abril 20, 2006

VISION Y LEJANISMO (DEL PARADISO) EN PEDRO ELERA/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA

Fotos: Archivo ITECA, imagenes antiguas de Huancabamba-Piura.

VISIÓN Y LEJANISMO
(DEL PARADISO)
EN PEDRO ELERA

Por Armando Arteaga


El poeta Pedro Elera, seguidor del “passez-le mot” (el lejanismo literario), y del viaje impertérrito por las estancias del “Paradise Lost” (Paraíso Perdido) de John Milton, donde el poeta inglés también llorò su ceguera.

El “lejanismo -passez-le mot-” tenía que surgir –reclama L.A. Sánchez- por cuanto la literatura peruana vivía emparedada en Lima, saturada de localismo:

“Los románticos, de todos modos, abrieron el lejanismo literario. No se debe confundir este con el mero “pasadismo", ya que abarca también la lejanía en el espacio, el horizonte. Fue lejanismo absoluto: de tiempo y de espacio, es decir, pasado y distancia” (1).

Elera, n. en la andina Huancabamba (Piura) en 1820, en plena convulsión social por la causa emancipadora. Buscador del exótico espacio poético de las estrellas y del infinito esplendor de la cosmogonía.

Vivió parte inmediata de su niñez en la ciudad de Piura, de allí pasó a Lambayeque, y luego fue a Lima donde probablemente falleció. Perdió la visión a los 23 años. Este desastre personal –que lo postro como invidente- fue parte de la gran desdicha del poeta, malestar que se refleja en su obra compuesta por los sugestivos títulos de los libros: “Poesías del ciego P.E.” (1859) (2) y “Plegarias de un ciego” (1873) (3).


José de la Riva Agüero en su “Carácter de la literatura del Perù independiente” refiere injustificadamente del aporte de Elera –como poeta- con cierto desdén:
“sus versos vulgares y flojos, se salvan por la sinceridad de los lamentos que a veces lo hacía prorrumpir su desventura”.

Es probable que la mortaja vanguardista de Elera fastidie al conservadurismo académico de Riva Agüero. No era para tanto esta confrontación para con la discreta obra de un poeta provinciano que sabía hacer buenos versos.

El ciego Elera, como lo llamaban, fue un poeta que recurría a Virgilio, y a Dante, para expresar el sentir de su estética, y su admiración por la tradición clásica.
Si Virgilio –como guía- lleva de la mano a Dante por el paraíso donde lo aguarda Beatriz describiéndonos el mundo de la eternidad en su viaje, romántico y cristiano, es este caso de destierro humano lo que entusiasma a Elera. Son estos poetas iluminados que lo deslumbran. En tierra firme, Elera los venera como verdaderos videntes todavía medievales de la Edad Media. Buscaba –en ambos poetas del parnaso- la visita al otro mundo espiritual imposible de hallar en las tinieblas de la tierra, el mundo del más allá de la muerte.

Se proyectaba también a otro horizonte, más humano, en el pensamiento y la energía de Homero, y el esplendor de las imágenes de Milton. De Homero imaginó cosas naturales y sobrenaturales de ese gran viaje que es la “odisea” de la vida. Elera como Odiseo, alguna vez, se ve extraviado, lejos del camino de su patria, por mil tormentos y desastres. De Milton admiraba su gran imaginación, su civismo, su nobleza moral, sus grandes interpretaciones cosmológicas: la comprensión total de los principios de la forma clásica, que le sirvieron, no para exagerar, sino para modelar “la belleza y la dulzura” de su exuberante viaje en el “Paradise Lost”. Ambos poetas eran –también- videntes como él.
Lo cierto, para pesar de Riva Agüero, es que Elera tenía su arsenal poético sustentado en la fuerza de su visita por lo clásico e histórico.

Otra referencia a la obra de Elera es la de José Domingo Cortés (1838-1884), bibliógrafo chileno que publicó varias recopilaciones literarias de escritores de Latinoamérica, en su especial “Parnaso Peruano” (1877).
Se publicaron también –póstumamente- en Lima, una relación epistolar con la poetisa María Josefa Mujía –también invidente- (representante del pre-romanticismo boliviano), después de la muerte de Elera, en 1867, donde es de suponer, se puede entender el dolor existencial de la ceguera como impedimento físico de las personas. (4).

No es muy comprensible, sino por una actitud bisoña de la crítica literaria, el olvido visorio con el que se ha tratado la obra de Elera, muchas veces considerado como un poeta menor, pero esto no es cierto. Para muestra, citemos su poema “A mi estrella” que es uno de los que mejor desarrolla la indiscutible raigambre de su veta poética, en este desesperado testamento por donde Elera cavila la senda de los oscuros objetos de su poemática:

A MI ESTRELLA

¡Qué hermosa está mi peregrina
estrella nacida cual querub en el espacio,
esparciendo los rayos que destella
en nubes de zafir y de topacio!

A un horizonte de apartado cielo
ilumina el fulgor de su grandeza,
donde no alcanza de la noche
el veloz ofuscar el cristal de su pureza.

Siempre bañada en luz de eterno día
goza la vista que a mirarlo alcanza,
y al peregrino que a sus pasos guía
le muestra el cielo azul de la esperanza.

Dios te bendiga, estrella misteriosa,
porque sin ti mi angustia era sin calma,
porque de noche negra y pavorosa
salió a adormirse en tus reflejos mi alma.

Yo habitaba el desierto de mi mismo
inflamando las llamas en que ardía,
mi corazón rodaba en el abismo
del fatal estertor de mi agonía.

Mas, al destello de tu luz fulgente
de mi alma huyó la angustia destructora,
como se ven huir del occidente
las sombras de la noche con la aurora.

Guárdate el cielo, estrella peregrina,
que al serenarse el mar de mis dolores
sólo deseo inspiración divina
para loar tus mágicos fulgores.

Quisiera de Virgilio la ternura,
de Hornero el pensamiento y la energía,
de Millón la belleza y la dulzura,
y de Dante al ardiente fantasía;

para en alas cruzar del pensamiento
la extensión del espacio indefinible;
y en zenit do finas tu áureo asiento
contemplar tu esplendor inextinguible.

Entonces embriagado en el encanto
del espléndido sol de tu belleza,
cubierta el alma de entusiasmo santo
cantar tu hermosura y tu pureza.

Mas, ¿qué puedo ofrecerte, estrella mía
si de triste ignorancia el denso velo
nubla la luz escasa que radia
en las alas del genio al dar el vuelo?

Sublime estrella, acepta conmovida
sin mirar de mi voz el desconcierto
la mustia flor del tallo desprendida
de un árbol que vegeta en el desierto.


Su poesía es humanista y de gran nivel, de vasta cultura, a pesar de su premura profana y autodidacta, de un variado ímpetu creador que ya avizoraba su modernidad. Poesía de poderosa fantasía y con extraña capacidad de visión para poder entrever el lado oscuro de la vida.
Debo reconocer que es L.A. Sánchez, quizás el único, que ha reclamado a Palma sobre la exclusión de Elera en “La Bohemia de mi Tiempo”: Al referirse a los románticos y a los bohemios, in vino véritas: no estaban todos los que eran, ni eran todos los que estaban.
L.A. Sánchez, describe un somero perfil del poeta huancabambino, en donde no deja de estar excerta parte del segmento de los pesares humanos y sociales que parece terminaron abrumando al poeta:

“Pedro Elera, nacido en Huancabamba hacia 1820, quedó ciego en 1843; desde entonces, tuvo que dedicarse entre otras cosas y recitar como juglar, a fin de sostener una pesada pro­le de cinco hijos. Elera fue expósito o quedó huérfano muy ni­ño, lo cual agravaba su sincera actitud de desamparo. No sorprenda a nadie, pues, su ayes desgarradores:
No extrañe en el acento que sin orden levanto que no brilla un reflejo de leve erudición; porque jamás la historia a mi sentido canto le dio, con sus lecciones, benéfica instrucción.
Pocos lamentos revelan mayor sinceridad ni acusan tanto a la fortuna. Elera tenía conciencia de su inferiori­dad, por no haber podido ilustrarse como sus colegas litera­rios. Levantaba, "a sabiendas" "sin orden" su canto, cons­ciente de que la escuela no le había deparado "su beneficia instrucción".
Llama la atención que éstos, realmente "bohemios", no figurasen el “La bohemia de mi tiempo”, en la que aparecen, sin embargo, personajes cuyos méritos literarios son otros que una "bohemia" de la que no participaron de hecho, aun­que, sí de fama”.

Elera nos recuerda que las tristezas románticas cuando son verdades sentidas: en cuerpo y en alma, por el propio poeta, en el sentido estricto de las palabras, casi siempre se encuentran estas reflejadas en sus libros y en sus poemas: amor es también dolor. Hay que volver a mirar a Elera con ojos de mayor rigor literario y de realismo.
-----------


(1) -La Lejanía: Tierra Predilecta. Sexta Parte. Románticos, Naturistas, Ideólogos y Modernistas, p.p. 1257. Tomo III. La Literatura Peruana. L.A: Sánchez. Edición Banco Central de Reserva. Lima Perú. 1989.
-Perfil de lo romántico e indagación del lejanismo, en Mercurio Peruano, Lima, 1929, p.p. 346-366.

(2) Elera Pedro, Poesías del ciego P.E.. Lima, Tip. De Aurelio Arnao y Cía. 1859.

(3) Elera Pedro, Plegarias de un ciego. Imprenta El Comercio. Prólogo del autor. 1873.

(4) Maria Josefa Mujía (1812-1888). Correspondence Between a Blind Man and a Blind Woman. Cristina Guzzo, Ball State University.



Iglesia San Pedro de Huancabamba


*
 UN POEMA DE ELERA


FRANCISCO BOLOGNESI

Si yo alcanzar pudiera, ínclito atleta,
la inspiración de un genio sin segundo,
con célido esplendor mostrara el mundo,
la altura en donde el sino te sujeta,

pero aunque mi alma se inflamara inquieta
entre los rayos del saber profundo
para loar tus glorias, infecundo,
es el estro divino del poeta.

