enero 26, 2008

LAS ARMAS MOLIDAS/ POR JAVIER ÀGREDA


Juan Ramírez Ruiz. Las armas molidas (Arteidea, 1996)

LAS ARMAS MOLIDAS


Por Javier Àgreda


Miembro fundador del polémico grupo Hora Zero y una de las voces más características de la poesía de los años 70, Juan Ramírez Ruiz (Chiclayo 1946-2007) publicó dos poemarios en aquel turbulento decenio: Un par de vueltas por la realidad (1971) y Vida perpetua (1977). Luego de un silencio de 19 años ha aparecido Las armas molidas, libro con el que Ramírez Ruiz vuelve a la lírica con toda la vitalidad, agresividad e irreverencia literaria que desde poemas como El júbilo se convirtieron en sus marcas personales más notorias.Las armas molidas es uno de los libros más ambiciosos que se han publicado en el Perú en los últimos tiempos. El autor ha pretendido hacer un libro total – “canto, novela, relato, crónica, tratado, biografía”– reuniendo elementos completamente disímiles: una cierta épica contemporánea (en la línea de su poesía anterior), mitos andinos todavía vigentes, rupturas vanguardistas y hasta la propuesta de una nueva escritura “alfagramática” que remplaza al alfabeto que normalmente usamos por signos inspirados en motivos prehispánicos que su inventor denomina “andigramas”.El poemarioo propiamente dicho está dividido en tres partes correspondientes cada uno a los conceptos andinos de Uku (mundo subterráneo, espacio interior humano), Kay (dimensión social y natural) y Hanan (dimensión superior, paraíso terrenal y cósmico). Una triada que en esta versión de Ramírez Ruiz se asemeja bastante a las occidentales de pasado-presente-futuro y opresión-revolución comunismo, enlazándose así con ciertas propuestas plantadas por el autor en sus declaraciones incluidas en el libro Estos trece.La primera parte, en consecuencia, está dedicada a los muertos, al los antepasados y al sufrimiento: "… cueva de alaridos en la medianoche de nadie… / panteón de años ardiendo como asteroides… ". Además se presentan los personajes principales del poemario: el hombre de armas molidas, el golondrino, (hombre que va hacia Hanan por la revolución), Juanrra (el yo poético), etc. Y también se establecen las características formales del libro: adjetivación casi decorativa (“dorado amanecer”, “oscura guerra”, “incerrable tierra”), empleo redundante de los signos de admiración, constante apelación a las fuerzas de la naturaleza (para lograr el tono épico), etc.Entre las rupturas vanguardistas que dificultan la lectura están el uso de dos o más partículas gramaticales (preposiciones, artículos, pronombres, adjetivos) ahí donde solo debe ir una: “Su tu casa es la comprensión, y su tu riqueza la serenidad; Sur que salió en con por el fin”. Otro recurso de este tipo son los versos con notas a pie de páginas que también son versos; o la caprichosa división del espacio de la página. Un peculiar arsenal retórico que estorba el desarrollo de las virtudes poéticas del autor.En la segunda parte se emprende un pormenorizado recuento de la diversidad cultural de nuestro país. Los títulos son bastante explícitos: Quechua, Aymara, Omagua, Pisabo, etc. Una suerte de convocatoria general que termina en un Tinkunakuy. En la tercera parte se trata de describir la idílica vida en el universo Hanan: “La vida conversa una canción para oír completa / una canción para conversar de cerca…”, “no hay paso sin pie / ni mano sin su pozo / y la ternura fuerte como roca persistente dibuja o escribe sonatas instantáneas”.En cuanto a la escritura alfagramática propuesta, ésta no es sino la sustitución de los signos de nuestro alfabeto por otros signos de carácter geométrico, los andigramas. Es el mismo idioma español, pero “en clave”, es decir, traducido letra por letra. La novedad estaría en que a cada andigrama le corresponde no sólo un sonido sino también un color y una nota musical, intentando convertir la lectura en una especie de espectáculo multimedia. Además, ciertas categorías gramaticales(artículos, adverbios, conjunciones) se representarían con algunos pocos signos, potenciando su valor polisémico, pero perdiendo bastante precisión y capacidad comunicativa. En resumen, una propuesta poco práctica y acaso algo ingenua.Mucho se podría escribir sobre Las armas molidas, libro en que la búsqueda de originalidad y los excesos del discurso parecen haber asfixiado a la poesía misma. Ramírez, que en Un par de vueltas por la realidad logró crear una poesía épica contemporánea y urbana, no ha podido encontrar las formas literarias apropiadas para alcanzar su principal meta en este poemario: unir la poesía, la ideología marxista y los mitos andinos.


