parecido, tal vez por influencia de este, en Julio Herrera Reissing. Tiene este poeta uruguayo en sus “Eglogónimas” (5) una enorme semejanza con el piurano Mario Negro Zedog. En su poema “Claroscuro” y “Dintel de la vida” donde también Herrera Reissing –mucho más antes- retuerce el cuello al cisne del modernismo y se aproxima a la nueva estética del simbolismo, para llenar a la poesía de mucha expresión vivida:

“¡Ah, dicha analfabeta, sin resabios ni hieles!”

Aunque el poeta Mario Negro Zedog es más directo, menos barroco: claroscuro –ha observado Estrada Morales-, para enfrentar por contraste a la desvanecida muerte como parte final del viaje por la vida:

“Y sólo ya transpuesto ese dintel finito,
reposará en mi sueño, mi sueño de infinito”.

Pareciera, siempre, que la poesía de Mario Negro Zedog nos estuviera oportunamente resaltando mejor la parquedad de su lenguaje, que la otra poesía exuberante de los llamados “poetas sociales”, tan aparente y glorificada por la situación de la mediocre actitud que actuaba y escribía “por consigna” en ese momento.
Mario Negro Zedog escribió poco, pero de lo poco: bueno. Ante el cadáver aburrido de lo romántico, vino a darle la mano en su poesía: algo de la gracia gramatical y del nuevo movimiento literario, el simbolismo.

En Piura, el simbolismo, fue visto como algo casi extraño, con desdén y muy huraño. Se le llamó despectivamente: el parnaso tropical (si los maestros eran locos, los alumnos eran idiotas). No prosperó. Pero el simbolismo traía la superstición de que la vida se desvanecía, y vino la muerte a darle un rol más protagonico a la vida. Si hay pueblo supersticioso, ese es el piurano. Si hay pueblo donde se puede aguantar el hambre pero no el chisme, ese es el piurano. La ciencia avanza, la vida universal se vuelve foco de proyección cultural donde la muerte del individuo recobra protagonismo. La mansión cerrada de la poesía romántica abrió sus puertas pesadas para que entre la nueva poesía que llegaba atribuida de múltiples metáforas difíciles y con un afán diferente por simbolizar las cosas.

Si el simbolismo de Mario Negro Zedog, por momentos. parece decadente, lo salvan sus arrebatos líricos de contenido ético y social, una tendencia anarquista ocupa siempre sus torturantes metáforas y su preciosismo verbal. Mario Negro Zedog escribe muy bien, trae un aporte más matemático al lenguaje: la liberación moral del individuo. El positivismo entró –desde luego- en la poesía de Mario Negro Zedog:

“Hoja será del árbol del viento sacudida
tal como este sino de mi agitada vida!”

Nunca rebaja el discreto sentido lírico de sus palabras en el poema, ni el pesar existencial del poeta que es muy lucido y terrenal cuando nos explica:

“la vida es un constante dignificar humano...”

No hay ningún prurito –estridente- al tocar el tema social. Este contenido –suasorio- se observa muy bien en su poema “El arriero”, donde confronta allí un mensaje de gran fraternidad humana:

“Y el arriero en tráfico de vida
con eslabones de jornada diaria
encadena pueblos.
¡Alabaremos en él, al trabajo que redime!.”

Aunque siempre es un poeta desencantado, romántico, simbolista, mallarmeano y baudeleriano. Se da tiempo para filosofar -como Verlaine- sobre “El amor”:

“Y en medio de este oasis de enervada calma,
la mariposa, el ave, el ramaje, la flor
han oído el arpegio del himno del amor!.”

Mario Negro Zedog es un tímido afrancesado, su poesía puede estar ubicada en cualquier parte del mundo, pero también está soslayada en Piura, criolla y churriguresca.

El simbolismo se ocupó de temas algunos subyacentes al romanticismo desgastado, y buscó nuevas asociaciones y sensaciones (6). Propuso una nueva estética más allá de lo racional y de los valores tradicionales, abriendo espacio para el surrealismo: el camino inquietante de la exploración del cuerpo humano, la mente, el sueño y la memoria. Poesía de lo absoluto, que rechazaba el dictado del pensamiento y de la inspiración, suponía una relaboración del poema que quedaba limitado por la ambigüedad y la interpretación “abierta” de lo expontaneo. El significado inteligible quedó exterminado en ventaja de la “armonía” de las nuevas palabras que deben surgir a través de sus propias sonoridades.

El poeta deja la iniciativa del significante al nuevo léxico y le abre paso a una interpretación ilimitada, multiplicada, hiperbólica. Desfilaron por esta escuela: Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Isidore Ducasse (Lautrémont), Stéphane Mallarmé, Jules Laforgue, Albert Samain, Saint-Pol Roux, Emile Verhaeren y Francis Viele-Griffin. Muy cerca –y por la autopista- de las bondades de esta poesía simbolista y extraña, de estilo tenso y lleno de imágenes insólitas, no apta para iniciados y profanos, viajó provincianamente -sin rumbo y sin proponérselo- la poesía de Mario Negro Zedog.

Siguiendo las teorías de Paul Verlaine, Mario Negro Zedog realizó la “mise in page” de una nueva estética poética. La puesta en práctica del impulso, de la sensibilidad, y de la sonoridad de la nueva palabra exacta y sincera para una semántica diferente, y para otra significación del texto. Repulsión a la poesía brillante, heroica, incendiada de rimas difíciles, “esas joyas de pacotilla que saturaban el poema”. Su trabajo se volvió artesano, cantó a la vida con un verso directo y sencillo. Desarrolló un lenguaje moral (nunca moralista), con visión social y metafísica del hombre contemporáneo. Rechazó –como Stéphane Mallarmé- la secuencia lógica del pensamiento y el influjo de la inspiración, dejando abierta la interpretación del texto y circunscrito a la proyección de la ambigüedad, y de lo hiperbólico.

Tenía cierto desprecio por la crítica, y no le faltaba razón para esta actitud. La crítica literaria de su tiempo fue muy mala y flexible a cierta mediocridad local. La poesía de Mario Negro Zedog es hasta cierto punto: conmovedora, simbólica, directa, sencilla, filosófica, y por momentos expresionista. Es uno de los pocos poetas piuranos que viajó con elegancia muy diurna por el fino erotismo literario con su poesía amorosa, que también escribió.
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(1) Ambas libros “Camino hacia la luz” (1956) y “Sonetario” (1965) fueron publicados en el respectivo Primer Festival del Libro Sanmiguelino. Piura, 1956-1965.

(2) José H. Estrada Morales. “Mario Negro Zedog: El claroscuro de su poética”. Revista Epoca. Pág. 27-29. Agosto-Setiembre 1991.

(3) Ver también , Carlos Robles Razuri, “Panorama de la Literatura en Piura”. Pág 195-200. “Prosistas Piuranos”. Primer Festival del Libro Piurano. Piura. 1958.

(4) Federico E. Varrillas C. “Poetas Piuranos Contemporáneos”. Primer Festival del Libro Piurano. Piura. 1958.

(5) Alberto Zum-Felde. “Indice de la Poesía Uruguaya Contemporánea”. Ediciones Ercilla. Santiago de Chile. 1935.

(6) A. Verjat Mussmann. “Antología de la Literatura Francesa. Prosa y Poesía. Desde los orígenes de la literatura hasta nuestros días”. BOSCH, Casa Editorial, S:A: Barcelona. 1975.

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Camino hacia la luz, Mario Negro Zedog..


POEMAS DE MARIO NEGRO ZEDOG

TRÍPTICO


VERDAD

¿Qué es la verdad que al hombre tanto afana?
¿En dónde está ese bien bajo del cielo?
¿Existe la verdad o es ansia vana
que para el hombre sirve de consuelo?

¿Es la verdad como esa luz temprana
que extiende el sol con deslumbrante celo?
¿Es la verdad esa conciencia humana
con que el hombre se ufana en este suelo?

¡La verdad! ¡La verdad! Sólo el cosmos sabe
describirla en lo infinito que la afirma
y a la mente del hombre sólo abisma.

La verdad en la tierra es cosa grave;
la miseria del hombre la confirma
y su injusticia, el juez de ella misma.


LIBERTAD

¡Libertad! ¡Libertad! El hombre exclama
entre las rejas estatuídas del Estado;
de la cárcel que el minino se ha creado
en la ambición desmedida que le inflama.

¡Libertad: Su aspiración suprema llama
y vive infeliz y siempre esclavizado
en el instinto de su egoísmo entronizado
que en su corazón odio derrama...

!Libertad!... Jamás tan grande idea
será para el hombre siendo LOBO,
o mientras su obsesión el ORO SEA.

¡Libertad;... Sin esclavitud, calvario o cruz,
será para el espíritu, noble y probo:
eterno vuelo de amor y luz.


ETERNIDAD


Has de venir, Muerte, algún día,
a dar reposo a esto que es mi vida.
Y mi materia en una muda orgía.
ha de verse en otras vidas convertida.

Así a la vida, piadosa Muerte mía,
mi materia ha de ofrecerse conmovida
y entre tus manos de alfarera fría,
al darle muerte le darás más vida.