Tu fama luminosa es blanca estrella
que de su alto cenit cubre los cielos
con los claros fulgores que destella;

y levantando, fúlgida, los velos
de los siglos futuros tu memoria,
¡brillará más que el sol tu eterna gloria!.



Plaza Mayor de Huancabamba 1950




abril 10, 2006

POEMAS DE FLORENCIO DE LA SIERRA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA
POEMAS DE FLORENCIO DE LA SIERRA


Imagen: Armand.

YANTUMA *

ESTE es el poema que cantan los siglos,
el más hondo y altivo de los hombres
que orgullosos de la eternidad de su destino,
dejaron clavada su esperanza
como un puñal quemante
en el cuenco azul de la leyenda.

Este es el poema calcinado
al rigor del grito,
de la raza de tendones de piedra,
que los tallanes modelaron
en el crisol astronómico del tiempo,
y la hicieron más altiva
en las fogatas rojas de la arcilla.

Desde entonces:
por nuestras venas corre a torrentes
la púrpura más antigua del Sol.

Allí, tendidos como un retazo de sombra
hemos nacido al abrigo de broncas montañas,
escuchando del puma
cómo en pedazos rompe al silencio
y cómo queda golpeando el eco
sobre el yunque de las yermas cordilleras.

En nuestras pupilas llenas de horizontes
brilla el destello del relámpago,
y al poblarse la noche
de luciérnagas y estrellas,
en nuestras miradas arde
la llamarada volcánica de la Tierra.

En las auroras que cerca del cielo amanecen
somos el primer vigía del alba,
y en la pascua traviesa de las aves,
el canto primitivo de la mañana.

El silencio pétreo de las rocas,
el panorama plúmbeo de los pajonales,
las sombras peregrinas de la noche
son el liminar de nuestra cabana.

Somos estirpe, que el rayo modeló
al estallido quemante de la piedra.

Somos antenas de trovadores, rebeldes
por la voz telúrica de los siglos,
jamás cautivos por el Inca Tupac Yupanqui.

Y somos raza ayavaquina, flor de fuego
que al pie del enhiesto Yantuma,
tiene grabada su gloria
con un sólo grito de sangre.


HA MUERTO EL YAYÁN DE LA MANADA *

DE FELINOS maullidos
se retuerce la vorágine de las fuentes,
y cómo se vuelca el yayán de la manada
sobre la sangre que corre
derramando moribundos silencios.

Es el puma de encrespados bramidos,
en el fúnebre silencio de la hondonada,
estrangula al yayán de la manada.

Sólo el cóndor tras el silbo de los vientos,
otea al dolor de la tarde, y se aleja
salpicado de rojos crepúsculos.

Ha muerto el yayán de la manada.

Mariquita Culquicóndor,
india hermosa, como todas las acuarelas
florecidas en el jardín de la Sierra Peruana.

A carrera abierta se avienta gritando,
—Es la hija de Pascual el curandero—
estremece a las ondas
con estruendos de huaraca chacarera:

anima,
toto, totooooo,
asiteber,
cuje, cuje, cujeee

Y los perros como corren desparramando
al follaje vespertino de la tarde;
saltan el alegre rumor de las vertientes,
gruñen las curvas de los caminos,
y se pierden por los horizontes talados,
dejando en las pampas, iracundos ladridos.

En hileras de blancos copos de nieve,
se apretujan los rebaños,
y caminan en cortejo de duelo

con la cabeza prendida al dolor de la Tierra,
y corren en tropel de balidos
al olor de la sal pastoril.

Pero falta el yayán de la manada,
murmuran con qué pena los indios,
con esa pena tan honda
que se anuda como un grito en la garganta.

Mientras llega la noche, surcando senderos,
las ovejas rumiando pedazos de neblina,
balan de rato en rato, tristes de pena.

Pronto llegará la mañana con balidos de consuelo.
y el "inga" del zambo Dañel,
será el nuevo señor de la manada.

(Del libro: “Aúllan los perros”).


PRIMAVERA

De la ventisca de las montañas
las aves con las auroras
azules de su canto,
tu nombre madrugan a gorjear.

Así, llega la primavera
con el mensaje de la luz;
en los Andes florece
con la salida del Sol-

Viene del paraje del silencio
en busca de la estancia del rocío,
y reposa en donde el musgo crece
a orillas del silencio y el río.

llega ceñida la frente
de luceros y neblinas
que la Luna en menguante
con el cielo comenzó a tejer.

Los pastores en la Sierra,
alegres madrugan a cantar;
los arrieros en el valle
amanecen silbando también.

Los audaces pescadores
al remo de su barca,
al rumor de las olas
cantan su serenata al mar.

Las flautas de la mañana
celebran esta canción;
el Sol como un niño travieso
en el ramaje se esconde.

Juega a la ronda del follaje,
con el viento que corre
por los prados silbando
el amanecer de esta tierna canción.


OTOÑO

CUANDO el verano triste se aleja
de los campos ayer florecidos,
las hojas comienzan a caer
con la brisa de las neblinas.

De nuevo la infancia en el follaje,
en las campiñas su hermoso retoñar;
los alegres pajarillos en el bosque
comienzan sus cantigas a cantar.

Con la bruma de la tarde solitaria
en bandadas revolotean las golondrinas,
se remontan ufanas por las sementeras,
en busca de los nidos primitivos.

Con otoño en la cumbre
preludia el aguacero;
los pastores en las jalcas
tañen la canción de la Sierra.

Del follaje en noches de otoño,
brota el rumor de invierno,
con el viento y las auroras
de canciones se llena la Tierra.

De nuevo los inquietos pajarillos
entre las ondas columpian su canto,
al son del viento silba que silba,
la cantiga más antigua del cielo.

Con la presencia pastoril de otoño,
el almácigo comienza a crecer,
crecen los gorgoritos del agua,
florece la sonrisa del labrador.


VERANO

DONDE están los pajarillos
que al ramaje de las cordilleras,
la gracia de tu presencia
todo el día no cesaban de cantar?

Dónde están las mariposas
que todas las mañanas,
al pétalo de las flores
llegaban a revolotear?

Dónde está el pastor
que al medio día,
bajo la brisa de tu sombra
se reclinaba a reposar?

Hoy que al torbellino de la noche
pensativa se acerca la Luna;
en la raíz de tu silencio,
duerme el secreto de las hormigas.

Y cuando al solar primitivo
de tu querencia, el viento
con la mañana dialogan tu ausencia,
en vano, buscan las huellas de tu partida.


INVIERNO

QUE el páramo arrecie en la cumbre,
los zorzales con la porfía de su canto
preludian a las neblinas,
la inocencia del invierno.

Y cuando entre relámpagos y truenos
su sombra matizada de alboradas se apunta,
recién el mugido de los toros del alba
amanece retando al huracán de los cerros.

Los puquios con el vaho de las montañas
se llenan de neblinas y canciones
con la noticia de la lluvia que cantando
viene del aprisco de las cordilleras,

Los nidos se cubren de alegres aleteos,
en el amanecer de cada retoño
reverdece la esperanza de la crisálida,
y del travieso picaflor.

De nuevo en los campos palpita la siembra.
Dios en el barbecho, es el primer labrador,
las palomas al soplo helado del viento
escarban el secreto que conserva la Tierra.

Entonces es cuando el día exhala
la fragancia de la greda mojada
con el arado que en silencio cultiva
a la semilla que silente germina.

(Del libro: “Capullos de Rocío”).


IX

TODO lo que a solas estoy aprendiendo
con el lenguaje primitivo del viento,
con el arrullo musical de las aves,
con el aliento generoso de la noche,
voy formando el mosaico de las palabras
para cuando llegue la primavera
con la armonía de nuevos cantares
siga creciendo la canción de los pueblos
al son de la danza universal del agua.

XIX

No canto a las auroras de nublados silencios
a la nostalgia avarienta del olvido.
Tengo la fragancia de una rosa
con los cinco pétalos del cariño.

No canto al hombre huérfano de amor,
al aullido de la negligencia envejecida.
No canto a la pústula enloquecida
de aquél que añora la sombra de un abrigo.

Canto a la dignidad fecunda del hombre
al músculo honesto del trabajo.
Aquél que del aliento de los surcos vive,
lejos de la anatema de los pobres.

No hay torbellino que atormente
al oasis azul de mi cerebro.
No lamento esperanzas fenecidas...
por la ausencia de un nido musical.

El temblor nido de mis manos encallecidas,
jamás han llegado al infierno maldito del metal...
No vivo oculto de las miradas del pueblo,
en la guarida de palacios de cristal.

No tengo una sola parva de trigo
para el huerto florecido del hogar
Amo el secreto azul del destino,
al rocío, junto a la estrella del labrador.

No ponzoño a la inocencia del trovador.
No dejo sin nido a los pajarillos,
sin pan a los labriegos que cultivan
la fragancia fecunda de la flor.

XX

SOY fruto del amaranto del Ande.
He crecido en la raíz del árbol y la piedra.

Vengo desde donde el almácigo se yergue
al ímpetu glacial de la cordillera,
y donde el agua florece
al son de la cantiga de invierno.

Y he crecido con el rocío y la neblina,
celebrando la danza de la lluvia sobre la hierba.
Junto al arado con rumores de siembra
donde las plantas gallardas crecen
con la sonrisa universal del aguacero.

Y vengo donde la sombra del arco iris
de júbilo anida, en el canto de las aves
y donde la mirada de la tarde posa
en las pupilas del crepúsculo y la cordillera.

Con el haz de esta cosecha de canciones
y de verdes recuerdos de siembre,
me voy cantando el nombre de la mañana,
de la noche que dulcemente me arrulla,
bajo su lámpara encendida de luceros.

(De “La Danza de las Serpientes”).

