febrero 07, 2007

CONTRAPOETICA DE BERNARDO RAFAEL ALVAREZ/ ROGER SANTIVÀÑEZ

CONTRAPOETICA DE BERNARDO RAFAEL ALVAREZ
Por Roger Santivánez
Foto: Armand. En la Foto: Roger Santivàñez en Queirolo.
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Durante el verano de 1974 el panorama urbano de Lima se presentaba dorado bajo un sol esplendoroso. Las reformas del gobierno del general Velasco cambiaban el viejo rostro oligárquico del país. Se vivía una intensa pasión política que –por supuesto- alcanzaba a la poesía. En el centro de aquella marejada social –representada básicamente por la avalancha migratoria andina del campo a la ciudad de Lima y la emergencia de nuevos sectores populares- había estado el movimiento Hora Zero, fundado en 1970.
Quien redacta este documento era uno de aquellos provincianos trasladado a la capital para seguir estudios de Literatura en San Marcos. A pocos días de mi llegada a Lima y mientras deambulaba entre el Parque Universitario, La Colmena y la Plaza San Martín decidí acercarme al kiosco de libros de Don Néstor Jáuregui sito frente al mencionado parque. Allí uno podía encontrar todas las últimas novedades en poesía. Mientras me deleitaba –digamos- con el recién salido número de Haraui o la primera re-edición de Reinos por La Clepsidra, noté a mi costado a un joven de lacio pelo largo que hacía lo mismo; es decir, chequeaba poesía. Embluyinado, en polo y con la reglamentaria peluca de la época Bernardo Rafael Álvarez volteó a mirarme y desde entonces empezamos una conversación que ya viene durando 33 años.
Lógicamente hablamos de nuestras vidas hasta ese instante. Me enteré que venía de Pallasca –en la sierra de Ancash- tenía 19 años y estudiaba en la Universidad Federico Villarreal. El supo que yo era de Piura, contaba 17 y estaba en proceso de traslado a San Marcos. Luego –era imposible no hacerlo- conversamos sobre Hora Zero. Recuerdo que nuestra actitud era crítica al respecto, pero se notaba en ambos una íntima admiración por aquel movimiento de jóvenes poetas radicales. Caminamos hasta la Plaza San Martín y allí nos despedimos. Un tiempo después –en otro de mis walks cotidianos por el cercado- visité a mi amigo Jáuregui en su puesto y lo primero que me mostró fue un delgado volumen poético denominado Aproximaciones & Conversaciones firmado por Bernardo Rafael Álvarez. Emocionado al ver el nombre del joven poeta que yo acababa de conocer le metí el diente al toque y me gustó su fresco tono coloquial emparentado a la onda verasteguiana de En los extramuros del mundo – en el tema amoroso y la línea lírico-urbana- pero sobre todo por el desarrollo experimental de Intihuatana O’clock el largo texto final del libro. Sentado en un bussing de la 59-A leí en la contratapa que Bernardo decía: “No pertenezco a ningún movimiento, pero trabajo con Hora Zero”. Luego me enteraría que esto se refería a su muy cercana relación con Juan Ramírez Ruíz –uno de los fundadores de HZ- a quien solía frecuentar. Pero lo dicho era en verdad una metáfora, ya que HZ a la sazón se había diluido y ya no existía como entidad organizada desde la aparición del tabloide de marzo de 1973. Por su lenguaje la opera prima de Álvarez podría vincularse a la de quienes conformarían la segunda promoción horazeriana, presentada justamente en dicho tabloide, o sea: Alberto Colán, Eloy Jáuregui, (que aún no han publicado libro), César Gamarra, Rubén Urbizagástegui, Elías Durand, Yulino Dávila, Angel Garrido (todos con obra édita) e Isaac Rupay, fallecido en plena juventud en abril de 1974. La única mujer en esta onda sería Enriqueta Beleván con su poema Para encontrarte en una plaza de Lima publicado en el Dominical de El Comercio y recogido en sus Poemas al estilo de una pintura ingenua. En cierto modo podría relacionarse a esta nómina otro grupo –generacionalmente cercano aunque no perteneció a HZ- conformado por Guillermo Falconí (inédito also) Juan Carlos Lázaro, Fredy Roncalla, Armando Arteaga y Oscar Aragón. Y también Luis Alberto Castillo, Enrique Sánchez Hernani y Jorge Luis Roncal. Toda ésta órbita poética (hablo del primer momento de la creación de estos autores) provendría del tono lírico-urbano acuñado por la obra de José Cerna Bazán y principalmente Enrique Verástegui, ambos al interior de HZ en 1970-71, en patente diferenciación con la línea –digamos- épico-ciudadana que representarían los primeros libros de Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruíz o Feliciano Mejía. Otro buen poeta –de esta primera época fundadora horazeriana- como Jorge Nájar tendría fuentes diversas.

2
Ahora estamos en 1977 - 79 y otra vez una gran agitación político-social sacude el país. Pero ésta vez no son las reformas de Velasco, sino justamente el desmontaje de todas ellas realizado por la dictadura militar fascistoide (al modo del Chile de Pinochet) del general Morales Bermúdez, lo que ocasiona el descontento popular y la intensa revuelta callejera, cuyo punto más alto fueron los paros generales del 19 de julio de 1977 y del 22 y 23 de mayo de 1978. La dictadura militar acorralada convocaría Asamblea Constituyente y elecciones generales para 1980. En este ambiente de agudo enfrentamiento de clases me encontraba una tarde en la azotea del local de la Asociación Educativa Tarea en cuya revista del mismo nombre trabajaba el poeta José Cerna Bazán.
Hablábamos de poesía y política. En dicha oportunidad Cerna me mostró con algarabía un poema denominado K presuntamente dedicado a Kafka, pero cuyo fraseo y resonancias entusiasmaban a José, por su dimensión órfica en el plano del lenguaje y su bien lograda perspectiva política. El autor del poema era Bernardo Rafael Álvarez, quien reaparecía por los predios literarios con esa entrega que –por supuesto- salió en uno de los números de Tarea en esa época y es la composición que abre Dispersión de cuervos segundo libro suyo publicado recién en 1999.
Aparte de unos textos publicados en La tortuga ecuestre Álvarez se había borrado del panorama desde circa 1974. En los días de K circuló un poco por el Wony del jirón Belén, pero luego vuelve a desaparecer por casi todos los años 80. Y ya en los 90s otra vez lo encontramos en la bohemia de Quilca. ( Killka con agua de luz o luz líquida de cebada –dice en un verso del libro que motiva esta nota introductoria). Me contó que había formado familia y se había ido a vivir –y a luchar- a Cantogrande (Dos en el paraíso del canto grande reza otro verso). Para mí –en lo personal- fue una gran satisfacción volver a ver al viejo amigo de los poéticos y juveniles inicios. Y entonces retomamos la primera conversación y vendrían las infinitas noches eternas de Las Rejas, Bar de los Recuerdos, Chino Felix, Cholo Tino, Salinas & Marina, Mamani Pub, Galileo, Camaná, Las Pancitas, Rocola, Don Lucho, China Sarita, el estelar Queirolo y al final El Averno. Recuerdo especialmente los días de mediados de la década cuando con Carlos Jallo y Teófilo Gutiérrez lanzamos el único y solitario número de Killka Blues y Bernardo era uno de los más entusiastas colaboradores. Como quedó dicho, en 1999 lanzó Dispersión de cuervos cuyo lenguaje parece ser una antesala de la obra que ahora nos ocupa.