Si mi barro a tu conjuro informa,
un tributo de vida hacia lo eterno
entre tus manos de piadosa calma.

Así mi mente en su vibrante forma,
da a la vida su tributo tierno;
a ti mi cuerpo y a lo eterno mi alma.

( En “Breve Antología de Poetas Piuranos, por Carlos Robles Razuri”).


EN EL DINTEL TRÁGICO

Un día se hará en mí un muy hondo silencio
y mi musa no tañerá más la Lira de Prudencio.

Estaré lívido y frío y en mi frialdad inerte
iniciará su sueño telúrico la muerte!

Y ya no seré nada. Mi forma será lodo,
materia disgregada, volviéndose hacia el todo.

Y llenarán las sombras las cuencas de mis ojos
y un festín los gusanos harán de mis despojos!

Y así esta forma triste, afirmada un momento,
aliviará su peso de vida y pensamiento.

Y sólo ya traspuesto ese dintel finito,
reposará en mi sueño, mi sueño de infinito.

Tal así es como ansío sea mi humilde fosa
ese benigno seno de la tierra piadosa.

Allí su sabio tacto trasmutará mis huesos
en átomos distintos que informen otros nexos!

Y tornará a la vida en savia de otras vidas
este agitar que llevan mis venas encendidas.

Volverá a afirmarse, múltiple y diversa,
esta materia de hoy, tan compleja y adversa.

Hoja será del árbol del viento sacudida
tal como este sino de mi agitada vida!

Germen será en la espiga, el insecto o el ave,
o será en la flor como un hálito suave.

Así seré yo algo, ya en la flor, ya en el nido:
nunca será mi tumba una cuna de olvido!

Ah, qué espléndido sería si, sobre mis restos,
nacieran muchos árboles, vigorosos y enhiestos. ..

Así volverá la brisa, la lluvia o el rocío,
a pulsar el cordaje sensible que fue mío.

Y volverá el sol, el cielo o los paisajes
a vestirse en los tonos divinos de sus trajes.

Y volverá el rumor, la onda o el sonido
a acuñar mi longevo en sueño adormecido!

Y volverá la noche, la luna y los luceros
y me darán la calma de sus himnos austeros.

Y estaré en los átomos de lo que hoy presencio
y no será absoluto en mi tumba el silencio!

Y en vosotros mis hijos será mi informe ausencia
la brújula que guíe vuestra sana conciencia.

No se apenen si efímera mi existencia fenece:
cuando una vida se apaga en otras vidas florece!

Seguid siempre mi ejemplo y mi consejo sano:
la vida es un constante dignificar humano...
Y así cuando ya sea mi viaje definitivo
estaré con vosotros siempre feliz y vivo...!


EL ARRIERO

Sobre el sombrero trae
la madrugada fría y huérfana de luceros.

Su poncho serrano prendido en los hombros
le recuerda un nuevo chaparrón
u otro sueño no dormido.

Sobre la paciencia de su acémila
su paciencia rumia y solba
su pobreza feliz, sin mañana
y con hoy de chichería.

Y el chasquido del beso de su arreo
muere en el anca del jumento
en un eco de cabestro.

Así la piara alegra
con su rumor de pasos, chillidos de carga
y quejidos de peso
la cansada monotonía del camino.

Del camino que en muda encrucijada
le da más de una sorpresa
de triste muerte o miserable robo.

Y el arriero en tráfico de vida con eslabones
de jornada diaria encadena pueblos.
¡Alabemos en él, al trabajo que redime!


SIEMPRE VIVA

Me iba del pueblo. Lloró la mañana.
Lloró la campana, metálica voz.
Salió a despedirme la torre lejana.
Llevaba en el alma tu último adiós.

Quizá ya no vuelvas, dijiste llorando;
tu ausencia me deja muy hondo dolor.
Hace mucho tiempo y sigo aun soñando
el eterno ensueño del primer amor.

Pasaron los años con sus graves daños.
Volví hacia el pueblo. Sólo desengaños
encontré en todo. Y no estabas tú.

El amor es fuerte y también es triste.
Por eso sepulto lo que me dijiste
en este cariño, que es su ataúd!

Tríptico de Primavera

LA FLOR

La caravana blanca de la escarcha pasa;
con su poncho de frío, el invierno se va.
Nueva aurora extiende su purpúrea gasa
y es más suave el aliento que la brisa nos da.

El jardín melancólico despereza su sueño;
en alas el insecto agita su tambor.
Es más vivo el ropaje, multiforme y sedeño
con que a cada capullo va vistiendo la flor.

Habrá gracia y encanto, colorido y fragancia.
El alma de natura en la lírica estancia
su sensible cordaje más dulce pulsará.

Y a medida que el séquito primaveral avanza
un horizonte nuevo de dicha y esperanza
sus mansiones de ensueño a la vida dará.

EL TRINO

Ahora cuando es bello el jardín florecido
y es azul más intenso el zafiro del cielo,
la grácil pincelada del ala se hace vuelo,
la música inefable de trino se hace nido.

En el rumor, la soledad, el silencio adormido,
en la humedad que exhala su perfume incisivo,
en el cristal del agua, como un hálito vivo,
en todo, está latente el alma de Cupido.

El ave ahora canta y es su canción dulzura.
La mariposa teje, feliz, en la espesura
su leve entretejido de ala y de color.

Y si hay néctar, perfume, trino, color o vuelo
es porque se ha desprendido su túnica de cielo
y está desnuda y púdica la Diosa del Amor.

EL AMOR

Hay inquietud y misterio en el jardín ameno;
todo aduerme el silencio en sus brazos de seda
y flota en el ambiente, plácido y sereno,
un hálito excitante de humedad y reseda.

La palidez de luna sobre el ramaje es queda;
el cielo aun sostiene los reflejos postreros
y en su cóncava mano se desparrama y rueda
un brillante tesoro de estrellas y luceros!

Se oye un rumor de frondas, de tiernos embelesos:
dos bocas que se juntan en encendidos besos,
dos almas que se unen en una sola alma...

Y en medio de este oasis de enervadora calma,
la mariposa, el ave, el ramaje, la flor,
han oído el arpegio del himno del amor!

(De “Poetas Piuranos Contemporaneos” de Federico E. Varillas C.)





"El Ave Fénix"
(Al terminar la Segunda GuerraMundial)


La muerte estaba colmada ahora.
Su mandíbula insaciable no tubo más que roer.
Los huesos combatientes desparramados,
insepultos,
igoran su trajín en las calles,
los caminos,
los refugios.
El sol lloró por muchos días tanta inútil miseria
La faz ajada de la tierra en "fosas colectivas",
huía de la mirada del sol.
Sangre, Muerte, Dolor.
Era lo único que quedaba.
eternos traficantes de la guerra
estaban inmensamente satisfechos.

El odio encarnado en buitres y cuervos
tuvo alas
con ansias de altura
vanidad de infinito
y predominio universal.

En el macabro paraíso
de este festín de comandos
el cuervo se sintió "AVE FÉNIX"
y quiso cantar

Enmudeció la tierra para oír
el canto heroico.

Enmudeció la vida:
las aves,
los cielos
los mares,
los ríos
el mismo germen vital.

Solamente los hombres no enmudecieron
quisieron acompasar la guerrera sinfonía.

Ante tanto silencio elocuente
la falsa ave glorificada, graznó
únicamente su abundante carnaza,
defraudando a los hombres. .

Para suplir el chasco:

¡Gloria a la ave simbólica!
Exclamaron los hombres.!

"El romance de las Armas "


Fabricante de armas,
Mariscal de la muerte,
apaga la llama negra
que impulsa tu furia de armas:

Por cada cañón que haces,
por cada avión o metralla,
por cada bomba o cohete,
estás negando la vida
y el destino de lo humano.

Apaga la llama negra
de tu ambición desmedida,
la llama que quema tu alma
en el altar del dinero.

Apaga tu sed de sangre,
de oro, que te hace fiera
y te hunde en la miseria
de tu trágico pantano.

¡Tú fabricante de armas!
constructor de tantos males
que estás fabricando el hambre
y la guerra entre los pueblos.

Fabricante de armamento,
monstruo de fuego y acero,
apaga, digo, tus sombras
que están nublando la tierra.

La tierra que te da la vida
que te nutre y te cobija
y que en su virtud te exige,
sus virtudes dignifiques.

¡ Apaga tu fuego negro!
te lo reclama el cultivo,
te lo reclama la hormiga,
te lo reclama el progreso.

Te lo reclama el gusano
que llevas en tus entrañas
y que te afirma en el lodo
que has de ser cuando mueras.

¡Apaga digo la hoguera
que va atizando tus manos;
y la codicia desmedida
de tu locura homicida.!

¡Apaga digo la furia
de tu conciencia caverna
saturada de uniformes
y diplomacia del dollar.!

Apaga, digo, el fantasma
de tu poderío atómico
que ha de acabar en cadáveres
desolación y carroña.!

¡Apaga, digo la hoguera
que siembra hambre y miseria
en el Vietnam, Egipto, Siria,
en fin en toda la tierra.!

