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mayo 09, 2016

SECHURA: HISTORIA Y LITERATURA

SECHURA:

HISTORIA Y LITERATURA

Por Armando Arteaga


Indios cocinando chicha.  Baltazar Jaime Martínez de Compañon.

Todo nos amenaza.  Es cierto, lo que dice Octavio Paz en su poema: “Más allá del amor”: “Todo nos amenaza:/ el tiempo,  que en vivientes fragmentos divide/ al que fui/ del que seré/ como el machete a la culebra;/”.  Por supuesto, el golpe del machete (como el tiempo histórico) divide en dos partes inertes el cuerpo deslizante y muerto de la culebra, o extingue al macanche, o mata al colambo, o diseca al jeñape bajo el sol del desierto, extinguiéndonos, aniquilando todo vestigio de vida; dejando atrás los milenarios “tiempos tallanes”.  La literatura y la lengua (hablada y escrita) es pues también un testimonio de todos los tiempos. 

Así se fue convirtiendo en lengua muerta el “sec”: la lengua de los tallanes, del que solo nos quedan unas cuantas palabras para luchar contra la adversidad de estos “tiempos modernos”. Por suerte, hoy sabemos que “chabot” era  un pez de agua dulce del río Chira, ahora extinguido, queda el vocablo “sec”.  El obispo Baltazar Jaime Martínez de Companón rescató en 1783 algunas palabras celebres del “sec”, gracias a que su sobrino José Ignacio de Lecuanda, remitió a España (en 1803) nueve tomos de materiales gráficos  que consideró la “Descripción geográfica del partido de Piura, perteneciente a la intendencia de Truxillo”, donde se registran actividades de agricultura, industria, minería, caza, pesca, deportes, música, danza, medicina, flora, fauna, y también asuntos militares, religiosos, del aporte nativo; donde la literatura importó muy poco, a pesar de que Martínez de Compañón era un religioso ilustrado que se preocupó por conocer detalles culturales de la diócesis que se le había encargado: mandó a pintar mapas, planos, dibujos y acuarelas, sin otros textos que títulos, rótulos, cuadros estadísticos, equivalencias filológicas y trascripciones musicales. 

El obispo Martínez de Compañón rescató algunos vestigios  (cerca de Sechura) de esta lengua de Colán: palabras tallanes que han  ido variando en su uso por los distintos pueblos; así tenemos, la palabra “Muerte” (en castellano), recogida después en diversas crónicas y estudios lingüísticos asumió otros significantes variados: “Lactuono” (en Sechura), “Dlacati” (en Colán), y “Lacatu” (en Catacaos).  Vocablos tallanes que le han ido dando nuevas formas y sonidos a  diversos “piuranismos” a través de la oralidad y de la literatura.  El botánico ingles Richard Spruce aún en 1864 reconoció treintaiseis palabras tallanes (“The cultivation of cotton in the Piura and Chira Valleys of northen Perú”, Londres, 1864).  

Aparte de Martínez de Compañón, han hurgado por este emporio lingüístico del “sec” a través de la historia: desde cronistas tempranos como el jesuita historiador Bernabé Cobo (“Historia del Nuevo Mundo”, 4 vols.  Sevilla 1890-1895) y Joseph de Acosta (“Historia Natural y Moral de las Indias”, 1590), y otros mas tardíos como Andrés García de Zurita  (Electo Obispo de Trujillo, 1649), Fray Antonio de la Calancha  (”Crónica Moralizada…”, 1638), Diego de Molina (temprano visitante de Piura que escribió en quechua “Sermones de la Cuaresma en lengua quechua” en 1649); y de los investigadores, viajeros,   y  estudios actuales,  desde  Paul Rivet, Antonio Raimondi, Héctor Cevallos Saavedra, Justino Ramírez, Carlos Robles Rázuri, Zuriel Mendoza, a Martha Hildebrandt y Alfredo Torero.