Foto; Armand, En la Foto: Bernardo Rafael Âlvarez en Yacana.
3
Los bajos fondos del cielo es un libro que –desde el título- nos anuncia su procedencia. Estamos ante una poética del lado sórdido y oscuro de la realidad. Pero que –simultáneamente- nos informa de una belleza contenida en él. O mejor dicho: aún en el cielo (en la paradisíaca belleza) hay bajos fondos, miseria, lugares difíciles, turbios, lumpen. Y más claro todavía: aquellos terribles sitios son también hermosos o pueden serlo a través del ojo y la sensibilidad del poeta: Dentro del hedor / También mora la luz afirma. Y es que desde Baudelaire –como lo explica muy bien Hugo Friederick en su notable Estructura de la lírica moderna- ya no sólo lo aparencialmente bello puede ser sujeto de la poesía, sino hasta lo más feo, bajo, degradado e incluso repulsivo (la famosa carroña baudeleriana) serán dignas de la transformación poética. Este cambio de conceptualización revolucionó la poesía de Occidente y abrió un extraordinario cauce para su desarrollo hasta las Vanguardias europeas y latinoamericanas, así como el Modernism y la New Poetry anglo-sajonas. Y por supuesto el Conversacionalismo hispanoamericano. En esta magnífica tradición se sitúa la obra de Bernardo Rafael Álvarez, un poeta peruano nacido en los Andes ( olor a romero en la iglesia de San Juan Bautista de Pallasca ) cuya migración a Lima, la horrible, lo enfrentará a una salvaje lucha por la vida, en la que primeramente tendrá que conquistar un lugar para él y los suyos: Para asegurar la posesión de mi territorio y lo orino –como el can callejero- y tenga que comer pan crudo pan crudo pan crudo crudote –así con esa voz coloquial- aunque luego nos diga con la convicción de un poeta post-moderno: En realidad yo no pertenezco a nada.
Más allá de la intertextualidad vallejiana o martínadanesca –presentes en el libro- la voz de Álvarez se alza en medio de un mundo en estado descomposición Como agua clara / Desde las alcantarillas y construye imágenes mixtas, es decir, tomadas de la realidad o de la literatura pero fusionadas en un nuevo sentido poético, por ejemplo veamos estas adjetivaciones: bodega adiposa o Maldoror grotesco y este verso que es todo un planteamiento la utopía que no es una isla / ni un pedazo de pan o la rosa de teoría (que es la de Adán en este caso) o la plasmación mística Santa Rosita y sus tormentos zumbando en una gota de rocío. Así este lenguaje deviene crítica del entorno contradictorio: En este país / Cóncavo / Cinerario / Candoroso en el cual el poeta llega a decir Y trino / Como ave descuajeringada / Mientras la ciudad excreta / Los rigores de la sociología y los gobiernos. Es decir, una alta conciencia pública e intelectual monitorea los poemas, pero es una que lo afecta en lo personal: Nada me pertenece / excepto la llaga de la experiencia, y a pesar de la dura costra de la vida cotidiana ya que nos constata Tengo el alma de piedra pómez.
Como la de toda la generación crecida por los días de la inmolación del Che Guevara en Bolivia (1967) y antes de la caída del muro de Berlín, la sensibilidad de Álvarez es de izquierda, pero con un matiz particular: mi marxismo sensorial dice el poeta y frente a la realidad nos espeta sin remilgos Agg puf plaf un eructo significando que a veces no nos queda sino un gesto de asco o una interjección y entonces la poesía se convierte en el libelo del repudio / O la belleza de las vísceras. Eso es, poesía visceral, descarnada, testimonio del caos y la putrefacción social, mental y cultural, desde donde se levanta una contrapoética que está contra toda poética, es decir por la creación de una nueva música verbal, quizá embarrada. Así entendemos que el poeta nos informe de su propio ismo denominado Acaso sucielismo y nos alcance este verso de neto corte expresionista: Una sudorosa sonata canta el carro / De la Baja Policía.
Hay un poema específico sobre el que queremos llamar la atención. Se trata del texto De la Divina Hoguera por su excelente confección y la verdad que transmite. A partir de su aparente e impactante apología al mal: Mi demonio no es el de Sócrates ni el de Baudelaire (aunque sí lo es como vimos al principio del punto 3 de esta nota) la dicción discurre en un muy bien conseguido ritmo hasta una desgarradora verificación, su diablo le ha enseñado al poeta a lamentarme por haber nacido / y ser la carne corrupta de ningún poema. Drástica negación de la poesía y elogio de ella misma. Más adelante nos queda claro: Es mi resurrección e indulgencia / La Palabra. Y en medio de ceviche y chanfainita y de los sueños viajando en combi está el afecto: nuestra mirada se cuartea lánguida y sin malicia en el amor. Ya sea por la ternura de un vástago: He visto la sonrisa de mi hijo menor / Irreversible nutricia solar o por la amada compañera: Echo raíces sobre el asfalto / A ver si sobrevivo al fulgor de tu sonrisa.
Llegamos a la parte final del poemario, titulada Cielo Raso donde quizá la violencia verbal se suaviza un tanto, a pesar del autoreconocimiento de lo que podríamos llamar nuestro ser nacional: En la raíz tuberosa de la conciencia retorcida leemos en uno de los cuatro poemas que la conforman. Y para que no quede ninguna duda de su firme adhesión a la poesía –a despecho de la contra-poética- el poeta nos entrega una especie de Ars Poeticae con resonancias de wayno andino: manzana mía / manzana mía y en donde declara enfático y escrito en peruano: Pero mi obsesión eres tú / Poesía desnuda Poesía calata. ¿Para qué más?
No dudamos que con este nuevo libro Bernardo Rafael Álvarez se sitúa en un avanzado paso del desarrollo del lenguaje de Hora Zero -y por eso la caracterización que hicimos al comienzo de estas páginas- dentro del concierto de la poesía peruana que nació hacia 1970 y se prolonga hasta nuestros días. 2 + Bernardo.

[Roger Santiváñez. Orillas del río Cooper, 4 de enero de 2007].
VIDEITOS MANDAN:

febrero 01, 2007

LA LITERATURA EN TUMBES/ ARMANDO ARTEAGA

LA LITERATURA EN TUMBES:

   Imagen tipica en Tumbes.

¡CERCA DEL “ECUADOR” DE MICHAUX!  ¡LEJOS DEL PERÚ!
Por Armando Arteaga

El poeta tumbesino Alfonso Vinces Davis tenía un aire de charro mexicano, allá por los finales del los setenta, mientras bebíamos algún néctar de verano y conversábamos de literatura. ¿De dónde eres? -le pregunté-. Alfonso Vinces Davis me contestó de la manera más natural: ¡Cerca del “Ecuador” de Michaux!.* ¡Lejos del Perú!. Ya lo sabía, era de Tumbes, nada menos.

Yo había estudiado mi primer año de primaria en la frontera tumbesina, de manera que estaba familiarizado con los escenarios y la problemática de la cultura tumbesina. Vinces Davis conocía muy bien lugares como “Cabeza de Vaca”, “Guineal”, “Ucumares”, o “Garbanzal”, y sabía por supuesto mucho más que este modesto interlocutor de whiskies a las rocas, y de la cocina de pescado y de mariscos que es el plato fuerte de la cultura “viva” del norte peruano.

Alfonso Vinces Davis.

Con Vinces Davis nos hicimos amigos, y con premura me presentó a Rigoberto Meza Chunga, quien acababa de publicar su libro “Canto a Tumbes”, y se encontraba preparando su “Primera Antología de la Poesía de Tumbes”, por lo que me solicitaba algunas sugerencias, más tarde Rigoberto me sorprendió con la publicación de su “Dodecaedro”, y mucho después todavía con sus “Leyendas y tradiciones tumbesinas”, que lo ubicaba como el escritor más orgánico de la literatura tumbesina (a pesar que fue, porque ya no está con nosotros, un discreto talareño).

Los esteros y manglares de Tumbes.

Siempre que he podido, he regresado a Tumbes, y cada vez he cuestionado el marasmo cultural que padece por culpa de sus autoridades locales, pero también he celebrado sin ambages, con algunos de sus poetas, la fuerza insurgente de su nueva literatura, de su gran perfil logrado, al separarse de la influencia tutelar literaria de su hermana gemela: Piura.

Alguna vez, encontré paseándose por las calles de la septentrional Tumbes, a los viejos y entrañables maestros: a Mario Florián y a Francisco Izquierdo Ríos, con quienes compartimos largas conversaciones en esa visita. Bromeaba con Don Pancho Izquierdo diciéndole que en los esteros y los manglares de Tumbes bien podríamos llevar al cine su cuento “Tito y el caimán”, a cuya ocurrencia mía Don Pancho celebraba con chicha tumbesina, y picaba sus zarandajas con pescado y chifles. Yo le recordaba –en el mismo instante- a Mario Florián que al poeta ecuatoriano Alfredo Gangotena (ingeniero de minas, afrancesado, rara avis de nuestro simbolismo y surrealismo hispanoamericano) también lo deslumbraron en sus páginas barrocas los atardeceres de Zorritos y de Puerto Pizarro.