Por tu diabólica obra
la historia está levantando
sus monumentos de huesos
de soldados desconocidos.!!!

MARIO NEGRO ZEDOG

Piura, 1967.

(De Revista Epoca, Agosto- Setiembre 1991).

mayo 06, 2006

JUAN MARIA MERINO VIGIL: ENTRE EL MODERNISMO Y LA VANGUARDIA/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA



Foto: Vista panoramica de la ciudad de Ayabaca donde naciò Merino Vigil.






















JUAN MARÍA MERINO VIGIL: 

ENTRE EL MODERNISMO Y LA VANGUARDIA

Por Armando Arteaga


Un pariente, y amigo muy cercano, de Juan María Merino Vigil, que había conocido al poeta de “La Golondrina” en el desasosiego final de su vida y en “el reposo del guerrero” en su hacienda de San Pablo, me contó haber visto y hojeado entre sus libros del estante de madera que lo acompañaba en la pulcritud serena de su dormitorio, títulos como: “Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana” escogidas por Don Marcelino Menéndez y Pelayo*, la “Antología poética latinoamericana” de Rafael Dante Jr., y “Poetas en el Destierro” de José Ricardo Morales: libros de propiedad de Merino Vigil que me fueron obsequiados por este pariente –allende- del poeta cuando visite San Pablo en la Ayabaca de los 80’s.
Me fue referido –también- acerca el gusto perenne del poeta de San Pablo por los “Nocturnos” y los “Poemas Profanos” de José Asunción Silva, las “Hojas de viento” y “Nieve” de Julián del Casal, los libros de Mallarme, de Verlaine, de Baudelaire y de Edgar Allan Poe (de quien se dice había realizado la traducción de su poema “El Cuervo”). De manera que este poeta, ya en sus cuarteles de invierno, seguía viviendo el fuego descontrolado de su pasión por la poesía.

Juan María Merino Vigil nació en Ayabaca-Piura el 01 de enero de 1906 y murió el 21 de junio de 1951 en su bucólica hacienda de San Pablo en Ayabaca donde se dedicaba a sus tareas de agricultor. Hijo de Don Eduardo Marino Ríos y de Doña Rosa Vigil. Estudió en la Universidad de San Marcos y en la Universidad de Trujillo, abogacía, pero no terminó estos estudios, incumplidos, por las dificultades contraídas durante su vida de poeta, hubo en él una crisis de vocación. Por lo demás, trabajó y aportó con denuedo en el periodismo limeño y piurano. Su producción literaria se encuentra dispersa y publicada en revistas de la época donde fue colaborador: "Piuranidad", y "Folklore".  No publicó libro alguno, aunque se estima dejó inéditos escritos.

En Trujillo hizo amistad con Antenor Orrego y publicó en la revista “Norte”. En los años veinte, vivió la época de la agitación política, laboral y obrera al lado de Arturo Sabroso Montoya y Abelardo Fonkén. Estaba a cargo de una imprenta “proletaria” de los anarco-sindicalistas. En San Marcos, fue dirigente estudiantil, y director del periódico gremial “El Obrero Textil” y de “Solidaridad”: órgano de la Federación Obrera de Lima. Escribió en la revista “Claridad”, relacionandose primero con Víctor Raúl Haya de la Torre y después con José Carlos Mariátegui.

J.C. Mariátegui indagando por las nuevas propuestas de la poesía y la vanguardia en un artículo periodístico publicado en la revista Mundial (31-10-1924) y más tarde pieza integral y apertura de “Peruanicemos al Perú”, atraído por la nueva visión y las emociones dispuestas con las “pierides” de los poetas jóvenes que anunciaban “aires nuevos” en el panorama de la poesía peruana, de lo que Mariátegui llamó: “Poetas nuevos y Poesía vieja”, vislumbrò sobre lo que sería más tarde la vanguardia literaria en el Perú. Allí Mariátegui explica sobre los albores de la vanguardia que empezaba a brillar dando lustre a los nombres de Luis Beninzone, Armando Bazan, J.M. Merino Vigil, Juan Luis Velásquez, Jacobo Hurwitz, Magda Portal, Mario Chavéz y Juan José Lora: “No nos faltan poetas nuevos. Lo que nos faltaba, más bien, es nueva poesía”-

Foto: Crepùsculo en Ayabaca.

Mariátegui habla también de que ha conocido a otros poetas que merecen ser tratados de otra suerte, los poetas nuevos y el modernismo de Merino Vigil pueden ser considerados tardíos y provincianos (por eso la urgencia de haber publicado su mencionado artículo periodístico), es posible que también se este refiriendo -en este artìculo- en el marco de su propuesta a los poetas del sur y otras provincias: a Carlos Oquendo de Amat y la revista “Hurra”, a Francisco Mostajo y la revista “Escocia”, a Nicanor A. de la Fuente y la revista “Bocina”, a Juan Parra del Riego y la revista “Guerrilla” (que animaba desde Montevideo), a los hermanos Peralta y su "Boletìn Titikaka", a Roberto Latorre y la revista "Kosko", a Sergio L. Caller y la manifestaciòn de la revista “Kuntur”, a Alberto Hidalgo y su nueva “Química del espíritu” (desde Buenos Aires), que empezaban a mostrar diferencias y otras estéticas, el advenimiento de “Dada” y el “surrealisme”, pero sobre todo la nueva poesía con profundo sentimiento regional y descentralista respecto a Lima, todo ese “vanguardismo” que cuajara más tarde en la manera definitiva del “indigenismo”:

“El modernismo no es solo una cuestión de forma, sino, sobre todo, de esencia. No es modernista el que se contenía de una audacia o de una arbitrariedad externas de sintaxis o de metro. Bajo el traje huachafamente nuevo, se siente intacta la vieja sustancia. ¿Para qué transgredir la gramática si los ingredientes espirituales de la poesía son los mismos de hace veinte años o cincuenta años?. “Il faut étre absolument moderne”, como decía Rimbaud; pero hay que ser moderno espiritualmente. Aquí se respira, generalmente, en los dominios del arte y la inteligencia, un pasadismo incurable y enfermizo. Nuestros poetas se refugian, voluptuosamente, en la evocación y en la nostalgia más pueriles, como si su contorno actual careciese de emoción y de interés; No osan domar la belleza sino cuando la suponen suficientemente doméstica. El futurismo, el dadaismo, el cubismo, son en las grandes urbes un fenómeno expontáneo, un producto genuino de la vida. El estilo nuevo de la poesía es cosmopolita y urbano. Es la espuma de una civilización ultrasensible y quintaesenciada. No es asequible por ende a un ambiente provinciano. Es una moda que no encuentra aquí los elementos necesarios para aclimatarse. Es el perfume, es el efluvio lírico del espítu humorista, escéptico, relativista de la decadencia burguesa. Esta poesía, sin solemnidad y sin dramatricidad, que aspira a ser un juego, un deporte, una pirueta, no florecerá ente nosotros.
 

No es tampoco el caso de hablar de decadencia de la poesía peruana. No decae sino lo que alguna vez ha sido grande. Y una rápida investigación nos persuadirá de que la poesía de ayer no era mejor que la poesía de hoy. Los poetas de hoy no usan como los de ayer, unas melenas muy largas y unas camisas muy sucias. Su higiene y su estética han ganado mucho. Las brisas y los barcos de occidente traen un polen nuevo. Algunos artistas de la nueva generación comprenden ya que la torre de marfil era la triste celda de un alma exangüe y anémica. Abandonan el ritornello gris de la melancolía, y se aproximan al dolor social que les descubrirá un mundo menos finito. De estos artistas podemos esperar una poesía más humana, más fecunda, más expontánea, más biológica”.


En realidad, todo es “razón” y lógica mirada de la vida, hasta la poesía. Las modas literarias, tardaron en llegar a las edades o a las escuelas o a los estilos de nuestras ciudades. Y Lima, y Piura, no eran las excepciones de las reglas, sin embargo, tenemos que reconocer que el poeta J.M. Merino Vigil andaba exacto con las horas de los relojes de la historia, la literatura y los últimos acontecimientos culturales, que sucedían en “la escena contemporánea”, tanto en polémicas como en tendencias.

Foto: Una calle de Ayabaca.

Por un lado, algunos vivieron el afrancesamiento de Rúben Dario, y por el otro lado, el americanismo de José Santos Chocano. J.M. Merino Vigil se mantiene siempre tangencial a estos círculos literarios de nuevas influencias y nuevas propuestas como lo avistó Mariátegui. El poeta de San Pablo buscó siempre su perfil propio desde “el marfil de la torre” de su excelente poesía, con las aceptadas limitaciones e inconvenientes de cierto provincianismo.
Si a Vallejo, “le fregaban los cóndores”. Es comprensible que a López Albujar desde la “Aldea” piurana, le fregaban también : “los garzones esos que cruzan ciertas tardes por el puente, ibis sagrados...”. Y, a Merino Vigil, es probable, le fregaron siempre: “los gallinazos tras la mísera carroña simplista de la invocación hipócrita, por cierto vedettismo, del que nunca participó”. Por eso, de su retiro -en soledad- a la hacienda San Pablo, son testigos –nuevamente- los pocos amigos que le quedaron, de su amor por la poesía y de su nuevo reencuentro con la naturaleza.


