abril 26, 2007

10 AVES RARAS DE LA POESÌA PERUANA/ LUIS LA HOZ

10 AVES RARAS DE LA POESÍA PERUANA*


Por Luis La Hoz


Antologìa de 10 poetas peruanos editada por el Fondo Editorial Cultura Peruana.


Creo que a estas alturas es irrelevante señalar cuáles poetas marcan nuestra tradición. Es irrelevante, de igual manera, nombrar virtudes y los vicios de los trabajos antológicos. Sin embargo, las virtudes y los vicios apasionan siempre y las antologías y los antóloga dores seguirán apareciendo, pasión de por medio, pasión por la poesía, obviamente. Esta antología que tengo entremanos proviene, entonces, de mi pasión por la poesía.

Todo comenzó por los años finales de la década de los setenta. Una mañana entré a una librería de viejo, en la calle de San Carlos, frente al local de don Juan Mejía Baca. Husmeando entre anaqueles y rumas sobre el piso, encontré un pequeño y gris libro de poesía. El título, atrayente. El autor, desconocido. Luego de leerlo y ante su evidente calidad, busqué información en nuestra historiografía literaria. Los resultados fueron magros. Allí nació la idea.

Fui descubriendo y juntando a una serie de autores que, dentro del concierto de nuestra poética, me provocaban una sensación como de pájaros solitarios, de aves que de repente volaron una sola vez y no regresaron más; o que tal vez continúan volando pero en espacios extraños, tan cerrados que pareciera que no existen.

Sin embargo, sus vuelos sí existen y han quedado registrados en uno o dos libros, en alguna plaquette desleída ahora por el tiempo.

Estos poetas pertenecen, por supuesto, a nuestra tradición, se pueden rastrear sus vuelos, identificar sus posibles filiaciones. No obstante, cada uno de ellos es único, extrañamente único, valga el adverbio. Extraños por sus temas, extraños por sus estilos, extraños tal vez por sus rasgos biográficos.

¿Y quiénes son?. Vicente Azar, Augusto Lunel, Pedro Gori, Walter Curonisy, Juan Bullita, Guillermo Chirinos Cuneo, Patrick Rosas, Enriqueta Belevan, Oscar Aragón y Armando Arteaga.

Acepto que podrían ser más de 10 los incluidos en este trabajo. Por ahora. Y a guisa de invitación para los lectores, para que compartan la sorpresa y el privilegio, quedémonos con esta decena de poetas peruanos leyendo algunos de sus textos. De esto se trata finalmente.


Luis La Hoz 2007.





Luis La Hoz y Oscar Aragòn, poeta antologador y poeta antologado: en 10 Aves Raras de la Poesìa Peruana.



*Este libro “10 Aves Raras de la Poesía Peruana” se presentó el jueves (26-04-2007) a las 7:30 p.m. en la Casa Museo Ricardo Palma (Gral. Suárez 189- Miraflores). Editado por el Fondo Editorial Cultura Peruana que dirige el poeta Jorge Espinoza Sánchez. Diseño y diagramación: Jorge Luis Tasayco Altuna.

http://www.poesiabogota.org/l_lhoz.html

http://www.peru21.com.pe/P21Impreso/Html/2007-04-26/ImP2Cultura0713344.html

http://www.andina.com.pe/NoticiaDetalle.aspx?id=126618

abril 24, 2007

LA PRIMAVERA EXCERTA DE GUILLERMO CHIRINOS CUNEO/ ARMANDO ARTEAGA

LA PRIMAVERA EXCERTA DE GUILLERMO CHIRINOS CUNEO.


Por Armando Arteaga
I: INTROITO

Era otoño, neblina... Se fue en primavera excerta de imágenes el poeta Guillermo Chirinos Cuneo por esa calle absorta y sin limites del brumoso invierno limeño, veredas albeadas y escaleras abocetadas, un fondo azul marino: para adornar el tiempo, una gaviota triste, y un perro aullaba sobre el oleaje añoso del póstumo muelle, en ese septiembre del noventainueve, un abecé sonoro vuelve en música de albogue sobre las rocas.


Foto: Diario El Peruano. El poeta Guillermo Chirinos Cuneo.


II: MIRADA ANACREÓNTICA

No sé cómo es qué empecé a saber -a ciencia cierta- acerca de la vida taciturna de aquel muchacho de La Punta, varios años mayor que yo, que caminaba con la aparente pedantería de alguien que sufre de miodinia (muy de moda en el caminar para los vándalos adolescentes -de aquella época- que pululaban en los Portales de la Pza. Sn. Martín), y que también era un ser vernal, marginal, algo amadamado, y vislumbre de gran poeta: Guillermo Chirinos Cuneo. Muchacho que siempre andaba solo, azul, y triste.

Guillermo Chirinos Cuneo, o “Cuneo”, como le llamaban algunos, era parte de esa patotada limeña (¡La muchachada peruana avanza, se eleva y triunfa! era el slogan que usaba la señora Nelly Mendivil Castro desde su programa “La nueva ola peruana” desde la torre-cabina de Radio Miraflores), y que en ese último verano fabuloso de la década del sesenta, la pasamos oyentes: los badulaques -de entonces- escuchando en las radios de moda a Charles Brown, a John Lennon, y a Ringo Star. (¿Quién no llevaba ese verano un radio portátil en la mano como ahora un celular?). Era un muchacho raro, un ser muy especial, de tez blanca, nariz aguileña, ojos pardos, cejas pobladas, una frente muy amplía, y siempre bien peinado, bello y algo frusco: por su hábil manía de prosternarse a la incomunicación con las demás personas cercanas sino le interesaban los temas sobre lo que se conversaba, o al revés, se transformaba en un caso contrario, lleno de una hiperestesia existencial para plantear las cosas aparentemente más descabelladas, y de un semblante medio autista, que profetizaba cierto raro misterio, y que solía pasar con las manos metidas en los bolsillos de sus anchos pantalones azules y oscuros, en guayaberas blancas o cremas, listo para “espantar burgueses”, y muy elegante en un cansino caminar sobres sus mocasines marrones o guindas, que eran en él un recordado leid-motiv de su imagen. Llamaba mucho la atención su desafiante, pero tiernísima mirada, con la que saludaba a mi amiga Brunella. No sé exactamente, ¿Quiénes me lo presentaron, por primera vez?. No lo recuerdo: ¿O Tony Vásquez, o el flaco Podestá, o el viejo trosko Napuri?. ¿Imposible recordarlo ahora, o saberlo entonces, parece haber pasado tanto tiempo?. ¿O, vino una tarde cualquiera a sentarse a mi mesa del Versalles acompañando con su hermano Pepe “El Gordo” Chirinos?.

Me dijo que era poeta, hablo de Rimbaud y de Martín Adán (un viejo poeta del Perú, haciendo referencia a Ginsberg, esa tarde llevaba entre sus manos el N- 4 de la revista Haravec). Recuerdo –exactamente- este episodio porque en aquel verano de 1969, me ocurrieron varias cosas extraordinarias: ingresé a la universidad, empecé a fumarLucky Strike , y me le declaré a Brunella. Frecuenté mucho, ese verano, las calles de La Punta, y meditaba sobre el futuro de la vida, la felicidad, o la muerte total de las cosas, y conversaba sobre las bellas tardes crepusculares del Malecón Figueredo. Del resultado de esa experiencia juvenil, del abandono existencial y el ocio creativo, escribí aquel poema “Botes pescadores a la puesta de sol” (II) en mi libro “Terra Ígnea”. Leí mucho también, ese verano, descubrí a los crepusculares, a Marinetti, a los herméticos italianos: a Ungaretti, a Saba, a Pavese, a Móntale.

Brunella era una pecosa extraordinaria, ágil para nadar y sortear mil peripecias sobre los cantos rodados de la playa de Cantolao, de cabellos castaños, hija de esos emigrantes italianos que pululaban por las calles de Chucuito y La Punta. Tenía su padre una tiendecita casi al final de la Grau (una cuadra antes de llegar al Malecón Pardo), en un ambiente muy movido donde cualquiera podría degustar de un buen sándwich de jamón del país, de unas pastas divinas, o de unos inconfundibles helados de vainilla. Yo no iba tanto por el gusto de esas delicias que ofrecía Don Guiseppe Durbiano, el padre de Brunella, sino solo para mirar los ojos celestes de Brunella, esa madonna que me quitaba el sueño para siempre. Don Guiseppe, el padre de Brunella, era un italiano bonachón, y yo le caía bien, estaba segurísimo de eso, sino por andar fastidiando a su hija, hace rato que ya me hubiera metido bala. Fumaba tabaco en pipa, y siempre andaba con una boina azul marino de pintor, le entraba a la lectura, era un hombre muy culto, me buscaba la conversación, y hasta heredé de él las obras completas -en dos volúmenes- de la poesía de Leopardi, por supuesto en italiano, en una edición de 1900 (Opere di Giacomo Leopardi, edizione accresciuta, ordinata e corretta; secondo l´ultimo intendimento dell´autore da Antonio Raniere, Firenze, Felice Le Monnier, Editore).