"Canto a mi patria india" de Vinces Davis.

Pero, volviendo a la literatura de Tumbes, he leído con cierta admiración a otros escritores tumbesinos: a Félix Hugo Noblecilla Purizaga y sus “Cuentos ecológicos”, a Carlos Garrido Chalen y su “Palabra secreta”, a Andrés Lavalle Dios y su “Mural”, a Alfonso Vinces Davis y su “Canto a mi patria india”, a Julio Chiroque Paico y su libro “Los gallos vigilantes”, a Eduardo Avalos Bustamante y su “Balada del muchacho que partió”, a Carlos Yacila Peña y su “Canto al hombre de América”,  y también,  a Rigoberto Meza .y su "Dodecaedro".

"Dodecaedro" de Rigoberto Meza.

La poesía tumbesina tiene también otros representantes destacados, en la memoria, trataremos de hacer un rápido inventario que pueda servir como un esquema para demostrar la insurgencia de esta nueva poesía que va desarrollando su propio matiz:

-Félix Moran Davis y su libro “Itinerario de vida”
-Víctor Correa Dioses y su libro “Vocales poéticas”
-George Ocampo Prado y su libro “Humanidad”
-Walter Flores Aguilar y sus libros “Lluvia”, “Travesía Continua” y “Estación rutinaria”.
-Aura Vega Olivos y su “Lluvia azul”
-Santiago Medina Ríos y sus libro “Cumaneando”
-Gladys Maritza Rosillo Moran y su libro “Tinieblas en el día”
-Marco Antonio Cabrera Atoche y su libro “Vestigio de lo cotidiano”
-Francisco Martinez Barreto y sus libros “Poemas de un solitario” y Poemas de la melancolía”
-Juan Santos Chulle García y su libro “Los Tumpis y ...otros poemas”
-Eduardo M. Velásquez Cum y su “Poemario”
-Ricardo Pablo Rumiche Herrera y su libro “Poemas”
-Heriberto Panta Chune y su libro “Cumananas del pueblo para el pueblo”
-Salomón Vásquez Villanueva y su libro “El silencio de mi pluma”
-Alejandro Vidal Díaz y su libro “El sol de la razón”
-José Félix Reaño Álvarez y su libro “Antología Otoñal”, poeta al que falta reivindicar.
Las nuevas generación han realizado su aporte literario con los trabajos de Harold Stipf Alva Viale (el más destacado de todos con sus libros “Antes de abandonar la sombra”, “Cañaveral: Libro de Tierra, “Sotto voce” y “El sonido de la sangre”), viajan con él también en estas nuevas voces: Jorge Alexander Silva Moran, Nicanor Chiroque Samame, Luis Abel Quiñónez Zapata, Baltasar Benito Castillo Hidalgo, Yessenia Quispe Cruz, Martín Cornejo Infante, Guillermo Hidalgo La Rosa, Ana María Maizondo Díaz, Fernando Ortiz Chávez, Fernando Panta Moran Edson Fernández Porras, y Héctor Preciado.

Puerto Pizarro.

En la narrativa, se puede decir que la prosa en Tumbes ha ido de la mano con la poesía. José Dolores Silva Dioses es el ¨pioner” de la narrativa tumbesina. Ricardo Noblecilla Morán empezó publicando “Receso”, una novela corta, la primera de su genero en Tumbes. 

Rigoberto Meza Chunga

Me parece que es Rigoberto Meza Chunga quien ha llegado a los niveles muy destacados en narrativa, lo mismo que Manuel Añazco Ruiz y su libro “Don Sata, el rey de los esteros”, David Torres Celi y sus “Narraciones ecológicas”, Samuel Ocampo Huaman y su libro “La sicología del charán y otros textos”, Juan Santos Fulle García y “El maléfico”, Wilson Puell Mendoza y sus “Pinceladas”, Donatila Mogollón Dioses y su libro “Juanito y el lagarto dorado”, Víctor David Feijoo Saavedra y su libro “EL niño del cajón verde”, se suman a estas versiones y otras miradas de Tumbes en su narrativa, otros escritores como Carlos Apolo Torres por su relato “el Vaquero de Pampa Quemada”, Santiago Medina Dios, Alejandro Vidal Díaz y su libro “Juan gringo el vendedor de pescado”, Víctor Correa Dioses, entre otros.
Michaux "ibidem" Ecuador, el libro iluminado de su viaje.

Aunque han fallecido, demasiado jóvenes, varios de estos escritores tumbesinos como Alfonso Vinces Davis, Rigoberto Meza Chunga, Eduardo Avalos Bustamante, y Julio Chiroque Paico, paradójicamente, son sus escritores más representativos, sin embargo la literatura en Tumbes tiene mucha fuerza, y se va a seguir desarrollando, por impulso propio y autónomo, a pesar de todo el olvido republicano en el que se le ha abandonado, por ser región fronteriza con el Ecuador (de allí la alusión de lejanía expresada por Vinces Davis), dejando ya la tutela y el magistrado (hablo en lo literario) de su vecina: la magnética Piura, en horabuena.
El poeta y pintor Henri Michaux.



Dos pinturas de Michaux.

*Henri Michaux, poeta belga-francés, amigo de Gangotena y Supervielle, que escribió su libro “Ecuador” de gran dimensión poética y metafísica, y “L´infini turbulent”. La referencia de Vinces Davis es al libro "Ecuador" de Henrí Michaux, un diario de viajes del poeta a sus 29 años, de apuntes breves y directos, su peripecia por los andes de Ecuador y por la selva amazonica peruana. Navegó por el río Napo para llegar a Iquitos en 1928. El  viaje es su arrebato mundano hacia lo exótico, buscando la belleza de la tierra desconocida.

enero 30, 2007

SI SE HA DE ESCRIBIR CORRECTAMENTE POESÍA/ ENRIQUE LINH

SI SE HA DE ESCRIBIR CORRECTAMENTE POESÌA
ENRIQUE LINH


Si se ha de escribir correctamente poesìa
no basta con sentirse desfallecer en el jardín
bajo el peso concertado del alma o lo que fuere
y del célebre crepúsculo o lo que fuere.
El corazón es pobre de vocabulario.
Su laberinto: un juego para atrasados mentales
en que da risa verlo moverse como un buey
un lector integral de novelas por entrega.
Desde el momento en que coge el violín
ni siquiera el Vals triste de Sibelius
permanece en la sala que se llena de tango.
Salvo las honrosas excepciones las poetisas uruguayas
todavía confunden la poesía con el baile
en una mórbida quinta de recreo,
o la confunden con el sexo o la confunden con la muerte.
Si se ha de escribir correctamente poesía
en cualquier caso hay que tomarlo con calma.
Lo primero de todo: sentarse y madurar.
El odio prematuro a la literatura
puede ser de utilidad para no pasar en el ejército
por maricón, pero el mismo Rimbaud
que probó que la odiaba fue un ratón de biblioteca,
y esa náusea gloriosa le vino de roerla.
Se juega al ajedrezcon las palabras hasta para aullar.
Equilibrio inestable de la tinta y la sangre
que debes mantener de un verso a otro
so pena de romperte los papeles del alma.
Muerte, locura y sueño son otras tantas piezas
de marfil y de cuerno o lo que fuere;
lo importante es moverlas en el jardín a cuadros
de manera que el peón que baila con la reina
no le perdone el menor paso en falso.
Quienes insisten en llamar a las cosas por sus nombres
como si fueran claras y sencillas
las llenan simplemente de nuevos ornamentos.
No las expresan, giran en torno al diccionario,
inutilizan más y más el lenguaje,
las llaman por sus nombres y ellas responden por sus nombres
pero se nos desnudan en los parajes oscuros.
Discursos, oraciones, juegos de sobremesa,
todas estas cositas por las que vamos tirando.
Si se ha de escribir correctamente poesía
no estaría de más bajar un poco el tono
sin adoptar por ello un silencio monolítico
ni decidirse por la murmuración.
Es un pez o algo así lo que esperamos pescar,
algo de vida, rápido, que se confunde con la sombra
y no la sombra misma ni el Leviatán entero.
Es algo que merezca recordarse
por alguna razón parecida a la nada
pero que no es la nada ni el Leviatán entero,
ni exactamente un zapato ni una dentadura postiza.