(Artículo publicado en La República el 8 de diciembre de 1996).

enero 25, 2008

JUAN RAMÌREZ RUIZ, UN HOMBRE CON UNA FILIACIÒN Y UNA FE/ GUILLERMO FIGUEROA LUNA


JUAN RAMÍREZ RUIZ,
UN HOMBRE CON UNA FILIACIÓN Y UNA FE


Guillermo Figueroa Luna


JRR: La doble Fe de Juan: Chiclayo y la poesìa.
Sólo hablé 4 veces con Juan Ramírez Ruiz, pero las cuatro veces son inolvidables.
La primera vez, cuando nos presentaron, luego de un evento en la Biblioteca Municipal de Chiclayo.
La segunda, cuando me pidió información acerca de mis trabajos historiográficos sobre la región, los esclavos, los "indios" y las mujeres lambayecanas, pues ya tenía algunas referencias según parece por parte de su hermano José Ramírez, ex director del diario La Industria, donde yo había publicado cerca de 300 artículos sobre temas históricos, sociales y políticos. Para satisfacer en algo su sed de lectura, le dí uno de mis libros (Lambayeque en el Perú Colonial), que le gustó mucho, porque --según dijo— renovaba la visión de la historia. Le interesó entonces mucho saber qué acogida tenía el trabajo de mi agrupación, el Taller de Investigación en Ciencias Sociales, TAICS Ciencia y Pueblo. "Mientras tengan ustedes acogida, aunque sea reducida, su trabajo no está perdido" --nos dijo a mi esposa y a mí.
La tercera vez, tomando un café en mi casa, fuí yo quien le interrogué sobre su vida, su trabajo, sobre Hora Zero y los temas sociales y políticos de nuestra generación --que está vigente, montada sobre dos milenios--, pues ambos nos habíamos formado en las movidas y exaltantes décadas del 60 y 70. Fue entonces que confirmé lo que ya advertía en lo poco de su obra que he leído: que su actitud de renovación en lo artístico era parte de una actitud renovadora integral, que Juan Ramírez aspiraba a "un Perú nuevo en un mundo nuevo", como había postulado José Carlos Mariátegui.
Los años acumulados, las dificultades de la vida, los éxitos y reveses, la masiva deserción de casi toda la intelectualidad progresista en las oscuras décadas de los 80 y 90, los hoy predominantes "sentidos comunes" que se adaptan al sistema capitalista y se acomodan a la corrupción, nada de eso había mellado un ápice sus convicciones socialistas, su identificación con los trabajadores, su rechazo al pesimismo y desesperanza posmodernos. Juan Ramírez vivía una juventud perenne y seguía trabajando en lo suyo, movido por un afán renovador que les falta a tantos jóvenes prematuramente envejecidos.
Como lo sostuvo en la entrevista que le hizo Wolfgang Luchting, Juan Ramírez sentía y vivía --en su poesía y en todo-- el conflicto social. Y si algunos le han encontrado una actitud hostil o gestos acres, es porque él no conciliaba con las ideas y las prácticas que --por convicción o por dinero-- defienden el pasado sin esperanza. No comulgaba con el "arte puro", no estaba de acuerdo con la teoría de "los demonios interiores" de Vargas Llosa, no toleraba que se pasase gato por liebre ni en la literatura ni en nada.
Lejos de una actitud amargada o hermética, en nuestras conversaciones -- cada una de la cuales fue de más de 2 horas y la cuarta y última hasta la una de la madrugada en la Plazuela Elías Aguirre-- yo lo encontré cordial y comunicativo, actitud que procuré estimular para aprender de su vuelo intelectual y su experiencia. En suma, lo he conocido entusiasta y nunca con la actitud de "estar jugando los descuentos" o escribir su "libro final". Al contrario, por su dedicación al trabajo en serio, parecía tener toda una vida por delante.