*Voces Ayavaquinas

Yantuma: Cerro en donde existe vestigios de culturas remotas.
Yayàn: Reproductor, Señor de la manada.

abril 07, 2006

FLORENCIO DE LA SIERRA Y EL INDIGENISMO POÈTICO/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA
 

















FLORENCIO DE LA SIERRA Y
EL INDIGENISMO POÈTICO 
Por Armando Arteaga

Firmaba todos sus poemas con el seudónimo de Florencio de la Sierra, pero en realidad era el profesor Florentino Gálvez Saavedra, nacido el 14-03-1903, en Ayavaca (donde se esforzó tercamente porque el nombre de Ayavaca se escribiera con v (la vigèsima consonante), pero perdió esta batalla que todavía libran algunos respetados regionalistas como José Ignacio Páucar Pozo). Por está vez, y en homenaje al poeta , al profesor , y al periodista corresponsal de “El Tiempo” en Piura, voy a escribir también –tercamente- Ayavaca. Florencio de la Sierra se relacionó ocasionalmente con Hidelbrando Castro Pozo, y fundó la revista “Folklore”, viajando mucho por el sur: Chile y Bolivia. Publicó entre otros libros de poesía: “Aúllan los perros” (1951) con portada del artista plástico Essquerriloff, “Capullos de Rocío” (1959) con portada de César Calvo de Araujo, y “Danza de serpientes” (1963) con portada de Raúl Vizcarra. No es como algunos suponen que el azar juega su partida de dados y el destino es una línea recta marcada por este señor “persona non grata” que hace y deshace con el porvenir de los hombres y de los pueblos. Estos hacen el porvenir en la forja del tiempo con el temperamento y el talante de sus hijos, viene esa hazaña en los gestos individuales, acompañados por la reminiscencia del telúrico paisaje andino. De esta indudable influencia metafísica ha expuesto Mariano Iberico y Rodríguez, otro filosofo y escritor norteño, en sus libros “Notas sobre el paisaje de la sierra”, “El sentimiento de la vida cósmica” y “Jorge Manrique, poeta de la añoranza”. La lejana Ayavaca, en la sierra de Piura, coincide con este gran connubio del mestizaje literario. Tierra madre, preñada siempre de poetas y de intelectuales de gran nivel: Juan Luis Velásquez Guerrero, Juan María Merino Vigil, Manuel Vegas Castillo, Dagoberto Torres Agurto; e Hildebrando Castro Pozo, pioner del indigenismo y de los albores del socialismo peruano, estudió el estado de las comunidades indígenas en el Perú, en su recordado y conocido libro: “Del Ayllu al Cooperativismo Soci
alista”.



 


 










Aunque muchos se rehuyen a pensar en un “indigenismo piurano”, yo creo que hay motivos - más que suficientes- para emprender esta propuesta llamando por su nombre a este segmento importante para la literatura regional de Piura como un aporte muy poco estudiado de las ideas de Hidelbrando Castro Pozo y más tarde las de Luciano Castrillo, expresadas no solo en el campo de las ciencias sociales, la política y la jurisprudencia, sino también en el ámbito de las nuevas ideas en nuestras literaturas regionales de todo el país. Recordando al maestro Julio Galarreta González, él ya se refería a cierta apertura de Salaverry que había mostrado “preocupación indigenista en su obra de teatro “Atahualpa” y su pasión por el “yaraví” preferido –pleno de añoranza romántica- en sus obras dramáticas antes que otra música culta de salón”. El indigenismo no es solo una extención cultural nacional, sino también continental (América, Canadá y Estados Unidos. ) e internacional (Europa y Asia) donde se expresan un sin número de variantes de literaturas “nativas”. El escenario político e ideologico que motivó el desarrollo de las nuevas ideas sobre el Perú y sus “literaturas regionales”, también comprende (por conjunción y por disyunción) el espacio de las nuevas ideas literarias en Piura: siempre abierta y experimental a las vanguardias. El “indigenismo piurano” en la literatura tiene en José Eulogio Garrido (escritor nacido en Huancabamba, la tierra que camina, en 1888) como uno de sus más altos representantes desde los primeros instantes del siglo XX. De quién nos ocuparemos en otra referencia literaria, pero que recordemos fundó el grupo “Bohemia” en Trujillo con Antenor Orrego, movimiento literario predecesor al famoso “Grupo Norte” donde militaron César Vallejo, Víctor Raúl Haya de la Torre, Alcides Spelucin y Macedonio de la Torre. José Eulogio Garrido nos ha dejado su libro “Carbunclos” (1947). No es el único escritor de estirpe indigenista local, pero cito a él como uno de los más importantes precursores de esta tendencia literaria. Tendencia que declina crepuscularmente con las “Acuarelas Huancabambinas” de Miguel Justino Ramírez Adrianzen (Deán de la Catedral de Piura), cuyos escritos ganan en visión antropológica frente al resto del canon literario indigenista piurano, mas tarde, por ejemplo, ante obras de mayor ambición “nativista” literaria y lírica como “Paisana” de Edmundo Cornejo Ubillus (n. Huancabamba, 1916-2001). Aunque haciendo la contingencia del caso “Carbunclos” es un libro raro y adelantado de prosas-poéticas. El nativismo literario es ese perfil terrígena de cada lugar o región, que utiliza sus propias materias, que son inherentes a su naturaleza misma, para ver las cosas desde su propio punto de vista: es una fuerza (centrípeta y centrifuga) tan natural de la aldea hacia el mundanal ruido del mundo haciéndose algunas veces cosmopolita. Luis Monguió es quien muy bien describe este panorama vigente en “La poesía post-modernista peruana”(1955):

“En el segundo cuarto del siglo XX se observa la existencia en la poesía peruana de un movimiento que genéricamente puede llamarse nativista, surguido –no sin antecedentes- con la pretensión de que la poesía peruana expresa lo peculiarmente peruano, el hecho diferencial peruano . Primero este movimiento se perfiló en la poesía por 1926 en el específicamente llamado indigenismo, que reivindicó, como lo único auténticamente peruano al indio y a lo indio. Las formas de la poesía indigenista derivaron, sin embargo, de las del vanguardismo internacional entonces a la moda. El nativismo poético tomó luego, alrededor de 1930, otro aspecto especifico en el llamado cholismo, afirmación del mestizo y de lo mestizo como lo verdaderamente peruano. Hubieran podido ser paralelas suyas el zambismo, el blanquismo o criollismo, etc. La técnica de la poesía en esta segunda etapa se inspira principalmente en el romanticismo de la variedad lorqueana y en algunas formas folklóricas. En un tercer momento, posterior a 1940, el nativismo abandonando amarras étnicas trata de expresar un nuevo ethos peruano de contenido humanista, pero moldeado por la realidad ambiental americana. En materia formal este último nativismo para verbalizar su visión de la realidad local y actual aprovecha toda clase de formas poéticas, con cierta preponderancia de las retóricamente más estrechas. Estos tipos básicos de la poesía nativista peruana se sucedieron cronológicamente en cuanto a su iniciación –1926, 1930, 1940- pero, como es natural, coinciden parcialmente en el tiempo de su difusión, y así existe hoy en día en el Perú quien escribe en indigenista al lado de quien versifica en cholista y junto a quien poetiza en la última manera nativista, y existe también quien ha pasado sucesivamente de la una a la otra manera”. 























Florencio de la Sierra es un poeta de la autoestima campesina, enamorado del esplendor histórico del pasado, severo crítico de la expansión inca sobre los territorios de los ayahuacas por Inca Tupac Yupanqui (la incorporación de Huancabamba y Ayavaca al Tahuantinsuyo). Seguidor del sueño de Walt Whitman: del autoctonismo y de la apertura hacia la fastuosidad telúrica del paisaje natural como leit-motiv en toda su poesía. Seguidor de la filosofía naturista y del transcendentalismo de Ralph W. Emerson, y del ruralismo literario del viejo Robert Frost: que pone vacas, carneros, pumas, hierbas silvestres, flores salvajes, y aromas exóticos en el poema sin ningún remilgo estético. Es también un modernista tardío, pero sin la fantasía y la retórica vergonzante de los modernistas exagerados. Defensor de la trilogía mágica y andina, de la proyectación desarrollista del bienestar: anciano-madre-niño. La realidad coyuntural aparece en sus libros denunciada como injusta -humanamente hablando-, pero ubicada en el énfasis excelso de su “poética” aristotélica donde se mezcla ese discurso virgiliano: limpio y sincero, con su particular mirada panteista. De su voz surge la nueva épica de la naturaleza: el hombre y el paisaje ayavaquino, con destreza y sinfónica versión , voz muy personal llena de emoción lírica, tiene un discurso magistrado desde donde se exalta el nuevo poema: esa tierra -diferente y prometida- de las palabras. En “Aúllan los perros” (1951), es el libro en donde con mayor insistencia destacan estas ideas mías sobre el “indigenismo” de Florencio de la Sierra, estructurado en tres partes: Marejadas de sierra, Voces humanas, y Huella del hombre. El poema “Lluvia de trigo” es un asomo a la protesta social y “Nísperos” es un detalle de aproximación al desamparo de la niñez en la urbe limeña. Es en el segundo libro “Capullos de Rocío” ( 1959) donde crece –inobjetablermente- la calidad poética desde que se abre el follaje silvestre de este poemario. Los poemas “Silencio”, “Neblina”, “Agua”, “Crepúsculo”, “La Luna” y “Acuarelas de Mayo” confirman “la esplendidez de claridad lírica que le concierne” (tal se ha referido Jorge Rivas en su estimativa crítica “Poesía Americana”, República Dominicana, 23-01-1960). Es un solo poema largo “La Danza de las Serpientes” (1963), su tercer libro, desde el “Umbral Aborigen” Florencio de la Sierra dice: “Antes que la imagen del crepúsculo se oculte en la posada de la noche, seguid las huellas trazadas por el serpentear de las neblinas y el afán primitivo del aguacero. Por donde tan solo ronda, el rumor del viento. Entonces, sin temores, abrid la frontera rústica de esta siembra: huella del hombre por los caminos agrestes del tiempo...” 



