ANTOLOGIA DE LA POESÌA LATINOAMERICANA (1).

enero 24, 2007

MELODÍAS PARA REFLEXIONAR/ MANUEL VELÁSQUEZ ROJAS

MELODÍAS PARA REFLEXIONAR
Dr. Manuel Velásquez Rojas[i].



En Huari, Ancash: Armando Arteaga y Manuel Valàsquez Rojas (poeta y maestro universitario, autor de esta reflexiòn crìtica sobre la poesia de Ricardo Falla, poeta del grupo Gleba y de la Generaciòn del 70).

El libro Interludios de Ricardo Falla Barreda es un poemario de espacios culturales. En el pasado tiempo, los seres humanos escogían, de los numeros santos que moran en el cielo, algunos para venerarlos en su capilla particular. Hogaño, dicha religiosa costumbre, ha sido reemplazada por otra laica y terrenal. Me explico: algunos poetas, es el caso de nuestro amigo Ricardo Falla, necesitan dar a conocer las individualidades creadoras que admiran, y que, por la recurrencia en la vida de los poetas, realmente, han pasado a la categoría de amigos. Cuando este hecho singular, creo yo, que se expresa el sentimiento de iconofilia, valga este neologismo inventado por mí, para significar que nuestro iconos son camaradas inseparables de nuestra existencia. Los iconos que llenan los espacios culturales de los poemas de Ricardo Falla, pertenecen a la historia, la literatura, la música y a la ficción. Ahora, permitidme una breve digresión o un flash back existencial. Ricardo Falla en sus orígenes literarios, era parte de un grupo de poetas que caracterizaron su poética con una temática realista, popular y urbana (la ciudad de Lima creció con sus versos), y establecieron, además, las formas coloquiales, y los versos de largo aliento. Es cierto que estas características los hicieron distintos, y ahora ya no distantes de la generación que los precedió, la de los años 50. Este grupo poetas, nuevo y novedoso, nació con el nombre de Gleba, quizá haciendo honor a un poema, con el mismo título, de César Vallejo; la historia del grupo continúa, más tarde se proclamaron Nueva Humanidad y, finalmente, con ausencias calladas y opositores activos, se llegó a Hora Zero, este último calificativo con mayor ruido mediático. A este conjunto de poetas, unidos por el tiempo pero distintos en sus creaciones individuales, se les llama la Generación del 70. Ricardo Falla es un de los ganfaloneros de esta generación, por su vocación y condiciones de liderazgo poético, que más tarde se rearfirmará con la publicación de su primer poemario titulado Pequeña historia de conciencia (Lima, 1971), luego vino su polémico Contra viento y marea (Lima, 1973), y los poemarios de madurez Mi Capital, con prólogo consagratorio del poeta Alejandro Romualdo 1979, y Poesía abierta, editada en 1982.
De un primer registro de manifestaciones formales, podemos afirmar: de los postulados de la poética de la Generación del 70, Ricardo Falla conserva el coloquialismo, pero ahora no es la conversación que una tradicional calle de Lima se puede escuchar. No. Ahora es un diálogo con los iconos preferidos por Ricardo Falla. Coloquio que recrea un espacio cultural para el icono y su trascendencia. Se conoce que todo poema ofrece un hablante lírico que es el que modula los versos, es decir es un yo especial solo existente en el poema. Cuando se trata de un poema conversacional, el yo especial pregunta, acepta respuestas y reflexiona sobre los temas planteados. Es un yo y a la vez un tu. Estimo que estas consideraciones iniciales posibilitan y son las necesarias para una aproximación de crítica literaria a los poemas de este libro sustancioso y sustantivo. Exploremos algunos poemas cuyos espacios están ocupados por personas culturales.
El poema Epístola a Amarilis con un fraseo hermoso y a la vez inquisitivo, nos da a conocer las inquietudes de un yo poético que admira a la poetisa del siglo XVII, que se le recuerda, precisamente, por su Epístola a Belardo, que, como todos saben, fue dirigida a Lope de Vega, y en la que esta monja de clausura le declara su amor platónico y le pide que eleve sus versos en elogio de Santa Dorotea. Esta poetisa ha concitado interrogaciones a todos los estudiosos de la literatura peruana que, han pretendido, en hipótesis aventuradas, determinar su nombre, linaje y trayectoria vital. Ricardo Falla en verso sutil y preciso la llama “poetisa de la incógnita”, y luego de platicar largamente con ella, le reclama que devele sus misterios, y le dice así: “Pero tu como idilio eterno/ danos el lugar exacto por donde asciende el aire/ en esta imagen/ en esta tierra/ en el tiempo esculpido por la luz/ y así sabremos como eras/ y como fuiste en la tierra y en la frente”.
Un tema recurrente, en el periplo poético de Ricardo Falla, es reclamar la justicia entre la sociedad humana. Noble empreño que valoramos más, cuando más injusta es la sociedad en que vivimos. Por eso su poema En el espacio Quijotal – para mi sentir – es uno de los poemas más logrados estéticamente, porque ha unido en armonía feliz su inquietud de identidad individual, su admiración por el Quijote (como personaje eterno de la literatura), y su demanda a seguir sus enseñanzas de justicia, y en pos de un ideal de fraternidad humana. Cervantes logró decirnos que la justicia es la razón de un loco, que vive como héroe para sí, aunque desdeñado y befado por los que siempre defienden la razón de las injusticias. El poeta Ricardo Falla, nos habla a sus lectores, con versos que revelan un compromiso hermoso: “No olvides que los cuerpos son sueños/ no son vida/ y el mirar con violencia al mundo/ desintegra la realidad del amor”.
Pero el registro del yo poético, de Ricardo Falla, es amplio como lo apreciamos en los significativos poemas Ante los ojos de Joseph K, Bajo el viento de Ulises, Variaciones ante el mundo de bronce, que esta dedicado al Señor de Sipán, en un vínculo que, a través del canto de admiración, se va revelando la identidad del ser peruano en todos los tiempos. Ofrece, el poeta Falla, además otros poemas como A Carmen de Bizet, Secreto a voces, y el aleccionador Escrito para la memoria de un joven poeta. Me detengo para expresar, mi deleite personal con la elegía La hora de John. Recorrer el siglo XX es descubrir que fue un siglo extraordinario, y que su música popular revolucionó los conceptos y la praxis de escuchar música, de sentir la música. Bastaría citar algunos de sus exponentes para justificar mi aseveración. Nombres como los de Carlos Gardel, Celia Cruz, Los Panchos, Juan Manuel Serrat, Teresa Parra, Lucha Reyes, y, por cierto, Los Beatles, hicieron más hermosa y libre la vida del siglo XX. Y el poema de Ricardo Falla, presenta al personaje de John Lennon que nació en 1940, en Liverpool. Su vida fue un ejemplo de creación musical, y sus opiniones militantes defendiendo la paz provocaron aplausos en los hombres de buena voluntad, y rechazos fanáticos de los belicistas. Un violentista, amante de la muerte y de la guerra, le quito la vida a John Lennon, en Nueva Cork, el 8 de diciembre de 1980. Y el poeta, en el libro que esta noche celebramos, nos dice: “Una vez John en sus invenciones de piano/ hizo del placer tendido las tenciones del corazón/ los registros de la resurgencia/ el centro de las perplejidades/ la creación de lo irreal/ la música capaz de encender momentos/ y escribió y entonoó/ y entonó y escribió/ lo que los sentimientos de cada hombre/ desean cuando ven con tristeza los momentos de la tierra/ en un tiempo de venganza/ y aspiración de muerte”.
El poeta francés Arthur Rimbaud, en un verso célebre afirmó: “Yo soy otro”. César Vallejo, en un poema nos dice: “A lo mejor, soy otro” y, creo, que la lista de los poetas que padecen este desdoblamiento es numerosa. Señalo una idea para comprender este fenómeno de la poesía occidental. La vida nos obliga a ser un individuo atenazado por el poder político, religioso o económico, lo que obliga a resguardar parte de nuestro ser (“otro yo”) para que no muera contaminado. El yo poético, de Ricardo Falla, nos entrega el poema Centinela, en esta pista poética de ser dos en uno. Él dice: “Mi casa tiene un centinela/ sé quien es/ pero no se de donde vino/ ni porque me cuida de los ruidos del mundo/ (…)Él como nadie sabe/ que la realidad da vueltas/ y vueltas y cambia/ sabiendoque hay una cosa que no cambia/ cuidarme la vida/ y no dejar pasar la muerte”.
Un bloque integrado por algunos textos muy valiosos presenta como tema fundamental: el amor y el hogar. Así Caminar a tu lado, A un verso que llega, Entre el cantar y la sombra, Para una melodía en flor de luz, y Sueño por los silvestres dibujos de tu cuerpo. El yo poético, posee ya la madurez de la vida y su forma de sentir y hablar del amor es hermosa, pasional, y a la vez simbólica, con descubrimientos, y resplandores humanos y estéticos. Este sentimiento está a la vez acompañado de la voz poética que une a la pareja. Cada amor es único, un milagro distinto para cada ser. Es uno de los dones de la vida, porque une en intimidad ilimitada y protege la supervivencia de la especie. Digo y afirmo, finalmente, que con la lectura de tus poemas, Ricardo Falla, he crecido como ser humano: me he acercado a los paradigmas culturales y con nuevas visiones los vuelvo a colocar en sus altares. He reflexionado sobre temas de la esencia de la poesía y del destino del ser humano. Y he contemplado una visión de amor ejemplar y bella: por todas estas cualidades de tu libro, te felicito Ricardo Falla, y te reitero, hermano en la poesía, hermano en las lides universitarias, hermano en la búsqueda y anhelo de un mundo mejor, gracias por tu libro y tu amistad.
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[i] Manuel Velásquez Rojas: Dr. en Literatura, profesor universitario, poeta de la Generación del 50. Ejerce la docencia universitaria en el Post Grado de la Universidad Nacional de Educación, La Cantuta, y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es autor de estudios sobre César Vallejo, J. M. Arguedas, entre otros, así como de varios libros de poemas.