enero 24, 2008

CLAVELES ROJOS PARA JUAN RAMÌREZ RUIZ/ POR RODOLFO YBARRA



CLAVELES ROJOS PARA JUAN RAMÌREZ RUIZ

x Rodolfo Ybarra


Recuerdo la primera vez que vi a Juan, recién se iniciaba la década de los noventas y fue en aquel recital en la antigua Biblioteca Nacional de la avenida Abancay en el que leía Carlos Oliva junto a otros poetas jovencísimos de nuestra recién inaugurada generación. Al fondo, junto a la puerta de ingreso, estaba JRR sentado a un extremo, solo, contemplando el vacío, la altura del techo, el espacio silencioso, las columnas churriguerescas y como marco la roída cortina guinda con blondas doradas, escuchando el eco ahuecado, catedralicio, puesto que no había más que cinco personas en todo el recinto, todos poetas. Su imagen de clochard, -cabello desordenado, ropa ajada, fumando un cigarrillo crío- y su atención para con el aedo que leía me hicieron pensar por algún momento en que se trataba del padre de alguno de los que se presentaba esa noche; y en cierta forma -literariamente para muchos de mi generación- lo fue. Pater literae o pater poiesis.
En algún preciso instante, entre los interregnos del recital y cuando uno de los poetas le pasaba el micro al presentador, nos quedamos mirando y me saludó amablemente como si me conociera a lo cual respondí con el saludo levantando la mano. Vi que cargaba un saco o bolsa cuyas protuberancias rectilíneas y rectangulares hacían denotar que se trataba de libros, revistas, material bibliográfico. Unos meses después lo encontré en el otrora bar “Las Rejas” del jirón Quilca. Algún poeta parroquiano nos presentó y me sorprendí cuando dijo que era Juan Ramírez Ruiz, a quien yo había leído en la adolescencia primera, a los diecisiete años, tanto sus “Palabras Urgentes” en la revista-manifiesto que un amigo me pasó; “Un par de vueltas por la realidad”, y, su “Vida Perpetua”, hasta ese momento uno de sus mejores logros, donde aplicaba la mecánica cortazariana, los poemas saltados, numerados y dispuestos aleatoriamente, guarismos en los que se descubría algún posible o intrincado poema, algún infinitesimal verso, además de ciertos criterios surrealistas como el azar y la probabilidad. Y también vanguardistas, sobre todo en esos poliedros versiculares, esas imágenes sacadas de la geometría no euclidiana. Nos tomamos unas cervezas hablando de poesía, entre insultos y exabruptos, altavoces y escupitajos, luego de que se nos acabara la plata -yo, en un acto de rebeldía y desdén crematístico no trabajaba, y Juan tampoco, en lo que formalmente se conoce como trabajo- y luego, también, de recíprocos insultos coprolálicos (tú no eres nadie, yo soy un poeta, yo soy el que soy, tú eres el leoncito poeta y tú el perro poeta, y tú la rata poeta, entonces quién es quien, escribe nomás y no jodas, etc.) nos pedimos un par de “medias reses” o sea ron con gaseosa, y terminamos abrazados bajo la lluvia de ese invierno garuesco en Lima. Las calles las aromaba el humo de las fritangas y choncholíes que emergía de una carreta ubicada en la esquina entre Cailloma y Quilca. Fumones, lúmpenes, escritores, rockeros encuerados, mujeres en tacos agujas, perros embarrados con violeta genciana avanzaban por la estrecha calle. Desde ahí nos encontrábamos casualmente, tanto en “Las Rejas” como en el “Queirolo”. Recuerdo alguna vez, reunidos -otra vez bajo el mismo techo-, el mozo iba y venía con heladísimas botellas y los vasos flotaban entre las manos, con un humo grisáceo fungiendo de éter; a un costado, en unas mesas arrejuntadas, estaba un grupo de poetas: Carlos Oliva, Juan Vega, Josemári Recalde, Juan Ramírez Ruiz; y en otro: Hudson Valdivia, Grober Gambarini, Kilowats. Muchos sueños y ganas de vivir en aquella época. Cachuca cantaba nostalgia provinciana…
JRR: Poeta del 70 y de Hora Zero.
En una ocasión me encontraba conversando con una amiga dentro de este último local y apareció repentinamente Juan enlentado, cabellos revueltos, sudoroso, con aires de haber descubierto algo extraño, alguna fórmula poética de alguna angelical procedencia, y de pronto, señalando con el dedo a mi amiga cuando yo pensé que iba a decir ¡Eureka!, empezó a gritar, dando resoplidos: “puta”, “puta”, “maldita puta” (durus est hic sermo). Me quedé pensando un momento, estaba en un dilema (¿qué es lo que debía hacer?, ¿qué era lo más correcto?), y me puse de pie decididamente. Cuando los comensales, ayayeros de la petimetre, haciendo círculo, se preparaban para el espectáculo, abracé a Juan, (cálmate Juan, te estás confundiendo de persona, no te preocupes hermano, todo está bien, no hay de qué preocuparse, normal, normal, tú eres poeta y quizá nosotros simples mortales, no te podemos juzgar, no se nos está permitido, no te preocupes, hagamos un brindis, sí, eso está mejor…), lo llevé a una mesa aparte y le puse una cerveza (¡salud, poeta!). Antes de irme solo aquella noche, porque mi amiga se había molestado aduciendo que no era capaz de defenderla, vi a Juan miccionando en la mesa de un grupo de bardos mientras daba estruendosas carcajadas (¡ah, cojudos, aquí ya no hay poetas, no hay nada, ociosos!…). No sé si esos actos eran provocación o simples “excentricidades”. Dicen que la palabra “locura” patológica se debería emplear para personas de espíritu chato, para los artistas lo correcto sería la palabra “excéntrico”. Juan obviamente hubiera descreído de esto, que más resonancias tiene a los diálogos de Zavalita con el zambo Ambrosio; y no podría decirse que JRR fuera un desclasado o un poeta irracional como alguna vez escuché por ahí. Muchos se han atrevido a hablar de delirium tremens y de locura, e incluso de posesión (¿exorcismo?) o de alguna extraña manía. Nada de modales, ni el “Manual de Carreño”, ni “Ese Dedo Meñique” de la Holler Figallo. Quizás a su manera Juan era el escritor engagement, comprometido con su escritura y con su vida. Tanto su poesía como su persona, era en alguna forma un peligro para la delicatesse, un puñetazo a las narices levantadas que no se querían juntar con él, no era nice, mucho menos invitarlo a algún evento “porque podría malograr el show” y después “qué iba a decir el público”. “Horror vacui”. Hipocresías de espíritus innobles y reptiles.
En otra ocasión me encontré con él a plena luz del día -pensaba que Juan era un espíritu nocturno, gótico, un ángel de Pasolini. Me equivoqué. ¡Me equivoqué?- lo vi bastante preocupado y me contó que se había olvidado en el taxi, luego de un viaje relámpago a Chiclayo, un libro totalmente inédito que superaba las doscientas páginas y en el que había volcado años de trabajo e investigación, le propuse que pusiéramos un anuncio en el periódico o que pegásemos en los muros del centro de Lima un aviso donde constase la pérdida, además de alguna ficticia o improbable recompensa. Para ello, y luego de escribir a mano el anuncio sobre el reverso de un paquete de cigarros, nos citamos al día siguiente; por cierto el poeta nunca llegó, días después lo volví a ver y me dijo que me olvidara del asunto y que trataría de reescribir el libro saliera como le saliese. Nunca más se volvió a hablar del tema.