Por todo esto, tambien, es explicable desde sus reclamados poemas donde surge inesperadamente una belleza muy pura: que "inspiran" de allí, casi espontáneamente, cierta melancolìa, similitud e influencia de José Asunción Silva que agonizó con “el mal del siglo” y se suicidó. A J.M. Merino Vigil le debe haber entusiasmado más el “spleen” meditativo de esa poesía –media tropical- llena de originalidad y mundo profano, contra el aplauso fácil del vulgo: por lo más altisonante de lo que se escribiera en ese momento (aún en Piura), y que los “críticos” han llamado “poesía modernista”.

Ni el vulgo, siempre horrible, ni el academicismo estéril, le llamaron la atención a Juan María. Su poesía, ("como la de José Asunción, otro símil entre ellos, nombre míticos, vuelven a coincidir, tal vez de puro azar”), es una poesía brillante, de vislumbre, no triste, libre, ...pero ¿qué importa todo esto ahora?. Nada. Si se le diò el premio del olvido total. La poesía de Juan María Merino Vigil tiene el mismo nivel y la importancia que la poesía de José Asunción Silva. Aunque Merino Vigil publicó muy poco, y me han dicho también, que buena parte de su poesía permanece aún inédita. Muy bien, pero ¿dónde està esa poesía perdida ?. Poco importa.

Poesía de la pasión escondida de la vida y poesía trunca de un poeta misterioso en un panorama desolador. Poesía de cierto resplandor, de lujo, de especulación y de desagravio, donde se vislumbra ya la nueva poesía vanguardista, y que más tarde ocupó el nuevo espacio literario peruano. Poesía del "crepúsculo" de cierta modernidad y el anuncio del complicado futurismo y vanguardismo, que se puede entrever ya en sus poemas: “Los bajeles blancos” y en “Transfiguración”. Poesía intensa buscando todas las formas de la vida.


* Marcelino Menendez y Pelayo (1856-1912), el maestro de Santander, està muy relacionado con la literatura peruana, por lo que mencionaremos algunos de sus libros: "Antologìa de poetas hispanoamericanos" (4 vols. 1893-1895) e "Historia de la poesìa hispanoamericana" (1911-1913), donde incluye y estudia varios poetas peruanos.

*

POEMAS DE J.M. MERINO VIGIL


Juan María Merino Vigil


LA GOLONDRINA

Yo soy como esa golondrina
que ha cortado los oros del espacio.
Saeta que vuela al infinito
azul de los profundos cielos.
Tiembla la negra noche por llegar
pero todavía quedan para mis ojos de la tarde
azules eternos del espacio.
Yo soy mi tiempo que vuela en el espacio
quebrando los oros vespertinos
Yo soy ese pequeño pájaro efímero.


EL BEBEDOR DE CREPUSCULOS

En la muriente alameda
diluye en rosas difusos
su hosco perfil de neblinas
el bebedor de crepúsculos.

Llora silencios la tarde
dentro de sus ojos brunos
alza enigmáticos cálices
el bebedor de crepúsculos.

Mece el alma una ebriedad
lívida de ignotas cosas;
en la muriente alameda
silientes caen las hojas.

Por orillas de insanía
va de nieblas taciturno
royendo su vicio arcano,
el bebedor de crepúsculos.

En absurdas amatistas
de letal reflejo oscuro
liba ajenjos de la muerte
el bebedor de crepúsculos.

LOS PUERTOS

Qué extraño llorar tienen los puertos,
así, en las noches de despedida.
El corazón se vuelve ácima boca,
con gesto agónico de frustrado grito,
y se queda pensativo.

Qué extraño llorar tiene este puerto
Empapado de amor de despedida.
Me va jalando no sé a dónde la vida
Y duéleme este desatar de húmedos nudos.

¡Mañana! Cómo pudiera
darle mi mañana a sus miradas.
El puerto tiene ojos de amante
Llorando humilde adiós postrero.

La noche acoge negras incógnitas
de algún agazajado destino ambiguo.
Con sus luces el puerto, temblorosamente,
en un coágulo de dolor se mira,
como una pupila ciega de lágrimas.

NOCTURNO

En un recodo áspero del corazón arcano
recojo en esta hora del silencio nocturno
de mi vida vivida el río taciturno,
un sollozo que vuelve, un lamento lejano.

El instante se anega de amargura y de sombra
y resbala la cálida lágrima contenida;
en mi vida hay algo que torpe el labio no nombre,
acaso un cuajarón de asombros por mi vida.

El recuerdo me pone en la salobre lengua
el sabor fenecido del pecho maternal,
succiono ayeres blancos, mas, nada, nada amengua
ese tascar miedoso de negro sepulcral.

En el corazón profundo de mi vida coagulada
en tinieblas de pena, en ayes de orfandad,
me arrastra en el naufragio nocturno de la nada
y vuelca los latidos de una hora que se va.

Y grazna en el reloj nuevamente el latido
que me hace y me deshace, me cuenta y me recuenta,
y otras riadas regolfan en esta noche lenta
trayendo desde lejos su lúgubre alarido.

Hay miedo de perderse, perderse en uno mismo,
el peso de la vida, cual piedra funeral,
que me hunde y que no deja salir del propio abismo
y el minuto que estalla cual pompa de cristal.


LOS BAJELES BLANCOS

Hoy todos mis bajeles han alzado ancla,
melodiosamente alzaron ancla en mis nieblas suaves,
hoy todos mis bajeles han partido
con rumbo incierto y añoranza ignota.

Me miras, amigo, me miran tus ojos como limitaciones
y son los muros pálidos del café nocturno
limitaciones como estos muros de mi carne,
y hoy, sin embargo, amigo hermano,
no me muerden las asperezas de mi vida cotidiana.

Siento un adiós en lo hondo de mi corazón,
un adiós a los que de mí a tus miradas dejo,
y me voy en mis bajeles blancos
con rumbo de infinito en infinito.


TRANSFIGURACIÓN

Están mis ojos mánsos...¡Maravilla!
A ellos que nadie los supo doblegar;
ni luz más fuerte, ni la mirada más altiva
pudieron sus saetas de luz apagar.
A la vida, a la vida misma la miraron
cara a cara, de imperio a imperio, invencibles.
Y el Destino, cobarde, para herirme,
no osó a mis ojos mirar.
El insomnio patinó de azules penumbrás
mis cuencas de esqueleto y mi frente
¡amarilla! de pensar.
Y otro insomnio y otro terco y otro terco batallaron
Y a mis ojos no supieron humillar.
corderillos de luz que ni el lobo del dolor
pudo nunca amedrentar.
Y ahora...¡Maravilla! ¡Están mansos!
Tan hulildes de dulzura que parece que acabaron de nacer.
Corderillos de un suave terciopelo de luz lánguida.
Corderillos que apacienta el amor.

Y mi boca... su desdén...
Ni que piedra tallada hubiera sido,
ni que mármol...como en esos
viejos mármoles que tallaban
el desdén de los dioses.
Para el mal y el dolor y la herida y el llanto
y el oculto infierno de mi alma...¡su desdén!
El lugar pisoteado del placer
y el negro vino ofrecido ya sin sed,
y el desdén de querer
y no desear querer sino querer.
¡Maravilla!...Mi boca se ha vuelto
una rosa náutica de llamas.
¡Maravilla!...Tú sola...¡La única!...¡Tú sola!...

Maravilla que mis manos se me han vuelto
dos plegarias de luz blanca,
como si mi alma se escapara bifurcada
en la sed infinita del abrazo.
¡Dos plegarias...ellas que nunca pidieron nada!
¡Ellas que todo por capricho lo tomaron!
Las soberbias, las iracundas, las orgullosas,
se te tienden cual caminos a mi pecho.
Maravilla que mis manos se me han vuelto
dos plegarias luminosas.

¡Maravilla! ¡Maravilla! ¡Maravilla!
Se ha despertado entre lúgubre fardón
que dormía en mi terca tienebla del dolor,
Ha oido, y estaba sordo.
Ha mirado, y estaba ciego.
Ha hablado, y estaba mudo.
Era hiel, y es un fruto de dulzura.
¡Maravilla!...ya es un niño
mi sañudo, taciturno corazòn.


mayo 02, 2006

ESTAS DISCRETAS IMÁGENES DE SAN MIGUEL DE PIURA/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA
Fotos: Archivo ITECA-Arnaldo Pulache, fotografo de Castilla. Piura 1900.
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Foto: Calle Lima. Piura 1900.