Como Brunela me aceptó, y empezó a trabajar de aeromoza en Air France, la recogía o me acompañaba, o nos veíamos, algunas veces, o la esperaba, haciendo tiempo (para subir a los colectivos), o divagábamos en alguno de esos cafés de los portales de la Pza. Sn. Martín o de las Galerías Boza. Por esos recovecos de los portales de la Plaza Sn. Martín, muchas veces, aparecía Guillermo Chirinos Cuneo, siempre caminando hacia ninguna parte. Ya dije, solo, azul y triste. Se repetía, era siempre el mismo muchacho que llevaba cierta sonrisa irónica, una mueca de cierto disgusto por las cosas que le rodeaban, un gran aburrimiento, una desilusión muy especial fijada en esos ojos encendidos que le daban un brillo especial. Siempre se le veía en realidad inmutable: abrumado. Yo fastidiaba a Brunella diciéndole: “Creo que ese poeta también está enamorado de ti”. Brunella no decía nunca nada ante mis locas ocurrencias, musa hipnal, solo sonreía. Se veía que le tenía simpatía a Guillermo (¡Ojos de caballo loco!, exclamaba), tal vez por su impecable soledad, y no era para menos, y también porque se conocían del barrio, de un tiempo atrás, Brunella vivía unas casas más abajo del barrio actual de “Pepe” Chirinos Cuneo.

Una inesperada tarde. Brunella me presentó a Pepe (“El Gordo”) Chirinos, en la calle más loca de los limeños de entonces, en La Colmena. Al costado del estupendo Teatro Colón diseñado por Claudio Sahut. Otro muchacho de La Punta..., era el hermano menor del poeta Guillermo Chirinos Cuneo, muy parecido a él, allí estaba la cara, la pinta. Solo que más kantiano, aunque siempre callado. Pepe “El Gordo” Chirinos hizo una gran amistad conmigo, siempre estaba dispuesto para acompañarte a cualquier lugar, para realizar los acontecimientos más inesperados. A veces nos metíamos al cine, para matar las tardes, trotábamos al Le Paris para ver la última de Claude Lelouch, vimos todas las que llegaban de Lelouch: “Vivre pour vivre” y “Un Homme et une Femme”, o nos metíamos al Bijou donde nos soplamos -todas las tardes de un mes de octubre- un festival de cine soviético, y después vino el siguiente festival de cine yugoslavo, no nos perdimos ni el festival albanés, que fue recontra “gevy”, malazazazo..., disparatado y metálico.

Brunella murió en un accidente aéreo, y esa desgracia fue casi imposible de soportar. Fue mi peor “dolor” sartreano, el más excéntrico de aquella temporada, una herida narcisista que jamás se cerró. Fue un bautizo hebefrénico que me dejó la impronta de cierta identificación con lo marginal y la compulsión nosológica para estudiar la cognición de la realidad.




Foto: Armand. "Pepe" Chirinos Cuneo, hermano del poeta.

Y “Pepe” Chirinos, aunque callado, era divertido. La pasábamos muy bien. Nos sentábamos -horas de horas- para conversar en cualquier mesa del café Versalles, o en el Goyescas, o en el Viena, o en el Dominó. Salíamos a vagar por la ciudad de nuestras madrigueras que eran las conocidas mesas de estos cafés de los portales. Nos metíamos en aquella librería francesa del portal de la Pza. Sn. Martín (al costado del Versalles), a hojear, o a hurtar (o a “expropiar”, decía “Pepe” Chirinos, quién usaba el termino velasquista), o para agitar la adrenalina: birlar algún libro de poesía francesa, que allí los vendían muy baratos: Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire, Prosper Merimee, Gérard de Nerval, Bretón, Prévert, Jules Supervielle, Aragón, Maupassant, Soupault, Sartre, Camus, Eluard, todos estaban allí, le livre de poche.

Fue a través de “Pepe” Chirinos que llegue con más frecuencia a su hermano Guillermo. Siempre me traía alguna mala noticia. ¡Enfermó!. ¡Lo habían metido en la clínica San Martín, o en la San Isidro. Cada vez que empeoraba, era más difícil la comunicación con él. Pepe se quedaba callado y no hablaba más. Había que sacarle las palabras en horas de conversación sobre otros temas. ¡Está escribiendo!. ¡No recibe visitas!. Así era de lacónico el “Gordo” Pepe. Para no malograr nuestra relación de amigos, por elegancia, ya casi ni le preguntaba sobre la vida de Guillermo, que a todos nos preocupaba y nos atormentaba. Pero que ya nunca más pudo ser tema de nuestra cotidiana conversación. Solo cuando Pepe quería hablaba de Guillermo. Y así fue que aceptamos, con dolor extraño, nuestro compromiso fraterno, cuando indagábamos acerca de la salud del poeta Chirinos Cuneo.

Siempre fue difícil la comunicación con el poeta Guillermo Chirinos Cuneo. A pesar de esta distancia, siempre pude entenderme con él, a pesar de ese destino fronterizo y esquizofrénico que limitaba cualquier entendimiento normal, que siempre impedía o malograba la comprensión total. Que nos volvía a todos incomprensibles y alborotados. Pero Guillermo era un tipo brillante, controvertido, y veces se deprimía mucho. Por un buen tiempo no supe nada de él. Me enteré que la pasaba mal en la clínica de San Isidro, y que mantenía la costumbre de seguir escribiendo poemas, escribía mucho -Pepe recuerda; más de un millar de poemas-, que el doctor-psiquiatra que lo atendía no aceptaba visitas, salvo la visita de algunos familiares.

Fue un día casual y cualquiera. Conseguí su libro “Idiota del Apocalipsis” (que lo había editado la madre de Guillermo, la señora Aída Cuneo Navach , y quien asumía su omnipresente figura personal con un sello editor), que se exhibía discretamente en una de las vitrinas principales de la Librería Internacional que estaba en la primera cuadra del Jr. de la Unión, con una bellísima carátula presuntamente dibujada por Guillermo (según me a confesado recientemente Pepe, y que la familia guarda y conserva otras tres pinturas): unos caballos de buen trazo negro y pintados de rojo bermellón, que se desbordaban sobre un fondo blanco.



Caràtula del libro "Idiota del Apocalipsis" de Guillermo Chirinos Cuneo.

Los poemas de Guillermo Chirinos Cuneo eran extraordinarios, parecían las visiones de Rimbaud, venían de un poseso para la poesía, eran sus temporadas en un infierno, muy cerca de nuestro carácter limeño: llenos de imágenes fuertes, discordantes, invadidas de una belleza excepcional. El poeta Guillermo Chirinos Cuneo es uno de los más representativos poetas de la Generación del 60: al mismo nivel de Luis Hernández Camarero, Juan Ojeda, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza , Marco Martos y Mirko Lauer.

Guillermo Chirinos Cuneo nació el Callao (La Punta) 02-03-1946,  y  falleció el 30-10-1999, en el departamento de la calle Arrieta de La Punta (la casa materna) donde pasó sus últimos años.
Su familia conserva una foto en blanco y negro de Guillermo a los 20 años en la Pza. Sn. Martín con el poeta argentino Marcelo Pichon-Rivière.
Guillermo Chirinos Cuneo publicó en 1967 “Idiota del Apocalipsis”, una plaquette de ocho poemas: Poema rojo en la ciudad, Muñecos, Gatos nocturnos, Otoño, El sismo, El derrumbe, Cenicienta, e Idiota del Apocalipsis. . Pero escribió muchos libros durante recibía tratamiento psiquiátrico en la Clínica Sn. Isidro: “Infiernos y cielos” (1962), “Rojos y Nocturnos” (1964), “Celestes y oscuros” (1966), “Eneas XX” (1985) y “Guerrero del Arco Iris” (1990) (copia del libro que conservo y que me fue entregada por el mismo Guillermo Chirinos en una visita que le hiciéramos con José Marie Ricalde a su casa de San José, cuando este era bachiller, antes de su viaje a España, y en honor a que el poeta José Marie quería realizar su tesis universitaria sobre la poesía de Guillermo Chirinos Cuneo. Algunos poemas de Chirinos Cuneo se han publicado o vueltos a publicar en las revistas Piélago, Alpha, Auki y Hueso Humero, así como en la “Imagen de la literatura peruana actual” de Julio Ortega.

Estas son apenas, algunas de mis pobres imágenes excertas, llenas de recuerdos vanos, de aquel gran poeta peruano Guillermo Chirinos Cuneo, de la Generación del 60, y por èl tengo un sentimiento de renombrado aprecio.
*
POEMAS DE GUILLERMO CHIRINOS CUNEO

POEMA ROJO EN LA CIUDAD


En faro y mar y viento inacabables.
Mujer de sal y paja y viento cálido
De poseer tu trompa alada en el instante.
Ah, sería alto una sed... de apache insomne!

Mujer de arroz y paja y musgo suave,
en coral de luna ortiva y nebulosa,
en crepúsculo azul y pálido,
mujer de anís y olor de alondra...
Ah, sería alto morder tu rosa esfera!

Sed de arrancar la hierba boca entre tus piernas,
de poseer tu cuerpo en yeso y en pecado.
Oh piel roja de arcos tibios y en campanas!
Ah, sería alto un cáliz golfo entre las rosas!

Mujer de hastío y paja y cal y escama.
Ebria y sed terrena de candidez y virgen.
Pescadora de remos blancos en un bote violento.
Ah, sería alto morder el mundo en tu mundo!.

OTOÑO


En un amplio parque blanco de Lima.
Yo mordía la boca de las rosas moribundas.
Mientras un flaco perro corredor, tronaba
Mi humedad, mi roja humedad, palidecida.

Era otoño, neblina...
Y las ramas parecían hierros vidriosos
sobre blancos malecones derruidos.
Y las hojas en otoño parecían
viejas flacas de papel antiguo.
Era un pálido ahogado
en turbias aguas verdes, desteñidas.
Era otoño como una biblia floja
en rosados cartones zozobrantes.