En cierta ocasión, conversando en San Vicente de Cañete con el poeta Enrique Verástegui, me “confesó” que él había iniciado en las matemáticas y en la escritura a JRR. No contento con esta “confesión” (y no es que me gusten las intrigas, pero siempre me gusta llegar a la verdad, aunque sea de manera silogística o confrontacional) fui un día a buscar a Juan y le comuniqué el rollo, a lo que él me dijo que fue al revés: “Verástegui es lo que es gracias a mí”. Bueno, rollo de poetas dije, y nos fuimos a tomar. Aquella noche acabamos en la “cámara de gas”, ubicado cerca de la avenida Alfonso Ugarte. Una garra negra de uñas largas nos acercó un extraño líquido verduzco que burbujeaba en una bolsa plástica.
Hubo tiempos relativamente largos en que el poeta no hablaba, se mostraba catatónico y se limitaba a observar y a beber todo el licor que le pudieran acercar. Con las justas se movía de su asiento para ir al baño, o ante el saludo cumplidor de algunos solo levantaba la mano para llevarse el cigarrillo a la boca. Imagino que eran momentos de introspección y de silencios casi típicos en su psicología y su modus vivendi. En cierta forma, y aunque no lo hubiera aceptado, se estaba convirtiendo en una suerte de mito viviente y no es que fuera un convidado de piedra, Juan estaba y no estaba en la realidad. Quién hubiera podido decirnos qué es lo que pasaba realmente por su cabeza. Quizá simplemente estaba construyendo versos o corrigiendo ritmos, cadencias, estructuras o qué se yo.
JRR: Apunte de Nelson Castañeda.
La última vez que vi a Juan, hace algunos meses, estaba bastante delgado, se había afeitado la barba y lucía un sacón largo color crema y una gorra de lana, estaba parado afuera de “La Rockola” de Quilca, como aguardando en la puerta de un centro materno- infantil, nervioso, impasible, titubeante, esperando a que alguien lo invitara a entrar, y nos dimos un fuerte abrazo, le dije que me esperara, que iba a entregar unos textos a un editor y regresaba por la misma. Cuando salí, ya no estaba, busqué por calles aledañas. Había desaparecido literalmente para siempre. Luego vendrían los continuos mensajes que rebotaban de uno y otro lado por internet, avisando de su pérdida, y que su hermano José había iniciado una intensa búsqueda en Chiclayo. ¿Cómo un poeta se podía perder? Salvo que esto no estuviera precisamente referido a su situación física. Muchos temían lo peor. Un comunicado firmado por Hora Zero apagaba todo tipo de esperanzas: nuestro amigo había partido el 17 de junio, arrollado por un camión. Según confirman las noticias, su cuerpo fue hallado en el cementerio de Huanchaco, gracias a una identificación de huellas digitales. Un canal local mostraría por primera vez en televisión la foto de JRR. Paradojas de la vida.
Sé que en estos momentos debería estar escribiendo de su poesía y de sus “Armas Molidas” –que, amablemente, lo editó Jorge Luis Roncal-, o de sus teorías sobre el poema integral o de sus innumerables peleas literarias -con guantes verdaderos, pero con protectores para no afectar la integridad del contrincante-, con los otros supérstites horacerianos, pero lo cierto es que no logro comprender –o quizás sí, pero me cuesta- por qué un creador, un espíritu dotado de magia necesitaba de ciertos resabios de sordidez, de cierto spleen y anosmia, o como dicen los cátaros todo es ficción, nada existe, y por eso los cristianos heterodoxos los eliminaron porque ellos salían a pelear con espadas ficticias, puesto que sus enemigos también deberían ser ficticios, arrojados a una carne de cañón indescriptible. Idealismo ortodoxo. Poesía pura.
Debería también aquí hablar de los reclamos a un Estado farsante, un Estado plutócrata y verdugo donde los políticos confunden cultura con celulares y que nada hace por sus artistas y descuida y pisotea a sus mejores hijos y solo se acuerda de ellos cuando se mueren. Por ello sería inaceptable que el INC o alguna otra institución burocrática de fintosa culturalidad se presente a hacer algún homenaje tardío a JRR. No se podría permitir. La sociedad necrofílica tiene que acabar.
Debería también sindicar con el índice y con todos los dedos de la mano a quienes lo vejaron y lo mantuvieron en la mordaza impidiéndole, de alguna forma, participar en lo único que a él le interesaba y por lo cual se desvivía: la literatura, la Weltanschaung literaria. ¿Por qué muchos ahora se rasgan las vestiduras y lloran con lágrimas de cocodrilo? Ahora se habla de algunas viudas y pelonas literarias, hasta ha aparecido por ahí algún monaguillo que quiere cargar la cruz y otro que clama a gritos por ser crucificado y se irroga el nombre de nuestro vate. ¿Acaso alguna vez les interesó realmente Juan Ramírez Ruiz, el poeta, el escritor, el ángel caído que transitó por este mundo de infamias intolerables y de epifanías ridículas? Ahora se rifan sus vestiduras y dicen “creerle” porque al final “ no hay novia fea, hijo idiota, ni muerto malo”. Sicofantes. Basta ya de traficar con el dolor. Basta ya de hipocresías. Basta ya de querer tapar el sol con un dedo y de fingir la búsqueda de una justicia que sólo se remite a la unidad indivisible.
Debería también recordar que no es casual que sobre su tumba, la tumba de un buen rapsoda, se pusiera paradójicamente las siglas NN. ¿No es acaso esto la metáfora o alguna novedosa figura literaria de cómo se premia en este país a la sensibilidad creativa? Sin seguro de vida, sin pensión, sin jubilación, sin ningún tipo de reconocimiento ni asistencia, muriendo como alguna vez lo dije, parafraseando a JRR, “a la intemperie”.
Muchos escritores amigos y no muy amigos han empezado a discutir sobre el verdadero valor (literario) de JRR y su calidad de artista. No estoy seguro de hasta dónde más pudiera haber llegado el espíritu creador de Juan, lo cierto es que de seguro a él no le hubiera importado mucho las opiniones de nadie y de seguro nos hubiera mandado a la misma merde al modo de Jarry, como hizo con Raúl Zurita, el que se echó ácido en los ojos para no ver la realidad poética que se proyectaba en el cielo, el Zurita emocionado ante el poeta de hierro y hormigón, el poeta cofundador de Hora Zero a quien se acercó para saludarlo y estrechar su mano. Tampoco le importaban los desaires, los ninguneos, la bofetada o la patada de nadie, porque él sabía que había algo intocable dentro de su persona, algo de inmenso valor que solo un verdadero escritor, un verdadero artista podría reconocer dentro de sí.