Siguiendo a Octavio Paz, y el rumbo de sus palabras: “Más allá de nosotros,/ en las fronteras del ser y el estar,/ una vida más vida nos reclama./”  Tallan y quechua,  es casi toda la toponimia piurana de los territorio donde pasiblemente se posesiono el “sec”, que fue una lengua expansiva.  Del “sec” solo nos quedan unas cuantas palabras desde que se fue convirtiendo en una “lengua muerta”. Algo que aún nos refriega en la memoria. Sabemos, “la modernidad” actual amenaza los aportes culturales de la “tradición” histórica, pero no solo para suplantarla dialécticamente por otros valores, sino que busca sepultarla, ignorarla, negarla, creando “otra” sociedad deshumanizada cada vez más. 

Por demás, aceptar que Sechura: “Érase un pueblo de pescadores”, no es faltar a la verdad, aunque es limitarla, por cierto.  Los sechuras también eran agricultores, eran hombres de invención tecnológica (haciendo intercambio comercial con Centroamérica desarrollaron balsas enormes manipuladas a vela grande en donde viajaban hasta sesenta personas con sus respectivas cargas.  Agustin de Zarate (“Historia del descubrimiento y conquista de las Provincias del Perú…”, Amberes, 1555) los vio navegar, confundiéndolos con una carabela turca o portuguesa, sus adversarios marítimos de España, tal describe en su “Libro I, Capítulo sexto de su Relación del Descubrimiento y Conquista del Perú”.  La balsa de vela la usaron también para la pesca, tal el grabado que publicó Gerónimo Benzoni en “Storia del Mondo Nuevo” (Venecia, 1565). Aunque,  a tener en cuenta, también la “Miscelánea Antártica” de Miguel de Cabello Balboa, es la obra más literaria, por su riqueza y destreza, conoció la zona norteña (con estada en  Quito) y hasta escribió una relación con la provincia de Esmeralda: “Verdadera descripción y relación con la provincia y tierra de las Esmeraldas”, lo mismo que: la Leyenda de Naymlap. 

Los sechuras han demostrado a través de la historia que tienen una gran imaginación literaria y filosófica.  El humor sechurano es rebelde.  Eran rebeldes y constructores para dominar el territorio, al posesionarse en espacios difíciles (el desierto siempre amenazado por diversos fenómenos atmosféricos y marítimos) desde los tiempos pre-cerámicos, que avizoran en sus estudios arqueológicos investigadores como Edward Lanning (“A ceramic sequere for the Piura and Chira coast, north Perú” (Berkeley, 1963): el primer investigador social  que diseño el esquema del cronograma arqueológico,  y otros investigadores como  David Kelley, Paul Tolstoy, Elena Decima Zamecnik, James B. Richardson, y Mark A. Mc Conaughy (en las décadas del sesenta y setenta).  En esa apertura,  dan testimonios muchos estudios de la arqueología en Piura, especialmente este ultimo aporte de Paolo Pastori  (arqueólogo italiano) que ha publicado la Municipalidad Provincial de Sechura: “Chusís, Un pueblo Moche en la antigua Sechura” (2015).  Testimonio que Pastori confirma: en el manejo adecuado del medio ambiente por los sechuras, siempre amenazados por las lluvias y el Fenómeno del Niño desde tiempos remotos.  Para corroborar esto,  ver también el inventario de Víctor Eguiguren en “Las lluvias en Piura”, y la presencia prodiga del mar, pleno de recursos marinos,  que sustentaron una autosuficiencia alimentaria en la región.  Los sechuras, fueron originarios y respetuosos  del “derecho”  cuando reclamaron sus tierras y las compraron.  Fueron indómitos desde antes de la ocupación chimú, y aún más tarde cuando les cae la desventura de la presencia de los incas en los territorios del Bajo Piura.

Un día de marzo, del verano de 1972, de estos temas  perpetuos conversábamos bajo la héjira filosófica de la tradicional “fresca” vespertina sechurana  con uno de sus más destacados escritores de la literatura piurana, Jorge E. Moscol Urbina: autor de “Cuentos sechuras” (1967) y “Mangacheria rabiosa” (1986), entre otros libros; a la “fresca” vespertina, que consiste en beber chicha (en la alegría que trae el “pachuco”) debajo de los soportales de una vivienda piurana elaborada de “quincha tallán” al vaivén de una hamaca, cuando la conversación se elaboraba en “asuntos difíciles de entender” pregunté (¿incrédulo de su existencia?) a Moscol Urbina acerca de “la despenadora”: personaje “mochik” y mítico (que aplica la eutanasia a un viejo enfermo que va a morir ahorcándolo), y que aparece, desde ya,  en un cerámico vicus, costumbre “practica” en comunidades andinas del norte peruano que hasta el siglo pasado se ha realizado; y que,  otros escritores peruanos como Ventura García Calderón, Francisco Vega Seminario, Aurelio Arnao, Fernando Romero,  y hasta el propio Vargas Llosa: precisaron en sus paginas.   