enero 22, 2007

RECORDANDO A CHACHO/ GUILLERMO FALCONÌ

Poeta Cesàreo "Chacho" Martinez.

RECORDANDO A CHACHO

Por Guillermo Falconì


En el Wony, en los 70, despuès de un Recital en la Asociaciòn Nacional de Periodistas. De pie: Nelsòn Castañeda, Roland Portocarrero y Armando Arteaga. Sentados: Juan Carlos Làzaro, Guillermo Falconì (autor de esta nota) y Sonia Gambbini.


ARMANDO, carajo, una vez màs las cosas de la vida y el tiempo (siempre el tiempo), se me escurren de las manos como un jabón, bueno para lo maldito, no importa el tiempo, el mal: siempre es mal, y no tiene espacio ni tiempo, así dice George Bataille, para Chacho, el tiempo era un discurso de la codicia, esa conciencia de siempre pertinente que dio origen a la teoría de la escasez, de bienes escasos para necesidades grandes, así, era también su grandilocuencia, Chacho amaba a Yeats, con el romance de un silvestre Rilke, como un Werder, tras las celebraciones de Sara Boticcelli. Chacho amaba a Trinidad, una estudiante de la Facultad de San Fernando, esta diosa, hizo que el poeta inspirara además: Cinco razones, escrito en el Patio de Letras de San Marcos. La gran poesía, que era, perdón, que es la poesía de Chacho, según èl, desarrollaba una poética mayéutica, de versos largos extendidamente, en el concepto de abarcar una epistemología total de la imagen, tal que las cinco estaciones de cinco Razones ,es una dialéctica construida, con la metáfora del amor y la historia social de nuestro país, versada, a lo Saint Jhon Perse con el espíritu hermético de Yeats. Con esta poética, Chacho, calza un punto màs, ajeno a la generación de poetas y escritores de la época, -te confieso que amaba a Yeats por sus propias declaraciones-, nadie, que yo sepa, salvo Juan Ojeda, se atrevió, en esa época, a estrechar el racionalismo poético como ellos. El espíritu de la época demandaba pues, secularizar la metáfora, la imagen y la palabra para salir del hermetismo burgués, del humanismo existencialista de post guerra. En este país, tenemos que aceptar la presencia de estas poéticas. Caso único. Así es Armando, esto significa que debemos interpretar densamente la poética de Chacho.... acaso los académicos de La Católica, estuvieron cerca.., tu sabes que no, solo sabemos los que leemos diariamente la vida como el poeta, en cambio para los académicos, Chacho, les significa un comino, porque?… , además la poética de Chacho, no ha sido alcanzada, por el gusto insípido de la pequeña burguesía, la critica a los huecos negros de la burguesía era el alma de la poética de Chacho. bueno, podría desarrollar, una texto mas explicito desde la perspectiva de una literatura total, dialéctica, espero continuar con este dialogo, pues es difícil una interlocución, sobre todo sincera, acerca de nuestro amigo..., hasta la vista Armando, tu amigo el salvaje.......y maldito zorro, saluda a todas LAS DIOSAS que encuentres en el camino.


Vagando por la ciudad: Oscar "El Gringo" Arevalo, Guillermo "El Zorro" Falconì, Ana Marìa Chagra, y Armando Arteaga.

SPAGHETTI A LA MILANESA Y VINO/ ARMANDO ARTEAGA



SPAGHETTI A LA MILANESA Y VINO / ARMANDO ARTEAGA


Las muchachas con ojos de gato son sagradas.


Usted debe andar ahora por la noche de Buenos Aires.
Ya estamos olvidados.

En la escena de Ionesco: nuestro antiguo cuchillo
Ya somos otros besos de inocentes lectores.
No se me ponga triste, ni yo tampoco muero -adrede-  esta noche.
No regrese -cansada-  en metro a casa, no destruya su vida.
No se le va a ocurrir leer a Arlt en algún café del Caballito.
Mire que en su país y en el mío: el fascismo, etc...

(Ya no me espere, busque refugio,  decore nuevamente su bohío).

Rebote solamente,
escriba
de la rata trepando la escalera,

escriba de usted mismo ahora que perdió sus libros
y se ha vuelto impaciente ahora que perdió a su esposa,

y se ha vuelto impaciente ahora que perdió a su amante:

inmóvil
y delgada
como la Torre de Eiffel,
póngase bien la chompa, abríguese de veras, deje las bromas
que estamos en el centro del invierno,

no quiera vos, me abrigue con la francesa boneta
-esa intrusa se quedó en su casa y también en su cama-
no quiera vos, volviéndola a soñar: la encuentre con furia y miedo,
en esa nostalgia
en ese fuego único que siento aún
en esa piel de muchacha argentina que me reside aún.
Yo pienso que la quise, y a lo mejor usted también a mí, de veras.

Pero ché, por si las moscas, vayamos con el tango a otra parte.

Otoño, 1974.

*Este poema de mi libro "Avistar" se publicó muy mal, en "Antología de la poesía píurana" de mi amigo Harold Alva, lo publicamos para reparar el error.

enero 12, 2007

UN TEXTO SOBRE CESÀREO MARTÌNEZ/ ALEJANDRO SÀNCHEZ AIZCORBE



La historia del Perù le debe a Cesàreo Martìnez Sànchez una revoluciòn que se nutra de sus versos, y la ediciòn de sus obras completas, que sin duda alimentarà la revoluciòn.
Mientras espero una y otra cosa, con la mala conciencia de que acaso yo sea el deudor, sin saber què decir ni escribir, cojo El sordo cantar de Lima y les leo, una vez màs, un fragmento a Marcela y a su hija, que tanto se parece a Iskra Oyague, aunque se llame Marcelita. Los tres nos reponemos de una enfermedad pasajera. No estamos en la mejor de las formas para leer o escuchar a Cesàreo Martìnez. Pero sucede lo mismo que sucede cada vez que lo leo: se me quiebra la voz. Marcela y Marcelita escuchan sin darse cuenta de lo que pasa. Me pongo de pie sùbitamente para dominar la emociòn, y sigo leyendo. Termino una estrofa: "Me gusta, es poderoso", dice la niña. Se levanta de la cama para sacar un yogurt urgente de la cocina, y antes de salir del dormitorio dice con autoridad de hija: "No leas nada hasta que vuelva." La esperamos. Regresa con el yogurt y con las ganas de seguir escuchando. Tiene doce años, no va a misa ni cree en dioses, y tiene una vaga pero terca idea de la justicia, porque escucha a Cesàreo.
Seguro de haber terminado todo por hoy, salgo a la terraza de nuestro pequeño apartamento, que queda al este de Tejas, en medio de un bosque, y observo la grama y los àrboles: cerca de la acequia, un armadillo nocturno huele, hociquea la tierra, jugosa de lluvia.