Ahora muchos jóvenes poetas –y me incluyo- como en el cuento “El bagrecico” del maestro Izquierdo, quieren saber mayores detalles, signos, indicios reveladores de Juan Ramírez Ruiz, nuestro mitológico Juan, y les (me) digo como les dicen todos sus amigos, los que realmente le apreciaban: que lean su poesía, que lean sus libros, (que se saque fotocopias, que se escriba a mano, como hice yo cuando en la BN no me quisieron sacar copia del libro completo por razones del “copyright”). Acaso no nos dimos cuenta de que sus libros nunca se reeditaron, ni que nadie se preocupó por incluirlo en la curricula de las universidades o por lo menos de los colegios. Que descubran ahora en sus libros su calidad humana, su esencia, su luz, sus giros, su simbología, sus delicados manejos del verso y sus proyecciones, sus descubrimientos, sus nobles locuras. Ahí está Juan, nunca se perdió, siempre estuvo ahí, proteico, vital, con el puño hacia arriba. Solo fue a dar un paseo, “un par de vueltas por la realidad”. Acerquémonos a escuchar y leer al poeta.

Ahora prendo una vela para ti, Juan Ramírez Ruiz; espero que te alumbre, amigo, poeta. Que suenen las trompetas de Jericó. Que doblen las campanas de las iglesias. Que se icen las banderas a media asta. Que se disparen los doce cañonazos. Que todo el mundo cargue su negro crespón. Que se desempolven los trajes negros, los trajes de luto. Que se silencie el mundanal ruido. Que se entone “La pasión según San Mateo” de Bach, los Cantos goliardos del siglo XII o “Cuando los santos van marchando” de Armstrong. “Agua Rosada” del Picaflor de los Andes. Música de clavicordio. Quenas. Pututos. Tarkas. Violines. Charangos. Pianos y arpas. Un momento deténganse todos. Un minuto de silencio. Ha muerto un Poeta.
Dejo estos claveles rojos para ti.
RODOLFO YBARRA

enero 23, 2008

JUAN RAMÌREZ RUIZ Ò UN PAR DE VUELTAS POR LA TRAGICA REALIDAD/ POR RICARDO QUEZADA

Juan Ramírez Ruiz
ó
Un Par de Vueltas Por La Trágica Realidad


Por Ricardo Quezada





‘y largarte y dejarlo todo, mi colchón, mi mesa, mis piernas, mis manos,
mis testículos y dejarlo todo, todo.’