Era otoño en Lima.
Y yo, moría...
Ebrio caía entre las rosas caídas de semen, podridas.
Mientras un ciego hermoso corriendo
daba gritos cincelados, neblina.
Otoño, su limosna.
Y desnudo un hollín aullaba entre las sombras.

Era otoño a las seis de la mañana.
Llovía.
Y las rosas moribundas hacia el grito,
pudriéndose mataban.
Era otoño en el alba. Las seis, abril.
Era otoño en la muerte.
Era Lima aterrida de otoño bajo azules vómitos de nieve-


EL SISMO

Oh cerebro nervio, espectro y aterrante,
vomitas rojos rudos y azules luciferes!
Oh carne de temblor cerebral...!
Oh araña de sol en las paredes del polen!
Grita un niño enfermo, pávido,
la bruja ebria de lotos venenosos viene.
(Trotante noche embolia sobre un pulpo de hojas azules).
Una luz de horror en las sombras de estío.
Espectro bohemio en el cisne, es la nieve nocturna,
rosa pálida en la luz.

Oh cerebro, oh cerebro inextricable
oh círculo de ondas rojas y truenos en la noche!
Alegría! Oh alegría del ogro musgo en el cielo!
Tractores. Lenguas sangrientas en cauces parlantes.
Alaridos de los gnomos nemorosos, ringleteantes.
Oh nudo de cables, Ferrocarriles, ferrocarriles...!
Oh alambres rojos y violentos en la cárcel zurda de los
cerebros aterridos! Tranvía deshilachado en metales blancos,
Pálido, loco, oh loco! Moho perverso, enclenque, derrumbado.
Un lirio enrojecido en los ojos.
Oh fierros torcidos y fornicadores con una rosa negra y erecta
en el vientre fiero!

Grita un niño enfermo y las telas de calor, vibran.
El cerebro estallado con sus ojos violeta,
contempla –erizo y tromba aúrea- el cráter de la luna negra.


(De “Idiotra del Apocalipsis”).



NO ESTROPEAR LOS DOMINGOS/ NELSON CASTAÑEDA

NO ESTROPEAR LOS DOMINGOS
(cuento)

Por Nelson Castañeda


Nelson Castañeda en el cementerio de Highgate en Londres ante la tumba de Karl Marx, no empezaba ni siquiera su edad de piedra, ya habìa publicado en "Los nuevos nuevos" con Fernando Ampuero y Cèsar Vega Herrera.

Se conocieron en octubre del 73; el 8 de noviembre cumplieron un mes de verse, cada domingo, en la misma discoteca.

Ambos se hallaron respectivamente decepcionados: ella de los hombres, él de las mujeres; juntos, sin embargo, fueron haciendo un buen amor. En marzo del año siguiente arribaron al convencimiento de que habían nacido el uno para el otro; ella cumplió años y él vino con un regalo. Contemplándolo se pasaron casi toda la noche en silencio. El domingo próximo ella se desmayaba en cada beso y él hurgó su cuerpo con manos crecidas y desesperadas.

Un domingo, tres años después, ella le contó la animación que hubo en la boda de su hermana menor. Él la escuchaba como quien escucha llover, tomando apenas en cuenta el movimiento familiar de la boca, cierta inflexión y las patitas de gallo que tenía amontonadas en los ojos. Por otro lado, interiormente, sin asombro, seguía el ritmo de la música percibiendo el cambio de la moda, la ausencia de viejos discos. Recordó nombres y contorsiones y empezó a recrear un ritmo viejo con la punta de los pies.
-No me escuchas, se sorprendió ella.
-Si te escucho, dijo él y luego trató de cantarle al oído unas canciones de ayer. Ella se rió, de buena gana, a carcajadas. Se despidieron con un beso ligero y él se quedó un rato más en la discoteca buscando alguien que lo llevara a su pueblo.
-¿No me echas de menos el lunes –le preguntó ella un domingo-, el martes, los otros días de la semana?. El se quedó pensando que ella acaba de decir algo demasiado profundo. Habían pasado quince años. El no lo sabía y dijo: no lo sé. Y no dijo: “Ni siquiera se me había ocurrido pensarlo”.

Años después ya no bailaban; sólo se cubrían de atenciones como dos ancianos. Al ingresar a la discoteca él dejaba al guardarropa el bastón y el sombrero. El doctor les había recetado a ambos un zumo de frutas diferente, lo bebían como remedio sin cruzar una mirada, y ninguno osaba probar el de otro. A medio apagar la visión y la memoria se sentaban muy juntos sin incomodarse, ni sorprenderse y quedaban colgados de los asientos como las dos hojas últimas de cualquier árbol en el otoño. Un domingo él no apareció y ella se sintió demasiado vieja para ir en busca del cadáver.
Recital de Poesìa de los 70. De izquierda a derecha: Nelson Castañeda, Juan Carlos Làzaro, Enrique Sànchez Hernani, Armando Arteaga y Guillermo Falconi, tiempos inèditos.
GUADIX-ESPAÑA 1977.

Nelson Casteneda: www.xanga.com/neptuno

abril 18, 2007

LA NOVELA Y EL CINE EN UN ENSAYO DE ZEIN ZORRILLA/ ARMANDO ARTEAGA

LA NOVELA Y EL CINE EN UN ENSAYO DE ZEIN ZORRILLA


Por Armando Arteaga




Polèmico ensayo sobre la novela actual.


El fantasma de la muerte de la novela recorre casi siempre desde la apertura hasta el final las páginas del libro-ensayo: “Hija de Bergman y Kurosawa, nieta de Balzac: La Novela en el Siglo XXI” de Zein Zorrilla. El “ensayo” de Zein Zorrilla acerca de este aparente auge-agonía de la novela del siglo XXI se sustenta en los aportes sobre la experiencia en la “técnica narrativa”, disentida por E.M. Foster, y por las observaciones del arte de narrar de Phyllis Bentley.

Aunque los argumentos personales de Zein Zorrilla son acertadamente inteligentes y polémicos, es una propuesta muy arriesgada. Se puede discrepar con esta exposición rotunda acerca del destino de la novela y de los novelistas, pero estamos ante razonamientos bastante sinceros. Suceso feliz, además, que nos demuestra el discursivo “background” del oficio convincente de nuestro narrador. Es alentador ver en el “ring” al narrador debatiendo con pasión desarrollada las diversas teorías explicadas sobre la novela a través de la historia.

Recuerdo que para “épater les bourgeois”, el poeta chileno Jorge Tellier solía repetir aquella famosa frase: “la novela es la poesía de los tontos”, que no es más que una pose “modernista”, para denostrar un rango menor de la ficción sobre la poesía (que aquí puede prestarse a confusiones al significar diferente: poética, poema, arte poética, o simplemente poesía). Lo mismo para la novela (el significado es muy difuso: ficción, narrativa, nouvelle, racconto, sotic, roman, relato, o cuento).

En los años setenta, en una entrevista de un semanario argentino a Ernesto Sabato, un periodista le pregunta: ¿Y ahora qué está escribiendo Sabato?. El autor de “El túnel” le responde de manera lacónica: “Buscando escenarios para mi nueva novela”. Como un director de cine Sabato buscaba escenarios. Hay que demostrar también aquí que una novela es literatura (realizada con palabras, frases, etcétera), y que el cine es en esencia otra cosa (realizado con imágenes, sonidos, etcétera).

Lo interesante de este “ensayo” de Zein Zorrilla es que empieza con el problema de “La Ficción”, que ya sabemos de por sí, este tema no es privilegio solo de la novela como cree Robert Liddell o como parece creer Percy Lubbock, sino que hace rato esta prerrogativa está dada también a otras manifestaciones culturales y otros géneros literarios: la arquitectura fantástica, la ciencia- ficción, el ensayo, el poema, el teatro, etcétera.

Tomando de los aportes de la “poética” de Aristóteles, de su aplicación en la narrativa (normativa extraída de la dramaturgia) como necesidad indispensable para apuntalar un suceso contado, ya habó en los setenta: Gerhard Zwerenz en su “Aristotelische und Brechtesche Dramatik”: de la yuxtaposición de la mimesis para emprender una unidad de la acción discursiva, aunque la separación de géneros y estilos, es ahora algo relativo. Brecht es el dramaturgo más aristotélico de la modernidad con su famoso “distanciamiento”. La novela como expresión de la burguesía es otro tema que también lo puso en debate Gyorgy Lukács en su “Théorie du Roman”, en “Der Historische Roman”, y en “Significación actual del realismo crítico”.

¿Son tiempos de la burguesía, y florecerá la novela?. Era la regla de oro. La crisis de la novela fue porque faltó “ilusión escénica” y una actitud crítica para enjuiciar la realidad social. Hay algo que sí me parece exagerado en las propuestas de los críticos anglo-sajones que cita Zein Zorrilla, echarle la culpa de las penas de la novela a Baudelaire, a Mallarme (a los poetas del “modernismo”). Esto es “pura ficción”. No veo por dónde, al contrario, las objeciones de Malcolm Bradbury y James McFarlane me parecen simplistas y conservadoras. El mismo Zein Zorrilla nos hace saber mirando la evolución histórica de la novela que la propuesta “modernista” se ha enriquecido y multiplicado, por el aporte de novelistas como: Joyce, Faulkner, Kundera, y Tanizaki.