Olvidada, nunca conocida, y poco estudiada, la obra poética de Florencio de la Sierra siempre ha llamado mi atención y mi admiración. Su obra tiene que formar parte del gran cuaderno de la poesía piurana, peruana, y latinoamericana, no está demás recordar lo que Don Edmundo Cornejo Ubillus escribió en el Prólogo de “La Danza de las Serpientes” acerca del trajinar poético de Florencio de la Sierra: “Así la obra de Florencio de la Sierra, en la que su expresión poemática exaltada, condolida y tierna, rompe muchas veces los cánones normales, retorciéndose como la topografía misma de las cordilleras o el laberinto de los matorrales, desmayándose como el paraje yermo de las cumbres o desbocándose como el dispararse de los caminos caprichosos y cimbreantes, pero que en conjunto nos dan la belleza recóndita, inmaculada y virgen en la que se deleita el alma, y aparece la ruta troncal en el tránsito del hombre”.
La poesìa de Florencio de la Sierra trasciende los contenidos y las devociones ideologicas siempre sinceras de la poesia peruana post-modernista de la que hablò Monguiò. Es una poesìa no contaminada por la polèmica de puros y sociales. Es un aporte muy creativo, vigente, la fuerza de la aldea al mundanal ruido de las cosas, un rìo que va al mar, pero que nunca se agota en el morir. De èl se puede decir que es un verdadero conspirador del silencio provinciano. Sea este discreto homenaje mìo una pequeña contribuciòn para una mejor compresiòn de su obra, no solo poètica, sino tambièn antropològica, por lo que hay que volver a revisar las siempre interesantes pàginas de la revista "Folklore", de la que fue su fundador y director.

artenupe@yahoo.es

abril 03, 2006

LA PIURANIDAD Y EL ROMANTICISMO EN LA POESIA DE CARLOS AUGUSTO SALAVERRY/ armando arteaga

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA


LA PIURANIDAD
Y EL ROMANTICISMO
EN LA POESIA
DE CARLOS AUGUSTO SALAVERRY


Por Armando Arteaga.

El poeta Carlos Augusto Salaverry nació en Piura en 1830, hijo natural del presidente y general Felipe Santiago Sala­verry quien murió fusilado en 1836.

Edmundo Cornejo Ubillus describe el nacimiento de Carlos Augusto Salaverry en este año de 1830: “un año después de haberse producido el desenlace de la Guerra con Colombia y el
destierro del Presidente La Mar, don Felipe Santiago Salaverry, su Ayudante de Campo y Coronel en aquel entonces, residía en la Hacienda La Solana del Departamento de Piura, cumpliendo una misión fronteriza que el nuevo Gobierno le encargara y que, en realidad, solo fue un pretexto para lograr su alejamiento del ejército (Lima). En ese año –4 de diciembre- y de sus relaciones con doña Vicenta Ramírez nace don Carlos Avelino Salaverry, llamado más tarde Carlos Augusto, incluso por su progenitor.
Su partida de bautizo consta en la Parroquia de San Miguel de Piura, registrada por el P. Miguel de la Cruz. Ampliamente conocidos son los aspectos de su niñez, a partir de su llegada a la capital; su entrega al cuidado de la esposa del ya General Salaverry, doña Juana Pérez e Infantas, quién habrá de dedicarse efectivamente a él, por especial encargo del propio caudillo en su famosa carta-testamento; su estada en Chile por tres años, junto a su madre adoptiva y su hermano Felipe; su regreso al Perú y su vida de familia hasta su ingreso a la carrera militar en el Batallón Yungay, pasando por la vecindad en la calle Piedra de esta capital, donde al parecer surgieron ya las primeras voces líricas”

A los quince años se hizo sol­dado. Participó en política y viajó a Europa donde publicó en Francia su libro “Albores y destellos”, pero luego vino la incomodidad de la pobreza y el designio de cierta enfermedad que lo postró. Falleciendo en París en 1891.

Salaverry es el más grande poeta romántico peruano, tanto por su espontaneidad y transparencia poética como por el manejo experto de su lenguaje. Su obra está teñida de un spleen idealista y de un afecto desesperado y fatalista.
El marco de referencia de los acontecimientos históricos y culturales que acompañan como telón de fondo el desarrollo de su obra poética es el siguiente en secuencia temporal e histórica: la muerte de Goethe, nace Béquer en Sevilla, la guerra entre México y Estados Unidos, publicación del Manifiesto Comunista y agitación política en Europa, abolición del tributo indígena y de la esclavitud, Baudelire publica la primera edición de Las Flores del Mal, aparece la novela Madame Bovary de Flaubert, Lincoln es elegido Presidente de EE.UU, Guerra de Secesión en EE.UU., ocupación francesa en México, muerte de Baudelaire en París, se publica en El Havre “Albores y destellos”, La Comuna de París, Unificación de Alemania, Primera Serie de las Tradiciones de Palma, Guerra con Chile, edición del Diccionario de Peruanismos de Arona, se firma el Tratado de Ancón, Ingresa Cáceres en Lima, Discurso de González Prada en el Teatro Politeama: Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra; Emilo Zola publica Germinal, e Internacionalización del Canal de Suez, entre otros acontecimientos. Fue un tiempo muy agitado como podemos entender. Víctor Hugo en los escenarios parisinos para el teatro romántico, Byron y Heine, en la poesía, fueron muy valorados en la escena cultural europea alcanzando grandes méritos por su invención y originalidad.

Ricardo Palma, Marcelino Menéndez y Pelayo, José de la Riva Agüero, Ventura García Calderón, Alberto Ureta , Raúl Porras Barrenechea, y Luis Fabio Xamar, celebraron siempre la obra singular , el mundo poético sentimental impregnado de fantasía y de una actitud reflexiva moderna, del vate piurano.
Cesar Vallejo en su tesis universitaria “El Romanticismo en la Poesía Castellana” destaca de la poesía de Salaverry: “el espiritualismo erótico, que la informa, la concepción honda de la vida, y más que todo, por el ansia de inmortalidad que la anima, por las rotundas imágenes delicadamente melancólicas, tiernas, nostálgicas y por casticidad en la elocución y la sobriedad de los giros”.

Un desengañado del mundo, Salaverry encabeza siempre el prestigio del romanticismo peruano. Inculcó los nuevos ideales estéticos que en sus tiempos fueron revolucionarios, la búsqueda de la personalidad nacional y la imitación de los modelos clásicos como base de una nueva percepción universal. El yo romántico de Salaverry fue muy intenso. Su visión, aunque tardía, y su renovación, consagró nuevos aires para la poesía peruana.

Augusto Tamayo Vargas define así el ímpetu de su obra literaria: “Salaverry es, sin lugar a dudas, la más alta nota lírica de nuestro romanticismo. Recogió la intimidad de Bequer, al lado de la influencia de Esponceda, Leopardi, Vigny, que se le señalan, y a pesar de su exaltado temperamento fue discreto, en medio de la arrogancia de sus frases, de la facilidad de su improvisación y de su enamorado ideal de la libertad”.

Alberto Ureta en su estudio sobre Salaverry esboza la proyección de la obra del poeta sobre los avatares de su linaje provinciano: “Apenas si pudo alcanzar algunos años de estudio en una escuela rudimentaria. Toda la cultura que adquirió más tarde, la debió exclusivamente a su propio esfuerzo. Su vida, en busca de constantes emociones, no le permitió la consecución de la madurez cultural, que de haber disciplinado mejor su estro, le hubiera llevado a un arte más perfecto”. En lo personal un discreto perfil dibuja Ureta sobre el autor de “La Escena es el Mundo”: “Desde la cuna lo azotó el infortunio, la tristeza y la desgracia, compañeras inseparables de su juventud, pusieron matiz sombrío en sus primeros ensueños y en sus primeras ilusiones. Reconcentrado, huraño, acompañado de sus libros, trabaja en silencio. Solo recibe a un grupo reducido y selecto de amigos. Odia a las multitudes, desdeña la lisonja, desprecia a sus detractores”.

La semblanza más certera la realizó también Teodoro Garces en un Homenaje a Salaverry que en alabanza del autor de “Misterios de la Tumba” y “El sol de Junín”, sentenció hermosamente el final del poeta piurano: “Carlos Augusto Salaverry, el más grande poeta del romanticismo, dentro de la literatura peruana, el poeta que cantó a la mujer y al infortunio en estrofas llenas de sonoridad y de luz, poniendo todo su genio de artista, murió en París el 9 de abril de 1891.
Hace pocos años, sus restos fueron trasladados de París al Perú y sepultados en el cementerio de la ciudad de Sullana”.

En los más plenos instante, el escueto placer del abordamiento de la naturaleza, la musicalidad de su dicción prematura, su diestra y rítmica adjetivación, sus imágenes sencillas, lo llevaron a escribir uno de los poemas más bellos del parnaso romántico: “Acuérdate de mí” (*). Alberto Escobar ha realizado un excelente “análisis interpretativo” de este poema, que por supuesto nos parece una obra maestra. No es la única. Salaverry tiene innumerables poemas, a nivel de la poesía amorosa y erótica, dignos de ser vueltos a leer, y en espera de una nueva interpretación que revalore la obra de Salaverry. Ya lo dijo Escobar: “Leer, estudiar una obra literaria, comprenderla, es descubrir en ella ese ordenamiento de su estructura que posibilita el gozo total, el conocimiento profundo de lo que quiso decir el autor. Y este conocimiento, por ser demostrable, es legitimo y doblemente valioso”.

¡ACUÉRDATE DE MI! (*)

¡Oh! cuánto tiempo silenciosa el alma
mira en redor su soledad que aumenta:
como un péndulo inmóvil, ya no cuenta
Las horas que se van!

¡Ni siente los minutos cadenciosos
al golpe igual del corazón que adora,
aspirando la magia embriagadora
de tu amoroso afán!

Ya no late, ni siente, ni aun respira
petrificada el alma allá en lo interno:
¡tu cifra en mármol con buril eterno
queda grabada en mí!

Ni hay queja al labio ni a los ojos llanto;
¡muerto para el amor y la ventura,
está en tu corazón mi sepultura
y el cadáver aquí!

En este corazón ya enmudecido
cual la ruina de un templo silencioso,
vacío, abandonado, pavoroso,
sin luz y sin rumor;

embalsamadas ondas de armonía
elevábanse un tiempo en sus altares,
y vibraban melódicos cantares
los ecos de tu amor.