Primera Vuelta
(la ilusión de cambiarlo todo)

llegas desde tu natal Chiclayo y sientes que puedes revolucionarlo todo a partir de la palabra: el Verbo. y nace Hora Zero de las cenizas de lo vivido de lo sentido en tu transcurrir por la capital: Lima ciudad: Lima de bares y veredas llenas de smog é ilusión: ilusión perpetua como tus versos libres que quieren transitar por la totalidad: lo integral. un par de vueltas por la realidad se vuelve tu verdad y entonces te conozco: bares bohemios del centro de Lima>> a ver: la Cámara de Gas/ el Palermo/ la Llegada/ el Wony/ el Rincón de los Recuerdos/ el Queirolo y así ad infinitum… pero no sólo era la botella y sus encantos: también estaba ahí la poesía: palabras mágicas nacidas de los pasos cansados / de la belleza de los encuentros/ de esa cierta amistad/ del transcurrir por las calles sin rumbo preciso/ de sentir el país y su tristessa/ de la leve sensación de que todo puede ser mejor y del alucinar con la realidad para que no nos coma. y entonces los libros y los manifiestos de Hora Zero que rompen la mediocridad reinante y tú que sonríes un poco cínico escondiendo tu ternura –siempre- y te embriagas otra vez Juan amigo hermano porque sabes que algo se ha puesto en marcha. algo nuevo está sucediendo... no?

Segunda Vuelta
(Chiclayo ó el abandono y el encierro)

te busco y te encuentro. Octubre del 2006. voy al mercado a buscar un poco de brujería para mi mal de amores y te me cruzas en el camino. ya sin bigotes y con el mismo pelo desordenado. te veo cansado –muy cansado- pero igual me abrazas con ese extraño afecto a mí y a Hilda la musa . te zafas rápidamente de nosotros pero quedamos en que iremos a buscarte a las seis en punto de la tarde a tu casa. estamos en Chiclayo con su calor y sus sensuales y habladoras mujeres de trajes breves transidos de deseo de amor korporal. y recuerdo Sipán y Sicán y las pirámides de Túcume y Saña y el convento de San Agustín derruido desde la colonia y las plantaciones de caña y el Pomalca Ron rubio sol que me da su calor. quedamos a las seis y yo que me retraso pero te encuentro finalmente de casualidad y caminamos por tu natal ciudad y te llevo al Roma a tomarnos varias chelas trujillanas y con un ron en la mano me llevas a conocer a tus amigos. y contemplamos pinturas regionales y nos reímos: eres importante pero más eres nuestro amigo y me cuentas que tienes varios libros inconclusos y que paras encerrado que ya no quieres salir que esta es una excepción y te lo agradezco interiormente y caminamos y hay una retreta en la Plaza Principal y yo que ya no doy más: te doy un abrazo: me lo devuelves: te digo quiero volverte a ver y que me pases tus borradores y tú te ríes (ó sonríes?) y bebes un último trago a pico y te volteas… entonces me voy. paso a paso. un taxi casi me atropella y lo insulto y llego a la hostal y caigo privado. y al día siguiente no me acuerdo de nada. amanezco mirando la mañana cálida en la Plaza Principal y me digo: cuando vuelva Juan te volveré a buscar. y no lo hice porque pensé que tu soledad era más importante. entonces chau Juan. chau hermano. qué más decirte. la vida y los poemas se hacen a cada instante. ahora ó nunca jamás. y tú poeta los hiciste para siempre: para la pura eternidad.

enero 17, 2008

PALABRAS PARA UN POETA/ ÒSCAR MÀLAGA

PALABRAS PARA UN POETA

Por Óscar Màlaga.

La única historia de un poeta son sus poemas. Ellos son eternos; el poeta tiene fin. El poeta es un ser humano lleno de debilidades y epifanías. Su vida esta llena de leyendas y de anécdotas. No interesan. Vallejo no fue un santo, Ojeda no fue un santo, Watanabe no fue un santo. Pero su poesía es santa, eterna y algún día será de todos, porque ella esta en dialogo permanente con nuestra humanidad. Juan Ramírez Ruiz ha muerto. Todos los que lo conocimos tenemos un nuevo dolor. Como todo poeta tuvo una vida llena de desgarramientos y de encuentros gloriosos con la felicidad. Escribir poesía es vivir un instante de alegría. Su vida fue tatuada a fuego por las exigencias de la poesía. Fue del grupo de poetas que hizo nacer Hora Zero. Yo nunca fui ni quise ser de Hora Zero. Pero ellos fueron grandes. Ellos intentaron abrir una casa nueva y llena de vida para la poesía. Fueron seres humanos con aspiraciones de eternidad; es decir poetas. Tuvieron contradicciones y desencuentros y alejamientos; también, cercanías creadoras, batallas comunes y una amistad forjada en esa nueva poesía que proponían. Los poetas solo tienen una manera de defenderse: su poesía. Juan Ramírez Ruiz ha muerto y sobre el no sobrevuelan buitres, veo solo Ángeles venidos desde todos los horizontes que caben en la vida de un ser humano. Algunos llegan desde la amistad; otros, desde la poesía, pocos, desde la rabia. Todos, unos y otros y otros, estamos aquí, cerca de el, desde la admiración, desde el reconocimiento de su gran y eterna poesía.