ESTAS DISCRETAS IMÁGENES DE SAN MIGUEL DE PIURA

Por Armando Arteaga


Un ominoso olvido ha sufrido “De mi casona”, el libro más personal de Enrique López Albujar sobre la “piuranidad”, esa joya que según el propio autor es un poco de historia piurana a través de su revertida biografía. Mejor suerte y reconocimiento ha tenido “Matalache”, a pesar del turbulento drama y la entusiasta sensualidad que demuestran las escenas de su novela en un ambiente de perjuicios sociales. Aquí aparece por primera vez la descripción de La Tina: “La Tina era en1816 un caserón de adobes, ladrillos y paja, levantado a sotavento de la ciudad, unos quinientos pasos más allá de su extremo norte, besando la escarpada margen derecha del Piura y sobre su prominencia del terreno. Vista de lejos, semejaba de día, por su aislamiento y extensión, un castillo feudal, y en las noches, un aguafuerte goyesco”.

Foto: Calle Lima. Piura 1900. 

Lo más rescatable de ambos libros que prosara López Albujar es la casi fotografía tomada del escenario donde se va a desarrollar la trama social. Aproximación misteriosa y literaria de la piuranidad. La anécdota sublima la realidad. Son páginas en donde Piura –ciudad y escenario rural provinciano- surge discretamente con una fuerza integral, subrepticia y arrolladora.

La extraordinaria descripción que López Albujar hace de “la casona” es aristraga y several: “Una casa donde hay más de cinco salones y en cuyos patios puede formar un escuadrón y en cuyos llavones antiguos de sus cien puertas han debido entrar más de dos arrobas de hierro, una casa así me parece que tiene derecho al aumentativo”.

La increíble “casona” de López Albujar no era esa gran casa solariega que parece desprenderse de sus evocaciones, y es que no le falta arquitectura ni suntuosidad, es más bien un pretexto que enrostar a la malicia criolla, que ya no es tal, el mismo describe la agonía de esta arquitectura costeña entre el abandono, la herrumbre y la polilla, difícil ahora de compararla con otra real porque ya no es verdad, en efecto, sucumbió al avance destructivo de cierta “modernidad”, es hoy apenas un terreno baldócrado que descubre parte de los restos prestigiosos y destruidos, de lo que fue: un imprescindible documento literario y arquitectónico.


Foto: Calle Prolongaciòn Ica. Piura 1900.

La devastadora mano irresponsable y aviesa de echar abajo cualquier vestigio de “lo viejo” ha privado a las nuevas generaciones de verla intacta y verídica. Queda aún el rumor perpetuo de la imagen que dejó López Albujar de ella, en la actual esquina de la calle Tacna y Ayacucho, en la misma Plaza de Armas. Volverla a mirar ahora, y asumir su literalidad, da tristeza.
A cincuenta metros de “la casona” queda aún refaccionada, luego de la arruinada que sufriera por los terremotos del 12 y el 40, otra “casona” en la Calle de Mercaderes (Tacna N- 622): la casa donde nació Miguel Grau. Y más allá al norte, a cinco cuadras, la Plazuela Merino, en donde se erigió –recuerda López Albujar- un tiempo: la casa donde nació Carlos Augusto Salaverry, el precursor del romanticismo peruano, el más lírico de los poetas piuranos. Ingrato destino, a este vate también le volaron la casa, según Teodoro Garcés: “La casa donde nació Salavery, estaba en la calle El Cuerno (hoy, Tacna). Fue demolida por la Municipalidad para ampliar los jardines de la Plazuela Merino”.

No todo es trabajo para el tractor y la picota. La literatura ha ayudado a devolverle la memoria a Piura.Francisco Vegas Seminario ha realizado sus mejores racontos sobre Piura Colonial en su novela “Cuando los mariscales combatían” al enmarcar los patriarcales tiempos de Don Bernardo Menacho: “Piura guardaba todavía su aspecto colonial. En los amplios y perfumados patios florecían las tertulias al caer las tardes, por las celosías de los balcones moriscos atisbaban las mujeres, chirriantes caleras atravesaban las estrechas calles conduciendo personajes linajudos, y recuas de asnos, orejones y flemáticos, caminaban al ritmo del brutal palo. Rodeaban la ciudad huertas cuajadas de árboles frutales: adonde acudían: en días feriados, gentes ávidas de hartarse de mangos, cuyas suculencias doradas tentaban, o de almibaradas chirimoyas y guayabas”.
La misma cotidianeidad ha tentado la prosa de José Vicente Rázuri para mostrarnos la irrupción de la vía férrea en Piura y la migración de extranjeros a comienzos del siglo XX: “Llegó a Piura, en 1908, representando la Casa Valenzuela de Antofagasta, don Enrique Cousirat, chileno listo, culto, simpático, conversador ameno y un tanto bohemio. Con quien primero trabó amistad fue con don Vicente Razuri, el hotelero del “Colon”. Cuando los negocios que lo habían llevado a Piura estaban arribando a su fin, don Enrique decidió retornar al Sur, a cuyo efecto debería viajar primero, a Paita. El tren partía a las 2 de la tarde. Cousirat, entonces, debía almorzar a las 12 del día, sobre poco más o menos, ingresó al comedor, tarareando una cueca, tomó asiento en su mesa de costumbre, pidió el menú y con él su cuenta. Solícito el mozo, informó de esto a Razuri, quien sumando y rezumando terminó por dejar lista la tira de papel que anotaba la cuenta del pasajero del N-9 . Como por aquellos tiempos solo se cobraba un sol diario por habitación y los precios en el restaurant eran bastante ínfimos, el promedio diario de gastos era de cuatro a cinco soles...y gracias. Mas como Cousirat gustaba beber whisky de 20 centavos copa y vino chileno de un sol veinte la botella, su deuda asumía nada menos que 84 soles redondos”.

Foto: Av. Arequipa-Pza. Fuerte. Piura 1900.

José Vicente Razuri ha captado en sus “Estampas Piuranas” todo ese “laissez-faire” de la vida urbana piurana, al revés de las “Estampas Mulatas” que José Diez Canseco delineara en “El Velorio”, descripciones más o menos agrestes del ambiente semi-rural en la periferia, en Tacalá, que nos da una magistral nota sobre Castilla (su hiterland) y de Piura: “Alta, clara, festiva, surge con lentitud dulce la luna inmensa. La noche se estremece con la lumbre de plata azulada y trina un concierto efímero de calandrias. Las palmeras mecen el péndulo gualda de sus hojas y por entre las ramas curvas de los tamarindos la brisa murmura sin palabras. El río, entre las cañadas, corre su agua lenta, espesa de noche, rizándose apenas con el vientecillo que viene jugueteando desde el desierto de Sechura. Río Piura, inmenso y pausado, que no puede calmar la sed de los escasos plantíos que vuelven los penachos de sus hojas hacia el rumor tranquilo de las aguas. Parece una mentira, pero la luna viaja también en las linfas oscuras y casi inertes. La ciudad de San Miguel de Piura duerme ya a las diez de la noche. En la Plaza Grau los árboles se mecen descabezando un sueñecito. De los morunos balcones soledizos, de las ventanas de las rejas forjadas, se desliza un silencio luminoso. No se sabe donde, altos, heráldicos, alegres, se empinan jardines eminentes”.

Foto: Av. Tacna. Piura 1900.

En el actual Centro Histórico de Piura que lo conforman el circuito de la Av. Loreto, la Av. Bolognesi, el Malecón Eguiguren, y la Av. San Teodoro (incluyendo el Cementerio), quedan aproximadamente más de 96 inmuebles que definen el Catastro Urbano Monumental de Piura, aún superviven increíbles tipologías de la arquitectura domestica piurana.
En Piura, durante la colonia, las casas-tinas, esas fábricas de jabón, se levantaron en los alrededores de la ciudad, estas empresas coloniales florecieron y más tarde se constituyeron en las haciendas. Este tipo de estas casas –haciendas- coloniales ya aparecen en el Plano de la Ciudad de Piura de 1783 que elaborará el Obispo de Trujillo Dn. Baltazar Jaime Martínez de Compañón, en el que se aprecian las cinco calles originales paralelas al curso del río, Iglesias, Conventos, Plaza, Casa de Cabildo, Hospital, Colegio, Cárcel, etc.

La descripción de López Albujar de “La Tina”, en 1816, es elocuente: “En ella nada de ostentación, ni estilo arquitectónico. Tras el claveteado portalón de la fachada un zaguán, con poyos de ladrillos paralelos, dividiendo, salomónicamente, el edificio en dos hileras de cuartos, la una mirando al sur, y la otra, al norte. Al centro, dos inmensos patios; al fondo, la corralada imprescindible”.

Foto: Av. Libertad y Jr. Ayacucho. Piura 1900.

En el Plano Topográfico de la Ciudad de Piura, levantado en 1847 por el Mayor Miguel Zavala se siguen describiendo “las tinas” en el otro lado del río y en el lado de arriba, lo mismo que el barrio Gallinacera, la Plaza de Toros y las chacras de Miraflores.