De esas “cosas increíbles”,  uno pasaba el “respetado”  tiempo piurano,  conversando con “Jemu”  (Moscol Urbina): uno de los escritores que conocía perfectamente “el universo filosófico del  sechura”, legado coloquial que uno puede seguir encontando cuando lee a otros escritores sechuranos que aun conservan la tradición de la “fresca”  vespertina, y que expresan lo mejor de la cultura sechurana: Félix Puescas Montero, Antonio Rumiche Ayala, Gilberto Vegas Núñez, Emilio Amaya Chunga, Raúl Mendoza Agurto, Santos Liborio Fiestas, y Jorge Tume, que en sus  paginas literarias muestran las semblanzas de las vicisitudes del pueblo sechurano. 


Indios colando chicha.  Baltazar Jaime Martínez de Compañon

abril 07, 2006

FLORENCIO DE LA SIERRA Y EL INDIGENISMO POÈTICO/ ARMANDO ARTEAGA

APROXIMACIÒN A LA LITERATURA PIURANA
 

















FLORENCIO DE LA SIERRA Y
EL INDIGENISMO POÈTICO 
Por Armando Arteaga

Firmaba todos sus poemas con el seudónimo de Florencio de la Sierra, pero en realidad era el profesor Florentino Gálvez Saavedra, nacido el 14-03-1903, en Ayavaca (donde se esforzó tercamente porque el nombre de Ayavaca se escribiera con v (la vigèsima consonante), pero perdió esta batalla que todavía libran algunos respetados regionalistas como José Ignacio Páucar Pozo). Por está vez, y en homenaje al poeta , al profesor , y al periodista corresponsal de “El Tiempo” en Piura, voy a escribir también –tercamente- Ayavaca. Florencio de la Sierra se relacionó ocasionalmente con Hidelbrando Castro Pozo, y fundó la revista “Folklore”, viajando mucho por el sur: Chile y Bolivia. Publicó entre otros libros de poesía: “Aúllan los perros” (1951) con portada del artista plástico Essquerriloff, “Capullos de Rocío” (1959) con portada de César Calvo de Araujo, y “Danza de serpientes” (1963) con portada de Raúl Vizcarra. No es como algunos suponen que el azar juega su partida de dados y el destino es una línea recta marcada por este señor “persona non grata” que hace y deshace con el porvenir de los hombres y de los pueblos. Estos hacen el porvenir en la forja del tiempo con el temperamento y el talante de sus hijos, viene esa hazaña en los gestos individuales, acompañados por la reminiscencia del telúrico paisaje andino. De esta indudable influencia metafísica ha expuesto Mariano Iberico y Rodríguez, otro filosofo y escritor norteño, en sus libros “Notas sobre el paisaje de la sierra”, “El sentimiento de la vida cósmica” y “Jorge Manrique, poeta de la añoranza”. La lejana Ayavaca, en la sierra de Piura, coincide con este gran connubio del mestizaje literario. Tierra madre, preñada siempre de poetas y de intelectuales de gran nivel: Juan Luis Velásquez Guerrero, Juan María Merino Vigil, Manuel Vegas Castillo, Dagoberto Torres Agurto; e Hildebrando Castro Pozo, pioner del indigenismo y de los albores del socialismo peruano, estudió el estado de las comunidades indígenas en el Perú, en su recordado y conocido libro: “Del Ayllu al Cooperativismo Soci
alista”.