La muerte de la novela ha tenido varias posiciones eclécticas desde el realismo crítico social de Paolo Chiarini, Lucien Goldmann, Alain Robbe-Grillet, hasta el exagerado Roland Barthes. Pero esa situación de “emboscada” ha sido una actitud de la crítica que los novelistas nunca han creído en estas hipótesis tremendistas, por ser una remota pedantería de quienes no comprenden el proceso creativo de la novela. Han visto solo el proceso social y el análisis del texto literario, y la novela es algo más que eso.

Foto: Armand. En la Foto: Zein Zorrilla, uno de los màs destacados narradores de la Generaciòn del 70.
Otro aporte, muy especial de Zein Zorrilla, es hacer entender que el cine es otro espacio para “lo narrativo”. Aquí hay mucho que interpretar (...mejor, conversar). No es privilegio de narrar o describir, asunto solo de la novela, también el poema, la obra teatral y el cine lo hacen. Aunque más cerca de Griffith, y al costado de Eisenstein, el “septimo arte” evolucionó. Nos hemos olvidado que fue Pudovkin él que verdaderamente inventó el montaje, y que fue el soporte de la influencia de la novela realista rusa y el constructivismo ruso quienes le dieron brillo especifico, los pilares que le instalaron la apertura hacia un nuevo lenguaje narrativo para el cine: “el empleo del primer plano, que es un sinécdoque reconstruyendo el todo con la sola representación de la parte”. Pudovkin inventó “lo narrativo” en el cine. El neo-realismo italiano tomó este aporte de Pudovkin, usado más tarde por Rosellini, De Sica, y Pasolini. Nos preguntamos: ¿Qué es más, en “El Extranjero”, la novela de Camus o el filme de Visconti?. ¿Qué es más, en “Muerte en Venecia”, la novela de Mann o el filme de Visconti?. ¿Qué es más, en “Blow-up”, el cuento “Las babas del diablo” de Cortazar o el filme de Antonioni?. Difícil de saberlo. Sobre todo porque Visconti es el director de cine que estaba más entrampado con la novela. Y Antonioni estudiaba la incomunicación y la alineación del individuo dentro de este esplendor de la burguesía.

Para nuestro caso, pocos han sido los estudios sobre la naturaleza de la novela. Luis Alberto Sánchez se preocupó de cierto rumbo de la novela cuando habló de “América, una novela sin novelistas”. Más tarde, Carlos Fuentes abrió el telón con su estudio sobre “La novela hispanoamericana”. Y a su manera –periodística- también, Mario Castro Arenas con su estudio “La Novela Peruana y La Evolución Social” se aproximó a estudiar el problema de la novela en nuestro proceso social. Es aquí valioso y fecundo el aporte de Zein Zorrilla en este contexto sobre este tema: el arte de la novela. Entendido desde la perspectiva de la creatividad, casi como un manual para un “taller de novela”, tal vez para iniciados, puede ser un “baedecker” para curiosos: lontanos y profanos, para sagrados y consagrados. Igual, para la investigación de este proceso histórico de la novela y la técnica de realizar “ficciones”. Es un “ensayo” para meditar sobre el destino de la novela y los novelistas.

Uno viaja por este libro-ensayo ““Hija de Bergman y Kurosawa, nieta de Balzac: La Novela en el Siglo XXI” de Zein Zorrilla*, siguiendo las apreciaciones de un narrador que va inquietándonos con sus puntos de vista, sus gustos, y sus preocupaciones, acerca del porvenir de la novela. Y aunque yo soy un creyente de que la novela está en un franco proceso de desequilibro por la falta de lectores. La gente lee menos, a pesar que compra más novelas. Empiezan las primeras páginas y las dejan, si no son buenas. La falta de tiempo también conspira contra la novela. No les creo a los que dicen que leen una novela en dos días de un solo porrazo, eso es tragar, no digerir. El stress urbano también conspira contra la novela. El cine (la imagen) puede más con la pereza mental de la gente. El cine ha ayudado a matar el instintivo acercamiento de nuevos lectores para la novela, el internet: ha puesto el tiro de gracia sobre la cabeza de la novela.

Estoy de acuerdo con Zein Zorrilla que este genero literario debe superar este impase de falta de lectores, que tampoco otros géneros como la poesía y el teatro pueden vanagloriarse que los tienen. Los editores de novelas están malversando el crédito de la novela imponiéndonos un “marketing” casi salvaje, quieren vender novelas como zapatos. Por lo que se hace necesario un cambio de actitud. Ese aporte solo vendrá de los novelista, cuando estos escriban solo para anunciar la belleza de las cosas.

El esfuerzo de Zein Zorilla por darle a la experiencia de escribir novelas el sentido vital de una existencia más cómoda, es algo que compartimos. Una novela no se te puede caer de las manos. Para que no suceda el olvido de la novela, hay que seguir buscando la fuerza proteica de los novelistas, aceptar la ficción escrita muchas veces superada por la realidad concreta, y otras formas de conocimiento: su técnica. Para que siga existiendo una gran expectativa por el auge (nunca la agonía) de la novela y de su increíble belleza.




*La edición del libro-ensayo ““Hija de Bergman y Kurosawa, nieta de Balzac: La Novela en el Siglo XXI” de Zein Zorrilla, realizada por Esteban Quiroz ha sido de primera.

abril 09, 2007

LA CASA DE UÑINGAMBAL/ ARMANDO ARTEAGA

LA CASA DE UÑINGAMBAL
(Ficción)

Armando Arteaga



La casa donde vivíamos mis dos hermanas y yo, allá en la infancia, allá en alguna parte de la serranía de La Libertad, es lo que algunos llaman ahora “una casona antigua” de Uñingambal. Era una casa grande de señores adobones que le daban nobleza a la construcción, tenía una –seudo- reja de ingreso, pues a esa casa uno podía meterse por cualquiera de las varias puertas de ingreso que tenía.

Al abuelo Manuel le gustaba la casa así, aunque a la nona Juana no le gustaba nada que todo sea a campo abierto, “se pueden rodar los niños por tantas pendientes” le repetía siempre la dichosa matrona al patriarca de la casa que nos proporcionaba cada mañana los increíbles desayunos de pan, leche y queso, aunque a mí siempre me gustaba el bistec en el desayuno con un huevo frito que hurtaba la abuela del cuarto de las gallinas, “es el último que acaban de poner, son de oro, para mi Armandito” repetía, y porque habiendo tantas vacas en este sitio, mi hermana Aída piensa que es “mucho comer tan temprano”, pero yo no le hago caso a nadie.

Y por eso, es que, estoy atento y tengo que descubrir de donde vienen esos ruidos y esos extraños sonidos que produce la casa y que vienen desde siempre, no paran casi nunca. Le hago más caso por eso a mi otra hermana Alicia que dice haber visto “ratones voladores”.

La casa está llena de sonidos, algunos son bellos, armónicos y melodiosos, otros son estrepitosos, bullangueros y chillones. Un día empieza -normalmente- con el primer ruido que viene por la carretera, viene de Lima, parecen los ómnibuses -dice Aída-, a lo mejor ya vienen en estos por allí, mi papi y mi mami, ¿qué traerán ahora?. Hay otros ruidos que amenazan y vienen de la otra parte baja, del lado del río.

-No, los ratones no vuelan, no seas tontita, le dice mi hermana Aída a mi otra hermana Alicia. Si vuelan, yo los he visto, son mis caseritos oyentes -explica Alicia-, les gusta mucho escuchar música, a los que les encanta el queso y los jamones, roen por la tierra muy limosos, van con Bach, y a los que vuelan y se van por el cielo oscuro de la noche, se ve en el brillo de sus ojos, les gusta mucho lo suave, van con Liszt.

Son como aquellos ratones que comen el maíz de la “marka”, pero estos tiene alas, Ya veremos, lo tengo que averiguar. Ya sé, dice Alicia, yo sé como atraerlos, les gusta mucho cuando toco el violín, se quedan como zoncitos escuchándome. Aunque sé también que los grandes hablan por hablar, la verdad es que, dudo de todo eso. A mí lo que me intriga son los ruidos raros, los de las ondas hertz y las electromagnéticas, y hasta los telegramas que van por los cables del telégrafo.

Hay uno que se parece al sonido del agua que cae por la catarata de la casa, pero pronto aparece un pájaro llorón y raro, y lo malogra todo, se confunde todo, o es pájaro, o es el agua de la casa que cae de la catarata, que no es lo mismo, y me quedo mirando la inmensidad de las ramas de los árboles y no encuentro nada. Otro parece el viento, es un duende que silba... -como dicen en Piura-, pero aquí, no hay duendes -dice mi abuelita Juana Paredes -, ..más bien hay pishtacos, esos que te cortan la cabeza... ¿Cómo será todo esto?. Ya me estoy confundiendo con tanto sonido... Aunque esto, de todas maneras, no es como el rockanroll, pura bulla, dice el abuelito Manuel, y vaya uno a saber.


Ya sé de dónde vienen los ruidos –dice mi hermana Aída, linterna en mano- acompañada por mi hermana Alicia que está mañana viene en botas y trae su violín en la mano, lista para dar otro concierto está mañana. Así que a mi no me queda más que seguirlas por el mirífico mundo de la verdad silvestre de esta vida tan sonámbula, hoy veremos si de verdad existen los grandes ruidos, los locos y sinfónicos sonidos.