La referencia a la calle San Francisco y sus “casonas”, la más pegada al río, tiene un rol significativo desde los planos de Martínez de Compañon y el Mayor Zavala, pero alcanza en las descripciones de Francisco Vegas Seminario un estupendo realismo. Un gran realismo -casi verídico- referido al hecho arquitectónico: “la solariega mansión de los Cortes era una de las mejores de Piura. Construida a principios del siglo XVIII, tenía el estilo arquitectónico de la época. Una de sus características era la de poseer un balcón morisco, que daba a dos frentes: uno a la calle de San Francisco y otro al callejón perpendicular a ella, que desemboca en el río”. La otra se refiere al hecho urbanístico: “Recorrí la calle San Francisco, principiando por el Mercado, vacío y silencioso a esa hora bajo la paz de algarrobos centenarios, hasta llegar a la Mangachería, barrio de gentes impávidas, aficionadas a las jaranas con guitarra y cajón, a la chicha fuerte y a las algaradas turbulentas. Torcí luego hacia la calle Real, bajando hasta la Iglesia de La Merced y la de El Cuerno, paso a paso, como para engullirme con la vista cada casa, cada rincón. Y siempre bajo la luna, que me seguía como una vieja inspiradora de mis sueños, como la cómplice de mis aventuras”. Y como para no tener dudas de la importancia de la calle San Francisco, Vegas Seminario en otro aparte se refiere así: “dimos una vuelta a la Plaza de Armas, en cuyo centro se eleva la estatua de la Policarpa Salavarrista –la Pola se le llamaba a aquella mujerota mal tallada y enrumbamos por la calle Real, una de las mejores, después de la de San Francisco”.


Foto: Av. Arequipa. Piura 1900.

 El fidelisimo seguimiento que J.E. Cheesman hace del itinerario de Abraham Valdelomar en Piura, desde que tomara el tren en la Estación de Paita, en la ambientación con los lugares entrañables, también el autor de Tristítia recorre las calles del Centro Histórico de Piura: “el Municipio, con las grandes arquerías de sus portales y, al lado, la Cárcel, mirando de frente a la estatua de la libertad. Hacía la izquierda la Iglesia Matriz –hoy Catedral- y el edificio de la Duncan Fox”.

Valdelomar se hospedó en su estadía en Piura en el Hotel Colon y vivió la “causerie” literaria imponiendo la moda de la camisa “sport”, los lentes quevedos con cintillo, clavel encarnado en el ojal del saco, pañuelo blanco en el bolsillo del pecho y cubría la cabeza con sombrero de fieltro ligeramente ladeado.
Valdelomar vivió en Piura una temporada agitada con un grupo de piuranos que cultivaron el quehacer literario, animando las costumbres tradicionales de la ciudad. Fueron frecuentes los paseos por los distintos barrios de Piura donde se podía admirar el tipismo de las viejas calles, angostas y polvorientas, con sus casas de paredes convexas, semidestruidas por el terremoto de 1912. En los periódicos de la época, dan noticias, del escandalo literario de Valdelomar en Piura. Entonces, Piura ya era, también, una ciudad cosmopolita. Los paseos por Piura en busca de temas literarios, según los recuerdos de José Vicente Rázuri, siguieron casi ininterrumpidamente. Solía salir a pasear por la Plaza de Armas, se sentaba en algunas de las bancas que están frente a la Iglesia Matriz, debajo de los grandes ficus y un centenario algarrobo. A su vista estaban los veinticuatro tamarindos que, en la epoca de Balta, sembrara el Alcalde Reusche. La Plaza estaba siendo embellecida con claveles, mastuerzos, malva olorosa,  floripondios, rosas blancas y campanillas.
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Foto: Calle Ica y Arequipa. Piura 1900.

Piura siempre fue un buen pretexto para el imaginario popular. Aunque la literatura que se refiere a esta ciudad ha sido siempre realista y exacta con sus calles y casas. Las imágenes más increíbles obtenidas al cruzar la región de los médanos, son las de Mario Vargas Llosa en La Casa Verde que describe el acontecimiento urbano y lo geológico más resaltante: “armado de arena, sigue el curso del río y cuando llega a la ciudad se divisa el curso del río y cuando llega la ciudad se divisa entre el cielo y la tierra como una deslumbrante coraza. Allí vacía sus entrañas: todos los días del año a la hora del crepúsculo, una lluvia seca y fina como polvillo de madera, que solo cesa al alba, cae sobre las plazuelas, los tejados, las torres, los campanarios, los balcones y los árboles, y pavimento de blanco las calles de Piura. Los forasteros se equivocan cuando dicen “Las casas de la ciudad están a punto de caer”: los crujidos nocturnos no provienen de las construcciones, que son antiguas pero recias, sino de los invisibles, intocables proyectiles minúsculos de arena al estrellarse contra las puertas y ventanas. Se equivocan, también, cuando piensan: “Piura es una ciudad huraña, triste”. La gente se recluye en el hogar a la caída de la tarde para librarse del viento sofocante y de la acometida de la arena que lastima la piel como una punzada de agujas y la enrojece y llaga, pero en las rancherías de Castilla, en las chozas de barro y caña brava de la Mangachería, en las picanterías y chicherías de la Gallinacera, en las residencias de principales del Malecón y la Plaza de Armas, se divierte como la gente de cualquier otro lugar, bebiendo, oyendo música, charlando. El otro aspecto abandonado y melancólico de la ciudad desaparece en el umbral de sus casas levantadas en hileras a los márgenes del río, al otro lado del Camal”.Creo, así mismo, que el capitulo de La Casa Verde “Una calurosa madrugada de diciembre arribó a Piura un hombre”, es de los que mejor describe la ambientación de cierto sector de Piura: el recorrido increíble del viejo Puente hasta la Plaza de Armas, y la entera iluminación del sol piurano que además deslumbró a López Albujar: Y es que “en la tierra piurana todo lleva el sello del sol”. Asegurá en Matalaché:

“La mitad de lo que se hace en Piura es obra el sol: los cuadros rembrandtnescos de Merino, las épicas hazañas de Grau, los rasgos de valor temerario de La Cotera, la vida borrascosa y romancesca de Montero, el marino, las audacias pictóricas de Montero, el pintor, el lirismo ardiente de Carlos Augusto Salaverry, el parlamentarismo idealista de Escudero, la estupenda impavidez de Aljovín ante el férreo bloque de una escuadra... El sol piurano estuvo siempre en el alma de todos estos hombres; en los colores de sus telas, en el heroísmo de sus hazañas, en el romanticismo de su vida, en el acento de sus cantos, en el ideal de sus pensamientos, en el ímpetu de sus arrestos militares...”

Foto: Av. Arequipa y Av. Huancavelica. Piura 1900.

Recordaré también que Sigfredo Burneo Sánchez en sus reciente publicada “Cronicas de los olvidos” refiere, que una ciudad como Piura puede mirase con “ojos nuevos pero siempre viejos, siempre en deuda con el pasado, con los adioses, con lo que ya no era, con lo que se nos estaba escapando sin que nos diéramos cuenta cabal de ello”.Piura actual, es una ciudad que vive aceleradamente un discutible proceso de urbanización que está destruyendo su patrimonio cultural, evitemos desde ahora los “espantosos presagios detrás de las esquinas del olvido”. Y no terminemos metafisicamente hablando , como el mismo Burneo, en su propuesta contestataria: “Odiando minuciosamente las calles de esta ciudad”. O, también, recordemos, aquella hermosa sentencia de Juan Luis Velázquez Guerrero, que yo he recordado siempre desde mi adolescente transitar por las calles de Piura: “Qué soledad sin soledad siquiera”.

abril 20, 2006

VISION Y LEJANISMO (DEL PARADISO) EN PEDRO ELERA/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA

Fotos: Archivo ITECA, imagenes antiguas de Huancabamba-Piura.

VISIÓN Y LEJANISMO
(DEL PARADISO)
EN PEDRO ELERA

Por Armando Arteaga


El poeta Pedro Elera, seguidor del “passez-le mot” (el lejanismo literario), y del viaje impertérrito por las estancias del “Paradise Lost” (Paraíso Perdido) de John Milton, donde el poeta inglés también llorò su ceguera.

El “lejanismo -passez-le mot-” tenía que surgir –reclama L.A. Sánchez- por cuanto la literatura peruana vivía emparedada en Lima, saturada de localismo:

“Los románticos, de todos modos, abrieron el lejanismo literario. No se debe confundir este con el mero “pasadismo", ya que abarca también la lejanía en el espacio, el horizonte. Fue lejanismo absoluto: de tiempo y de espacio, es decir, pasado y distancia” (1).

Elera, n. en la andina Huancabamba (Piura) en 1820, en plena convulsión social por la causa emancipadora. Buscador del exótico espacio poético de las estrellas y del infinito esplendor de la cosmogonía.

Vivió parte inmediata de su niñez en la ciudad de Piura, de allí pasó a Lambayeque, y luego fue a Lima donde probablemente falleció. Perdió la visión a los 23 años. Este desastre personal –que lo postro como invidente- fue parte de la gran desdicha del poeta, malestar que se refleja en su obra compuesta por los sugestivos títulos de los libros: “Poesías del ciego P.E.” (1859) (2) y “Plegarias de un ciego” (1873) (3).


José de la Riva Agüero en su “Carácter de la literatura del Perù independiente” refiere injustificadamente del aporte de Elera –como poeta- con cierto desdén:
“sus versos vulgares y flojos, se salvan por la sinceridad de los lamentos que a veces lo hacía prorrumpir su desventura”.