 


 










Aunque muchos se rehuyen a pensar en un “indigenismo piurano”, yo creo que hay motivos - más que suficientes- para emprender esta propuesta llamando por su nombre a este segmento importante para la literatura regional de Piura como un aporte muy poco estudiado de las ideas de Hidelbrando Castro Pozo y más tarde las de Luciano Castrillo, expresadas no solo en el campo de las ciencias sociales, la política y la jurisprudencia, sino también en el ámbito de las nuevas ideas en nuestras literaturas regionales de todo el país. Recordando al maestro Julio Galarreta González, él ya se refería a cierta apertura de Salaverry que había mostrado “preocupación indigenista en su obra de teatro “Atahualpa” y su pasión por el “yaraví” preferido –pleno de añoranza romántica- en sus obras dramáticas antes que otra música culta de salón”. El indigenismo no es solo una extención cultural nacional, sino también continental (América, Canadá y Estados Unidos. ) e internacional (Europa y Asia) donde se expresan un sin número de variantes de literaturas “nativas”. El escenario político e ideologico que motivó el desarrollo de las nuevas ideas sobre el Perú y sus “literaturas regionales”, también comprende (por conjunción y por disyunción) el espacio de las nuevas ideas literarias en Piura: siempre abierta y experimental a las vanguardias. El “indigenismo piurano” en la literatura tiene en José Eulogio Garrido (escritor nacido en Huancabamba, la tierra que camina, en 1888) como uno de sus más altos representantes desde los primeros instantes del siglo XX. De quién nos ocuparemos en otra referencia literaria, pero que recordemos fundó el grupo “Bohemia” en Trujillo con Antenor Orrego, movimiento literario predecesor al famoso “Grupo Norte” donde militaron César Vallejo, Víctor Raúl Haya de la Torre, Alcides Spelucin y Macedonio de la Torre. José Eulogio Garrido nos ha dejado su libro “Carbunclos” (1947). No es el único escritor de estirpe indigenista local, pero cito a él como uno de los más importantes precursores de esta tendencia literaria. Tendencia que declina crepuscularmente con las “Acuarelas Huancabambinas” de Miguel Justino Ramírez Adrianzen (Deán de la Catedral de Piura), cuyos escritos ganan en visión antropológica frente al resto del canon literario indigenista piurano, mas tarde, por ejemplo, ante obras de mayor ambición “nativista” literaria y lírica como “Paisana” de Edmundo Cornejo Ubillus (n. Huancabamba, 1916-2001). Aunque haciendo la contingencia del caso “Carbunclos” es un libro raro y adelantado de prosas-poéticas. El nativismo literario es ese perfil terrígena de cada lugar o región, que utiliza sus propias materias, que son inherentes a su naturaleza misma, para ver las cosas desde su propio punto de vista: es una fuerza (centrípeta y centrifuga) tan natural de la aldea hacia el mundanal ruido del mundo haciéndose algunas veces cosmopolita. Luis Monguió es quien muy bien describe este panorama vigente en “La poesía post-modernista peruana”(1955):

“En el segundo cuarto del siglo XX se observa la existencia en la poesía peruana de un movimiento que genéricamente puede llamarse nativista, surguido –no sin antecedentes- con la pretensión de que la poesía peruana expresa lo peculiarmente peruano, el hecho diferencial peruano . Primero este movimiento se perfiló en la poesía por 1926 en el específicamente llamado indigenismo, que reivindicó, como lo único auténticamente peruano al indio y a lo indio. Las formas de la poesía indigenista derivaron, sin embargo, de las del vanguardismo internacional entonces a la moda. El nativismo poético tomó luego, alrededor de 1930, otro aspecto especifico en el llamado cholismo, afirmación del mestizo y de lo mestizo como lo verdaderamente peruano. Hubieran podido ser paralelas suyas el zambismo, el blanquismo o criollismo, etc. La técnica de la poesía en esta segunda etapa se inspira principalmente en el romanticismo de la variedad lorqueana y en algunas formas folklóricas. En un tercer momento, posterior a 1940, el nativismo abandonando amarras étnicas trata de expresar un nuevo ethos peruano de contenido humanista, pero moldeado por la realidad ambiental americana. En materia formal este último nativismo para verbalizar su visión de la realidad local y actual aprovecha toda clase de formas poéticas, con cierta preponderancia de las retóricamente más estrechas. Estos tipos básicos de la poesía nativista peruana se sucedieron cronológicamente en cuanto a su iniciación –1926, 1930, 1940- pero, como es natural, coinciden parcialmente en el tiempo de su difusión, y así existe hoy en día en el Perú quien escribe en indigenista al lado de quien versifica en cholista y junto a quien poetiza en la última manera nativista, y existe también quien ha pasado sucesivamente de la una a la otra manera”. 