¡Parece ayer! . . De nuestros labios mudos
el suspiro de “¡Adiós” volaba al cielo,
y escondías la faz en tu pañuelo
para mejor llorar!

¡Hoy! ... nos apartan los profundos senos
de dos inmensidades que has querido,
y es más triste y más hondo el de tu olvido
que el abismo del mar!

Pero,¿qué es este mar?¿qué es el espacio?
¿Qué la distancia, ni los altos montes?
¿Ni qué son esos turbios horizontes
que miro desde aquí;

Si al través del espacio y de las cumbres,
de ese ancho mar y de este firmamento,
vuela por el azul mi pensamiento
y vive junto a ti?

¡Sí: yo tus alas invisibles veo,
te llevo dentro el alma, estás conmigo,
tu sombra soy, y adonde vas te sigo
de tus huellas en pos!

Y en vano,intentan que mi nombre olvides;
¡nacieron nuestras almas enlazadas,
y en el mismo crisol purificadas
por la mano de Dios!

Tu eres la misma aún: cual otros días
suspéndense tus brazos de mi cuello;
veo tu rostro apasionado y bello
mirarme y sonreír:

¡aspiro de tus labios el aliento
como el perfume de claveles rojos,
y brilla siempre en tus azules ojos,
mi sol, mi porvenir!

Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido;
mi nombre está en laatmósfera, en labrisa,
y ocultas al través de su sonrisa
lágrimas de dolor;

pues mi recuerdo tu memoria asalta,
y a pesar tuyo por mi amor suspiras,
y hasta el ambiente mismo que respiras
te repite ¡mi amor!

¡Oh! cuando vea en la desierta playa,
con mi tristeza y mi dolor a solas,
el vaivén incesante de las olas
me acordaré de ti;

cuando veas que una ave solitaria
cruza el espacio en moribundo vuelo,
buscando un nido entre la mar y el cielo
¡acuérdate de mí!

(De: Cartas a un ángel)




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Bibliografía:
-Albores y destellos (Diamantes y perlas, Cartas a un Angel). Le Havre, 1871.

-Carlos Augusto Salaverry, Alberto Ureta, Tesis Doctoral, Lima, 1918.

-Antología de Carlos Augusto Salaverry, Edmundo Cornejo Ubillús, Lima, Ediciones Hora del Hombre, 1948.

-Albores y destellos (Antología), Carlos Augusto Salaverry, Primer Festival del Libro Piurano, 1958.

-Salaverry Poesía, Prologo, selección y notas Alberto Escobar, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Patronato del Libro Universitario, 1958.

-Homenaje a Salaverry, Prologo Teodoro Garcés Negrón, Universidad Federico Villarreal, Departamento de Extensión Cultural y Universitaria, 1966.

-El Romanticismo en la Poesía Castellana, Cesar Vallejo, Juan Mejía Baca & P.L. Villanueva, Editores, Lima, 1954.
-Literatura Peruana, Augusto Tamayo Vargas, III Tomos, Peisa, 1992.

-La Literatura Peruana, Luis Alberto Sánchez, V Tomos, Banco Central de Reserva del Perú, 1989, Lima.

OTROS POEMAS DE SALAVERRY:

A LA ESPERANZA


Yo sé que eres una ave fugitiva,
un pez dorado que en las ondas juega,
una nube del alba que desplega
su miraje de rosa y me cautiva.

Sé que eres flor que la niñez cultiva
y el hombre con sus lágrimas la riega,
sombra del porvenir que nunca llega,
Bella a los ojos, y a la mano esquiva!


Yo sé que eres la estrella de la tarde
Que ve el anciano entre celajes de oro,
Cual postrera ilusión de su alma, bella;

Y aunque tu luz para mis ojos no arde,
Engáñame ¡oh mentira! yo te adoro,
Ave o pez, sombra o flor, nube o estrella.

(De Diamantes y perlas)


RESPONDE

Dios dijo al ave de los bosques: ¡canta!
Al tierno cáliz de la flor: ¡perfuma!
A la estrella: ¡las nubes abrillanta!
Al sol: ¡irradia en la azulada bruma!
Al ambiente: ¡suspira! al río: ¡encanta
con tus bellezas de argentada espuma!
Y a ti, mujer, para el amor nacida
te ha dicho acaso Dios: ¿Ama y olvida?


A UN RETRATO


¡Sombra inmóvil! Te miro a todas horas
Y nunca a yerme tu semblante giras;
Cuando suspiro yo, tú no suspiras;
Cuando mis nenas lloro, tú no llorasl

A veces, con las galas seductoras
De pureza y candor, mi musa inspiras;
Mas luego, al contemplar que no me miras,
Rompo las cuerdas del laúd sonoras!

Si amor que nada pide, nada espera,
Hacer pudiese a tu virtud agravios,
Perdón pidiera a tu beIdad, de hinojos;

Y, cuando esta Ilusión conmigo muera,
Algún suspiro de tus dulces labios,
O alguna perla de tus bellos ojos!


marzo 30, 2006

LA GENERACION DEL SETENTA/ CÈSAR TORO MONTALVO

Zeìn Zorrilla, Enrique Verástegui. Armando Arteaga: Escritores de la Generaciòn del Setenta.

La Generación del Setenta (*)

Escribe César Toro Montalvo.

Producida la Generación del 70, precisamente aparecen los movimientos rupturales, destacando el Movimiento Hora Zero, Movimiento de Poetas Mágicos del Perú; en menor escala el Grupo Gleba, Estación Reunida, Grupo Cirle y La Sagrada Familia. De todos ellos, Hora Zero, entregó a la poesía peruana aquellos temas provenientes de la calle, la jerga cantinera, el coloquialismo, la poesía pa­rricida e iconoclasta. Virtualmente el Movimiento Hora Zero fue sin duda uno de los grupos de vanguardia más destacados de las últimas décadas. Los años 70 coincidió con el Golpe Militar de Juan Velasco Alvarado y la "era" de los genera­les. Sus poetas se entregaron con fe y pasión a la poesía coloquial, experimental, caleidoscópica, mágica y visual. Esta generación apertura además una amalgama de alta poesía vanguardista de todo orden y estilo; surgiendo además individuali­dades significativas de repercusión latinoamericana. Tampoco aquí en este acápi­te entraré a hablar con precisión las características en cada caso. Sólo enunciaré las obras y nombres más visibles o sobresalientes: Jorge Pimentel en Kenacort y Valium 10 (1970); Enrique Verástegui en En los extramuros del mundo (1971); Manuel Morales con Poemas de entrecasa (1969); Armando Rojas en Bosques (1973); Omar Aramayo en Axial (1975); Abelardo Sánchez León en Rastro de ca­racol (1977); César Toro Montalvo en Especímenes (1977); Tulio Mora en Mitologías (1977); José Luis Ayala en Poesía para videntes (1988); Juan Ramírez Ruiz en Vida perpetua (1978); Mario Montalbetti en Perro mundo, 31 poemas (1978); José Morales Saravia en Cactáceas (1979); Carmen Ollé en Noches de adrenalina (1981); Max Dextre en Fruta de nieve (1979); José Rosas Ribeyro en Curriculum Mortis (1985); José Watanabe en Álbum de familia (1971); Carlos Zúñiga Segura en inauguración de la ausencia (1979); Pedro Cateriano en La siesta del haragán y otras indiscreciones (1978); Arnold Castillo en Alardes & de­rramas; Gustavo Armijos en Celebraciones de un trovador (1977); Rafael en Es­tambres (1980); Feliciano Mejía en Poemas racionales (1971); Elqui Burgos en Cazador de espejismo (1971); Armando Arteaga en Callejón sin salida (1986); Heinrich Helberg en Juegos para soñar (1972); Jorge Nájar en Malas maneras; Ricardo González Vigil en Silencio Inverso (1978); Carlos Orellana en La ciudad va a estallar (1979); Alfonso Cisneros Cox en Lomas (1981); Juan Carlos Lázaro en Gris amanece la urbe del hambre (1987); Luis La Hoz en Primer incendio (1977); la poesía hasta ahora inédita de María Emilia Cornejo y Aidé Romero en Palabras para iniciar una despedida. También en la poesía del 70 podríamos mencionar otros nombres que deben confirmar sus aciertos (¿será posible?), me refiero a Oscar Málaga, Ana María Gazzolo, Siu Yun, Patrick Rosas, Edgar O'Hara, Jorge Espinoza Sánchez, Humberto Pinedo, Manuel Pantigoso, Enriqueta Belleván. Mito Tumi, Pedro Granados, Vladimir Herrera, Tarsicio Navarro, José Cerna. Walter Márquez, Róger Contreras, Enrique Solano, Javier Huapaya y Julio Carmona, entre otros.


(*) Publicado en ”Breve Historia de la Literatura Peruana”, Estilo y Contenido Ediciones, Primera Edición, Lima, 1989.

marzo 27, 2006

LA GENERACIÒN DEL 70/JUAN CARLOS LÀZARO

Foto: Oscar Malaga y Sonia Luz Carrillo, poetas de la Generacìon del 70.


¿Qué es la Generación del 70? (*)
Escribe Juan Carlos Lázaro

En el 2003 se cumplieron 30 años de la pu­blicación de Estos trece, el libro que el crítico José Miguel Oviedo dedicó a la atrabiliaria Generación del 70 y que, pese a ser otro su propósito, contribuyó a ubicarla en el panorama general de la poesía peruana del si­glo XX.

Estos trece, a decir de Oviedo, no es una antología, sino «algo más o algo menos que eso». A nuestro parecer, es un estudio aproximativo y fragmentario del 70, y una curiosa muestra de su etapa incipiente. Aún así, el li­bro marcó época, levantó polémicas y se cons­tituyó en hito indispensable de la historia de esa generación.
La Generación del 70, hasta la fecha, no ha sido valorada debidamente. Sin embargo, junto con la del Novecientos, la del Centenario y la del 50, es de las que reúne los requisitos básicos y fundamentales que la hacen una ver­dadera generación. Esencialmente poética, surgió en un contexto nacional e internacional netamente revolucionario. Y a su influjo inten­tó una revolución cultural en el Perú. Si bien su activismo se centró en el campo de la poe­sía, consiguió impregnar su espíritu y su áni­mo (beligerante, crítico, rupturista e intransi­gente) al conjunto de la actividad cultural de los jóvenes de la época. Para acometer con mejores resultados su propósito le faltó un pro­grama y la orientación intelectual como sí la tuvieron la generación del Novecientos con Francisco García Calderón y Víctor Andrés Belaunde, y la del Centenario con José Carlos Mariátegui y Haya de la Torre.