Es probable que la mortaja vanguardista de Elera fastidie al conservadurismo académico de Riva Agüero. No era para tanto esta confrontación para con la discreta obra de un poeta provinciano que sabía hacer buenos versos.

El ciego Elera, como lo llamaban, fue un poeta que recurría a Virgilio, y a Dante, para expresar el sentir de su estética, y su admiración por la tradición clásica.
Si Virgilio –como guía- lleva de la mano a Dante por el paraíso donde lo aguarda Beatriz describiéndonos el mundo de la eternidad en su viaje, romántico y cristiano, es este caso de destierro humano lo que entusiasma a Elera. Son estos poetas iluminados que lo deslumbran. En tierra firme, Elera los venera como verdaderos videntes todavía medievales de la Edad Media. Buscaba –en ambos poetas del parnaso- la visita al otro mundo espiritual imposible de hallar en las tinieblas de la tierra, el mundo del más allá de la muerte.

Se proyectaba también a otro horizonte, más humano, en el pensamiento y la energía de Homero, y el esplendor de las imágenes de Milton. De Homero imaginó cosas naturales y sobrenaturales de ese gran viaje que es la “odisea” de la vida. Elera como Odiseo, alguna vez, se ve extraviado, lejos del camino de su patria, por mil tormentos y desastres. De Milton admiraba su gran imaginación, su civismo, su nobleza moral, sus grandes interpretaciones cosmológicas: la comprensión total de los principios de la forma clásica, que le sirvieron, no para exagerar, sino para modelar “la belleza y la dulzura” de su exuberante viaje en el “Paradise Lost”. Ambos poetas eran –también- videntes como él.
Lo cierto, para pesar de Riva Agüero, es que Elera tenía su arsenal poético sustentado en la fuerza de su visita por lo clásico e histórico.

Otra referencia a la obra de Elera es la de José Domingo Cortés (1838-1884), bibliógrafo chileno que publicó varias recopilaciones literarias de escritores de Latinoamérica, en su especial “Parnaso Peruano” (1877).
Se publicaron también –póstumamente- en Lima, una relación epistolar con la poetisa María Josefa Mujía –también invidente- (representante del pre-romanticismo boliviano), después de la muerte de Elera, en 1867, donde es de suponer, se puede entender el dolor existencial de la ceguera como impedimento físico de las personas. (4).

No es muy comprensible, sino por una actitud bisoña de la crítica literaria, el olvido visorio con el que se ha tratado la obra de Elera, muchas veces considerado como un poeta menor, pero esto no es cierto. Para muestra, citemos su poema “A mi estrella” que es uno de los que mejor desarrolla la indiscutible raigambre de su veta poética, en este desesperado testamento por donde Elera cavila la senda de los oscuros objetos de su poemática:

A MI ESTRELLA

¡Qué hermosa está mi peregrina
estrella nacida cual querub en el espacio,
esparciendo los rayos que destella
en nubes de zafir y de topacio!

A un horizonte de apartado cielo
ilumina el fulgor de su grandeza,
donde no alcanza de la noche
el veloz ofuscar el cristal de su pureza.

Siempre bañada en luz de eterno día
goza la vista que a mirarlo alcanza,
y al peregrino que a sus pasos guía
le muestra el cielo azul de la esperanza.

Dios te bendiga, estrella misteriosa,
porque sin ti mi angustia era sin calma,
porque de noche negra y pavorosa
salió a adormirse en tus reflejos mi alma.

Yo habitaba el desierto de mi mismo
inflamando las llamas en que ardía,
mi corazón rodaba en el abismo
del fatal estertor de mi agonía.

Mas, al destello de tu luz fulgente
de mi alma huyó la angustia destructora,
como se ven huir del occidente
las sombras de la noche con la aurora.

Guárdate el cielo, estrella peregrina,
que al serenarse el mar de mis dolores
sólo deseo inspiración divina
para loar tus mágicos fulgores.

Quisiera de Virgilio la ternura,
de Hornero el pensamiento y la energía,
de Millón la belleza y la dulzura,
y de Dante al ardiente fantasía;

para en alas cruzar del pensamiento
la extensión del espacio indefinible;
y en zenit do finas tu áureo asiento
contemplar tu esplendor inextinguible.

Entonces embriagado en el encanto
del espléndido sol de tu belleza,
cubierta el alma de entusiasmo santo
cantar tu hermosura y tu pureza.

Mas, ¿qué puedo ofrecerte, estrella mía
si de triste ignorancia el denso velo
nubla la luz escasa que radia
en las alas del genio al dar el vuelo?

Sublime estrella, acepta conmovida
sin mirar de mi voz el desconcierto
la mustia flor del tallo desprendida
de un árbol que vegeta en el desierto.


Su poesía es humanista y de gran nivel, de vasta cultura, a pesar de su premura profana y autodidacta, de un variado ímpetu creador que ya avizoraba su modernidad. Poesía de poderosa fantasía y con extraña capacidad de visión para poder entrever el lado oscuro de la vida.
Debo reconocer que es L.A. Sánchez, quizás el único, que ha reclamado a Palma sobre la exclusión de Elera en “La Bohemia de mi Tiempo”: Al referirse a los románticos y a los bohemios, in vino véritas: no estaban todos los que eran, ni eran todos los que estaban.
L.A. Sánchez, describe un somero perfil del poeta huancabambino, en donde no deja de estar excerta parte del segmento de los pesares humanos y sociales que parece terminaron abrumando al poeta:

“Pedro Elera, nacido en Huancabamba hacia 1820, quedó ciego en 1843; desde entonces, tuvo que dedicarse entre otras cosas y recitar como juglar, a fin de sostener una pesada pro­le de cinco hijos. Elera fue expósito o quedó huérfano muy ni­ño, lo cual agravaba su sincera actitud de desamparo. No sorprenda a nadie, pues, su ayes desgarradores:
No extrañe en el acento que sin orden levanto que no brilla un reflejo de leve erudición; porque jamás la historia a mi sentido canto le dio, con sus lecciones, benéfica instrucción.
Pocos lamentos revelan mayor sinceridad ni acusan tanto a la fortuna. Elera tenía conciencia de su inferiori­dad, por no haber podido ilustrarse como sus colegas litera­rios. Levantaba, "a sabiendas" "sin orden" su canto, cons­ciente de que la escuela no le había deparado "su beneficia instrucción".
Llama la atención que éstos, realmente "bohemios", no figurasen el “La bohemia de mi tiempo”, en la que aparecen, sin embargo, personajes cuyos méritos literarios son otros que una "bohemia" de la que no participaron de hecho, aun­que, sí de fama”.

Elera nos recuerda que las tristezas románticas cuando son verdades sentidas: en cuerpo y en alma, por el propio poeta, en el sentido estricto de las palabras, casi siempre se encuentran estas reflejadas en sus libros y en sus poemas: amor es también dolor. Hay que volver a mirar a Elera con ojos de mayor rigor literario y de realismo.
-----------


(1) -La Lejanía: Tierra Predilecta. Sexta Parte. Románticos, Naturistas, Ideólogos y Modernistas, p.p. 1257. Tomo III. La Literatura Peruana. L.A: Sánchez. Edición Banco Central de Reserva. Lima Perú. 1989.
-Perfil de lo romántico e indagación del lejanismo, en Mercurio Peruano, Lima, 1929, p.p. 346-366.

(2) Elera Pedro, Poesías del ciego P.E.. Lima, Tip. De Aurelio Arnao y Cía. 1859.

(3) Elera Pedro, Plegarias de un ciego. Imprenta El Comercio. Prólogo del autor. 1873.

(4) Maria Josefa Mujía (1812-1888). Correspondence Between a Blind Man and a Blind Woman. Cristina Guzzo, Ball State University.



Iglesia San Pedro de Huancabamba


*
 UN POEMA DE ELERA


FRANCISCO BOLOGNESI

Si yo alcanzar pudiera, ínclito atleta,
la inspiración de un genio sin segundo,
con célido esplendor mostrara el mundo,
la altura en donde el sino te sujeta,

pero aunque mi alma se inflamara inquieta
entre los rayos del saber profundo
para loar tus glorias, infecundo,
es el estro divino del poeta.

Tu fama luminosa es blanca estrella
que de su alto cenit cubre los cielos
con los claros fulgores que destella;

y levantando, fúlgida, los velos
de los siglos futuros tu memoria,
¡brillará más que el sol tu eterna gloria!.



Plaza Mayor de Huancabamba 1950




abril 10, 2006

POEMAS DE FLORENCIO DE LA SIERRA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA
POEMAS DE FLORENCIO DE LA SIERRA


Imagen: Armand.

YANTUMA *

ESTE es el poema que cantan los siglos,
el más hondo y altivo de los hombres
que orgullosos de la eternidad de su destino,
dejaron clavada su esperanza
como un puñal quemante
en el cuenco azul de la leyenda.

Este es el poema calcinado
al rigor del grito,
de la raza de tendones de piedra,
que los tallanes modelaron
en el crisol astronómico del tiempo,
y la hicieron más altiva
en las fogatas rojas de la arcilla.