Primero bajamos por esa ruta llena de piedras encustradas en la tierra, nos encontramos con las vacas y los toros, los caballos y los burros, las gallinas y los gallos, los patos y los puercos, ese ruido es de los “cuyes” cuando comen alfalfa, son muy atentos, pues no seas “caídito del palto”, no ves que ese sonido viene del cuarto de los cuyes, que bulla hacen estos bandidos, asustan a este pobre conejito blanco que se ha quedado temblando con sus orejitas paradas, no te das cuenta, pasamos por el cuarto de los quesos, las salchichas, los botellones de cañazo para los señores que vienen a trabajar en la chacra, los toneles donde se guarda el vino para Don Manuel Arteaga , los cilindros de madera para los granos: trigo, cebada, habas, arberjas, lentejas, garbanzos, qué manera de jugar a las escondidas tirándonos garbanzos por las cabezas y qué alegría para las palomas y los loros que se daban sus banquetes con los lentejas y las arberjas que arrojábamos por el patio, y hasta en el cuarto de la planta eléctrica con una solo foquito de 50 voltios prendido donde siempre roncaba el motor, era algo tétrico.

Pero falta este cuarto, que siempre está cerrado, dice mi hermana Aída, ahora lo vamos abrir, puras herramientas viejas dormitan en este cuarto: picos, lampas, Selecciones Reader's Digest, revistas viejas con fotos en blanco y negro llenas de las noticias melancólicas del mundo infernal, y que se aburren aquí donde también dormita el tractor. Hasta que mi hermana Alicia empieza su concierto de violín sobre el tejado, y mi hermana Aída me toma de brazo y haciendo un haz de luz de su linterna hacia la viga superior del maderamen del cuarto del tractor y descubre a los causantes de tanto ruido silencioso en las noches serranas en Uñingambal.

-Ves, tontito, -dice-, son murciélagos. Y los “ratones voladores”, permanecen inciertos, inválidos, temblando de miedo o de frío, no lo sé, colgados siempre con sus uñas fuertes del techo áspero de madera, cegados por la pericia científica de mi pequeña hermana que les inyecta más luz en los ojos, a estos “ratones voladores” para que de una vez se mueran.



Cuando en esto, llega apurado el abuelo Manuel, salgan muchachitos, con una cuadrilla de hombres siniestros con unas disparatados uniformes de cosmonautas, seres lunares o marcianos extravagantes, que van a fumigar este lugar, en dónde ya no se puede vivir, con estas criaturas que friegan toda el día y toda la noche, dice el más experto del grupo de los hombres del Spunik.... Afuera muchachitos, empiezan a exterminarlos, con una chorro de leche mortífera, DDT. se llama esta nueva arma letal contra los murciélagos, dice Aída, son armas químicas de la segunda guerra mundial, nos ha dicho la profesora en el colegio.

A partir de esa extinción de los “ratones voladores” nos hemos quedado nuevamente solos en la casa de Uñingambal con el geométrico sonido del violín de Alicia, y de vez en cuando el canto llorón de un pájarro raro, o del agua fuerte que viene desde la cascada.

Ya me estoy aburriendo de nuevo en esta casa vieja, que el abuelo le dice a la nona, ahora andan mejor los muchachitos, los hemos salvados, vacas y caballos, me voy a dedicar mejor a contar las estrellas de la noche, para olvidarme de los sonidos raros que un día quise descubrir -prematuramente- en la casa de Uñingambal.

(Inédito, del libro “Los pobres diablos”)

marzo 26, 2007

LA PLEBEYA ACADEMIA DE LA LENGUA/ ARMANDO ARTEAGA

LA PLEBEYA ACADEMIA DE LA LENGUA
(¡MEDELLÍN VALE UNA MISA!)*


Por Armando Arteaga

El pueblo, el vulgo, es el único creador que va revitalizando el nuevo contenido del lenguaje de cualquier región o país. El pueblo, la gente de la calle, habla siempre: cualquier disparate, inventa siempre: cualquier deslinde. Se comunican entre ellos de manera oral, en lengua propia, llaman a las cosas por sus respectivos nombres.

Los escritores recogen estas palabras, las enriquecen, las presentan en sendas composiciones literarias y las elevan a categorías de “obras clásicas”. Se van, inmaculadas, estas “obras” literarias para las vitrinas brillantes, para la exhibición como diamantes, o para los museos inmisericordes: de las lenguas vivas, o para el olvido: de las lenguas muertas.

Los Reyes de España, Don Juan Carlos I de Borbón y Doña Sofía de Grecia, encabezaron la mesa de honor en la clausura del Congreso de las Academias, donde aprobó la nueva Gramática. ¡La ortografìa esuna mandarina, ya lo dijo Cortazar!.

Qué... ¿La ortografía es una mandarina?. Bien, por Cortazar. Qué...¿El poeta escribe lo que le da la gana?. Bien, por García Márquez. Qué ¿El quechua no sirve para nada?. Bien, por Martha Hildebrant: esa señora amnésica y decrepita que se duerme en las sesiones publicas del parlamento peruano. El castellano para los de Castilla, decía Begoña, mi amiga catalana de aquel verano tarragones de los 70’s. Uno hace lo que quiere con el lenguaje, miente o busca la mentira de tus verdades.

Pero lo que importa..., es la literatura, esa palabra que cada día se parece más al panteón de los próceres: un catalogo de ataúdes donde todos los escritores aparecen muertos o callados (¡la sociedad de los poetas muertos!) en sendos manuales, o en exclusivos diccionarios: tan especiales que se han vuelto ilegibles.

Y ahora mismo, es mejor hablar de una literatura regional. Somos regiones de muchas cosas: de vastos continentes, de exigentes contenidos, de varías patrias perdidas. Basta de soñar con idioteces. ¿Pregúntenle a un rumano, o a un afgano, o a un ayacuchano qué lengua habla o escribe?. ¿Pregúntele a un muchacho de Bosnia y a un muchacho Sarajevo del mismo barrio bombardeado, qué lengua habla o piensa? ¿Cómo se come esta lengua, cruda o frita?. Etcétera.

Los poetas han ayudado mucho a la libertad del lenguaje y al estado vital de la poesía. Gitano o paria. Algunos como Eminescu, en rumano: en lo popular y en lo folk, casi lo han inventado todo. Aunque creo que puedo estar exagerando. Pero, todos los poetas exageran. Exageraron: Darío, Lugones, Chocano, Martínez Lujan (a quién casi nadie ha leído). Los poetas, siempre dicen cosas que al común de las gentes no le creen, sueñan casi siempre o están locos, dice el vulgo, cuando no entienden algo. Ya lo dijo Cortazar: llamamos locura a lo que no entendemos. A todos nos consta: como han devaluado la palabra: los políticos, los académicos, los representantes de la ONU y los ministros de reyes y de algún Dios Fingido, andan por las patas de los caballos: todos igual o peor que el mejor cantante de rock morfinómano, o que un jugador de fútbol (sin meter goles), o que un boxeador que le arrancó la oreja a su rival de un mordisco, o una modelo anoréxica que muere de hambre por el mundo hambriento del morbo, o cualquier asunto de baja estofa que inunda las noticias de los diarios que han prostituido la palabra y la vida. A mí, me consta, cada escritor voceado como genio, y el ciudadano no es más que un pobre tipo sentado en un w.c. listo para vender su próximo libro con calata en la carátula.

García Márquez, quien recibió un homenaje durante la instalación del IV Congreso Internacional de la Lengua Española por sus 80 años de vida, 40 de la publicación de su obra cumbre "Cien Años de Soledad" y 25 de haber ganado el Nobel de Literatura, dijo que existen en el mundo millones de personas esperando textos en español. ¿Y de las lenguas nativas, ni michi: cortesano o neo-colonial?.
Volviendo a la literatura. Las “obras literarias” se vuelven académicas y clásicas, cuando se empiezan a leer en clase. El “texto literario” se vuelve un disiderátum.
Pero, ¿Qué clase de libros se leen en clase?. Depende. De los profesores, en primer lugar, y de los alumnos, después, si los aplauden o los detestan como bodrios, o asuntos obligados. Yo casi nunca les hice caso a mis profesores, que los tuve muy buenos, por suerte. Aprendí a leer en la soledad, por puro interés científico, o por puro placer, o porque era un joven que tenía propinas (¡hijo de papá!, al fin de cuentas) para comprar y leer libros, y siempre a mi cuenta vieja en vez de un sándwich o una camisa de moda. Y me olvidaba, que para todo esto se necesita salud. ¡Salud!, del cuerpo y de la mente. Nada de paraísos artificiales. Es así que va naciendo una literatura local o regional, y que luego se hace nacional. Con escritores, y ojo-pare-cruce-tren: con lectores. ¿Todo esto es lengua o es idioma?.

Cuando llega ese momento, mi querido lector. Después de varias antologías paradigmáticas: locales, regionales y nacionales, en rojo i negro, se llaman a los más vanidosos y tontos, y se les entrega el titulo de académicos y sabios. Y se forma para prestigio de un régimen o país: La Real Academia Española, o cualquier cosa que se le parezca, que en nuestro caso es el de “Lengua Peruana”, por la que se hace muy poco para entender los sabores y colores de esta singular manera de hablar: patata, puchu, puchukaqlla, lengua, dice, caraju, y el “popol vuh": es verdura entonces...., que para esa especialidad de preparado gastronómico, mejor llamen a Adán Felipe Mejía “El Corregidor”, que él si que era un especialista en lengua: De vulgari eloquio.