Florencio de la Sierra es un poeta de la autoestima campesina, enamorado del esplendor histórico del pasado, severo crítico de la expansión inca sobre los territorios de los ayahuacas por Inca Tupac Yupanqui (la incorporación de Huancabamba y Ayavaca al Tahuantinsuyo). Seguidor del sueño de Walt Whitman: del autoctonismo y de la apertura hacia la fastuosidad telúrica del paisaje natural como leit-motiv en toda su poesía. Seguidor de la filosofía naturista y del transcendentalismo de Ralph W. Emerson, y del ruralismo literario del viejo Robert Frost: que pone vacas, carneros, pumas, hierbas silvestres, flores salvajes, y aromas exóticos en el poema sin ningún remilgo estético. Es también un modernista tardío, pero sin la fantasía y la retórica vergonzante de los modernistas exagerados. Defensor de la trilogía mágica y andina, de la proyectación desarrollista del bienestar: anciano-madre-niño. La realidad coyuntural aparece en sus libros denunciada como injusta -humanamente hablando-, pero ubicada en el énfasis excelso de su “poética” aristotélica donde se mezcla ese discurso virgiliano: limpio y sincero, con su particular mirada panteista. De su voz surge la nueva épica de la naturaleza: el hombre y el paisaje ayavaquino, con destreza y sinfónica versión , voz muy personal llena de emoción lírica, tiene un discurso magistrado desde donde se exalta el nuevo poema: esa tierra -diferente y prometida- de las palabras. En “Aúllan los perros” (1951), es el libro en donde con mayor insistencia destacan estas ideas mías sobre el “indigenismo” de Florencio de la Sierra, estructurado en tres partes: Marejadas de sierra, Voces humanas, y Huella del hombre. El poema “Lluvia de trigo” es un asomo a la protesta social y “Nísperos” es un detalle de aproximación al desamparo de la niñez en la urbe limeña. Es en el segundo libro “Capullos de Rocío” ( 1959) donde crece –inobjetablermente- la calidad poética desde que se abre el follaje silvestre de este poemario. Los poemas “Silencio”, “Neblina”, “Agua”, “Crepúsculo”, “La Luna” y “Acuarelas de Mayo” confirman “la esplendidez de claridad lírica que le concierne” (tal se ha referido Jorge Rivas en su estimativa crítica “Poesía Americana”, República Dominicana, 23-01-1960). Es un solo poema largo “La Danza de las Serpientes” (1963), su tercer libro, desde el “Umbral Aborigen” Florencio de la Sierra dice: “Antes que la imagen del crepúsculo se oculte en la posada de la noche, seguid las huellas trazadas por el serpentear de las neblinas y el afán primitivo del aguacero. Por donde tan solo ronda, el rumor del viento. Entonces, sin temores, abrid la frontera rústica de esta siembra: huella del hombre por los caminos agrestes del tiempo...” 



















Olvidada, nunca conocida, y poco estudiada, la obra poética de Florencio de la Sierra siempre ha llamado mi atención y mi admiración. Su obra tiene que formar parte del gran cuaderno de la poesía piurana, peruana, y latinoamericana, no está demás recordar lo que Don Edmundo Cornejo Ubillus escribió en el Prólogo de “La Danza de las Serpientes” acerca del trajinar poético de Florencio de la Sierra: “Así la obra de Florencio de la Sierra, en la que su expresión poemática exaltada, condolida y tierna, rompe muchas veces los cánones normales, retorciéndose como la topografía misma de las cordilleras o el laberinto de los matorrales, desmayándose como el paraje yermo de las cumbres o desbocándose como el dispararse de los caminos caprichosos y cimbreantes, pero que en conjunto nos dan la belleza recóndita, inmaculada y virgen en la que se deleita el alma, y aparece la ruta troncal en el tránsito del hombre”.
La poesìa de Florencio de la Sierra trasciende los contenidos y las devociones ideologicas siempre sinceras de la poesia peruana post-modernista de la que hablò Monguiò. Es una poesìa no contaminada por la polèmica de puros y sociales. Es un aporte muy creativo, vigente, la fuerza de la aldea al mundanal ruido de las cosas, un rìo que va al mar, pero que nunca se agota en el morir. De èl se puede decir que es un verdadero conspirador del silencio provinciano. Sea este discreto homenaje mìo una pequeña contribuciòn para una mejor compresiòn de su obra, no solo poètica, sino tambièn antropològica, por lo que hay que volver a revisar las siempre interesantes pàginas de la revista "Folklore", de la que fue su fundador y director.

artenupe@yahoo.es

octubre 19, 2005

SUCEDIO EN PACAIPAMPA/ ARMANDO ARTEAGA


LasLomas. / Ayabaca.