La Perla. Enero, 2008

JUAN RAMÌREZ RUIZ Y UN PAR DE VUELTAS POR LA REALIDAD/ RAÙL JURADO PARRAGA

JUAN RAMÌREZ RUIZ
Y UN PAR DE VUELTAS POR LA REALIDAD













Por Raùl Jurado Pàrraga






Los poetas tienen esa imagen que les da la sociedad: rebeldes, marginales, alcohólicos, drogadictos, enajenados, enjaulados en su castillo de marfil o simplemente lúcidos para morirse de cultura en un país inculto. Es esta sociedad la que encasilla a esos lúcidos seres en los bares, en el desempleo, en el vivir cotidiano haciendo añicos su vida. Es la sociedad y sus instituciones las que tratan con desdén absurdo la cultura, la literatura, la poesía. Un país y una sociedad como la nuestra hecha para la muerte nos acerca al espectáculo del olvido cotidiano del artista y mucho más de un poeta auténtico. Juan Ramírez Ruiz se ha ido sin pedirle nada a nadie. Un país necrofílico realiza homenajes necrofílicos y como tal, hay que morirse de vida miserable y olvido cultural en este país. Los poetas son esos seres que se van cuando nadie se los pide. Pero tras de su muerte queda su obra que lo sobrevivirá y si es un poeta auténtico mucho más. A estas alturas los homenajes son puro excremento discursivo. Frente a estos hechos innobles como no compartir la rabia de los que conocieron mucho más al poeta por mencionar a: Carlos Ostolaza. Jorge Pimentel, Enrique Verástegui, Roger Santivañez, Armando Arteaga, Tulio Mora, Domingo de Ramos, Teofilo Gutiérrez, Willy Gómez, Gustavo Armijos, Jorge Luis Roncal etc . . También estamos los “otros” que nos acercamos con respeto y admiración a su obra y persona. Ahí, estaba el autor de Un par de vueltas por la realidad (1971), Vida Perpetua (Editorial Ames 1978) la Armas Molidas (Arteidea Editores 1996), tranquilo y amable al comienzo de la noche, pero lúcido e infernal a la medianoche. Sus poses y palabras son recuerdos que se guardan como alfileres en el corazón. Al enterarme de su partida a la vida perpetua al azar tomé su primer libro y hallé estos versos: sea así o no PONDRE DOS CONSEJOS/ UNO los enamorados que se amen mucho/ no caminen tarde en la noche y/ DOS, tengan cuidado con los carros/ los que han cumplido mas de los 40 años/ y sufren de miopía/ Y cuidado, tengan mucho cuidado ustedes. Y realmente esos versos proféticos me hizo recordar su imagen que apareció con nitidez. Lo vi recostado en el puesto de periódicos frente a Queirolo fue la última vez, que lo salude. Hoy no quiero caer en el dolor, ni menos en la rabia. Mejor recuerdo otros versos del poeta Horaceriano: Mi cuerpo está lleno de poemas y/Salgo a las calles a repartirme como obsequio/ y he demostrado que soy este cuerpo/ estremecido por la rala luz que se confía a mis congéneres,/ este cuerpo amargo sobre el que lloro:/ Mis brazos han crecido increíblemente/ y reconozco que mi semblante me ha traído complicaciones, reconozco que mi cariño infinito me lastima/ ahora que yo se regala incontenible , y cuando la lluvia/ en la plaza Manco Cápac no es lluvia en la Plaza manco Cápac./ Y cuando el individualismo se enreda y me llega a las pelotas/ aquí estoy yo, vivo y fogoso/ Y Latinoamérica devuelve mi carta cuando la miro,/ el Día se abre para que este cuerpo pase,/ el viento roza mis orejas, y fogoso y limpio/ a través de estas avenidas silenciosas. / Aquí estoy yo. Y esta aquí en la esquina más limpia de la amistada Juan Ramírez Ruiz eres el júbilo.

enero 12, 2008

EL JUBILO/ JUAN RAMÌREZ RUIZ



El Júbilo

Por Juan Ramírez Ruiz
Foto: Armando Arteaga. Juan Ramìrez Ruiz en Queirolo, unos dìas antes del fatal destino de su accidente. Las ùltimas fotos de Juan.


Atención, éste es el júbilo, éste es el júbilo
huyendo del silencio, viene, viene, se queda,
limpia, éste es el júbilo, el silencio le huye.
Elfina tu decías no, pero está conmigo
tómalo en mis ojos, en mis manos. Elfina
deja la tarde en la calle, avisa y que vengan,
que se alejen de las ofensas, que descuiden la
acechanza, el improperio, la alevosía,
aviso, dilo y abandona las oficinas,
corre, ven con todos, corre, separa tus dedos
de las máquinas sumadoras, cierra, cierra,
los libros, los llaveros, los insultos, éste es el júbilo,
éste es el júbilo, reconócelo Elfina, éste es el júbilo.
Este que se aleja de la redondez del cuatro,
de la punta involuntaria del cinco
o del alambre que sigue al viento. Este es el júbilo,
éste es el júbilo, este viento cargado
con sonidos de vidrios verdes, éste es el júbilo,
y conmigo está mirando la tarde. Entro en los pechos,
en las frescas canciones, entro, éste es el júbilo,
esa música, esa abundancia, ese relumbre
que dejó caer sin recogerlo, éste es el júbilo,
reconócelo Elfina, éste es el júbilo.