*A propósito del IV Congreso Internacional de la Lengua Española realizado en Medellín, 26 de Marzo del 2007-


marzo 19, 2007

EL COSTUMBRISMO PIURANO DE MIGUEL JUSTINO RAMÌREZ/ ARMANDO ARTEAGA

LA LITERATURA EN PIURA

EL COSTUMBRISMO PIURANO DE MIGUEL JUSTINO RAMÍREZ ADRIANZEN

Por Armando Arteaga

                                          

Padre Miguel Justino Ramìrez Adrianzen, pìonero del costumbrismo piurano.

El padre Miguel Justino Ramírez Adrianzen, Deán de la Catedral de Piura, Ministro de Cristo, y hombre de letras (en este perfil rescatamos su imagen y su aporte intelectual), fue un destacado precursor de una literatura antropológica en Piura. Escribió las mejores obras sobre las costumbres piuranas y el folklore huancabambino.

No era, lo que algunos suponen, un cura pueblerino fantaseado historias que discretamente contaba a sus feligreses para entretenerlos en sus respectivas homilías. Y aunque fue un poco “retrochero” para con sus publicaciones, que casi no existen en los circuitos de las diversas librerías (ni siquiera en las piuranas). Sus libros llegaban de “mano en mano” a cada uno de sus fieles, a sus allegados piuranos, y a sus paisanos huancabambinos. Y era claro, y conocido, detestaba cualquier pose de “intelectual”.

Pasaba desapercibido en esta su vocación de escritor, apenas solo quería alcanzar la sabiduría popular de los humildes campesinos de cualquier comarca piurana, en especial tenía la predilección localista por las comunidades campesinas de Huancabamba (a las que dedicó toda la atención de su inteligente mirada).

Soldado de Dios, hombre muy religioso (no supersticioso), campechano, Miguel Justino Ramírez Adrianzen había nacido en Huancabamba el 07 de octubre de 1906 y falleció en Piura el 23 de noviembre de 1986. Hizo su sacerdocio en el seminario de San Carlos y San Marcelo en Trujillo. Se ordenó como sacerdote en Roma el 19 de abril de 1930, y estudió en el Colegio Pre Latino Americano y en la Universidad Gregoriana de la que egresa con Licenciatura en Derecho Canónico. Al regresar al Perú en 1931, es nombrado párroco de Huancabamba: durante doce años, y luego es trasladado a la ciudad de Piura donde pasa la mayor parte de su vida, llegando a ser Obispo de la Catedral de Piura. La vida de monseñor Miguel Justino Ramírez Adrianzen, como vemos, fue bastante sencilla, austera, y muy prolifera como escritor e investigador social.

Supo poner en sus narraciones costumbristas, la esencia creativa de un atento observador del pueblo campesino de Huancabamba y de sus penurias terrestres. Y, aunque creía en las verdades celestes, se ocupaba en sus libros del dolor humano, de las flaquezas espirituales de los hombres, deploraba los defectos morales y exaltaba las virtudes de convivencia y solidaridad entre los hombres sinceros, donde expresaba un gran conocimiento de lo popular.

Se ocupaba de estos asuntos pedestres de los campesinos pobres, donde exaltaba su gran “felicidad espiritual”, su manera limpia de actuar en la dura lucha por superar las desventajas y adversidades de la vida, y por buscar mejores condiciones para vivir con dignidad. En sus anécdotas resaltaban los asuntos de esta vida bucólica y campestre desde una visión pastoral, pero también se aplaudían las bondades y las grandezas espirituales, y lo católico: impregnado en la cultura del hombre andino piurano, y sobre toda la cultura -tan ancestral- agrícola de los campesinos del Alto Piura.

Cuentos de Don Miguel.

Miguel Justino Ramírez Adrianzen, como escritor ha publicado:

-EL primer volumen de “Acuarelas Huancabambinas: leyendas y añoranzas de mi Ande” (1943).
- “Lo que el cholo Cano me dijo” (1950)
-“Cumananas piuranas”, recogidas en Huancabamba, Morropón y Catacaos (Chiclayo, 1955).
-“La atrapadora”, novela, ambientada en los escenarios de Sondor y Sondorillo (1958).
-El “ Homenaje de Piura” al VI Congreso Eucarístico Nacional” (1960);
-“Cuentos de don Miguel” (1963).
- “Huancabamba”, que es una Monografía de Huancabamba son el subtítulo de “su Historia, su Geografía y su Folklore”, quizá la obra más importante en las ciencias sociales escrita en Piura (1966).
-En 1970 aparece el segundo volumen de “Acuarelas Huancabambinas: Danzas, fiestas y brujería”, y este mismo año logra el primer puesto en cuento, en los II Juegos Florales de la Universidad de Piura.


"La atrapadora", novela costumbrista de Miguel Justino Ramìrez Adrianzen.

Carlos Robles Razuri al referirse a las “Acuarelas Huancabambinas”, hace esta pequeña semblanza del aporte de Miguel Justino Ramírez Adrianzen como escudriñador del folklore huancabambino:

“Si la primera obra reveló al Padre Miguel Justino Ramírez como el mejor folclorista de Piura y uno de los mejores del Perú, esta segunda confirma su alta calidad de observador, recopilador y divulgador del acervo popular en todas sus manifestaciones y lo convierte en una verdadera fuente de consulta en lo que respecta a la literatura del pueblo”.

En las “Acuarelas Huancabambinas” se respeta el contenido del canon folk, de lo que se expresa en este lenguaje directo, casi cine-verdad, popular y antropológico, sin desvirtuar el verdadero carácter de esa sabiduría campesina que expresa cada costumbre y anécdota exacta.

Al padre Miguel Justino Ramírez Adrianzen lo consideran un escritor costumbrista en los diversos tratados de la literatura piurana, pero es injusto arrinconar la obra del Deán de la Catedral de Piura en una supuesta mirada localista, a pesar de los motivos contundentes y prístinos del folklórico aquelarre huancabambino que presentó. Ni tampoco se le puede dejar en la etiqueta eucrática del paternalismo religioso. El priorato de su aporte es haber rescatado del pretérito huancabambino: la aquiescencia rural, el relato de las penas andinas, y el retablo amable o hechicero del hombre nativo de esta “la tierra que se mueve”: vive allí Huancabamba, olvidada y ruralizada.


"Huancabamba", el trabajo antropològico màs avanzado de la literatura piurana.

Es cierto que como hombre de la Iglesia Católica quiso evangelizar con su mensaje, pero su pensamiento es más libre, eurítmico, antropológico y apasionado. Escribió e investigó casi a tiempo completo, con método científico, y con mucho respeto por la bienaventuranza del pueblo de Huancabamba: la tierra de Pedro Elera, de Néstor Martos, de Edmundo Cornejo Ubillus, de Armando Rojas, destacados intelectuales y hombres de letras. La monografía “Huancabamba” es un ejemplo del dominio de la virtud de ese manejo por lo social, lo telúrico y lo histórico del padre Ramírez Adrianzen , por eso lo admiró y lo visité en marzo de 1985. En aquella ocasión y en esa conversación en el Arzobispado de Piura de más de dos horas hablamos de los problemas de Piura y tomamos coca-cola, por la que guardo muy gratos recuerdos.

El padre Ramírez Adrianzen, me animó con mucho entusiasmo cuando le hice saber que emprendería la tarea de escribir “Los orígenes formativos de Ayabaca”, libro que publiqué un año después, en diciembre de 1986, no llegué nunca a entregárselo, pues el padre Ramírez Adrianzen había fallecido hace un mes. Y desde entonces, y como homenaje póstumo, y desde siempre: Dedi librum Miguel Justino Ramírez Adrianzen. Nihil oblitus sum.



"Acuarelas Huancabambinas", estupenda obra de la literatura antropológica en Piura.

marzo 14, 2007

MAX CASTILLO: EL PLACER DEL TEXTO/ RÒGER SANTIVAÑEZ

MAX CASTILLO: EL PLACER DEL TEXTO

Por Róger Santiváñez


Novela breve.

1
La historia de Max Castillo no es nueva en la literatura peruana aunque sí poco conocida y –hasta cierto punto- marginal. Digo hasta cierto punto porque para quienes nos iniciábamos en la poesía hacia 1979-80-83 y frecuentábamos el restaurant-chifa Wony sito en el jirón Belén del centro de Lima, Castillo era un asiduo personaje de la bohemia nocturna de aquella dorada época de nuestra juventud perdida. Con sus lentes cuadrados de carey demodé y un look que recordaba al gran JP Sartre, Max Castillo derrochaba inteligencia y sensibilidad entre las mesas rojas del bar y sorprendía con la multiplicidad de sus lecturas y lo caleta de su talento. En aquel tiempo se juntó con Oscar Orellana para lanzar Campo de Concentración y simultáneamente con Armando Arteaga en Penélope. Ambas revistas llegaron a publicar tres números en dicha coyuntura dando a conocer el trabajo de los más jóvenes autores del momento. También la mítica e inolvidable Haraui de Francisco Carrillo ofreció una página central con la obra de Max Castillo. Era un personaje tan especial y –a su modo- carismático que los editores de Omnibus le dedicaron una emisión de su revista en forma de tríptico. Y en el primer número de Macho Cabrío –casi íntegramente compuesto por la nueva poesía- pueden verse textos suyos. Ex-alumno jesuíta y brumoso habitante de La Punta, Castillo desaparece del mapa literario de Lima por casi todos los restantes años 80, aparentemente abstraído en las urgencias de la lucha por la vida. Pero en los 90s resurge entre los bares y aceras de la neobarrosa calle Quilca, entregando un poema –justamente- para el primer y único número de Killka Blues revista elaborada noche tras noche en las mesas plenas de botellas del Queirolo hacia la mitad de la década. De este tiempo datan también sus colaboraciones en la sección cultural del diario El Peruano y algunas –un poco después- en Somos de El Comercio.