Los jóvenes poetas del 70, adelantándose a sociólogos, antropólogos y políticos, prefi­guraron la convulsión social que significaría la avalancha migratoria de los provincianos ha­cia la capital. Muchos de ellos eran actores de este proceso. Y en esa línea, su poesía colo­quial, resonante de voces urbano-marginales, no era sino expresión de ese Perú multicultural y multilingüístíco que empezaba a copar la nue­va escena social del país. Asimismo, conscien­tes de su función social, se esforzaron por des­centralizar los focos de la producción literaria del Perú como antes sólo lo había intentado Valdelomar con Colónida.

Sin embargo, en todo esto el crítico Oviedo sólo vio una expresión de la «cultura de la pobreza», un concepto que tomó prestado del sociólogo norteamericano Oscar Lewis, así como se había prestado de Faulkner el título de Estos trece. Juzgó al conjunto de la Generación sobre la base de sólo dos agrupaciones: Hora Zero y Estación Reunida. Y para ajustar su es­tudio y su muestrario a este enfoque sociológi­co, tuvo que dispensar de otras expresiones paradigmáticas de esta Generación como eran las poéticas de Cesáreo Martínez, César Toro Montalvo, Ornar Aramayo, Luis La Hoz, la de los poetas de San Marcos, de La Tortuga Ecues­tre, etc.

Las promociones poéticas que siguie­ron a la Generación del 70 no consiguieron despertar el interés de ningún critico ni estudioso del nivel de Oviedo. Todo indica que en el panorama general de la poesía peruana, la impronta de la Generación del 70 cierra el si­glo XX y se proyecta hasta ahora.

Hora Zero
Hora Zero fue para la Generación de los 70 lo que Colónida significó para su época: una ruptura con el pasado, un impulso vi­tal, expresión de una nueva emoción, pero sin un programa que lo guiara. A diferencia de Colónida, no cultivó el torremarfilismo, sino que se involucró en el movimiento social de su época. Y también a diferencia de aquella, en tanto comunidad poética, no tuvo la coheren­cia ni el brillo de Valdelomar y sus huestes.

Para muchos esta comparación puede parecer desproporcionada. Yo me ratifico en la misma. Persisto en mi alegato de que la Gene­ración del 70 —sus guerrillas literarias y sus creadores— no ha sido evaluada aún en su ver­dadera dimensión. Basta con apelar al consen­so que reconoce que la década de los 70 mar­can un punto de quiebre en el desarrollo políti­co, social y cultural del Perú, para entender mejor mi hipótesis.

El mayor mérito de Hora Zero consiste, precisamente, en haber captado y expresado la emoción de su época: revolucionaria, idealis­ta, intransigente, iracunda y de multitudes. En esa línea, introdujo a la poesía las voces de los movimientos que migraban de las provincias a la capital, el fenómeno social más importante de los últimos 30 años del siglo XX peruano y del cual los sociólogos sólo se ocuparían una década después. Asumió todos los riesgos de sus experimentos con el coloquialismo, e in­tentó, algunas veces con éxito y otras produ­ciendo una gran cantidad de disparates, un cos­mopolitismo que fusionaba este coloquialismo con las técnicas poéticas de las vanguardias europeas y anglosajonas.

Como Colónida, y sólo después de él, Hora Zero se propuso descentralizar los núcleos de la actividad poética, promoviendo las voces de provincias. Creó bases o movimientos afi­nes en Chimbóte, Chiclayo, Pucallpa, Iquitos. . etc. Batallones de jóvenes poetas provincianos hallaron en Hora Zero una tribuna y un espacio de difusión y debate, alternativos a los circui­tos culturales tradicionales controlados por cier­tas elites limeñas desde las universidades y la prensa. Pero si bien Hora Zero desacralizó las tendencias elitistas de la actividad poética en el Perú, también contribuyó a generar una vertien­te populista y demagógica en la literatura.

La partida de nacimiento de Hora Zero fue una revista mimeografiada de tapas de car­tulina amarilla que apareció en el verano de 1970. Ha trascendido que la publicación fue posible gracias al decidido auspicio del enton­ces rector de la Universidad Nacional de Edu­cación (La Cantuta), el eminente historiador Juan José Vega. Su primer texto era un mani­fiesto retumbante, titulado «Palabras urgentes», que firmaban Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruíz. Seguía una selección de poemas de los ya citados, así como de Mario Luna, Jorge Nájar, José Carlos Rodríguez y Julio Polar. Un año después se revelaría el talento de Enrique Verástegui, uno de sus mejores créditos.

Hora Zero concluyó su primer ciclo histórico en 1975. episodio que coincidió con el fin del régimen velasquista, en cuyo marco político y social desenvolvió su intenso activismo.

Estación Reunida
Estación Reunida fue la revista de poesía que fundó y dirigió el poeta José Rosas Ribeyro y que llegó a editar cinco núme­ros de 1966 a 1968. En torno a ella se aglutinaron los poetas Elqui Burgos, Tulio Mora, Oscar Málaga y José Watanabe, la ma­yoría de ellos estudiantes de San Marcos y al­gunos con filiación ideológica marxista. El nombre de la revista fue tomado del título del segundo libro de Javier Heraud, el poeta y gue­rrillero asesinado en Madre de Dios en 1963 y que era su paradigma del poeta con compromi­so social precisamente.

Estación Reunida antecedió a Hora Zero en su iconoclastia y en su demanda del compromiso social del escritor. Diríase que anunció a aquel movimiento, aunque sin lograr eco más allá de su propio ámbito. Y si bien no tuvo una postu­ra beligerante y de confrontación con la gene­ración precedente, como sí sucedió con Hora Zero, enfiló su crítica a aquella por su acomodo al establishment.
¿Era Estación Reunida un grupo o un movimiento?. Al respecto siempre hubo opiniones contrapuestas entre sus mismos integrantes. Para Rosas Ribeyro sólo se trataba de una revista de poesía con una posición política dictada principalmente por las buenas intenciones y la emotividad de la juventud, Elqui Burgos y Tulio Mora, en cambio, se han expresado de ella como una agrupación orgánica. Oscar Málaga y José Watanabe, ubicados en un punto intermedio, dijeron entender que se trataba de una comunidad generacional.
Lo cierto es que a mediados de 1970 entre Estación Reunida y Hora Zero hubo conversaciones encaminadas a integrar a los dos grupos.
Esto es lo que se deduce de los testimonios de Tulio Mora y Elqui Burgos de Estación Reunida, y de Juan Ramírez Ruíz, de Hora Zero. Finalmente esa integración nunca se produjo. Para José Rosas Ribeyro, el director de la revista, la etapa de Estación Reunida ya era un asunto del pasado y su madurez política le enseñaba que la poesía no servía para ninguna transformación social. Rosas Ribeyro, convertido ideológicamente al trotskysmo, sería deportado a Francia en 1975 por la dictadura militar.
El balance de esta experiencia indica que Estación Reunida tenía aquello que siempre le fal­tó a Hora Zero: claridad en su orientación ideo­lógica. En cambio, los poetas de Estación Reunida, pese a su programa, no alcanzaron el impacto social que sí consiguió Hora Zero con su intenso activismo tanto en Lima como en provincias.
Antes de cerrarse la década del 70, los poetas de Estación Reunida dejaron el Perú para establecerse en París, donde actualmente desa­rrollan una importante labor cultural, o en Chi­na, como fue el caso de Oscar Málaga. La ex­cepción fue Tulio Mora, quien permaneció en el Perú y se integró a Hora Zero.

Josè Rosas Ribeyro, Luis Anamarìa, y Rosina Valcàrcel:
Del 70




Mágicos, andinos e insulares

Pero, como ya dije al comienzo de estos apuntes, la Generación del 70 fue mucho más que Hora Zero y Estación Reunida. Una de sus características fundamentales, pre­cisamente, consistió en su afán de búsqueda y experimentación, incorporando a la poesía las innovaciones que entonces se producían en los campos de la lingüística, la plástica y las co­municaciones, o las manifestaciones que sur­gían de la eclosión de los nuevos movimientos contestatarios como el hippismo, la liberación feminista, la revuelta estudiantil de París de 1968 y la guerrilla urbana de los países del sur latinoamericano.

Abelardo Sánchez León y José Watanabe, dos de los créditos más notables de la Genera­ción del 70, cuya obra ya alcanza reconocimien­to internacional, no integraron las filas de Hora Zero ni de Estación Reunida, aunque eventualmente publicaron en sus revistas y participa­ron en sus recitales.

Mario Montalbetti es una de las ínsulas más extrañas y esplendorosas del 70. Sus poe­mas experimentan lúdicamente con los aspec­tos semióticos del lenguaje, en los que conver­gen con excelentes resultados la ingenua trans­parencia de e.e. cummings y la hondura místi­ca del haiku japonés.

Cesáreo Martínez se empeñó en un proyecto de vasto alcance y --de alguna manera como lo hizo José María Arguedas con su narrativa-- apuntó con su poesía a desarrollar una visión crítica de la modernidad desde una nueva perspectiva andina.
De la poesía de Luis La Hoz se puede decir que es, después de La casa de cartón de Martín Adán, la que mejor ha calado en la sensibilidad y el mundo del adolescente mediante metáforas que deslumbran por su imaginación, audacia y concisión.
Mención aparte merece María Emilia Cornejo, cuya cautivante poesía representa el punto de quiebre de la expresión literaria fe­menina en el Perú. En este sentido es una ver­dadera fundadora, impecablemente lúcida, bri­llante y original pero, muy a su pesar, también fuente de las imposturas más groseras de la poe­sía hecha por mujeres después de ella.