Alejandro Sànchez-Aizcorbe

diciembre 30, 2006

LA ANTOLOGíA DE LA POESÌíA PUNEÑA DE SAMUEL FRISANCHO PINEDA/ ARMANDO ARTEAGA

LA “ANTOLOGIA DE LA POESIA PUNEÑA” DE SAMUEL FRISANCHO PINEDA

Por Armando Arteaga

Sumándose a las celebraciones del “Año de los Vencedores del 2 de Mayo” (1966), Samuel Frisancho Pineda tuvo la gentileza y el acierto de publicar su “Antología de la Poesía Puneña” (1), gesto que, para algunos puede parecer tardío, pero que, hay que festejar ahora como un hito importante en el estudio de la literatura regional de Puno, mejor, fue un suceso destacado: para reflexionar acerca de la poesía collavina, donde encontramos el deseo ferviente de explicar el proceso de este contexto -social y literario- regional de esta poesía.
 


Samuel Frisancho Pineda, escritor y periodista puneño, director del Diario "Los Andes".

A partir de la segunda década del siglo XX, se nota en las diversas regiones del país una necesidad imperiosa de tener voz propia. Pero no es esta “Antología de la Poesía Puneña” la excepción de la regla. Ya en Puno en 1920 circulaban los periódicos “El Siglo”, “El Eco de Puno”, “Los Andes”, y otras “medios de comunicación” que por impulso del grupo Ork´opata (antes “Bohemia Andina”) hicieron circular las revistas “La Tea” y posteriormente el “Boletín Titikaka” (tribuna abierta a las relaciones internacionales de los poetas puneños). Emilio Armaza define la orientación de este mensaje como: “Sístole y diástole, la tendencia vanguardista y la vernácula constituyen hoy la médula de la literatura indoamericana”. En estas revistas literarias, empezaron los nuevos y jóvenes poetas puneños a divulgar sus respectivos trabajos, y también otros escritores de entonces, que armonizaban con el mismo proyecto nativista.

José Tamayo Herrera en su “Historia Social e Indigenismo en el Altiplano” (1982), no deja de explicar su repentino asombro al ver como empezaba a desarrollarse en Puno esta efervescencia intelectual y cultural, que empezaba a cincelar un nuevo estado de la realidad regional en donde se expresa parte de este auge de la llamada “intelligentsia” puneña.

Puno tenía todas las condiciones para proponer un pensamiento autónomo e integral, para avizorar su destino histórico inmerso en el proceso de nuestra cultura andina. Allí estuvieron los primeros juristas como precursores de este nuevo ímpetu cultural: Toribio Pacheco, Juan José Calle, Mariano H. Cornejo, José Frisancho Macedo. El pensamiento indigenista lo integraban: Gamaliel Churata, Francisco Chukiwanca Ayulo, Manuel A. Quiroga, y Santiago Giraldo (genuino precursor del socialismo científico peruano). Allí también estaban en la punta del “iceberg” de este movimiento los escritores puneños como Lizardo Luna, J. Alberto Cuentas Zavala, Eduardo Pineda Arce, Alfonso Torres Luna, Adrián Cáceres Olazo, quienes empezaban a destacar en el marasmo cultural nacional de ese momento, y mostraban un particular interés por exhibir las virtudes locales de su región, sin caer en chauvinismos regionalistas, ni mezquindades locales, al contrario, eran cosmopolitas y estaban muy enterados e interesados por el devenir de la “escena contemporánea”, además tenían una vinculo de gran raigambre con el terruño altiplanico. Músicos como Teodoro Valcárcel, Jorge Huirse, y Luis Rivarola, comienzan a trascender fronteras nacionales, y recorren el mundo (ancho y ajeno) con los aportes musicales de los andes sureños. En este contexto cultural también estaban los poetas.

Samuel Frisancho Pineda tuvo la certeza de que había llegado el momento trascendental –cuatro décadas después- de esta fuerza espiritual que nos traen los poetas puneños -del veinte- para ir diseñando cómo había sido el proceso de la poesía puneña (2).

En la primera parte de esta “Antología de la Poesía Puneña”, se recogen los homenajes líricos a la patria chica, de toda esta poesía cívica referida a Puno: Enrique Ancieta, Renato Morales de Rivera, Adrián Solórzano, Luis N. Chavaría, Gustavo A. Manrique, Aurora Chacaltana, María Consuelo Ramírez Figueroa, Oscar Cano Torres, Luis Ángel Aragón, Miguel Ángel Ugarte y Ch. , y Manuel A. Quiroga.

El verdadero aporte de la “Antología de la Poesía Puneña” de Samuel Frisancho Pineda destaca en que ha dividido el proceso de la poesía puneña del siglo XX en “Cuatro Épocas”, sumando dos apéndices de “Poetisas” y “Poetas Nuevos”. Frisancho supo muy bien entender el “auge” de esta poesía regional, diseñando con plenitud intelectual este proceso de su literatura (teniendo en cuenta solo la poesía).

A esta “Primera Época”, Frisancho la ha llamado “Románticos”, y allí están: Adrián Solórzano Therroba, Celso H. Briones Morales, Pablo F. Crespo, José Antonio Cáceres, Antonio César Ponce, y M. Ignacio Frisancho Macedo. Toda este “Primera Época” recoge las influencias del romanticismo de Lamartine y Zorrilla, Espronceda y Bécquer, lo mismo que el inminente flujo literario de Byron, Martí y Bello, así como el aporte “localista” de Salaverry y Melgar; estos poetas desarrollaron con premura y destreza: el yaraví, la plegaria, el rondel, el boceto literario, la rima desempolvada, y el canto sagrado hacia la musa (a la mujer amada). Aunque aquí encontramos una garrafal omisión, se ignora olímpicamente a Gabino Pacheco Zegarra, que desarrolló en su poesía sentimental: el wayño, y la infantil ternura de apego a la naturaleza.

La "Antologia de la Poesia Puneña" de Samuel Frisancho Pineda (!966).

Es cierto, Frisancho solo ordena el panorama de esta “Segunda Época” que llamó “Modernistas”, y no pudo desarrollar un estudio explicativo del proceso de la poesía puneña de este instante, como sí lo desarrolló Francisco Mostajo para la poesía arequipeña, en su tesis: “El Modernismo y el Americanismo” (Imprenta de la revista Sur, 1896, 72 p.p.), aunque años después según Monguió (3), el mismo Mostajo la calificó de balbuceo juvenil, pero no por ello –dice Monguió- pierde la tesis su validez como documento de la época, y más tarde el singular aporte de Mostajo al tema de las literaturas regionales, en sus “Palabras de Anuncio” que es el Prólogo a su trabajo “Pliegos al viento” de recopilación sobre el modernismo arequipeño.
Mostajo es el primer intelectual y escritor que estudia esta problemática con apertura, de conocimiento adecuado y visión histórica. No se ha podido encontrar hasta la fecha un trabajo de esta intensidad de rescate y valoración sobre los otros “modernismos regionales”, salvo estos “Pliegos al viento” sobre el movimiento characato. Me atrevería a decir que algún aporte más modesto es más tarde el de Rubén Sueldo Guevara en su “Panorama Actual de la Literatura Cuzqueña” (1949), y algo de mayor rigor e intensidad la “Poesía Cuzqueña” (Derrotero para una ubicación de la poesía cuzqueña contemporánea) (1956) de Luis Nieto, la “Breve Antología de Poetas Piuranos” (1950) de Carlos Robles Razuri y las “Páginas de Oro Lambayecanas” (1963) de José Barragán Carvallo, se sumaron a estos esfuerzos, al igual que propuestas de mayor envergadura como el “Panorama Actual de la Poesía Peruana” (1938) de Estuardo Núñez, “De lo barroco en el Perú” (1928) de Martín Adán, y para los agnósticos: recomendamos leer la tesis universitaria de César Vallejo “ El romanticismo en la poesía castellana” (1915), que va sumando a los espacios regionales la configuración nacional: en tendencias, estilos, escuelas, y pareceres geográficos. De todas maneras, el aporte acertado de Samuel Frisancho Pineda es que alinea de manera irrefutable a los poetas más representativos del “modernismo puneño” del siguiente parecer: Renato Morales de Rivera, Federico More, José Marcos Frisancho Macedo, Manuel A. Quiroga, Remigio H. Franco, Víctor Ballón Angulo, y Manuel Francisco Ballón. Dejando allí el esquema del proceso literario de esta tendencia del “modernismo puneño”.