Max Castillo: poeta, narrador, y periodista, leyendo pasajes de su ùltima nouvelle "Angeles Quebrados". Fue muy aplaudido esa noche en el Centro Cultural España. Foto: Armando Arteaga.
2

Ha pasado el tiempo y no en vano ya que ahora Max Castillo nos entrega su primera obra narrativa, la nouvelle Angeles Quebrados. Se trata de un relato histórico que recuerda –por momentos- la novelística de Alejo Carpentier. Sin embargo, el texto de Castillo posee un matiz particular: la primorosidad del estilo, lo cual sería precisamente una herencia carpenteriana, pero en este caso, hay una controlada contensión que libera al texto del –a veces- excesivo barroquismo del notable cubano, otorgándole una frescura y fluidez naturales que colocan a Max Castillo como uno de los prosistas más elegantes, sensuales y finos de la literatura peruana de la actualidad. El brillo y perfección rítmicos nos devuelven al viejo y siempre nuevo placer de la lectura, objetivo central de la creación literaria y que Castillo nos restituye por todo lo alto. La descripción de armas y enseres de época –circa 1789- es realmente exquisita: “Cañones adornados por angelillos, esos pequeños deliciosos puttis italianos”, cuando no la de los personajes. Por ejemplo de uno de ellos, el portugués Álvaro de Albuquerque se nos dice: “Señor solitario del Mar Índico, bello como el sol”. Precisamente este caballero –esclavista navegante- es el principal protagonista de la trama que gira en torno a sus peripecias –a bordo del Durandarte- por distintos mares y costas de Europa, África y Asia, fascinado por Oriente desde su niñez cuando la esclava Rita de Pernambuco le leía libros que iluminaban os misterios de Shiva Deus Indiano. El otro personaje importante es el jesuíta o ex jesuíta José María de la Trinidad y Paz, jovencito que escribía poemas en la Lima virreynal de 1746 –año del terremoto que azotó la ciudad- sometido a la violencia castrense de su padre.
Lo interesante es –por un lado- que la trama histórica del “Gran Miedo de julio y agosto de 1789” es decir el estallido de la Revolución francesa se fusiona con una matanza de infieles en la selva amazónica, por la cual Castillo eleva –discreto pero claro- su voz de protesta ante la colonización occidental de esa zona: “Tanta dulzura barroca que escupe humo, fuego y deja charcos de sangre en el Pastaza impenetrable” y tras llorar la muerte del salvaje Attlé concluye –con equitativa iluminación mística- que selváticos y parisienses “mutuamente no se conocían y van al Paraíso con ángeles custodios, al son de cantos gregorianos, sin violencia, con un aliento de justicia y felicidad”. Y por otro lado el reclamo y postulación de una sensibilidad gay frente a toda la vida: “Esos amores prohibidos, contra natura, esos amores expulsados, todos los días de la Historia” enhebrada a su defensa universal del abusado indio: “jóvenes membrudos. Ápolos de fuego, tallas humanas perfectas y libres revientan en sangre ese 14 de julio de 1789”. Hay aquí no sólo compasión y piedad sino exaltación de la belleza, “deseo, pasión y fuerza es la constante” afirma el narrador.
Finalmente sucumben los dos personajes principales. Albuquerque en Bab El Mandeb por obra de un marinero italiano –Torcuato- y JM de la Trinidad y Paz convertido al Islam en Eritrea. Pero aparece un tercer personaje, Benjamín, cronista de los hechos, quien tiempo después sería (según mi interpretación) un mendigo en la Lima de los días previos a la proclamación de la Independencia. En efecto, el 5 de julio de 1821 un joven oficial patriota –Carlos de Vivanco- encuentra un legajo manuscrito (propiedad del mendigo) que –en nítida metaficción- conformaría el relato que hemos estado leyendo, en momentos en que una asonada de esclavos negros del Rímac provoca lo que al parecer es un considerable incendio en la Ciudad de los Reyes y todo –absolutamente todo- se pierde entre el fuego de las llamas voraces. Un final apocalíptico adecuado para una historia que –en gran medida- se ha basado en la máxima de Virgilio: Trahit sua quemque voluptas es decir, A cada uno arrastra su gusto. Corydón y Alexis, los pastores del genio mantuano parecen estar en bambalinas detrás de los arquetipos de Max Castillo, quien ha sido capaz de ofrecernos un magnífico retrato de época en su bruñido estilo -y al mismo tiempo- el testimonio de una sensibilidad y su reivindicación humana en un campo poco transitado de la literatura de ficción peruana.

18 de enero de 2007
Collingswood, New Jersey
*

"...la primorosidad del estilo, lo cual sería precisamente una herencia carpenteriana, pero en este caso, hay una controlada contensión que libera al texto del –a veces- excesivo barroquismo del notable cubano, otorgándole una frescura y fluidez naturales que colocan a Max Castillo como uno de los prosistas más elegantes, sensuales y finos de la literatura peruana de la actualidad. " RS.

Celebrando esa noche en el Centro Cultural España la novela de Max Castillos. Sus amigos de izquierda a derecha: Josè "Pepe" Falconì, Josè Antonio "Pocho" Rìos, Max Castillo (el autor), Armando Arteaga, y Walter Peñaloza.


Àngeles quebrados de Max Castillo
Por Carlos Espinal Bedregal

Nacer para morir no tiene sentido, reconocer que estamos aquí para ser pasto de la muerte abruma y atormenta. Por eso la cultura construye bellos artificios, como la escritura que permite cada cierto tiempo, a pocos elegidos, el estado de gracia de perdurar más allá de la muerte. Lowry, Sade, Kawabata, Capote, Borges, Kafka, Baudelaire, Poe son sólo algunos de ellos. Que también entendieron que escribir es un acto de audacia, un bizarro desafío, un acto de sublime moral y de resistencia. Max Castillo Rodríguez pertenece a esa raza de escritores tremendos y brutales que tienen el valor de explorar las pasiones del alma humana, ese aspecto oscuro, conflictivo y atormentado de nuestra propia condición y regresar invicto de esa aventura con un libro entre las manos. Un libro insospechado y sin precedentes en la literatura local, un libro de verdad, por un autor sin psaado que por fin nos devuelve el gusto por la literatura.

FICHA

2007 Castillo Rodríguez, Max. Ángeles quebrados. Hipocampo Editores; Lima. 96 pp.

SERIE CAVALTS ARMATS
DE HIPOCAMPO EDITORES

Ángeles quebrados, el libro de Max, comienza su propio camino como sujeto literario. Novela corta hecha a la medida de un lector que degusta, que ficciona, que juega con el lenguaje, que interpela a la historia y a sus actores para mostrarnos un fresco del que pareciera no podremos escapar sin ser parte de una trama hábilmente tejida por este artífice que recién se anima a expulsar sus demonios narrativos.

El libro tiene un diseño de tapa de Lorenzo Osores y las páginas interiores de Alicia Santos. Con Ángeles quebrados Hipocampo Editores inicia la colección Cavalts Armats, que presenta como característica gráfica un formato de bolsillo (17x12 cm.). Luego seguiremos entregando otros títulos de esta serie pensando siempre en el lector de la buena literatura.

marzo 10, 2007

LA POESIA TRUNCA DE JAMES OSCCO ANAMARIA/ ARMANDO ARTEAGA

LA LITERATURA EN APURIMAC


LA POESÍA TRUNCA DE JAMES OSCCO ANAMARIA*


Por Armando Arteaga

James Oscco Anamaría, poeta joven apurimeño, nacido en las punas frías de la comunidad de Calcauso (Antabamba-Apurímac), recién había empezado a publicar sus primeros libros de poesía y de narrativa: “Wakcha Gaviota” (1996), “Relámpagos de amor” (2000), y “Siempre será águila” (2004). El mismo se definía en “Unas palabras sinceras” de la siguiente manera: “Nací al borde de los ríos que cantan su libertad, confundido con las garzas, los zorzales y las torcazas. Confundido con mi gente que hace parir la tierra, haciendo nacer una nueva vida, desde las entrañas de las pachamamas”.


 
El poeta James Oscco, su obra poètica era una expectativa dentro del panorama de la nueva poesìa apurimeña

Pocas veces la poesía sencilla y pastoral de los pueblos andinos atrapa en estas palabras de James Oscco Anamaría el tiempo natural de las cosas ejemplares, sin el resquicio de ningún perjuicio, ni de ser acusado de lirismo absurdo. Era un lenguaje directo su poesía, casi oral, para ser escuchado en primera persona. En Calcauso (tierra de herranzas y huayllias): todos los niños “lunarejos” recitan poemas. El mismo Ossco habla de su poesía: “quiero que mi poesía sea dulce como el vuelo de los picaflores, ardiente como el fuego de los valles, moledor como la granizada de los meses de octubre”. Me parece escucharlo conversar, hablaba en directo, alternaba el yo “poético” con el "nosotros" de su comunidad, lo plural se volvía en él un mensaje coloquial: “Amo la literatura, porque me permite decir lo que me da la gana, de esta porquería realidad”.


Varios poetas han enaltecido el majestuoso paisaje serrano de Apurìmac, entre ellos: Alcides Acuña Arias, y tambièn James Oscco dentro de la nueva poesía.