SUCEDIO EN PACAIPAMPA (1)

Por Armando Arteaga

del huésped que en insomnio, al desvelar
su ira, canta en la ciudad impura


Ali Chumacero.

Media hora antes, desde lo alto de aquella cumbreta, mientras la góndola ploma serpenteaba como macanche por la carretera, se había divisado el caserío de Pacaipampa, provincia de Ayabaca, en la sierra del departamento de Piura, pueblo perdido en el olvido, y taciturno.

Pueblo chico -pensó-, infierno grande -murmuró-. Orfeo Cautivo, el viajero, con la certeza de haber encontrado lo que buscaba, miró con desprecio por última vez el camino agreste. Y empezó a caminar -siguiendo la huella de la polvareda que dejaba la góndola-. El hombre desconocido ya en tierra santa, se echó a trotar por la trocha llena de piedras y espinas secas, llevando a cuestas el cansancio del viaje y una mochila verde sobre el hombro.

Cuando estuvo frente al primer rancho del pueblo un perro le salió al encuentro a ladrarlo. ¡Fuera imbécil!. Perro, colmillos, perro rabioso. A pesar de este azuzo, todo era quietud: unas cuantas gallinas picoteando en un batan de piedra, varias pavas brincaron saludando su presencia y se perdieron en el corral donde un puerco se revolcaba en el barro.

Del barro vengo, al barro voy -pensó-. El hombre miró a uno y al otro lado de la calle. La calle solitaria y lista para el duelo, para filmar un western.

Una migración de pájaros marrones pasó graznando por el horizonte, haciendo una raya sobre el cielo azul. Era buena señal, asunto -corvo- rapidísimo. Pero, el comején no vuela contra el sol, la verdad era otra, ni un solo indicio de algarrobos, o guarangos, o tamarindos, o ceibos, para hacer el nido, comején, o un huairuro rojo que le diera alguna laya (2) del lugar temido en donde iba a perderse discreto, errante, inadvertido, en algún sueño límpido, sobre la banca escueta, o en alguna sombra ardiente, herida, oculta, de un aparte extranjero de la Plaza Central de Pacaipampa.

Siguió caminando por la calle de la izquierda. Le gustaba ese destino, incierto, ese juego, al azar de sus pisadas: contemplar la huella que dejaba la suela de sus botas de jebe. Yá se lo habían dicho en Olleros: ellos le siguen el rastro, el rostro, recogen con una cuchara la tierra que dejó su pisada, y se lo llevan a Ñañañique, o a la Lagunas de las Huaringas. Reza el dicho popular, cuando hay luna llena pueden ver, si usted es bueno, no se meten con usted, pero si usted es maligno o pendenciero, se joderá, ya sabrá a qué atenerse. Así es la magia blanca, dejarlo todo al buen tiempo, al azar.

Todo esto le pareció un sueño magnífico. Le parecía estar sumergido en uno de esos territorios de la nada donde solo la imaginación puede dar testimonio de la realidad.

El hombre sintió su propia sombra, era él y su sombra. Por qué diablos había llegado bajo sabe diantre qué rencor hasta este averno. Al fin de cuentas, qué odio o amor lo empujaba a seguir caminando, a morir por un sendero, por estos parajes, él se lo había buscado, ser un extranjero en su propio país.

Allí dormía Pacaipampa, siempre eterna.

Sacó del bolsillo de la camisa beige una libreta de apuntes en donde estaba el nombre y la dirección exacta de Floro Llamunaqué.

En aquella calle, en una puerta, olvidada y extraña, se encontraba una anciana, arrecostada al tiempo, perdida en el sueño azabache.

El hombre se acercó hasta la puerta de la casa y le preguntó a la anciana:
- ¿Dónde vive Floro Llamunaqué?