La llamada “Tercera Época” de Frisancho no lleva nombre, pero corresponde al vanguardismo, el surrealismo y el indigenismo puneño. En este esquema formativo están los siguientes poetas: Gamaliel Churata, Alejandro Peralta (el màs surrealista de todos), Emilio Vásquez, Emilio Armaza, J. Alberto Cuentas, Dante Nava, Luis de Rodrigo, Benjamín Camacho, Ernesto More, Alberto Mostajo. Luis Chavarría, Alejandro Cornejo, Rómulo Díaz Dianderas, Aurelio Martínez Escobar, Carlos Oquendo de Amat, Enrique Ancieta, y Víctor A. Villar Chamorro. Es este el proceso más recio y brillante de la poesía puneña. Es la “época” del Boletín Titikaka, del desarrollo de los grandes libros como “El pez de oro” de Churata (4), “Falo” de E. Armaza, “Ande” de Alejandro Peralta, “5 Metros de poemas” de Oquendo de Amat, “Puna” de Luis de Rodrigo, “Kollasuyo” de Emilio Vásquez, “Baquica Febril” de Dante Nava, “Pututo” de J. Alberto Cuentas Zavala, de la “idealidad trunca” de Enrique Ancieta y su libro “Sangre”, que es un poeta que hasta ahora me llama mucho la atención su versatilidad cultural y poética, pero que se le olvidó muy pronto, injustamente. Tan bergsoniano es Ancieta, como Churata y Armaza, como Emilio Vásquez y Luis de Rodrigo, al mismo nivel.

Poco se ha estudiado en esta “Tercera Época” del aporte vanguardista y surrealista de sus componentes, aunque si se a exaltado el mensaje indigenista y vernácular en la antología “Poesía Indigenista” que lleva las “Palabras Liminares” de Enrique Cuentas Ormachea, y la acertada selección y el estudio “La poesía indigenista” de Manuel Suárez-Miraval. Tres fueron los postulados normativos de esta generación proteica que emergió en innumerables llamaradas como la “Poesía Indigenista del Altiplano”, nos explica Manuel Suárez-Miraval: “la comunión cierta con el mundo en torno (que repercutió en el paisaje y en la actitud anímica de ofertorio con el medio ambiente); el instinto recuperado de afianzamiento en los valores y aportes de la Provincia (que incidió en la madurez de los reclamos de autonomía); y la beligerancia intelectual que encabezó el grupo sabiamente dirigido por Gamaliel Churata” (5).

La "Poesìa Indigenista" de Manuel Suàrez-Miraval: la vanguardia, el surrealismo y el indigenismo puneño.

La “Cuarta Época”, muestra ya el desgaste del proceso del vanguardismo, el surrealismo y el indigenismo puneño, es esta “ Cuarta Época” la del cenit. Forman parte de este eclipse: M. Guillermo Arce y Escobar (que perteneció al grupo Ork´opata), Humberto Traverso, Oscar Cano Torres, y Fernando Manrique Enríquez, poetas que empiezan a buscar otro tipo de estética y una nueva dimensión para la palabra.

En los apéndices de “Poetisas”, Frisancho recoge el aporte de genero, es una aproximación visionaria a la ternura de la mujer escritora, están allí: María Consuelo Ramírez de Torres Luna, Mercedes Bueno Morales, Victoria E. Saavedra Robledo, Julia Catacora de Barra y Nelly Ramírez de Vergara, todas ellas: voces muy interesantes, llenas de una nueva sensibilidad poética.

En el último apéndice “Poetas Nuevos” ya estamos en la “poesía nueva” que va a sobresalir en la década del sesenta hasta fines de la década del setenta: Ignacio Frisancho Pineda, Vicente Benavente, Efraín Miranda Lujan, José Luis Ayala y Omar Aramayo. De estos poetas, es de suponer, Frisancho avizoraba los grandes aportes para la poesía contemporánea en “Choza” de Efraín Miranda, en “Celebración del Universo” y “Pacha Mama” (avance de la nueva poesía actual en aymará) de José Luis Ayala, y en “Caleidoscopio” de Omar Aramayo (otro surrealista notable, aunque tal vez él prefiera para sí el concepto “ultraórbico”).

La “poesía del lago” después de la celebrada “Antología de la Poesía Puneña” de Frisancho, ha seguido evolucionado hacia nuevas propuestas, destacan entre estas nuevas voces: Vladimir Herrera (un caso aparte que merece tenerse en cuenta por sus libros “Mate de cedrón”, “Del verano inculto”, y “Trafalgar Square”, destacado poeta de la generación del 70), Boris Espezúa, José Alberto Velarde, Alfredo Herrera Flores, Pacha Jota Willka, José Paniagua Núñez (Jóspini), Gloria Mendoza Borda, Leoncio Luque Ccota, y Rodolfo Plaza Valdivia, entre otros (6).

Queda mucho por estudiar de la poesía puneña, pero nunca olvidemos del singular aporte de Samuel Frisancho Pineda por esta tonificante “Antología de la Poesía Puneña” , quién fue también Director del Diario “Los Andes” y uno de los intelectuales que luchó denodadamente para la reapertura de la Universidad Nacional del Altiplano.

Revista boliviana "Kollasuyo" (1939) donde publicò Gamaliel Churata (Arturo Peralta).

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(1) “Antología de la Poesía Puneña” de Samuel Frisancho Pineda, Editorial “Los Andes”. Puno-Perú. 1966.

(2) Se han publicado después de la edición de “Antología de la Poesía Puneña” (1966) de Samuel Frisancho Pineda algunos estudios (ensayos) y otras antologías sobre el proceso poético puneño del que nos referimos ahora, destacando sus aportes:

-“Churata, su obra y el indigenismo o peruanismo profundo” de José Varallanos, 1971.
-“La poesía indigenista de Puno” de Juan Luis Cáceres Cuadros, Puno, 1972.
-“Antología general de la poesía puneña” de José Luis Ayala, Lima, 1987.
-“Antología de la poesía puneña” de Omar Aramayo, Arequipa, 1999.

(3) “La poesía postmodernista peruana” de Luis Monguió. Fondo de Cultura Económica, México. 1954.

(4) “El pez de oro” de Gamaliel Churata . La Paz. Editorial Canata (1957). Libro magistral que leí en la edición boliviana, como si fuese el “Ulises” de Joyce, en 1969 (ese 08 de noviembre del mismo año falleció Churata en Lima), y a partir de mi amistad con Mario Peralta, hijo de Churata, mientras estudiábamos cinematografía bajo la dirección de Armando Robles Godoy, en la Academia de Cine (en el edificio del Jr. Washington frente a la Casa-Museo de Mariategui). Recuerdo haber conversado mucho –ese año- sobre Churata (poeta y periodista), y sobre otros escritores bolivianos como Franz Tamayo, Manuel Maria Pinto, Ricardo Jaimes Freyre, Alcides Arguedas, Juan Francisco Bedregal y Jaime Sáenz (a quién llamábamos el último surrealista boliviano), a la salida de clases y algunas veces acompañados, de varias tazas de café de Chanchamayo y abundantes cigarrillos, con nuestro profesor Alfonso La Torre (Alat), con Luis Arauco y el “diablo” Zamalloa, en el Café Monarca de Guzmán Blanco. No olvidemos que Churata fue muy respetado como poeta y periodista en Bolivia, su “Preludio de Konkachi” fue celebrado y publicado en “Kollasuyo” (revista mensual de estudios bolivianos), en La Paz, en agosto de 1939.