Desde entonces:
por nuestras venas corre a torrentes
la púrpura más antigua del Sol.

Allí, tendidos como un retazo de sombra
hemos nacido al abrigo de broncas montañas,
escuchando del puma
cómo en pedazos rompe al silencio
y cómo queda golpeando el eco
sobre el yunque de las yermas cordilleras.

En nuestras pupilas llenas de horizontes
brilla el destello del relámpago,
y al poblarse la noche
de luciérnagas y estrellas,
en nuestras miradas arde
la llamarada volcánica de la Tierra.

En las auroras que cerca del cielo amanecen
somos el primer vigía del alba,
y en la pascua traviesa de las aves,
el canto primitivo de la mañana.

El silencio pétreo de las rocas,
el panorama plúmbeo de los pajonales,
las sombras peregrinas de la noche
son el liminar de nuestra cabana.

Somos estirpe, que el rayo modeló
al estallido quemante de la piedra.

Somos antenas de trovadores, rebeldes
por la voz telúrica de los siglos,
jamás cautivos por el Inca Tupac Yupanqui.

Y somos raza ayavaquina, flor de fuego
que al pie del enhiesto Yantuma,
tiene grabada su gloria
con un sólo grito de sangre.


HA MUERTO EL YAYÁN DE LA MANADA *

DE FELINOS maullidos
se retuerce la vorágine de las fuentes,
y cómo se vuelca el yayán de la manada
sobre la sangre que corre
derramando moribundos silencios.

Es el puma de encrespados bramidos,
en el fúnebre silencio de la hondonada,
estrangula al yayán de la manada.

Sólo el cóndor tras el silbo de los vientos,
otea al dolor de la tarde, y se aleja
salpicado de rojos crepúsculos.

Ha muerto el yayán de la manada.

Mariquita Culquicóndor,
india hermosa, como todas las acuarelas
florecidas en el jardín de la Sierra Peruana.

A carrera abierta se avienta gritando,
—Es la hija de Pascual el curandero—
estremece a las ondas
con estruendos de huaraca chacarera:

anima,
toto, totooooo,
asiteber,
cuje, cuje, cujeee

Y los perros como corren desparramando
al follaje vespertino de la tarde;
saltan el alegre rumor de las vertientes,
gruñen las curvas de los caminos,
y se pierden por los horizontes talados,
dejando en las pampas, iracundos ladridos.

En hileras de blancos copos de nieve,
se apretujan los rebaños,
y caminan en cortejo de duelo

con la cabeza prendida al dolor de la Tierra,
y corren en tropel de balidos
al olor de la sal pastoril.

Pero falta el yayán de la manada,
murmuran con qué pena los indios,
con esa pena tan honda
que se anuda como un grito en la garganta.

Mientras llega la noche, surcando senderos,
las ovejas rumiando pedazos de neblina,
balan de rato en rato, tristes de pena.

Pronto llegará la mañana con balidos de consuelo.
y el "inga" del zambo Dañel,
será el nuevo señor de la manada.

(Del libro: “Aúllan los perros”).


PRIMAVERA

De la ventisca de las montañas
las aves con las auroras
azules de su canto,
tu nombre madrugan a gorjear.

Así, llega la primavera
con el mensaje de la luz;
en los Andes florece
con la salida del Sol-

Viene del paraje del silencio
en busca de la estancia del rocío,
y reposa en donde el musgo crece
a orillas del silencio y el río.

llega ceñida la frente
de luceros y neblinas
que la Luna en menguante
con el cielo comenzó a tejer.

Los pastores en la Sierra,
alegres madrugan a cantar;
los arrieros en el valle
amanecen silbando también.

Los audaces pescadores
al remo de su barca,
al rumor de las olas
cantan su serenata al mar.

Las flautas de la mañana
celebran esta canción;
el Sol como un niño travieso
en el ramaje se esconde.

Juega a la ronda del follaje,
con el viento que corre
por los prados silbando
el amanecer de esta tierna canción.


OTOÑO

CUANDO el verano triste se aleja
de los campos ayer florecidos,
las hojas comienzan a caer
con la brisa de las neblinas.

De nuevo la infancia en el follaje,
en las campiñas su hermoso retoñar;
los alegres pajarillos en el bosque
comienzan sus cantigas a cantar.

Con la bruma de la tarde solitaria
en bandadas revolotean las golondrinas,
se remontan ufanas por las sementeras,
en busca de los nidos primitivos.

Con otoño en la cumbre
preludia el aguacero;
los pastores en las jalcas
tañen la canción de la Sierra.

Del follaje en noches de otoño,
brota el rumor de invierno,
con el viento y las auroras
de canciones se llena la Tierra.

De nuevo los inquietos pajarillos
entre las ondas columpian su canto,
al son del viento silba que silba,
la cantiga más antigua del cielo.

Con la presencia pastoril de otoño,
el almácigo comienza a crecer,
crecen los gorgoritos del agua,
florece la sonrisa del labrador.


VERANO

DONDE están los pajarillos
que al ramaje de las cordilleras,
la gracia de tu presencia
todo el día no cesaban de cantar?

Dónde están las mariposas
que todas las mañanas,
al pétalo de las flores
llegaban a revolotear?

Dónde está el pastor
que al medio día,
bajo la brisa de tu sombra
se reclinaba a reposar?

Hoy que al torbellino de la noche
pensativa se acerca la Luna;
en la raíz de tu silencio,
duerme el secreto de las hormigas.

Y cuando al solar primitivo
de tu querencia, el viento
con la mañana dialogan tu ausencia,
en vano, buscan las huellas de tu partida.


INVIERNO

QUE el páramo arrecie en la cumbre,
los zorzales con la porfía de su canto
preludian a las neblinas,
la inocencia del invierno.

Y cuando entre relámpagos y truenos
su sombra matizada de alboradas se apunta,
recién el mugido de los toros del alba
amanece retando al huracán de los cerros.

Los puquios con el vaho de las montañas
se llenan de neblinas y canciones
con la noticia de la lluvia que cantando
viene del aprisco de las cordilleras,

Los nidos se cubren de alegres aleteos,
en el amanecer de cada retoño
reverdece la esperanza de la crisálida,
y del travieso picaflor.

De nuevo en los campos palpita la siembra.
Dios en el barbecho, es el primer labrador,
las palomas al soplo helado del viento
escarban el secreto que conserva la Tierra.

Entonces es cuando el día exhala
la fragancia de la greda mojada
con el arado que en silencio cultiva
a la semilla que silente germina.

(Del libro: “Capullos de Rocío”).


IX

TODO lo que a solas estoy aprendiendo
con el lenguaje primitivo del viento,
con el arrullo musical de las aves,
con el aliento generoso de la noche,
voy formando el mosaico de las palabras
para cuando llegue la primavera
con la armonía de nuevos cantares
siga creciendo la canción de los pueblos
al son de la danza universal del agua.

XIX

No canto a las auroras de nublados silencios
a la nostalgia avarienta del olvido.
Tengo la fragancia de una rosa
con los cinco pétalos del cariño.

No canto al hombre huérfano de amor,
al aullido de la negligencia envejecida.
No canto a la pústula enloquecida
de aquél que añora la sombra de un abrigo.

Canto a la dignidad fecunda del hombre
al músculo honesto del trabajo.
Aquél que del aliento de los surcos vive,
lejos de la anatema de los pobres.

No hay torbellino que atormente
al oasis azul de mi cerebro.
No lamento esperanzas fenecidas...
por la ausencia de un nido musical.

El temblor nido de mis manos encallecidas,
jamás han llegado al infierno maldito del metal...
No vivo oculto de las miradas del pueblo,
en la guarida de palacios de cristal.

No tengo una sola parva de trigo
para el huerto florecido del hogar
Amo el secreto azul del destino,
al rocío, junto a la estrella del labrador.

No ponzoño a la inocencia del trovador.
No dejo sin nido a los pajarillos,
sin pan a los labriegos que cultivan
la fragancia fecunda de la flor.

XX

SOY fruto del amaranto del Ande.
He crecido en la raíz del árbol y la piedra.

Vengo desde donde el almácigo se yergue
al ímpetu glacial de la cordillera,
y donde el agua florece
al son de la cantiga de invierno.

Y he crecido con el rocío y la neblina,
celebrando la danza de la lluvia sobre la hierba.
Junto al arado con rumores de siembra
donde las plantas gallardas crecen
con la sonrisa universal del aguacero.

Y vengo donde la sombra del arco iris
de júbilo anida, en el canto de las aves
y donde la mirada de la tarde posa
en las pupilas del crepúsculo y la cordillera.

Con el haz de esta cosecha de canciones
y de verdes recuerdos de siembre,
me voy cantando el nombre de la mañana,
de la noche que dulcemente me arrulla,
bajo su lámpara encendida de luceros.

(De “La Danza de las Serpientes”).

*Voces Ayavaquinas

Yantuma: Cerro en donde existe vestigios de culturas remotas.
Yayàn: Reproductor, Señor de la manada.