En su primera etapa, César Toro Montalvo inició la vertiente de la "poesía mágica" en el Perú, que si bien era tributaria de Apollinaire, Eguren y los vanguardistas, apostó también por crear su propia retórica con loables resultados.

Asimismo, la originalidad de lo mejor de la poe­sía de Omar Aramayo consiste en su proyec­ción cósmica de los mitos andinos-aymaras me­diante una arriesgada propuesta de desarticula­ción del lenguaje poético.
Y como contraparte, ubicado plenamente en tierra firme, Armando Arteaga ha explorado la cotidianidad y el len­guaje de la urbe, reciclando en sorprendentes metáforas los subproductos de la publicidad, los medios de comunicación y el consumismo modernos.
Pese a su brevedad, estas referencias pue­den resultar representativas y significativas de la gran pluralidad de tendencias, experimentos y búsquedas en que se empeñaron los poetas del 70, hijos de una época caótica, de dramáti­cos cambios sociales y terriblemente apasiona­da. Sin embargo, este aspecto es soslayado interesadamente por la crítica académica —muy cuestionada por esta Generación— que prefie­re ver en ella sólo un movimiento de jóvenes arrogantes e iracundos, que saltaron a la pales­tra armados de una retórica coloquial y de cier­ta vocación por la marginalidad. Los hechos y sus obras indican mucho más. Si bien es cierto que entre ellos hubo excesos y extravíos, sus logros no son nada desdeñables. Las nuevas pro­mociones actúan a su influjo y parte de sus pro­puestas mantienen vigencia.

(*) Publicado en Sol&Niebla, Lima, N- 2, Noviembre-Diciembre 2004.

Juan Carlos Lázaro, n. 1952, poeta y periodista, ha publicado “Gris amanece la urbe del hambre”(1987),
y “La casa y la hojarasca” (2001).

marzo 22, 2006

UN POEMA DE ARMANDO ARTEAGA *


CAHIERS DU CINEMA / NOUVELLE VOGUE/ LLUEVE. *


Una muchacha desnuda sobre una sabana
blanca. Mira el fondo blanco de la habitación.
Tiene ojos de gato.
Ella es dueña de un cuerpo perfecto.
No desea salir a pasear. Escribe
Una carta para su novio
que está lejos -haciendo sky- en los Alpes du Noed.
Los dos escuchamos desnudos
el ruido de la lluvia.
Su cabellera de oro
puede incendiarse si -solo- permanece quieta.
Y no tiene cuidado con la estufa
al encender el último gauloises.



* Mensiòn Honrrosa.
Este poema fue aludido como representativo de la actual poesìa latinoamericana en reciente entevista en El Mercurio de Santiago por el poeta chileno Gonzalo Rojas, candidato actual al Premio Nobel de Literatura.

LA GENERACION DEL 70/ FERNANDO AMPUERO


LA GENERACION DEL ‘70 (1)

FERNANDO AMPUERO (2).



A fines de los años 60 ocurrió una invasión insospechada: muchachos distraídos, solipsistas, muchos de ellos provincianos, anematizaron la convulsa realidad del país y declararon de su propiedad las flores de los parques, las aceras lluviosas, los inviernos y el derecho al malestar después de entumecerse en oscuros recovecos del centro. Nadie los conocía ni tampoco se conocían entre sí, pero la ciudad se encargó de enfrentarlos, con sus universidades, con sus esquinas de encuentros inesperados, con sus cafe­tines salpicados de rostros neuróticos y miradas lánguidas. Los que residían en Lima —o los que, de hecho, eran lime­ños— sabían que un tiempo atrás, en esos cafetines, Allen Ginsberg y William Burroughs, ante la indiferencia de los asiduos parroquianos, habían celebrado cenas frugales.

Los escenarios eran otros. Ya no se visitaba el Negro Negro ni el bar Zela, donde solían refugiarse gente como J.M. Arguedas, Servulo Gutiérrez o Mario Vargas Llosa, o donde se tramaban insólitos concursos de pintura, en quince minutos, en las pistas de baile y se recitaba “El Cuer­vo” de E. Allan Poe, para luego, agotadas las alternativas de la noche, embarcarse en aquellos vetustos tranvías que pasaban por la Plaza San Martín, remeciendo las entolda­das carretas de friolentos emolienteros. Esta vez se había e1egido el bar Palermo, el Dominó y el restorán Wony, locales que encerraban una tradición más inmediata. Allí en la década del cincuenta, hicieron tertulia J.R. Ríbeyro, Vargas Vicuña, Reynoso, etc., escritores exhaustivamente antologados, junto con otros poetas, cuasiafiliados al surrealismo, ahora achopanados y arrepentidos (aunque en su tiempo, según le leyenda dixi, se arrebataban en los cinemas lanzando fame1icos gatos desde las cazuelas).

Y estos muchachos, pertenecientes a la generación del 70 y a quienes también les placía desparramar los azucareros, no procedieron, en mi opinión, de un modo demasiado diferente, salvo en detalles que corresponden al terreno de la moda. Pero, sin embargo, materializaron una ruptura. Se interesaron sobre todo —acentuando manías llevadas a las artes— por deambular, observar a la gente y oír sus conversaciones, esgrimiendo el lema ya varias veces inventado, convertido en letanía La Poesía Está En La Calle.
Poco a poco, se organizaron grupos. Se fundaron los movimientos Hora Zero, Estación Reunida, Gleba Litera­ria, Los Poetas Mágicos, etc., todos con autores aún inéditos. No hacía mucho que Leonidas Cevallos había reuni­do en un volumen titulado “Los Nuevos” a los poetas Cisneros, Henderson, Hinostroza, Martos, Lauer, y Ortega, como tampoco se veía muy lejano el asesinato del poeta Javier Heraud y del ahora prostituído Ernesto Che Guevara. La situación, como se sabe, era confusa y estos jóvenes se propusieron despejar las brumas. Nos aseguraban que no per­dían tiempo en fabricarse poses, que no se amparaban en la ironía cerebral y mundana; que no ostentaban ninguna clase de escudos, pero de todos modos, cometían negligencias y juicios precipitados. Los nuevos, en cierto modo, descon­tando a los más significativos, se asemejaban a los poetas de Florida, de la Argentina de hace aproximadamente 40 años, y ellos al movimiento de Boedo. Eran jóvenes que, de pronto, se tropezaron con libros, llenos de nuevas formas de versifi­car. Se totemiso a Dylan Thomas, a Bretón, a Paz, a Corso, a Ferlinghetti y a toda la comparsa de beatnicks esquizos. Pound y Eliot llegarían un buen tiempo después, lo mismo que Cummings, Olson, W.C. Williams. Y esto fue clave. El dila­tado retraso de estas publicaciones (en nuestro medio) los benefició y perjudicó en varios sentidos.
A diferencia de la generación anterior, que gustaba de la poesía anglosajona, pocos poetizaban emociones exquisitas, se­leccionadas con pinzas, propias de la burguesía. Les atraía más la sordidez, el lumpen, los cuartuchos de sus vecinos. Abominaban de la utopía de la fina metafísica demodé, empeñados en instaurar un lirismo distinto, que reclamaba un violento cambio en las estructuras de la sociedad. Se proclamaron re­volucionarios y acusaron y dilapidaron a todos los creadores anteriores
—el playboísmo preciosista de Calvo, los artificios de Bendezú, el alambicado anacronismo de Belli— en el clásico parricidio, excepción hecha de Vallejo, Eguren, Oquendo y Adán —aunque muchos lo ignoraron— pero asumieron, por otra parte una conducta que se oponía a esta actitud. Los miembros de algunos grupos se dejaban crecer los cabellos, polemizaban a la manera de Rimbaud y acababan en prisión por exceso de cer­veza y verbo agresivo, cuando no en clínicas psiquiátricas. Otros, se aficionaron a las drogas y estudiaban a Marx y al budismo Zen, a la revolución cubana y a Bob Dylan, a los anarquistas del XIX y a los Beatles. En resumidas cuentas, ofre­cieron mayor confusión, a la ya existente. No obstante, gra­cias a esa confusión, emergieron algunas figuras que son, a no dudar, la buena poesía joven.

Se debe mencionar, en primer término, a Enrique Verástegui, excelente poeta, el abanderado de la generación y además el primer poeta importante de raza negra en el Perú. Hago hincapié en este factor, porque el ritmo que impone Verástegui a sus poemas, producto de ecos ancestrales, es algo especialísimo e irrepetible. Trabajo vital, crítico, lúcido, depurado, basado en el tratamiento del lenguaje, a la altura de obras tan buenas como la de Hinostroza y Cisneros. Verástegui fue militante de H Z.

Entre los poetas mágicos descolló Cesar Toro, autor de “Mágicas y Mabú el meleno de la guitarra”, cuyo oficio, se dice, es el de carnicero en uno de los mercados de la ciu­dad y Omar Aramayo, poeta bucólico y onírico, buen músico, y quien editó uno de sus primeros libros de poemas, hecho a ma­no, en un microscópico formato de 5cm x 4cm. Los poetas má­gicos acostumbraban, por lo general, reunirse en las playas de Miraflores y Barranco.
Independientes y desertores de grupos, destacaron, a su vez, los poetas J. Cerna, y Elqui Burgos. Solían reunirse en el café Wony, lugar también frecuentado por cineastas, pintores y escultores, editores jóvenes y narradores, compositores de música y jovencitas con cara de sueño, y otros poetas independientes como Marco Mantos (uno de los respon­sables de “Hipócrita Lector”), V. Herrera y N. Castañeda, quien dejó la poesía por la pintura y que, en los albores grupusculares lanzó la revista “Origen”, un solo número, con un cuadrito original para la portada de cada ejemplar. Y tampoco, claro está, no se puede negar el despuntar de Pimentel en “Ave Soul”, horazeriano que prodigó revistas y manifiestos, y perpetró un sonado duelo en poesía con Cisneros en el INC, lo mismo que O. Málaga, A. Sánchez León, Manuel Morales, Watanabe, T. Mora y Armando Arteaga. Todos estos autores, en fin, fomentaron numerosas publicaciones, a menudo de vida efímera y con medios precarios, y se esmeraron en buscar nuevas voces poéticas, cosa que alentó el ventarrón de revistas literarias —La Peca de La Jirafa, Nubetonta, Tallo de Habas, El Prostíbulo, La Tortuga Ecuestre, Auki, etc) motivo de esta nota. Y fueron las ediciones rudimentarias, precisamente, su más resaltante, característica y común denominador. De ellos, se puede decir lo que muchos cineastas, incluyendo a Norman Mailer (novelista y cineasta) opinaron de Andy Warhol: “Después de apreciar los pobres medios técnicos que utilizó Warhol, para hacernos llegar su expresión, todos pueden animarse a hacer cine”. Para los que duden de esta tesis, se­ría bueno recordarles que la posteridad es implacable y no permite que sobreviva lo que no debe sobrevivir.