Juan Ramírez Ruiz (1946), es un poeta de dimensión nacional, nacido en
Chiclayo. Cursó estudios en la Facultad de Educación de la Universidad Federico Villarreal. Es co-fundador del importante movimiento literario "Hora Zero".
Su poesía es narración testimonial llevada con sensibilidad y destreza al poema. Juan Ramírez trabaja paisajes citadinos y la complejidad del ser con intenso lirismo. Gran parte de su poesía está escrita en lenguaje coloquial. Libros publicados: “Un para de vueltas por la realidad”, “Vida Perpetua”, y “Las Armas Molidas”.
Foto: Armando Arteaga. Juan Ramìrez Ruiz y Roger Santivàñez conversando en Queirolo.
CARTA A JUAN RAMÍREZ RUIZ

“Mírame a los ojos”
Se fue y vino un día como ayer, de marrón a marrón, estuvimos en la Iglesia San Francisco en el Jirón Ancash en tu cuarto-poesía, saboreando los recuerdos
Llamaste un día 12 como hoy. Eran las 4 de la mañana. Tu voz sonaba a delirium tremus, te pregunte:--¿Habrás tomado Juan? Contestaste: --No. La mañana está con luz, mi pintor. Véngase para conversar que ya se acaba la mañana, ahorita. Silencio en el teléfono. Caminé y lo hallé. El poeta estaba como el volcán Misti, no, como el volcán Cerro San Cristóbal. Bebimos hasta pasado el mediodía. Ya no podían atendernos porque llegaban los comensales. Me observaste y exclamaste:
--Mírame a los ojos. El río de la vida está lejos. Te di una bofetada.
Nos abrazamos y entre risas nos fuimos hasta el Queirolo.
En el trayecto, de carretilla en carretilla, de puro champán, nos entrancamos. Era víspera de Navidad. Después de varias horas, al regresar por el Jirón de la Unión entre champán y champán, olvidándonos de todo, dijiste, ya sin darnos cuenta los dos:--Mírame a los ojos.
El trote no era azul, era fuerte.
Hoy me entero que en tu nicho de N.N. está inscrito:--No mires a no ojos. Ojos no,
N.N. Te estamos esperando Juan para darnos un par de vueltas por la realidad.
Y deja de jodernos: -míranos a los ojos.

CARLOS OSTOLAZA RAMÍREZ *
Pdta. Gracias Armando, Teresa, Teófilo, Fernando.

Lima, 12 enero de 2008.
*Pintor limeño y amigo de Juan Ramìrez Ruiz.



Homenaje a Juan Ramirez Ruiz en bar Yacana (3)
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JUAN RAMÌREZ RUIZ, OCIOSA ES LA MUERTE/ TEÒFILO GUTIERREZ

Juan Ramírez Ruiz, ociosa es la muerte


Por Teòfilo Gutierrez



Ví por última vez a Juan Ramírez Ruiz por el centro de Lima, o sea Quilca. Dicen que desapareció. Siempre estuvo desaparecido para muchos. Pero no para mí, y esa noche bebimos varios tragos y quedó en pasarme el "último" libro de poesía, “pero que le faltaban algunos ajustes”. Luego lo volví a ver por Azángaro, donde vivía “por ahora” con “alguien”, así lo dijo, que regentaba un restaurante ubicado en una vieja quinta frente a la enorme pared crema de la Cripta de los Héroes. Me habló el poeta de sus poemas guardados por “alguien”. Me habló de que no pasaba nada por el Norte. Me habló de haber clavado una puerta con maderos cruzados para que nadie ingrese a un cuarto donde él ya no estaría. Me habló con la punta de un lapicero hincando el bolsillo de la camisa. Quedaron grabadas un par de líneas azules en la camisa blanca. Quedaron como rasguños directos al bobo. Me habló, como desde hace años, que venimos conversando, de todo y de nada. Hubo más de una vez que en Quilca, sentados en una mesa del Quierolo o la Rockola , decíamos algo interesante que podía servir para abrir la ventana al día siguiente. Pero el día siguiente es gris.

Y, pero, poeta, más tarde te encontraré en Quilca, sonriente, paisano, antes de enrumbar en la noche del viernes para zamparnos la tranca que terminará con nosotros bajo la lluvia y el frío a las seis de la mañana, entre la penumbra inicial de otro día más, tal vez el último. Ay nos vidrios, hermano.
Foto: Nelson Castañeda. En la Foto: JRR. en el Taller de Luna Pizarro, en los años 80.
Teófilo Gutiérrez*


*Escritor y editor del sello Hipocampo de Oro Editores.

enero 04, 2008

EL PEZ. POESÌA CONCRETA (DOS) / ARMANDO ARTEAGA

Foto: Ana Maria Chagra.

OTRA “MISE IN PAGE” DE
EL PEZ / Poesía Concreta (*)


Armando Arteaga



Mira:



el

ojo

el pez

escamas

de colores

un cuerpo

vislumbre

vibrando

sobre

el agua

azul-azul

tan fuerte de su cola



(*)Homenaje a Ronaldo Azeredo.


EL PEZ, POESÌA CONCRETA (UN0) / ARMANDO ARTEAGA

Foto: Ana Maria Chagra.

EL PEZ / Poesía Concreta (*)

Armando Arteaga




Mira:



el

ojo

el pez

escamas

de colores

un cuerpo

vislumbre

vibrando

sobre

el agua

azul-azul

tan fuerte de su cola



(*)Homenaje a Décio Pignatari.