Trágico suceso la muerte del poeta. Ossco fue asesinado hace más o menos un año de la manera más indigna y sangrienta, su caso (aparte de ser una “carpeta” policial y un “suceso” político (por ser un escritor y hombre de ideas de izquierda) en la bucólica ciudad de Abancay, visitada y bañada por las armónicas aguas del Mariño, al que le han cantado también y meritos aparte “El romancero del Mariño” de Alcides Acuña Arias, esa “urbe” de Abancay: muchas veces movida por cierta ebullición social y trastocada por el impacto ambiental y cultural del “boom” minero de Las Bambas (por ser sede política y administrativa de la región Apurímac), amenazada por cierta “conurbación” urbana: con la llegada de nuevos emigrantes. No dejo de pensar, casi perdiendo el hilo de la lógica en “El poeta asesinado”, la ficción supera la realidad. La realidad parece estoica, amarga, igual al mismo nombre de aquel libro vanguardista “Le poete assassine” del poeta francés Guillermo Apollinaire.



Estoica realidad: una paradoja de la vida "Le poete assassine" de Apollinaire, trágico final también para James Oscco.

La carpeta del “caso Ossco” parecen varias páginas extraídas de un “guión” para un filme macabro y terrorífico, muy digno de Román Polanski, o una secuencia más de “Los crímenes de la calle Morgue” de Edgar Allan Poe. Los diarios de la ciudad de Abancay y de Lima, así como el “parte” policial del referido crimen de Oscco han testimoniado el desastroso acontecimiento, que hasta el momento sigue siendo un “misterio” para que se inspire Ágata Christie, o el argumento de un “relato” policial de Artur Conan Doyle o de Jack Ritchie, o de las horripilantes “narraciones” terroríficas de Everil Worrell o de Seabury Quinn. Tanta “imaginación” de los asesinos ha sido para dejarnos “ineptos”. Simplemente, no hay justicia en el Perú, señores. El crimen de Oscco sigue siendo “una ecuación sin incógnita”. La vida en Abancay sigue igual, sin jurisprudencia, y sin encontrarse a los culpables del crimen: los asesinos andan libres, y hasta el momento no se ha hecho justicia a sus deudos y familiares. No viene el caso aquí ocuparnos de la crueldad con la que han actuado los asesinos, todavía en las sombras de la impunidad.

Por lo que se ve en los tres libros de James Oscco, prometía ser uno de los poetas y narradores actuales más representativos de la literatura apurimeña actual. Ya el profesor Federico La Torre Ormachea en la Presentación de “Relámpagos de amor” había dicho de este libro: “es anunciador de nuevos y mejores productos literarios”.

Oscco, era hijo y paisano, de la misma comunidad de Calcauso donde nació Juan de Espinosa Medrano “El Lunarejo”, de quién Luis Loayza ha recordado en “El sol de Lima”: “El Lunarejo predicó y escribió en español y en quechua. Sus traducciones quechuas de Virgilio no han llegado hasta nosotros, pero los textos clásicos al idioma de los indígenas peruanos y, al mismo tiempo, integrar el quechua a la tradición de la cultura occidental”.

 Wakcha Gaviota, el primer libro de James Oscco.

James Ossco Anamaría no era un continuador de esa “integación del quechua a la tradición de la cultura occidental”, al contrario era un escritor de confrontación con esa cultura occidental, de la que tal vez deploraba. Aunque respetaba, por cierto, a su paisano El Lunarejo”. El modelo confrontacional de su poética y de su narrativa estaba en la perspectiva de la “utopía andina” de Arguedas. Poeta de una visión premonitoria ante su propia muerte, como Melgar (en la queja doliente de sus yaravies), como Vallejo (la existencia como dolor fatal en "Los heraldos negros"), y como Heraud (en el final de su "Arte poética"), se adelantó ante el desdichado suceso de su muerte:

“Mi cuerpo cadáver, quizá sea: para cóndores, para pumas, o quizá para las águilas, es mejor para ellos; pues dentro de ellos viviré cantando harawis tristes y alegres. Entonces mis pachamamas, mis Apus y mi pueblo Lunarejo tendrán consuelo y esperanza”.

Como Melgar, el poeta Ossco Anamaría se consideró “polvo fino y amante”. Como Vallejo: “cargaría mi cadáver a tu cementerio universal”. Y como Heraud, parafrasendo el poema El Río, el poeta Ossco “acepta la posteridad de su destino”:

Yo soy el camino
tronando
truenos
escupiendo
fuegos
abro
rutas
hacia la costa
hacia la selva
Abro
y abro
abriendo.



Relampagos de Amor, su mejor libro de James Oscco.

La poesía de Oscco, como la poesía de otros poetas jóvenes de Apurímac, estaba en transe de ser una excelente poesía. Por lo tanto mereció siempre nuestra atención y nuestro más profundo respeto. Se ha truncado una parte de este proceso de esta nueva poesía apurimeña. Pero no hay crimen perfecto. Tarde o temprano se despejará la incógnita de esta ecuación todavía inconclusa, puesta allí por la insana mano malévola de los halcones reaccionarios y estúpidos que creen que al haber asesinado a un poeta, podrían callar su palabra, y eso jamás sucede cuando un poeta está ligado a una comunidad representativa y popular. La mano bruta del crimen tiene que pagar su deuda con la verdad, que siempre, al final: se abrirán las puertas de la libertad y la pura verdad. Los que lo han asesinado creen que han callado a un poeta, pero un poeta es su obra, sus poemas y sus palabras. Y la palabra de James Ossco era una palabra sincera: Recordadle siempre, quiso con sus palabras purificar el lenguaje de su pueblo, esa fue su tarea esencial, y por ese empeño de autenticidad debemos aceptar el reto de su mensaje.

Uno puede discrepar con Ossco en muchas cosas, pero no se le puede negar su derecho a la “utopía andina”, fuerza cósmica con la que llenaba todo el posible candor de sus poemas, por querer ser siempre la chispa para incendiar la pradera. Y los poetas, también... incendian praderas. Como quería Bretón en Nadja: la belleza será convulsiva, o no será. La vida se reflejaba en un eterno carnaval en su poesía (el “pukllay taki”). Estoy seguro, James, que los que vienen atrás continuaran la tarea de todos los poetas: hablar en directo las cosas de la vida, por el bien de la humanidad: buscar la revolución total del hombre. La fiesta y la vida continúan. Hacer realidad esta utopía soñanda (en poesía) de cambiar las cosas injustas fue todo el empeño de Oscco, y toda esta ilusión estaba referida en sus recientes libros.




En "Siempre seré águila" James Oscco vislumbro su muerte, destacaba también como narrador.

*TRES POEMAS DE JAMES OSSCO ANAMARÍA
 

MAESTRO FUEGO
Maestro fuego
eres el rastro luminoso
eres tierno manante cristalino
eres fogata y relámpago andino
eres el susurro telúrico
del volcán Misti.

Maestro fuego,
eres página sagrada y herida
de la historia humana
Eres la pluma resistente
de los combates milenarios
Eres la fuerza atrevida
como la ola de Paracas
como las aguas de Mantaro
gestas y transformas
el amanecer de los humildes
Como las montañas de Apurímac
Gallardo avanzas en tus luchas.

Maestro fuego,
eres el rojizo choclo urubambino
eres la papa harinosa andina
desayuno combatiente de los humildes
Enseñadme el vuelo
de los picaflores y cernícalos
para vencer al gavilán traicionero
Enseñadme la melodía
de la lluvia, de los ríos y de los truenos
para danzar en la última fiesta.

Maestro fuego,
venenosos gases
nos persiguen y persiguen
mojad tu pañuelo de vicuña
con las aguas del Amazonas
para divisar el camino.

Circa, invierno 1997.
GAVIOTITA BLANCA

Gaviotita blanca, blanca gaviotita
por ti anduve por los desiertos de amor
sólo encontré playas despobladas
mares y olas revoltosas de amor.

Gaviotota blanca, blanca gaviotita
Por ti anduve por los bosques de amor
Sólo encontré árboles marchitos
Tallos y hojas moribundas de amor.

Gaviotita blanca, blanca gaviotita
Te busqué por las orillas del río
te busqué en la sombra de la retama
sólo encontré nuestros recuerdos.

Gaviotita blanca, blanca gaviotita
déjame tu sonrisa y tu pluma
para escribir melodías de amor.

Mollebamba, primavera 1998.


RELÁMPAGOS DE AMOR


Dulce canto de mis días
Dulce sonrisa de mis noches.

Te conocí en setiembre de relámpagos
cuando las nubes florecían primaveras
cuando los manantes cantaban harawis.

Dulce canto de mis días
Dulce sonrisa de mis noches.

Entre nevados que germinan amores
sembramos sueños de fuego
para que el trigo naciera
como la sonrisa de tus miradas.

Y un día y un día infernal
antes que abrieras tus capullos sonrientes
vinieron tempestades ennegrecidos
e hicieron perder tu dulce vuelo.

Dulce canto de mis días.
Dulce sonrisa de mis noches.

Dicen que te fuiste, allá lejos
lejos de tu mirada cristalina
a cazar la estrella encantada
que se desvaneció en tus luces
una noche revoltosa.

Dulce canto de mis días
Dulce sonrisa de mis noches.

Regresa pronto, pronto regresa
Madrugada y relámpago de mi amor.

Si esto ocurriera
viento y lluvia de mis amores
¡ayayay! Ternura con ternura
trenzaremos puente de aguacero
entre tu tierra y la mía
cantando y danzando
entre los chuños y los maizales.

Dulce canto de mis días
Dulce sonrisa de mis noches.


Chalhuanca, primavera 1999.