En esencia, pues, las ventajas que acarreó este rebullir se obvia en obras ya asentadas y en otras por desarrollar. Este fenómeno ha sido y es importante y necesario. Hacer críticas acerca de ello, sin duda, no puede resultar más que superfluo e incomprensible. En las mallas de los lavaderos de oro quedan muchas piedras inservibles, pero de cuando en cuando se rescatan las codiciadas pepitas luminosas. Eso es todo. ¿Y respecto a las nuevas hornadas?. Denso Misterio. Ahora se comenta que estos bates en ciernes evitan departir con el mimo del bar Palermo o con los autores de fábulas so­bre Incas Esotéricos del restorán Wony. Algunos de ellos se han acuartelado en el sofisticado café Haití de Miraflores. Otros, en los jardines de las universidades, donde pululan sectas Maoístas, Trotskystas, Revisionistas, y Guruístas. Otros, más temerarios, mas exóticos, en las tenebrosas callejuelas del Barrio Chino o el demolido barrio de La Soledad. Es decir: el hormiguero hormiguea.






(l) Publicado en la revista “La Mosca”, Lima, 1974.

(2)Fernando Ampuero, n. Lima, 1949. Ha publicado: "Delitremos Juntos", "Miraflors Melody" y "Mamotreto"( novela).

POEMAS INÉDITOS DE FÉLIX PUESCAS MONTERO

POEMAS INEDITOS DE FÉLIX PUESCAS MONTERO


















EPISTOLAR

Félix:
Hoy te vi pasar otra vez
negro e insondable
sangraba tu costado
un río de sangre oscura
suficiente para manchar el infinito
pero tú permanecías de pie
después de haber ensayado hasta el cansancio
el gran salto liberador hacia el vacío
y era siempre como empezar de nuevo
desnudo
inconsolable
y ya no tuve pena de ti,
¿Es este el secreto de tu divinidad?.
Divinamente,
Félix.
POEMA
Esa noche
Detuve mi caballo de amatista
y él,
adivinando mi propósito
se volvió complacido
a contemplarme.
Tenía yo un cansancio de siglos
y él,
una avidez de distancias
e historias sin palabras que contar.


ESPERANZA

Cuántas veces
le he dicho a mi vida:
ESPERA...
y ella pobre
se ha sentado a esperar.

ESPERANZA...
he ahí otra palabra
que arrojaré a las aguas
del segundo diluvio.


EN VOZ BAJA

Félix:
Es peligroso acercarse a la mul-
titud, y es preciso evitarla si no quie-
res correr el riesgo de morir crucifica-
do.
Tú que te pasaste toda una vida
tratando de sacar la cabeza de entre la
multitud, tienes que esconderla aho-
ra no sea que te la corten; porque la mul-
titud no perdona la altura.
-¿Y mi amor al hombre?.
-¡Insensato¡.
Cuídate de amar al hombre en alta voz.

VERDE

Una pregunta
eternizándose en grito.
Variaciones sinfónicas
en ritmo de galaxia.
Nacimiento.
Vida,
pasión y muerte
del universo.
Era de la razón en la tierra.
Por allí,
la música es apenas
la primera palabra del Silencio.
Y nosotros
tú y yo
apenas dos notas
de una escala musical desconocida.


TU

Tú y la Música
La Música y tú.
Tú, la Música y Dios.
Dios, la Música y tú,
naciendo,
muriendo y renaciendo
en el espacio abismal de mis pupilas.
Y yo...
¡pobre ángel¡
enfermo de amor
y con complicaciones metafísicos
condenado a permanecer
eternamente con los ojos abiertos
para no quedarme sin Dios
sin música
y sin ti.

DESENTERRANDO LAMPARAS

A mi amigo Carmelo Trujillo
Mi amigo Carmelo
es un niño bueno
de puro bueno: bello.

Hacía tiempo que no tenía
un amigo niño
de puro bueno: bello.

Aclaremos:
Mi amigo Carmelo no es un niño
es un hombre puro
que logró salvar del naufragio
su lampara de niño.

Hoy, a invitación del sol,
del viento, del agua, de la tierra y el fuego,
mi amigo Carmelo me ayudó
a desenterrar mi lampara de niño
y hechos dos niños
juntos continuamos
desenterrando lámparas, lámparas.


Nelsòn Castañeda dice: A mi derecha Félix Puescas, el poeta, en la plaza de armas de Tarma, en 1969. Abajo (2002), al lado de su tumba en el cementerio general de Piura, de donde era oriundo mi amigo.

POEMAS DE "LA LÀMPARA ÙNICA" DE FÈLIX PUESCAS MONTERO


el reinado de las piedras

Inmóviles,
acusadoras,
terribles:
¡Qué calladas se han quedado las piedras!
Desde que se inició el Gran Mutis:
¡Qué calladas se han quedado las piedras!
.
Inabordables,
visionarias,
eternas:
¡Qué calladas se han quedado las piedras!

Desde la cumbre
de su milenario silencio
óQué han visto las piedras?
Al empero de la soledad,
las piedras se multiplican.
Al ampero de la soledad
las piedras crecen.
Al amparo de la soledad
óQué traman las piedras?
Nadie que no sea el agua o el fuego
podrá pactar con las piedras.
Nadie que no sea un niño
musical y diáfano
podrá romper
el obstinado silencio de las piedras.

¡El Reinado de las piedras
ya viene!
¡El Reinado de las piedras
ya se acerca!
¡El Reinado de las piedras
ya está aquí!

Entre el hombre y las piedras
la antigua alianza se ha roto.
Entre el hombre y las piedras,
la palabra se muere
y el vacío se ensancha.

Pero anoche yo tendí un puente
entre la vigilia y el sueño
y mi vida ha empezado a llenarse
de extraños signos
y de voces nuevas.
...............................................................
...............................................................
Desde que se inició el Gran Mutis:
qué calladas se han quedado las piedras.


(Publicado en la revista Auki N- 1, Piura, Marzo de 1975)

Oleo: Nelson Castañeda.


LA CORBATA


Qué pena me ha dado hoy la corbata
de los que llevan corbata obligatoria.
Pero la corbata igual que el hombre
todavía no puede elegir su destino.
Hay corbatas enfermas de desprecio a sí
que se obstinan en morir de olvido
aferradas a una cabeza anónima
donde olvidaron ya su forma,
su color original y su significado.
Conozco la solidaridad de la corbata con el hombre
y a veces me pregunto:
¿en qué momento de la humana tragedia
la corbata se hace símbolo
en el pescuezo de los que buscan
para desayunarse una colilla?
Sé de muchos que naufragaron
al enrumbar su vida
hacia los colores ilusorios de una corbata.
Yo tenía una corbata
que le enseñé reír y a cantar,
la olvidé cuando corrí tras la pista
de un ¡ay! desesperado.
Pero hay corbatas irresistibles
como mujeres fatales,
como destinos marcados.



VINO TRISTE


Tengo los ojos buenos y lejanos
en la boca, un sabor a retirada,
de tanto prodigarme,
de tanto darme sin recuperarme,
de tanto entrar y salir en la música,
de tanto andar por lo difícil: lo innombrable.
Aunque ésto de andar por la música
antes de tiempo
ha empezado a dolerme
como una fatal salida de órbita;
porque ésto de vivir musicalmente
es también morir musicalmente,
pero morirse al fin:
romperse,
disgregarse,
irse.

Oleo: Nelson Castañeda.
PLENITUD


Amo la plenitud de las cosas: lo bello y lo monstruoso y más aún, lo monstruosamente bello de las cosas. Amo lo bueno y lo malo llevado hasta el exceso, pues estoy convencido que el mal no es sino una forma dolorosa del bien para enseñar al hombre a ser divino. Amo la alegría que camina del brazo de la tristeza y viceversa. Amo la risa que busca el llanto y el llanto que se alarga hasta alcanzar la risa, y pues no hay nada más triste que la risa, ni nada más risible que la tristeza. A propósito: ¿se da la alegría y la tristeza fuera del hombre?... Puedo asegurar que he visto llorar a muchas cosas y he oído cantar a la Noche. Amo la Noche, su manera de ser y de entregarse, lo que sabe, lo que enseña, lo que oculta, lo que sabe contar la Noche. Amo la dialéctica, la infinita trans­figuración de la Noche. Amo las cosas todas, la condición, la esencia, la naturaleza mutable de las cosas. Amo lo palpable y lo impalpable, lo indefinido, lo abstracto, lo que se niega tenazmente a concretarse. Amo lo irregular, lo abrupto, lo que no quiere rodar, porque todo lo que rueda busca una órbita y toda órbita es un círculo vicioso. Amo a la naturaleza siempre creando y destruyendo, siempre haciéndose y deshaciéndose a menudo quebrándose para cambiar de ritmo. Amo la furia destructiva de los elementos proponiendo la revolución total. Amo el caos que precede al génesis y el génesis que sobreviene al cataclismo. Y por sobre todas las cosas: amo la Música, carne y espíritu de Dios, voz, alma, esencia, pulso, ritmo, flujo y reflujo; principio y fin de todo lo creado


(Seleccionados del libro “ La Lámpara Unica”, 1989)