La anciana con aquella familiaridad con la que conversan todas las personas que familiarmente conversan con los muertos, le contestó:

- Floro Llamunaqué..., ya ha muerto...
- No, no ha muerto, vive aquí -insistió el hombre-
- Yo sólo conozco a un Floro Llamunaqué que ya es finado, era mi taita -interrumpió llena de inocencia la mujer,  con esa resignación que tienen los vivos de los muertos-
- Está bien, mujer, gracias... -asistió el forastero-.
El hombre no hizo caso. Siguió caminando hacia la otra calle, la paralela, en las paredes de las casas del pueblo habían escrito lemas con pintura roja: “MIR, lucha armada”, y luego, sin percatarse de la soledad que trastocaba las calles polvorientas del pueblo de Pacaipampa, entró en la primera tienda-cantina que encontró. El sol le había calentado la cabeza.

La campesina que atendía y despachaba las botellas de cañazo, quedó mirando al forastero.
- ¿Desea algo el señor?.
- Sí, una cajetilla de cigarros Inka
- Bien señor, mande...

El hombre pagó con dos billetes azules.
- ¿La calle Ayabaca por dónde queda? -preguntó el forastero a la campesina-vendedora.
- Váyase de frente, señor, y doble a la primera, a la derecha.

El hombre enrumbó nuevamente por el arenal, manchay. Andaba buscando algo importante y lo había encontrado finalmente. Llegó al portón más olvidado del tiempo y del pueblo olvidado de Pacaipampa. Tocó varias veces. Por fin, sintió el ruido de unos pasos. Ni una mosca se movió.

Un hombre de unos cuarenta años y en sombrero asomó por el costado del portón. Pareciera que nunca se abriera el portón.

- Sí. ¿Qué desea? -le preguntó al forastero-
- Estoy buscando a Floro Llamunaqué
- Bueno, soy yo, qué pasa -le replicó el hombre de cuarenta y sombrero-
- Es que vengo de Lima, de Carabayllo, le traigo una carta. Y, entregándole la carta, el forastero le alcanzó también la mano, sonriente.
- Ah, eres tú, bueno, ven conmigo -dijo el hombre de cuarenta y sombrero-. Ni una mosca se movió.
- Hace calor, ¿no? -preguntó el forastero-
- ¿Ha sido largo el viaje? -preguntó el hombre del sombrero.
Llegaron hasta el descanso del rancho, pasando un huerto de frutas, zapallos y jacarandas, entre hamacas y petates.
- Deje sus cosas allí, lávese y venga a tomar desayuno -asistió Llamunaque, mientras fumaba-.
- ¿Quién iba a pensar?, ¿así que eres hijo de ella?.
El hombre del sombrero quedó en silencio mirando al otro hombre.
- No lo sabía. Si no es que se me ocurre leer también la carta, pues creo que usted es mi padre. Algo me lo imaginaba. Ni rencor ni alegría es lo que siento. Hubo un largo silencio.
- Así parece. Ha pasado tanto tiempo de eso. Si ya llego a viejo. Antiguo de este mundo me siento.
- De todas maneras hoy es un día diferente. ¿No te parece?. Mañana dirán que la sangre se hizo polvo, y faltará el agua.
- Creo que sí -confirmó el forastero-.
Padre e hijo se abrazaron. Los dos hombres, luego del desayuno de café con cecina enrumbaron a la primera chingana que encontraron en busca de una borrachera de cañazo.

Lo demás es fácil de contar. Al no sé cuántos canelazos, buena puntería. El forastero había sido preciso, no esperó un instante más, sabe Dios de dónde habría sacado el revólver; si parecía tan pacífico, en la primera palabra mal dicha de Llamunaqué, fue puta, creó, que irritó al forastero, el sombrero en el aire, a balazos, allí nomás termino también con esta historia. Ya era cadáver, Sí, un cadáver tirado en el suelo, un cuerpo acribillado. El forastero empezó el retorno. Todo había terminado.

(1) Pacaipampa: Deriva de ‘pacai’ enterrar, sepultar, y de pampa’, llanura amplia. Llanura de sepulturas.
(2) Laya: Pala fuerte para remover la tierra.


Calle de Ayabaca.

Fotos: Armand.