(5) “Poesía Indigenista” de Manuel Suarez-Miraval, Festival del Libro Puneño, 1959.

(6) Acaban de aparecer varios libros que son vitales para entender mejor el proceso de la poesía puneña:
-“Antología comentada de la literatura puneña” de Feliciano Padilla. Fondo Editorial Cultura Peruana. 2005.
-“Literatura de Puno” de Miguel Ángel Guzmán. Colección Perú Lee. 2006.
-“Oquendo” de Rodolfo Milla. Tomo I. Hipocampo Editores. 2006.

diciembre 20, 2006

3 poemas de Armando Arteaga


3
poemas
de Armando Arteaga


LA GUERRA

la estupida guerra
que ametralla la belleza
de mi corazon
no respeta nada
no representa nada
solo destruye lo que nunca
pudo construir: la belleza
de una vida notable
la nobleza de una vida entrañable
No muere uno en la guera
Por la patria perdida
Por la casa olvidada
Uno se vuelve barbaro en la guerra
La fiera escapa de la jaula
Vive en la guerra uno en la mäs grande
incertidumbre. No hay tiempo para soñar
cuando se vive en la guerra.
La paz es una piedra lejana
que no significa nada.
Por el camino olvidado pasa el peregrino
soldado sin rumbo, y sin memoria.
La guerra hace que uno se olvide de tantas cosas.
La guerra no sirve para nada.
Ni para comprarme un fusil de juguete
un avión de juguete
un disparate.



NADA

es nada
porque de nada
sirve
que nada
sea nada
en esta nada
en donde nada
vale nada
pues siempre será nada.
Nada, nada, nada, nada.
Nada muchacho y no te ahogues
que la piscina es pequeña
Y el "nadaismo" ya no existe.



SOBRE EL MUELLE

Porque a veces
Uno se siente triste
Y muere todo lo extraño
Que amamos,
Y no sabemos por qué
No muere
Todo aquello
Que nos hace morir
Que nos hace vivir amando extrañamente
Contemplando el mar:
Signo de la muerte,
Signo de un pez en un acuario
Y después nada. Nada.

noviembre 18, 2006

LOS PALIMPSESTOS DE ROSINA VALCÀRCEL/ WINSTON ORRILLO

Los palimpsestos de Rosina Valcárcel



















Por Winston Orrillo


En la Foto: Poeta Winston Orrillo y su mascota.
No voy a fatigar al ocupado lector en contarle el currículo de Rosina Valcárcel: los que leen saben que ella es no sólo una de las más destacadas poetas peruanas de todos los tiempos, sino que su profesión “civil” –la antropología- la llevó a ejercer la cátedra –doctorado mediante- en la Cuatricentenaria, de la que hace poco cesó, luego de una impecable carrera docente.Igualmente –quien la hereda no lo hurta- su progenie: el gran poeta Gustavo Valcárcel, una de las voces creativas más altas del Perú, unido a la infatigable Violeta Carnero H., defensora de las causas más nobles y altas del ser humano, constituyen una prosapia de la que no podía resultar sino la querida Rosina, igualmente, aparte de sus méritos académicos y artísticos, destacada militante en la causa de la defensa de los derechos humanos y, especialmente, en los de la preterida y marginada mujer.Autora de varios poemarios y de libros de antropología, todos de calidad A-1, ahora, sin embargo, nos sorprende con la edición –sucesiva- de dos volúmenes de difícil clasificación: ¿Crónicas, artículos, reportajes, ensayos?Yo diría que un poco de todo, y que ella marcha en la línea tan actual (no quiero usar la resobada palabreja de postmoderno) de los transgéneros, pues algunas de sus páginas son reportajes que, súbitamente, colindan y asumen la enjundia del ensayo; así como muchas crónicas son, en verdad, fragmentos de memorias, o ensayos de éstas: un sagaz observador podría estar pensando en que la autora se asoma a un texto como las Memorias de Isadora Duncan o los libros tan comentados de una de sus favoritas -¡cómo no!-: Anais Nin.A este lector, particularmente, la inmersión en los dos volúmenes que reseña: Diario de Talismanes y Aprendiz de maga, 2005 y 2006, respectivamente, Ediciones El Santo Oficio y Editorial Horizonte, han constituido una aventura casi psicoanalítica: es decir, un viaje interior, un flash-back, un racconto hacia un mundo que había habitado pero en el que no había sido capaz de aprehender la riqueza que la perspicua prosa de Rosina revela. En efecto, en los dos volúmenes –que ciertamente son una continuidad, por seguro seguida, más temprano que tarde, de una tercera parte- hallamos un suerte de intrahistoria de más de medio siglo de vida peruana: desde 1950 hasta el presente.Hechos, circunstancias, personajes –muy conocidos, conocidos, medianamente conocidos y hasta algunos que, pareciera, inventados por la autora- aparecen en una suerte de caleidoscopio que, a la vez, nos revela, básicamente, su entorno.La conocida sentencia de Pepe Ortega: “Yo soy yo y mi circunstancia”, aquí se cumple cabalmente: las personas y personajes de la autora, nunca discurren únicamente en sus propias entelequias, sino que, lo más importante, es que a la vez que enterarnos de sus vidas -siempre interesantes- aprehendemos las circunstancias en las que ellas tuvieron lugar, y todo gracias a la mirada zahorí de Rosina Valcárcel que, por cierto, cuando escribe en prosa nunca deja de ser la muy apreciada poeta que todos conocemos. Y, precisamente, sostengo que lo más valioso de estos libros es, precisamente, la mirada del poeta, el escalpelo del poeta, el batiscafo del poeta, que, para solo citar a algunos ejemplos paradigmáticos, dieron lugar a obras como las de J. J. Rousseau, Rafael Alberti, Cesare Pavese, Virginia Wolf o Pablo Neruda, maestros de diarios, memorias o confesiones.En fin, los dos volúmenes (por el momento) de Rosina son un vademécum fundamental que debe llevar consigo todo aquel que quiera conocer y/o reconocer el devenir de la cultura peruana en el último medio siglo, pero no solo con autores nacionales, sino con aquellos que, asimismo, han tenido que ver con nosotros, como el entrañable “negro” Nicolás Guillén, o la surrealista argentina Halma Cristina Perry.Como lo repito, Rosina no perdona a nadie que haya tenido que ver con su horizonte, desde Juan Gonzalo Rose, hasta Manuel Scorza, y, en el intervalo, Antonio Cornejo, Paco Carrillo, Gladys Basagoitia, Juan Carlos Lázaro, Carlos Ostolaza, Armando Arteaga, Juan Cristóbal, Marita Troiano, Ricardo González Vigil, Julio Carmona, Julio Nelson, Giovanna Minardi, Luis Rocca Torres, Enrique Verástegui, Lola Thorne, Julia Ferrer, Alfonso La Torre, Félix Nakamura, Leonidas Vélez, Carlos Garayar, Gustavo Valcárcel, Víctor Carranza, Gonzalo Espino, Cecilia Bustamante, Mary Soto, Jorge Luis Roncal, entre mucho(a)s otro(a)s.El libro, lo repetimos tiene de crónica generacional, memorias, reportajes, notas informativas, artículos: miscelánea ubérrima y, por momentos, palimpsesto que nos conduce, en sus diversas capas, a los diversos tiempos que viven (o vivieron) en el mismo tiempo.Sólo nos queda esperar el tercer tomo para ver qué íncubos y súcubos Rosina rescata para deleite de nuestro paladar de gourmets de sus libros.

Fuente: Manuel Mosquera
Enviado por manuel mosquera el 17/11/2006